| Eve Gil's profileLa Trenza de Sor JuanaPhotosBlogLists | Help |
La Trenza de Sor JuanaLo mejor, lo inédito, ¡lo insólito! de la inolvidable columna del suplemento ARENA October 29 PesadillasEsa tormentosa noche de 1816 parecía reproducir la que vio nacer a Mary, la madrugada del 30 de agosto de 1797, poco antes de que el médico cerrara los ojos de su madre, la otra Mary Wollstonecraft, la feminista, presa de una fiebre puerperal. Nunca imaginó esta jovencita de diecinueve años, huérfana de madre, ¡y qué madre!, que tendría un parto igualmente desgarrador: daría a luz a un monstruo. Dicen que su grito se confundió con el trueno que derribó aquel árbol sobre el río que circundaba Villa Diodatti. Despertó bañada en sudor, rizos de rubio ceniciento untados al rostro, desmesurados ojos grises, rasgados en reposo. A su lado, en el lecho, su amante la vio apartar el cobertor, las sábanas, y correr descalza hasta el secreter donde no pararía de escribir hasta el amanecer. Nunca imaginó Mary Wollstonecraft Godwin (no Shelley aún) que con su sueño inauguraba un género literario: la ciencia ficción. El sueño de Mary es digno de un análisis freudiano. Lo ha sido ya, de hecho, por parte de diversos autores. Horas antes de aquella pesadilla había estado participando de una velada donde su anfitrión, lord George Byron (1788-1824) nada menos, propuso a sus huéspedes inventar cuentos de fantasmas. Noche de tormenta, al calor del hogar y del vino. Tanto Mary como el poeta Percy Shelley (1792-1822) y Clare Clairmont, hermanastra de la joven, única ahí que no tenía mayor ambición que actuar alguna vez en el Drury Lane pero sin siquiera prepararse para ser actriz, quedaron atrapados en casa del poeta quien a su vez se hacía acompañar del joven médico John William Polidori (1795-1821). Hija de una precursora del feminismo, Mary Wollstonecraft (cuya memoria Mary enaltecerá toda su vida) y de un respetado novelista y, diríamos hoy, líder de opinión, William Godwin (1756-1836), Mary dio rienda suelta a su imaginación con talante guasón, sin macharse de sangre sus delicadas manos. El otro que se tomó muy en serio la encomienda fue el doctor Polidori, quien escribió sobre un apuesto y seductor vampiro inspirado en Lord Byron y que, años más tarde, inspiraría al Drácula de Bram Stoker. La posición de Mary era muy delicada, recién fugada de la casa paterna junto con su amante y su hermanastra, por quien tenía más cariño que por su media hermana Fanny, fruto de la relación de Mary Wollstonecraft con Gilbert Imlay. En una sociedad puritana como la Inglaterra de Jorge III, que habría de preceder a la victoriana, Mary lidia la culpa de vivir una aventura con un hombre casado, el poeta de 24 años Percy Bisshe Shelley, que para colmo había abandonado embarazada a su esposa junto con dos hijos pequeños. Cuentan que apenas conocerse, Mary y Percy nunca más se quitaron los ojos de encima y se olvidaron de todo lo que no fueran ellos, jurándose amor ante la tumba de la madre de la muchacha. Ella parece describir a su amado cuando se refiere a Woodville, el joven poeta de Mathilda: “Era poeta, palabra tan malgastada que no llega a dar una idea de lo que era. Era… como un poeta de la Antigüedad que hubiese sido coronado en la cuna por las musas, y alimentado por las abejas (…) Su belleza no tenía igual, sus ojos brillaban con un fuego deslumbrante, y los profundos acentos de sus palabras provocaban éxtasis mudo en sus oyentes (…)” (Montesinos, Barcelona, 1998, Traducción de Marie-Anne Lecouté, p. 127) Sobre Mary escribiría Percy en su diario: “Es amable, incluso tierna y comprensiva; sin embargo no es incapaz de sentir odio ni ardiente indignación (…) Qué inferior me sentí entonces y con qué placer me confesé superado en originalidad, genuina elevación y natural magnificencia hasta que ella consintió en compartir sus virtudes conmigo.” El guapo y elegante lord Byron terminó prohijando aquel amor clandestino luego que la pareja fuera a reclamarle su paternidad del hijo que la alocada Clare llevaba en sus entrañas, y pese a que la visita no había sido precisamente de cortesía (tanto Mary como Shelley iban defendiendo el honor de la chica), aquella tormenta los había forzado a crear un ambiente de camaradería, decisivo para propiciar la amistad eterna entre dos de los más grandes poetas del romanticismo inglés. Mary y Percy se retiraron a la habitación que Lord Byron les había dispuesto y en el momento del sueño la culpa abrasadora que sin duda experimentaba la joven e ingenua Mary pudo haberse materializado en su subconsciente como un monstruo hecho a partir de remiendos de varios sentimientos encontrados; una criatura con la inocencia de un niño pero la fuerza homicida de un hombre. Algunos estudiosos consideran que Mary se identificaba vivamente con el monstruo, dado que cargaba la sensación de que su padre no solo no le perdonaba por la muerte de su madre, la única mujer que verdaderamente amó (la mamá de Clare, su segunda esposa y madre de su hijo pequeño, William, era solo la señora que le zurcía los calcetines). Es decir, la desigual relación entre Mary y su progenitor se refleja en la del creador acosado por su criatura que, no obstante su monstruosa apariencia, está tan necesitado de amor y comprensión como cualquiera de nosotros. Mary pone en los renegridos labios del monstruo doctos parlamentos que pudo haber dicho ella misma: “¡Qué extraña es la sabiduría! Se aferra al espíritu del que ha tomado posesión como el liquen se aferra a la roca (…)” (Frankenstein, Lectorum, Prólogo de Gabriel Trujillo Muñoz, México, p. 141). Otros tantos encuentran rasgos del propio Percy Shelley en el personaje del ambicioso estudiante que crea al monstruo. A decir de Isaac Asimov, quien reconoció en aquella muchachita a la madre de la ciencia ficción: “Puede parecer incluso que Dios se ha desentendido de la Creación, disgustado con nosotros, y nos ha dejado abandonados a nuestro sino.” Mary se parecía a su criatura en lo inocente, pues al tiempo que tenía a la sociedad inglesa en su grito por lo que llamaban su dudosa moral, estigma que la perseguiría toda su vida, se entretenía botando barquitos de papel en el río y volando papalotes. Volviendo a aquella noche decisiva para la historia de la literatura: Mary no paró hasta terminar la novela inspirada en su pesadilla. Sólo ella y el doctor Polidori concretarían el producto del reto lanzado por Byron, aunque de los dos sería Mary quien conociera el éxito en vida. Durante cinco meses estuvo convocando a su gente de confianza a la mesa para leerles los capítulos que iban quedando mientras ansiosa verificaba sus reacciones. Al verla tan pequeña y refinada, con pasional arrebol en las mejillas e intrincados rizos, nadie podía creer que fuera capaz de concebir tan tremenda historia: un joven pasante de medicina, Victor Frankenstein, sueña con emular a Dios por lo que no vacila en violar tumbas y recolectar trozos de cadáveres para, a partir de la muerte, crear vida. El experimento resulta un éxito, pero Victor no imagina que su propia criatura se convertirá en instrumento de venganza de la naturaleza: “Quien no haya experimentado la irresistible atracción de la ciencia no podrá comprender su tiranía; en otros terrenos es posible avanzar hasta donde lo hicieron quienes nos precedieron y, una vez llegados a este punto, no queda ya nada que aprender; en la investigación científica, por el contrario, siempre existe materia para nuevos descubrimientos y nuevas maravillas.” La criatura, que por cierto no se parece nada a Bela Lugosi (la caracterización de Robert De Niro es mucho más fiel), estrangula a William, el adorado hermano menor de Victor. ¿Celoso? Este se ve orillado por el propio monstruo a crearle una compañera para que no se sienta solo. Es la única manera, le dice, en que podrá deshacerse de él, pero Victor termina asqueado de su nueva creación y termina destruyéndola por lo que deberá resentir nuevamente la ira del monstruo, con peores consecuencias: Victor está a punto de casarse con la mujer que ama y su criatura está decidido a impedir que consuma su amor del mismo modo que Victor lo ha privado de la posibilidad de una compañía femenina. Cuando Frankenstein se publica el 1 de enero de 1818, Mary resiente rápidamente los efectos de cuestionar las leyes divinas y revolucionar las letras inglesas, al ser unánimemente condenada por la Iglesia y la crítica conservadora. Walter Scott es de los pocos que sabe reconocer la grandeza de la obra. Difícilmente hubiera supuesto la atribulada joven que su novela adquiriría carácter proverbial casi dos siglos después, ante la posibilidad de la clonación, no obstante que la cultura popular se haya encargado de desvirtuar el mito, masculinizándolo y dejando de lado sus aspectos verdaderamente importantes, como bien señala Pilar Vega Rodríguez en su espléndido ensayo Frankensteiniana, la tragedia del hombre artificial (Tecnos/ Alianza, col. Neo metrópolis, Barcelona, 2002) para centrarse en lo científico y en lo erótico, añadiéndole el personaje de Igor, el ayudante jorobado de laboratorio, si bien, según Muriel Sparks, a Mary le divirtió muchísimo la primera obra teatral inspirada en su novela. Aunque en vida no buscó ni obtuvo el éxito, más preocupada por difundir la obra de Percy (quien la convirtió en Mrs. Shelley apenas suicidarse Harriet, su primera esposa, casi al mismo tiempo que Fanny, la apocada media hermana de Mary que en un sublime arrebato halló la trascendencia), Mary fue una escritora prolífica, y ya en la viudez vería en su compulsión un digno medio de subsistencia para ella y su único hijo sobreviviente, Percy Florence. Nunca vio publicada su novela inmediatamente posterior a Frankenstein, Mathilda, que se publicó hasta 1954, y sus siguientes libros, Lodore y Falkner se publicaron casi veinte años después. Y si con Frankenstein inaugura la ciencia ficción, con The last man, escrita en 1826, reafirma el título e incursiona además en la ficción especulativa al introducirnos en el año 2026, en el que sitúa Mary el fin de la humanidad y el periplo del único hombre sobreviviente a una plaga. En Mathilda han advertido sus estudiosos varios rasgos autobiográficos, los tres personajes centrales (Mathilda, el padre de esta y el poeta Woodville) parecen corresponder a Mary, William Godwin y Percy. El tema, que pareciera “fuerte” para nuestros días, era de los favoritos y, por consiguiente, más comunes de la literatura romántica: el incesto. Hasta el propio Percy lo abordó en Los Cenci. En este caso, el padre apenas conoce a su hija (y que, aclaremos, no fue el caso de Mary quien se crió al lado de William Godwin) y cuando vuelve a verla, convertida en mujer, empieza a albergar por ella una pasión inconfensable que la joven, de nombre Mathilda, corresponderá aunque impregnada por una sensación de asco y horror hacia sí misma por desear sexualmente al autor de sus días. Pese a lo tremebundo del tema, cuyo desenlace es más previsible que el de Frankenstein, Mary mantiene su tono entre ingenuo y melancólico. Apenas en 2003, se recuperó otro texto inédito de su autoría que, independientemente de su valor literario, trae consigo la parte más dolorosa de la de por sí caótica existencia de la autora: la pérdida de sus hijos. Maurice o la cabaña del pescador, publicada en España y Latinoamérica por Ediciones B, con traducción de Rita de Costa, ilustraciones de Pablo Schugurenski y una espléndida introducción del escritor colombiano Santiago Gamboa, carece de la complejidad simbólica de su obra cumbre, pero es un bello y aleccionador cuento para niños (aunque su desenlace, en nuestros telenoveleros tiempos, sea predecible casi desde el principio), dedicado a "Laurette", según explica Gamboa, una niña de diez años, hija de un matrimonio irlandés amigo de los Shelley. Sobre esta novela ni siquiera Muriel Sparks, excelsa biógrafa de Mary, tenía noticia. ¿Por qué no dedicársela a una de sus hijos? Para entonces, Mary no era más la fogosa enamorada de un poeta, sino una madre enlutada. Antes de cumplir los treinta ya había padecido la muerte de sus tres hijos, en condiciones que ninguno de sus biógrafos a tenido a bien precisar: Clara, de un año, muere en Venecia: William de tres, en Roma y Elena Adelaida, de edad imprecisa, en Nápoles. Aunque algunos precisan que Mary permaneció unida a Shelley hasta el momento en que él muere ahogado en Livorno, en 1822, compartiendo su viudez con Jane Williams, cuyo esposo viajaba en el mismo barco que Shelley, otros aseguran que el poeta la había abandonado un año antes. En el marco de estas tragedias escribe Mary la conmovedora historia de un niño, Maurice, que parece condenado a perder todo lo que ama. Tras rodar de hogar en hogar, encuentra a los padres ideales en una pareja de pescadores de Tourquay, los Barnet, sin embargo, al morir estos es despreciado por los herederos que le ponen un ultimátum: deberá abandonar la cabaña en una semana. Y justo cuando Maurice se resigna a que volverá a errar por el mundo, aparece un apuesto forastero que dice haber extraviado a un hijo que tendría la misma edad de Maurice... En su biografía Mary Shelley, La vida de la creadora de Frankenstein (Lumen, Barcelona, Traducción de Aurora Fernández de Villavicencio, 2006), la novelista Muriel Sparks nos aclara varios aspectos oscuros de la vida de Mary, como el hecho de que participó, a instancias del propio Shelley, de una relación extramarital con el mejor amigo de este mientras Shelley, al parecer, se divertía nada menos que con Claire, la hermanastra de Mary. Esta conducta estaba al parecer inspirada en las propias prédicas de William Godwin, a quien Percy admiraba como a nadie, y que sería algo así como el antecedente del hipismo. No obstante, Mary poseía un corazón sumamente generoso, especialmente tratándose de su sexo. Si bien se fugó con Shelley sabiéndolo casado, explica Muriel, nunca permitió que su amante abandonara moralmente a Harriet y a sus hijos, y cuando aquella tomó la fatal determinación de arrojarse al río, Mary peleó a brazo partido por quedarse con los hijos de Percy, a los que sinceramente amaba, pero el abuelo materno no solo se quedó con la custodia de los niños sino que no volvió a permitir que tuvieran acceso ni a su padre ni a la nueva esposa de este. Por otra parte, aún cuando las emparentaba la pena de haber perdido a sus respectivos maridos en el mismo accidente, Jane Williams, acaso por envidia, no vaciló en desprestigiar a Mary en absurdos cotilleos, no obstante que, salvo por un intrascendente coqueteo con William Irving y la manifiesta admiración que le profesaba un joven poeta francés llamado Prosper Merimée, esta observó una conducta poco menos que intachable al quedar viuda. A cambio, Mary continuó sirviéndole de apoyo y de consuelo a Jane. A su hermanastra, que a todas luces tuvo una aventura con Percy al que incluso llegó a atribuírsele la paternidad de Ada, la hija ilegítima de Byron y Clare, jamás dejó de procurarla y ayudarla, incluso económicamente. Mary escribiría, no sin amargura: “Escribir, estudiar, sosiego, ésos son los remedios que debo buscar (…) Qué frialdad mortal fluye por mis venas; la cabeza me pesa demasiado; se me debilitan los miembros. Cualquier sonido me sobresalta, como si anunciara al mensajero de una nueva tristeza, y la desesperación reviste mi alma de un tembloroso terror.” Mary Shelley muere paralítica a la edad de 53 años, en 1851, a consecuencia de un tumor cerebral, venerada por su único hijo. Sus restos descansan en el cementerio de San Pedro, en Bournemouth, junto a sus padres. Unos días antes había escrito en su diario íntimo: “(…) No tenía miedo, aunque más bien no tenía ningún deseo activo; tenía una autocomplacencia pasiva en la muerte. No sabría decir si la naturaleza de mi enfermedad fue lo que provocó esa quietud del alma; pero así fue….” October 21 La humedad del espejoIntimida a simple vista, sobre todo cuando se aplica perfume tras las orejas con ese leve, fugaz ademán de las mujeres elegantes (y como toda mujer elegante, carga en su bolso un frasquito). Pese a no ser alta irradia aristocracia, belleza, clase, carácter. Ni un pelo fuera de sitio (la melenita, de hecho, es un prodigio. Me moría por conocerla para comprobar que tiene ese aspecto de caoba pulida de las fotos). Basta intercambiar un par de frases con ella para desechar la primera impresión de una mirada fría y escrutadora, como traspasar la dureza del diamante y quedarte con los brillos. Así es Beatriz Espejo. Así es la prosa diamantina de Beatriz Espejo. Nacida en el puerto de Veracruz el 10 de septiembre de 1939, en el seno de una aristocrática familia que le dio la materia prima para su primer libro de cuentos, Muros de azogue (1979), Beatriz desarrolló desde aquellos lejanos relatos el tema que más la inquieta, según escribe en el prólogo a sus Cuentos reunidos, “(…) la doble moral burguesa, errores que se cometen al disfrazar los hechos, ponerse una venda en los ojos y dar a las convenciones importancia inmerecida (…)” Asegura haber descubierto la literatura cuando, de viaje por Nueva York con sus padres, en casa de su abuela materna, se sintió irremediablemente atraída por sus libros e hizo acopio de ellos: Mujercitas, Vida de Santa Teresa de Jesús, Los caballeros de la tabla redonda, los poemas de Salvador Díaz Mirón, tú como paloma para el nido; yo, como león para el combate…. Se inició en la lectura sin que nadie la conminara a ello. A los doce años ya sabía que sería escritora y estudiaría Letras. Su mayor influencia sería la de Rosario Castellanos quien no obstante provenir de una familia adinerada se ganaba la vida con su escritura: “Don Javier de Icaza, maestro mío en la Facultad y protagonista de la novela Los años con Laura Díaz de Carlos Fuentes, publicó mi primer texto sobre Los días enmascarados, con buenas ideas pero muy mal escrito. A unos cuantos meses de distancia Juan Jose Arreola sacó La otra hermana en sus Cuadernos del Unicornio, así que en plena adolescencia me sentí escritora profesional, saqué una revista, El rehilete, en 1959, conformada por puras mujeres, y desde entonces no paro”, me cuenta. Fue a través de esta revista que se inició en el periodismo entrevistando, entre otras figuras, a Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Su padre, no obstante la imagen de machos dominantes de los patriarcas de sus cuentos, asegura Beatriz, no era machista. Nunca conoció la discriminación en su propio hogar: “Soy feminista a mi manera, siempre lo he sido porque así nací”, expresa con sencillez aunque destilando carácter por todos sus poros. Del mismo modo que la Marilyn Monroe de su extraordinario relato “Marilyn en la cama”, la doctora Beatriz Espejos se disfraza de lo que la gente quiere ver en ella, una señora fifí, para empuñar la pluma. No experimenta rubor ante su condición femenina, harto reveladora en su escritura que es, indudablemente, escritura de mujer, “el mundo de las mujeres es mi mundo. Entiendo sus entretelas y aspiraciones.” Tampoco se preocupa por esconder que proviene de la alta burguesía; no le preocupa en lo absoluto. Cuenta, sin embargo, con una faceta académica (es investigadora de tiempo completo en la UNAM), que la acaba de hacer merecedora al Premio Universidad Nacional en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. En su faceta como crítica literaria ha escrito un estudio clásico sobre quien fuera su profesor favorito en la Facultad, Julio Torri, voyeurista desencantado. La temática de su literatura pudiera despertar prejuicios, hacer que se la juzgue frívola pues la mayoría de sus protagonistas son bellas damas preocupadas por la línea que se desenvuelven en ámbitos exquisitos. Otro detalle recurrente en la narrativa de Beatriz Espejo, no obstante, es la irrupción del elemento corruptor, perverso, sucio, feo, que altera el orden y pone en jaque a la belleza. Parecería, incluso, que Beatriz disfruta del desacato, de las alfombras manchadas con excremento de niña, de la palabra fuera de lugar que estropea irremediablemente la velada romántica. Tales incidentes, que no alteran sin embargo esta prístina prosa que honra el apellido de su autora, son los que anulan la falsa impresión de frivolidad, como en los relatos incluidos en Alta costura (1997), Premio San Luis Potosí 1996. A manera de homenaje a Inés Arredondo, Beatriz plantea en “Don´t try this home” la atracción más bestial que erótica que sobre una distinguida transeúnte de Central Park ejerce un vagabundo negro y sudoroso, cuyas obscenas señas casi la hacen perder la compostura: “(…) tu bolsa cayó al suelo y rodaron hasta los pues del mulato tu polvera de plata y algunas monedas brillantes al sol. Te agachaste para recogerlas. Él se agachó también. Por un instante creíste que las tomaría y saldría corriendo. Te asombró que te las entregara con una mano grande y morena de largas uñas. Las aceptaste avergonzada, a punto de pedirle que guardara el dinero. Casi le rogaste que te acompañara…” (Cuentos reunidos, Fondo de Cultura Económica, 2004, p. 196). Del mismo libro, “Una mujer altruista” pone en relieve la paciencia de santa de una dama de alcurnia que no puede darse el lujo de estrellar contra la pared a la monstruosa hija de su mucama, a pesar de sobrarle los motivos. En el conmovedor relato que da título al libro, asistimos al amoroso empeño de la modista rusa que confecciona la mascada que estrangularía absurda y fatalmente a Isadora Duncan. “Los delfinios blancos”, que dedica Beatriz a su esposo de muchísimos años, el legendario y temido crítico literario Emmanuel Carballo, es pura belleza. Pero la belleza, parece decirnos la autora, no es vacío, es todo: “(…) Los críticos desatentos me inscribirán en el realismo mágico que ha cosechado sus mejores frutos. Sería una equivocación; cualquier escritor que imite a otro se corta el cuello de antemano. Quise divertirme con el realismo milagroso (las cursivas son mías), convencida de que suceden milagros en torno nuestro aunque muchas veces no los advertimos.” Vajillas de Limoges. Candelabros de bacarat. Juguetes de Sévres. Vajillas blancas y tersas como la leche sobre manteles de granité. Penélopes que confeccionan ajuares de novias que no están seguras de usar algún día. Piezas clave de la decoración de los relatos de Beatriz que, como ella misma explica, se aferran a la naturaleza patria ahora que nos avasalla la globalización, aunque esto es más exacto para describir sus dos primeros libros, Muros de azogue y El cantar del pecador (1993) y se difumina en Marilyn en la cama y otros cuentos (2004), más apegado a la contemporaneidad. En Muros… y El cantar…se aprecia lo que Beatriz denomina “realismo milagroso” y su tono asemeja el de la niña de “El ansia de volar”, incluido en Muros y cuyo pragmatismo es “digno de primeros ministros”. Beatriz Espejo narra las leyendas familiares con la convicción de que se trata de fantasmas tangibles, de prodigios domésticos, como ha dicho ya, más apegada al concepto de milagro que al de magia. “Mis personajes femeninos, ficticios o autobiográficos, llegan a mí como un detonante. Algunos pertenecen a mi infancia, adolescencia y juventud o a edad madura; otros, fueron tomados de las historias familiares que oí contar. Retomados por supuesto por la imaginación y la fantasía. "El cantar del pecador" partió de una historia de Xalapa que trajo consigo "El ángel de mármol" cuya estructura es una trenza con dos puntas abiertas, dos posibles finales; sin embargo en cualquier caso cargan algo entrañable, risueño y doloroso. Me identifico con ellos, y con sus protagonistas, incluso con las que fui, puesto que el mundo de las mujeres es mi mundo, entiendo sus entretelas y aspiraciones.” Pero en medio de las visiones, del temor a Dios y las tardes cayendo en picada sobre el malecón, una adolescente descubre el poder de su feminidad y juega despiadadamente con la turbación que sus piernas provocan en su profesor en “Una mañana de abril”: “(…) y el alma se le va en un hilo sin sonrió con las piernas cruzadas metidas en tobilleras color carne que me llegan hasta las rodillas y presumo un fuego dorado que mantengo sobre el pecho (…) El tiempo está excelente y sólo los abuelos se quejan de la moral contemporánea.” (Cuentos, p. 70). La perversidad y la inocencia conforman una masa uniforme y preciosa en los relatos de Beatriz, tanto que resulta imposible distinguir una de la otra, más aún, concebir la una sin la otra. Y a esta característica tan típica de la prosa espejiana se aúna la asombrosa capacidad de pintar con la palabra, de recrear auténticos cuadros de costumbres y preciosos paisajes. Algunos párrafos son genuinas tarjetas postales, pincelazos más que verbo: “(…) al final del malecón –se lee en “El cofre”-, y más allá rumbo al cementerio, la arena se torna oscura y apeñuscada por el golpeteo de las olas, el mar se junta con el cielo y los ojos de los hombres no contemplan sino un misterio negro.” Como el tío Jesús del relato del mismo nombre incluido en Muros, Beatriz tiene vocación por lo fugaz y trabaja con materiales diáfanos como la gracia del ángel, el vuelo del pájaro, la fragilidad de la rosa… el optimismo de las solteronas y las brujerías de las ancianas bellas. Su relato “Marilyn en la cama”, incluido en el libro del mismo nombre, nos enfrenta a una Marilyn Monroe insospechada: desmaquillada, borracha, embarazada, hinchada… muerta. Cadáver de cuyo dedo gordo del pie cuelga una etiqueta; pie cubierto de grietas y callos, conmoviendo y lo mismo asqueando a una joven periodista que no cree que esa cosa sea la diosa del sexo de Hollywood. Una Marilyn al borde de la obesidad que sudaba profusamente a consecuencia de su adicción por la Benzedrina y al Nembutal y por lo mismo, apestaba. Un relato donde la maestría para graduar de horror a la belleza se desborda ya sin recato: “(…) Tuve una muñeca que perdí. Todavía la recuerdo medio carcomida del rostro, repugnante como mi madre.” (Cuentos reunidos, p. 229). Cada relato de Beatriz, no importando su longitud pues ha explotado también los textos hiperbreves, son auténticas piezas de orfebrería que parecen más bordados que escritos; un muy evidente delirio por la perfección, por la autocrítica tiránica, por la belleza. Es por esto y no por otra cosa que ha publicado poco a pesar de haber escrito mucho. Pese a haber incursionado en prácticamente todos los géneros literarios, incluyendo la dramaturgia, de la que publicó una obra escrita cuando fue alumna de Luisa Josefina Hernández titulada “La luna en el charco” en la revista Estaciones, solo se ha atrevido a publicar sus relatos en forma de libro, aunque en sus cuentos reunidos está incluido un relato que pudiera leerse como novela fragmentada titulado Todo lo hacemos en familia, que retoma y las condensa admirablemente las características de sus cuentos. Beatriz Espejo fue acreedora a diversos reconocimientos tales como el Premio Nacional de Periodismo (1984), el Magda Donato (1986), el Nacional de Narrativa Colima (1993), el de Veracruzana Distinguida (1997) y a la Medalla al Mérito Literario (Yucatán, 2000). Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores y del Colegio de México. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Sus cinco libros de relatos se hayan completos en Cuentos reunidos. Actualmente trabaja en su sexto libro de relatos que, asegura, es el más ambicioso. October 14 La sonrisa tras el velo…Con mi pequeña colección de libros, era como una emisaria de un país que no existía, que llegaba con un repertorio de sueños para proclamar aquel otro país que era su patria… A.N
Leer “Lolita” en Teherán, de Azar Nafisi (El Aleph, 2003, traducción de Ma. Luz García de la Hoz) me trajo a la mente una brillante aseveración del autor catalán Albert Sánchez Piñol: “Las influencias no son aquellas que lees, sino aquellas que te leen” No puedo evitar mencionar cuan reflejada me vi en este relato, que en apariencia nada que ver conmigo ni con cualesquier mujer occidental, pero me vi y me leí en los insomnios de la autora, en su necesidad de atrincherarse con una dotación de libros para no llorar, para no morir y, sobre todo, en la toma súbita de una decisión de ahora o nunca. Nacida en Teherán en diciembre de 1955, Azar Nafisi padeció la dictadura religiosa del ayatola Jomeini y su ominoso sucesor. Pertenece pues a la generación de mujeres que nacieron libres y se vieron de pronto, en la edad madura, despojadas de sus más elementales derechos; aquellas que, como la propia Azar, se manifestaron contra Vietnam y a favor de la revolución cubana, dominaron la jerga revolucionaria y fueron amantes del cine ruso. Eso sí, “(…) nunca abandoné la costumbre de leer con placer a autores contrarrevolucionarios: T.S Eliot, Austen, Plath, Nabokov, Fitzgerald, pero hablaba apasionadamente en los mítines; inspirada por frases que había leído en novelas y poemas (…)” (p. 121). Universitarias, ejecutivas e intelectuales debieron arrebujarse, de la noche a la mañana, tras un velo y renunciar a simplezas como tomar helado en público (y Azar es fanática del helado de café con almendras), pintarse las uñas o los labios y mostrar un mechón de cabellos. La violación de cualquiera de estas prohibiciones podía costarles desde una paliza hasta la cárcel: “Vivir en la República Islámica es como tener relaciones sexuales con un hombre que aborreces –le dice Azar a Bijan Naderi, su esposo – (…) si te obligan a acostarte con alguien que te disgusta, dejas la mente en blanco y finges estar en otra parte, tiendes a olvidar tu cuerpo, detestas tu cuerpo. Eso es lo que hacemos aquí, hacer constantemente como que estamos en otra parte (…)” (p. 424). Azar es hija de Ahmad Nafisi, un ex alcalde de Teherán y de Nezhat Nafisi, primera mujer en ser elegida para el parlamento iraní. Ahmad era popular por su encanto y su vasta cultura, también por su tendencia a la insubordinación. Dicho fue el cargo por el que permaneció cuatro años encerrado, hasta eso, en la biblioteca de la cárcel: insubordinación, palabra que obsesionaría a su hija, aunque en el caso de su padre solo hubiera sido la manifestación de su ardorosa admiración por los franceses durante un discurso salpicado de Chateaubriands y Víctor Hugos con el que recibió al General de Gaulle, no muy simpático a los ojos del sha: “Siempre lo recordaré: insubordinación; después de aquello se convirtió en una forma de vida para mí” (p. 71). Fue su padre quien la inició en las letras, el primer narrador que apareció en su vida, teniéndola por protagonista de todas sus historias. Fue él quien le leyó a Rumi, Hafez y Khayam, entre otras glorias iraníes de las letras, vetadas por el ayatola. Azar debe haber adquirido su pasión por la literatura inglesa durante su etapa de estudiante de secundaria en Lancaster, Inglaterra, aunque cursaría su carrera universitaria en la Universidad de Oklahoma donde se graduaría como doctora en Literatura Inglesa y Norteamericana. Por la época del golpe al sha Reza Pavlevi, occidentalizador de Irán, Azar ha fungido como maestra de su especialidad en la Universidad de Teherán por casi dieciocho años, pero es también, y sobre todo, una apasionada de su asignatura. Sólo semejante pasión puede ser transmitida, más aún, contagiada, de tal suerte que sus alumnos terminan sintonizados en su exacta frecuencia, aún los más renuentes a dejarse seducir por la cultura occidental. Aún después del golpe de Jomeini, la maestra se las ingeniará durante un tiempo razonable para mantener la dinámica de la clase, sorteando a los vigilantes de la moral que acechan en los pasillos de la universidad, de tal suerte que comienza a probar el agridulce gusto de la clandestinidad. Los problemas surgen en 1981, cuando Azar se rehúsa portar el velo, el cual ha sido acatado sin chistar por sus colegas. No comprendo cómo es que Azar desafió tan graciosa y airosamente a los policías del régimen, no solo al repudiar el velo sino en muchas otras oportunidades. ¿Será que su dignidad apabullaba a quienes pretendían imponérsele? No fueron pocas las mujeres que desafiaron la tiranía de Jomeini, aunque algunas como Yassí, alumna de Azar, ni siquiera se propusieron transgredir para terminar en prisión. ¿Su delito? Cualquier tontería ameritaba una retahíla de azotes, cuando no la muerte, desde mordisquear “inadecuadamente” una manzana hasta despertar la lascivia de un hombre santo que responsabilizará al objeto de su deseo de sus pensamientos inmorales. ¿Cuántas mujeres no pagaron con el fusilamiento el ser hermosas y deseadas? Y si la hermosa era además virgen, antes de pasar al paredón debía ser violada simultáneamente para impedir su entrada en el cielo: “Lolita pertenece a una categoría de víctimas indefensas a las que nunca se les concede la oportunidad de contar su propia historia. Como tal, se convierte en una víctima doble: no sólo le arrebatan su vida, sino también la historia de su vida (…) todos los asesinos, y todos los opresores, tienen una larga queja contra sus víctimas, sólo que pocos son tan elocuentes como Humbert-Humbert.” (p. p 66 y 69). Azar prefiere pues renunciar a su trabajo que llevar velo. Lo denigrante del velo es su carácter impositor que significa, asimismo, la imposición de una religión, la imposición de las ideas. Irónicamente la abuela de Azar sufrió por lo contrario: musulmana convencida, se veía impedida para portar el velo, prohibitivo durante el gobierno liberal del sha Reza Pavlevi. Criada en el laicismo, Azar se niega, como su abuela, a admitir que decidan por ella, y como la mayoría de las mujeres iraníes goza intensamente cualquier acto subversivo, por insignificante, por íntimo que sea, como pintarse las uñas de los pies, por ejemplo. Pero terminará asqueada de las exhaustivas inspecciones a que son sometidas las mujeres que ingresan al campus, a quienes se les revisan incluso los colores que portan en su ropa interior, mientras que los varones van y vienen a placer, sin dar cuenta de nada. Su único consuelo y mayor acto de subversión, es el club de lectura que ha formado en su casa y al que acuden sus más entusiastas alumnas a analizar la obra de Nabokov, Jane Austen o Henry James. Todas llegan ante su puerta arrebujadas para, una vez adentro, arrancarse histriónicamente el velo y transformarse en chicas normales que visten jeans, se rizan el cabello y admiran a Madonna. Pero sus visitas a la doctora Nafisi no sólo les permite ser quienes son en realidad y engullir todo el helado de café con almendras que quieran, sino sobre todo adquirir conciencia crítica a través del fervor literario. A través de héroes, heroínas; anti héroes y anti heroínas en el caso de Nabokov, se vuelven conscientes de la injusticia de la que son objetos, a manos de una horda de hombres y mujeres fanatizados, irracionales, armados a bordo de Toyotas, prestos a azotar sin piedad a cualquier chica que deje expuesto un trozo de piel o un mechón de cabellos: “Una gran novela nos agudiza los sentidos y la sensibilidad ante la complejidad de la vida y de los individuos y no permite que nos dejemos llevar por el puritanismo que ve la moralidad en fórmulas fijas de Bueno y Malo (…) He llegado a la conclusión de que la auténtica democracia no puede existir sin libertad de imaginar ni sin el derecho a utilizar obras de la imaginación sin restricción alguna (…)” (p. p 181 y 436). En medio de aquella atmósfera opresiva, justo el día de su renuncia en la universidad, Azar es asaltada por un terrible presentimiento que la fuerza a parar en la librería más próxima de la que sale agobiada de libros de EM Forster, Heinrich Böll, Rilke, Hammet, Chandler, Agatha Christie y Dorothy Sayers, entre otros. Dicho establecimiento será clausurado al poco por el régimen. No tardaría en desencadenarse el bombardeo irakí, como si no fuera bastante con los tiranos locales; a las loas se suman las enloquecidas sirenas y la necesidad de correr (a las mujeres se les exige dormir envueltas como momias para proteger su pudor de los ojos del invasor, en caso de perecer bajo las bombas), y Azar logra apaciguar su miedo avituallada de libros que lee con el auxilio de una vela, con solo un camisón. Es durante aquella época que Azar decide profesionalizarse en la escritura y empieza a escribir crítica literaria, de donde surgiría el ensayo Anti-terra: a critical study of Vladimir Nabokoc’s novels. “Durante aquellas noches de sirenas rojas y blancas, diseñé inconscientemente mi futura carrera. A lo largo de las interminables noches de lectura, me concentré sólo en la ficción y, cuando empecé a enseñar de nuevo, descubrí que ya había preparado los dos cursos sobre la novela. A lo más que me dediqué durante los quince años siguientes fue a enseñar literatura y a meditar y escribir sobre ella (…) si un sonido pueda guardarse entre las páginas igual que una hija o una mariposa, diría que entre las de mi Orgullo y prejuicio y las de mi Daisy Miller está escondida, como una hoja de otoño, el sonido de la sirena roja.” (p. 247). Una sociedad que ha prohibido la lectura de los grandes poetas nacionales y asesina arteramente a sus intelectuales por no endulzar lo suficiente el oído del gobernante en turno, sin contar la fatwa decretada contra Salman Rushdie, difícilmente puede albergar mucho tiempo a una mujer como Azar, por más empeño que ponga en pasar inadvertida. No solo se niega a llevar el velo a la universidad, también a realizar en secreto sus citas con su mejor amigo, un intelectual al que denomina simplemente “mi mago”, relación que pudiera fácilmente a prestarse a malos entendidos pero de la que hasta Bijan está enterado. En una ocasión, mientras Azar y su mago conversan y toman café en una pastelería, son forzados a separarse ante la acechanza de la patrulla de la decencia que sancionaría al propietario del local como descubriera que un hombre y una mujer que no son marido y mujer comparten una mesa. Es entonces que Azar se dice a sí misma: “Me voy de aquí, ya no soporto esta vida”. Probablemente se lo ha dicho muchas otras veces, pero nunca con tanta claridad y firmeza como entonces. Su esposo, próspero ingeniero, decide seguirla junto con sus dos hijos, Negar y Dara. No será fácil, nada fácil empezar de cero en un país occidental… pero nada más difícil que sobrevivir a la constante violación de los más elementales derechos humanos. El 24 de junio de 1997, Azar y su familia marchan con rumbo a los Estados Unidos. Actualmente imparte cátedra en la Universidad John Hopkins: “(…) seguí mi camino con alegría, pensando en lo maravilloso que es ser mujer y escritora a finales del siglo XXI” (p. 437). Nunca perdió el contacto con sus alumnas, muchas de las cuales siguieron su ejemplo y salieron de Irán. De su mago no volvió a saber nada, y no porque le haya suplicado que lo olvidara (¿olvidarlo?, si es a él a quien están dedicadas estas líneas), sino porque él mismo le ha pedido que no de señales de haberlo conocido alguna vez, por seguridad de ambos. Naturalmente, Leer Lolita… está proscrito en Teherán, pero como bien señala Azar en una entrevista con Robert Birnbaum, “cuanto más prohíban algo, más interesante se vuelve para la gente…” “La falta de empatía era, en mi opinión, el pecado principal del régimen y aquel del que surgían todos los demás”, se lee en la página 293.
A propósito de la situación de las mujeres musulmanas, te invito a conocer al escritor turco Orhan Pamulk, ganador del Nóbel de Literatura 2006, y que en su magistral novela Nieve nos habla, entre otras cosas, sobre el conflicto de las mujeres de llevar o no llevar el velo: http://www.jornada.unam.mx/2006/10/13/a03n1cul.php October 07 Rebelión en el harénFatema Mernissi ha dado en el clavo: la diferencia básica entre musulmanas y cristianas, consiste en que el velo de las segundas es invisible. El velo, sabemos bien, es la restricción impuesta a las mujeres en el Islam, símbolo de sujeción a la dictadura patriarcal y durante todo este tiempo hemos sido lo bastante ingenuas para vanagloriarnos de nuestra “liberación” y compadecer a nuestras hermanas veladas, pero… ¡oh sorpresa!: “Mientras los ayatolas consideran a la mujer según el uso que haga del velo, en Occidente son sus caderas orondas las que las señalan y marginan (…) Las musulmanas nos sometemos al ayuno solo durante el mes del ramadán, pero es que las desgraciadas occidentales tienen que estar a dieta los doce meses del año. Quelle horreur! (…) (El harén de Occidente, Espasa, Planeta Colombia, traducción de Inés Belaustegui Trías, p. 245). El ayatola de nosotras, las occidentales, es, pues, la anorexia… y nuestro extremismo, la moda. Más de uno ha expresado su sorpresa ante el hecho de que esta feminista y socióloga musulmana que compartiera el Premio Príncipe de Asturias con Susan Sontag en 2003 haya optado por permanecer en su país de origen, alejada de los privilegios y libertades de las que tanto nos jactamos en Occidente, aunque leyéndola, particularmente El harén de Occidente, se despeja la incógnita. Nacida en Fez, Marruecos, en 1940, nada menos que al interior de un harén, Fatema no comparte nuestra noción de “libertad” ni entiende nuestro raro afán por divorciar la belleza de la inteligencia, virtudes que, según la cultura musulmana, no pueden existir por separado: “A diferencia de los califas –escribe Fatema-, como Harún al-Rasid, que confundían belleza con educación sofisticada y que estaban dispuestos a desembolsar sumas astronómicas para contar siempre con alguna jarya (esclava) inteligente en sus harenes, la mujer ideal de Kant es la que no abre la boca (…)- y cita textualmente a Kant: “A una mujer con la cabeza llena de griego, como la señora Dacier, o que sostiene sobre mecánica funciones fundamentales, como la marquesa de Chatelet, parece que no le hace falta más que una buena barba.” (p. 107). Pero su horror hacia la esclavitud de las occidentales, a quienes se impone la pasividad de las ideas como norma de belleza, alcanzará el cenit cuando, curioseando en los grandes almacenes de Nueva York, Fatema descubre que sus caderas no caben en la talla más grande disponible en la boutique, la 38 (equivalente al 7 ó 30 mexicano): “Al sufrir dicho estado de congelación como objeto pasivo –continúa Fatema, apoyándose en sus lecturas del feminista Pierre Bordieu –cuya mera existencia depende de la mirada de su poseedor, las mujeres accidentales de hoy, con estudios y formación, se encuentran en la misma tesitura de las esclavas de un harén (…) ¡Gracias Alá por ahorrarme la tiranía del harén de la talla treinta y ocho! (…)” (p. 251). Fatema Mernissi aterriza en Occidente para desmentir los mitos en torno a las musulmanas (la propia Oriana Fallaci exhibió su ignorancia cuando las denominó “cretinas” por “dejarse esclavizar”), también para reflejarnos a los occidentales o cristianos en el espejo crítico de su mirada. Espejo, hay que decirlo, no opaco sino lleno de ternura y simpatía por sus congéneres oprimidas por la dictadura de la talla treinta y ocho. Su novela Sueños en el umbral, memorias de una niña el harén (Quinteto, Muchnik Editores, 2002, traducción de Ángela Pérez) derriba una a una las creencias occidentales sobre lo que es un harén, que en la vida práctica no es otra cosa que una comuna donde conviven varias familias emparentadas directa o indirectamente. Ya en la década de los cuarenta, cuando Fatema nació, la tradición del señor que acumulaba cuantas esposa le fuera posible mantener empezaba a caer en desuso, por lo menos en Marruecos. Yasmina, la abuela materna de Fatema, convivía con diversas co-esposas, no así la hija de esta y madre de Fatema, quien no sólo era la única mujer en la vida de un esposo que la veneraba, sino que además abominaba con toda su alma la poligamia masculina. La madre de Fatema soñaba para sus hijas una vida emocionante y feliz, y “(…) una mujer feliz es aquella que podía ejercer toda clase de derechos, desde el derecho a moverse hasta el derecho a crear, competir y retar y, al mismo tiempo, sentirse amada por hacerlo (…)” (p. 84). El mecanismo del hogar de Yasmina, no obstante, resulta mucho más civilizado y práctico que el que impera, por ejemplo, en América Latina, donde el adulterio y la violencia intrafamiliar son pan nuestro de cada día. La solidaridad entre co-esposas resulta ejemplar para una sociedad como la nuestra donde se fomenta la rivalidad y la competencia femenina. Estas mujeres que suponemos retrógradas y reprimidas no compiten entre sí, se embellecen mutuamente en los hamman o “baños públicos”, exclusivos para uso femenino. Todo lo anterior no significa que estas mujeres no soñaran con traspasar los muros de su prisión, porque por más armonía y risas que hubieran dentro, el hogar de Fatema era exactamente eso, una prisión férreamente custodiada, no por eunucos sino por un portero casado y con cinco hijos (las mujeres, por cierto, envidiaban a la esposa de este porque salía a trabajar). Se idealizaba incluso los privilegios de las mujeres occidentales, de quienes se tenía noticia a través de las imágenes de Greta Garbo y Claudette Colbert: “(…) Yo crecería en un reino maravilloso –decíase la pequeña Fatema, con los tupidos rizos peinados en trenzas y enfundada en un vestido y zapatitos occidentales – en que las mujeres tendrían derechos, incluida la libertad de abrazar a sus maridos todas las noches. Pero aunque Yasmina lamentaba tener que esperar ocho noches para yacer junto a su esposo, añadía que no debía quejarse demasiado porque las esposas de Harun-al Rasid, el califa abasí de Bagdad, habían tenido que esperar novecientas noventa y nueve noches, porque él tenía mil jaryas, o esclavas” (p. 43). Las mujeres que desfilan por Sueños en el umbral; las abuelas, la madre, las tías, las primas, las esclavas, son de una inteligencia abrumadora y sensual, y todas, sin excepción, se complacen en cometer pequeños o grandes actos subversivos en los que muchas veces participan los niños y hasta los jóvenes varones, como montar obras teatrales edificantes sobre heroínas de la cultura islámica, todas transgresoras y revolucionarias, como por ejemplo la feminista egipcia Huda Sha’ raoui, muy hermosa por cierto, que se arrancó el velo en 1919 para manifestarse junto con sus seguidoras contra los británicos y exigió la aprobación de una ley que determinara como edad mínima los dieciséis para contraer matrimonio (ella fue casada a los 13). Esta heroína, creadora de la Unión Feminista Egipcia hizo ver a otras naciones árabes que recién habían adquirido su independencia, la pertinencia del sufragio femenino y la participación política de las mujeres. Increíblemente, el país pionero en la inclusión de las mujeres en la política y en admisión las universidades, fue Turquía, como bien apunta la propia Fatema en El harén de Occidente: “(…) El porcentaje de alumnas inscritas en carreras de ingeniería en países musulmanes como Turquía y Siria era el doble que en los países europeos de mayor tradición democrática, tales como el Reino Unido y Egipto es mayor que en Canadá o España (…)” (p. 35) A pesar de la Shari’a, ley inspirada en el Corán e impuesta por los extremistas en el mundo islámico, mujeres como Benazir Bhutto en Pakistán, Toncu Schiller en Turquía o Megawatti en Indonesia han sido erigidas presidentas y primeras ministras, algo casi impensable en gran parte del mundo occidental y libre. Las turcas pueden votar desde 1921. Trece mujeres habían sido elegidas para el Parlamento en 1935. En medio de todo esto, es importante dejar claro que la opresión de la mujer no es distintiva del Islam, sino del extremismo. Toda musulmana es educada bajo un fuerte sentido de igualdad que, como bien apunta Fatema, constituye la virtud fundamental del Islam. A las musulmanas no se les enseña a esperar al príncipe azul como a nosotras, sino a trabajar desde el intelecto para merecerlo. No recuerdo haber leído una mejor definición del feminismo universal que esta: “(…) Para que pueda iniciarse el diálogo hay que saber confrontar al otro e insistir en que se conozcan y respeten los límites. Cuando se aprende a disfrutar de los vaivenes del diálogo se pueden gozar de situaciones en el que el resultado de la contienda no está fijado de un modo rígido ni se conoce de antemano quién ganará y quién perderá…” (p. 64). Una de las mayores diversiones dentro del harén, particularmente para Chama, la tía divorciada de Fatema, es desafiar al pobre hombre de la entrada que con sus manazas debe capturar constantemente a las prófugas, procurando no lastimarlas. No solo no debe dejarlas salir solas, además se le encomienda escoltarlas cuando salen a la calle para que los intrusos no reparen en los largos cuellos y anchas caderas de las Mernissi, belleza de la que la madre de Fatema tanto se ufana, particularmente desde que su marido le empezó a leer al feminista egipcio Qacem Amin, quien aseguraba que la razón por la que los hombres insisten en esconder a sus mujeres es que les tienen miedo porque su sola belleza les provoca vahídos. La tía Chama sencillamente no tolera el encierro y alberga sueños de grandeza y libertad que comparten con la pequeña Fatema. La teoría de Chama es que un montón de mujeres atadas a un árbol por las trenzas son capaces de arrancarlo de raíz. Por otro lado está tía Habiba, presa irremediable del hem (especie de melancolía exclusiva de las mujeres que las deja pensativas), quien no obstante ser la cara opuesta de Chama aporta una inolvidable lección para Fatema: “(…) una mujer podía ser absolutamente impotente y aún así dar sentido a su vida soñando con volar (…)” (p. 157). La reclusión, lejos de atrofiar la inteligencia de estas mujeres, les brindó la oportunidad de consagrarse a la reflexión y a la imaginación. Las volió conscientes de sus alas y del poder que otorga el desplegarlas. Cada una de ellas, y muy particularmente Fatema, dejó florecer a la Scherezada que ardía en sus corazones. Escribe en El harén de Occidente, cuyo título original es Scheherezade goes best: “Schrezade enseña a las mujeres que la única arma eficaz que poseen es desarrollar la capacidad intelectual, adquirir conocimientos y ayudar a los hombres a despojarse de su necesidad narcisista de imponer una heterogeneidad simplificada. Para que pueda iniciarse el diálogo hay que saber confrontar al otro e insistir en que se conozcan y respeten los límites.” (p. 64). El harén, pues, poco tiene que ver con las orgiásticas fantasías de Ingres y Delacroix; no hay odaliscas regordetas y desnudas, fumando hachís, correteando o entregadas al solaz etílico o erótico, prestas a los caprichos de su señor. Hay, en cambio, mujeres en pantalón jugando a la pelota en los patios y caracterizando vampiresas en obras de teatro domésticas y subversivas. Fatema Mernissi es, además, una de las más grandes autoridades en estudios coránicos del mundo. La totalidad de su obra está encaminada al estudio sociopoético de las musulmanas, tanto heroínas como intelectuales y mujeres comunes. En El harén político (1987) destaca el importante papel de las nunca citadas esposas de Mahoma, tan desdeñadas como nuestras heroínas bíblicas, mientras que en el libro de entrevistas Marruecos a través de sus mujeres (1991) destaca historias de campesinas, saurinas, obreras y criadas. Otro tema muy recurrido en su literatura es la necesidad, en el marco de la globalización, de establecer un intercambio cultural entre naciones, partiendo de la figura de Simbad, como en Un libro para la paz (El Aleph, 2004). Como deja asentado en su discurso de recepción del Príncipe de Asturias: “En la civilización del cowboy el extranjero siempre es el enemigo porque el poder y la gloria proceden del control de las fronteras; en la de Simbad, sin embargo, el diálogo con el extranjero enriquece.” Aunque estudió ciencias políticas en La Sorbona, Fatema Mernissi ha desempeñado toda su labor académica en su natal Marruecos. Es doctora en sociología por el Institut Universitaure de Recherche Scientifique de la Universidad Mohamed V de Rabat, de la que actualmente es docente. Se desempeña asimismo como asesora de la UNESCO. Su nombre figura en el Grupo de Sabios para el Diálogo entre Pueblos y Culturas.
September 30 Nostalgia de octubreA Verónica Ortiz le arrebataron el 68. Un marido celotípico y brutal la tenía bajo siete llaves mientras un contingente de estudiantes que tendrían más o menos su misma edad, edad también de Alejandra Ballesteros, 18 años, estaban siendo masacrados en Tlatelolco. Estaba a salvo ahí, en su prisión de ama de casa, cierto, pero muchas veces es preferible el riesgo voluntario, que es el que Verónica deseaba correr al lado de todos aquellos jóvenes, que una salvación no pedida. Por eso Alejandra, de quien nos dice Paco Ignacio Taibo “es un personaje medio mensón, vehemente pero medio atontado”, desafía el autoritarismo de su padre, el General Ballesteros, nada menos que uno de los artífices de la matanza… el que hizo con su esposa, la madre muerta, ¿ausente?, de Alejandra lo mismo que le hicieron a la propia Verónica y, anteriormente, a la madre de Verónica, porque fue la violencia intrafamiliar lo que empujó a la hoy escritora a los brazos de un hombre que terminaría haciéndola víctima de peores maltratos de los que huía: “Nosotros también sufríamos una forma de encierro por parte de mi padre que era muy celoso y me di cuenta de que la única salida era el matrimonio –explica Verónica-. En aquel momento tengo 17 años. Me sigo escapando, dejo de tolerar los límites y la censura, sostengo una lucha por la libertad responsable y hay un pendiente mío en ese momento por el 68.” Este es el origen de la novela No me olvides (Planeta, 2006), donde Verónica salda la que considera su cuenta pendiente con el 68. Conocí a Verónica Ortiz Lawrenz, pionera en México en abordar frontalmente la sexualidad humana en los medios de comunicación (fue durante muchos años conductora del programa Taller de sexualidad, por Canal 11), cuando presentó su primera novela, Sobrevivientes (Planeta, 2003), donde retrata en forma descarnada el modus vivendi de los niños callejeros del Brasil, eventualmente exterminados como plaga durante maniobras de “limpieza” de las llamadas Guardias Blancas, asunto sobre el que se enteró y en el que se metió de lleno, curiosamente, durante unas vacaciones en Río de Janeiro. Rubia, enérgica, nerviosa, Verónica disertó ante los reporteros sobre el particular, trémula de indignación pero sobria y bien plantada. Me maravilló la forma en que su sensibilidad la fortalecía en vez de vulnerarla. Ignoraba entonces su dramático pasado del que, como su personaje de Alejandra, tuvo que escapar por una ventana y el cual no sacó a relucir hasta la publicación de la que sería su segunda novela, No me olvides. Entre este libro y el anterior publicó Mujeres de palabra, entrevistas con escritoras (Joaquín Mortiz, 2004), trabajo que potenció su vocación primaria. Las escritoras nacionales, señala Verónica, reciben un doble menosprecio porque en México no se consume lo que el país produce. El lector mexicano no tiene como primera opción a un autor mexicano, y si es mujer, menos. “Hace mucho que escribo. Escribía mis propios guiones para televisión. Poesía también, pero jamás la he publicado porque soy tremendamente autocrítica y estoy convencida de que nunca la voy a publicar. Llevaba rato con la idea de darme tiempo para escribir la novela sobre el 68. Salía entonces de una experiencia muy delicada, muy dura: estuve con Rosario Robles (jefa de gobierna del Distrito Federal, relevo de Cuauhtémoc Cárdenas en 1999) en una aérea donde se generaba el contenido de discursos y se ordenaba un poco lo que sucedía en la ciudad porque el PRI nos dejó un vacío y mi función era recuperar dicha información. Después empecé a ver los cambios de Rosario, no me gustaron y me retiré… y yo ya había dejado todo por este proyecto político en que creí sinceramente. Me dije que era momento para rehacer a Verónica Ortiz, y me puse a escribir…” No me olvides parte de la experiencia personal de la autora, porque la nostalgia de lo no vivido ni experimentado es una huella en el vacío, vivencia que fácilmente puede transformarse en frustración si no se le procesa con inteligencia. Aunque la mayoría de los personajes son ficticios, ningún otro libro sobre el tema ha desarrollado en forma tan clara ni tan accesible las maquiavélicas circunstancias que dieron pie a los trágicos sucesos del 2 de octubre de 1968, quizá por tratarse del primer libro pensado en lectores que no los vivieron. Para reconstruir los hechos, Verónica recurre a una serie de lecturas que debidamente citadas en los agradecimientos: La noche de Tlatelolco y Fuerte es el silencio, de Elena Poniatowska; Días de guardar de Carlos Monsiváis, Los días y los años de Luis González de Alba, La estrella de Tlatelolco de Álvarez Garín, Rehacer la historia de Carlos Montemayor, Parte de guerra de Julio Scherer García. El lector se percata, entre otras cosas, de que los estudiantes, universitarios en particular, se volvieron objeto de sospecha y persecución varios meses antes de que se desencadenara la matanza, contaminando la atmósfera pre olímpica de malos augurios. “Lo que pasa –dirá uno de los personajes –es que en el gobierno están más perros precisamente por las Olimpiadas. Mejor para nosotros. Van a ceder, van a soltar a los presos, a (Demetrio) Vallejo. Ya viste la bola de periodistas extranjeros, hay un chingo haciendo preguntas por todos lados. En el gobierno no son tan estúpidos. Para que quieren a toda la universidad en huelga antes de sus pinches olimpiadas.” Alejandra ha permanecido lejos de México desde niña, en un internado del extranjero. Su graduación y posterior retorno a la residencia familiar coincide con el año clave de la novela. Su padre, el General Ballesteros, es un personaje contradictorio que al mismo tiempo que pretende mantenerla recluida (no considera menester que acuda a la universidad, ¿para qué si pronto se casará?, con alguien elegido por él, naturalmente), salvo sus muy custodiadas asistencias a clases de francés y algunos paseos insípidos, le impone ejercicios bárbaros como prácticas equitación de madrugada para que pierda su terror a los caballos. “El General Ballesteros es la figura paterna por excelencia de la época –señala Verónica-. Es el general torturador, que hubo muchos en ese entonces y, ojalá me equivoque, sigue habiendo; era un momento en que los generales estaban muy cerca del poder, tenían puestos públicos. Ahora no hay esa mezcla del poder con los militares, pero en esa época había muchos, y además muy ávidos. Corona del Rosal, por ejemplo, quería ser presidente. Hay otro personaje, Gutiérrez Oropeza, del Estado Mayor Presidencial, muy cercano a Díaz Ordaz, paranoico, muy violento, muy limitado en sus percepciones de todo tipo y que va a ser un ascendente importantísimo en las ideas de Díaz Ordaz, y al que Echeverría utiliza con una habilidad muy particular que, con los años, fuimos viendo más. Echeverría era el principal contendiente del General Corona del Rosal por la presidencia, y en ese sentido tenemos una atmósfera de sucesión presidencial que va a determinar muchas de las cosas que sucedieron en el 68 y derivaron en el aniquilamiento de grupos importantes de jóvenes… no solo la muerte sino el aniquilamiento en muchos sentidos.” Siempre escoltada de quien considera su única amiga, su nana, Alejandra no tardará en experimentar el deseo de desplegar sus alas, mirar el mundo con sus propios ojos y describirlo con sus propias palabras, particularmente cuando durante una frugal salida a la farmacia, debidamente vigilada por su nana (quien, es evidente, siente verdadero terror por el general), tiene su primer encuentro con el encantador Santiago, un universitario idealista de cabellos rizados que resultará su vecino. Respecto a Santiago, el personaje más entrañable y trágico de No me olvides, Verónica nos dice que es simbólico porque representa al joven promedio que surcó aquellas calles, hoy ensangrentadas, exigiendo justicia; atacado, muchas veces, por la espalda: “(…) Lo único que pedimos, que los jóvenes piden, es democratizar los espacios, que se respeten los votos, las elecciones (…)” (p. 108) “Está claro que más del 70% de este país son jóvenes-señala Verónica-, quiere decir que si el 68 sucedió hace 38 años, los jóvenes actuales no solo no lo vivieron sino que lo han ido olvidando, porque la historia oficial mantiene un silencio constante sobre hechos tan importantes y fundacionales como este.” Aunque en un principio supuse que Verónica se estaría desdoblando en Alejandra y en la madre de esta, María Luisa, de ascendencia alemana, la autora me revela que María Luisa, la esposa torturada y desaparecida del General Ballesteros, a quien se le monta una tumba ficticia para esquivar las insistentes dudas de su hija, es un poco su propia madre. Una clase de mujer más común ahora que entonces pero que, a la luz de los hechos parecía destinada a despertar. El 68 fue un año decisivo también para la liberación femenina, el parteaguas, dice Verónica, de muchas cosas, “por primera vez gran cantidad de gente de todos los niveles socioeconómicos estuvieron en la calle defendiendo la no represión hacia los jóvenes, un asunto que tenía que ver con justicia y democracia. La gente cansada de gobiernos priistas, violentos y represores, sobre todo el de Díaz Ordaz. La mujer empieza a liberarse de muchos atavismos, está estudiando ya, tiene nuevas posibilidades de libertad, de igualdad con sus compañeros. Están Simone de Beauvoir, la píldora anticonceptiva… es un momento clave para el feminismo, de la necesidad de la mujer por integrarse a otras áreas que le han sido restringidas por la sociedad.” Como bien dice el personaje de la China en la página 164: “Yo creo que cualquier lucha a donde no va la mujer es más lenta.” Alejandra no es, todavía, una joven concientizada. Ni siquiera sabe exactamente quien es su padre. Su imaginación no le alcanza para concebir las torturas y vejaciones sexuales a las que el General Ballesteros somete a los jóvenes capturados. El principio del fin de su inocencia estará marcado por el hallazgo de unas fotografías donde su madre, a la que ha creído muerta desde hace muchos años, aparece con huellas de torturas… fotografías que la propia María Luisa se tomó para denunciar el crimen de su marido. Poco a poco Alejandra despertará, en un principio, influida por Santiago, que de algún modo se prestará de Lazarillo, prestándole sus ojos comprometidos, y le hará ver la importancia de su participación en la mega protesta que involucró prácticamente a toda la sociedad civil. Como Sobrevivientes, No me olvides tiene un final abierto que sin embargo pudiera juzgarse de “feliz” pues se trata de la oportunidad que la vida le brinda a Alejandra-Verónica para hacer algo más que escurrirse por la ventana: es su bienvenida como mujer… mujer libre. “Necesito de la palabra escrita –dice Verónica-, pero no sé que sigue después. Siento que soy mucho como en medio de algo, entre los que generan y los que reciben la noticia. Estoy ahí en medio, por eso pienso que la palabra “comunicadora” no es mala, porque es un puente entre quien recibe y hace los mensajes.” Verónica Ortiz admira a J.J Coetzee; aguarda con ansiedad las dos nuevas novelas de Rosa Beltrán y dice regresar eventualmente a su libro de cabecera: Madame Bovary. Le interesan además las autoras que están planteando su propia realidad en diferentes partes del mundo, la escritora y periodista colombiana Laura Restrepo y la poeta mexicana Verónica Volkow. Actualmente, Verónica es asesora cultural del Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer del Colegio de México y columnista de la revista independiente Emeequis.
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