Eve Gil's profileLa Trenza de Sor JuanaPhotosBlogLists Tools Help

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    October 29

    Pesadillas

     Esa tormentosa noche de 1816 parecía reproducir la que vio nacer a Mary, la madrugada del 30 de agosto de 1797, poco antes de que el médico cerrara los ojos de su madre, la otra Mary Wollstonecraft, la feminista, presa de una fiebre puerperal. Nunca imaginó esta jovencita de diecinueve años, huérfana de madre, ¡y qué madre!, que tendría un parto igualmente desgarrador: daría a luz a un monstruo. Dicen que su grito se confundió con el trueno que derribó aquel árbol sobre el río que circundaba Villa Diodatti. Despertó bañada en sudor, rizos de rubio ceniciento untados al rostro, desmesurados ojos grises, rasgados en reposo. A su lado, en el lecho, su amante la vio apartar el cobertor, las sábanas, y correr descalza hasta el secreter donde no pararía de escribir hasta el amanecer. Nunca imaginó Mary Wollstonecraft Godwin (no Shelley aún) que con su sueño inauguraba un género literario: la ciencia ficción.

               El sueño de Mary es digno de un análisis freudiano. Lo ha sido ya, de hecho, por parte de diversos autores.  Horas antes de aquella pesadilla había estado participando de una velada donde su anfitrión, lord George Byron (1788-1824) nada menos, propuso a sus huéspedes inventar cuentos de fantasmas. Noche de tormenta, al calor del hogar y del vino. Tanto Mary como el poeta Percy Shelley (1792-1822) y Clare Clairmont, hermanastra de la joven, única ahí que no tenía mayor ambición que actuar alguna vez en el Drury Lane pero sin siquiera prepararse para ser actriz, quedaron atrapados en casa del poeta quien a su vez se hacía acompañar del joven médico John William Polidori (1795-1821). Hija de una precursora del feminismo, Mary Wollstonecraft (cuya memoria Mary enaltecerá toda su vida) y de un respetado novelista y, diríamos hoy, líder de opinión, William Godwin (1756-1836), Mary dio rienda suelta a su imaginación con talante guasón, sin macharse de sangre sus delicadas manos. El otro que se tomó muy en serio la encomienda fue el doctor Polidori, quien escribió sobre un apuesto y seductor vampiro inspirado en Lord Byron y que, años más tarde, inspiraría al Drácula de Bram Stoker. La posición de Mary era muy delicada, recién fugada de la casa paterna junto con su amante y su hermanastra, por quien tenía más cariño que por su media hermana Fanny, fruto de la relación de Mary Wollstonecraft con Gilbert Imlay. En una sociedad puritana como la Inglaterra de Jorge III, que habría de preceder a la victoriana, Mary lidia la culpa de vivir una aventura con un hombre casado, el poeta de 24 años Percy Bisshe Shelley, que para colmo había abandonado embarazada a su esposa junto con dos hijos pequeños. Cuentan que apenas conocerse, Mary y Percy nunca más se quitaron los ojos de encima y se olvidaron de todo lo que no fueran ellos, jurándose amor ante la tumba de la madre de la muchacha. Ella parece describir a su amado cuando se refiere a Woodville, el joven poeta de Mathilda: “Era poeta, palabra tan malgastada que no llega a dar una idea de lo que era. Era… como un poeta de la Antigüedad que hubiese sido coronado en la cuna por las musas, y alimentado por las abejas (…) Su belleza no tenía igual, sus ojos brillaban con un fuego deslumbrante, y los profundos acentos de sus palabras provocaban éxtasis mudo en sus oyentes (…)” (Montesinos, Barcelona, 1998, Traducción de Marie-Anne Lecouté, p. 127) Sobre Mary escribiría Percy en su diario: “Es amable, incluso tierna y comprensiva; sin embargo no es incapaz de sentir odio ni ardiente indignación (…) Qué inferior me sentí entonces y con qué placer me confesé superado en originalidad, genuina elevación y natural magnificencia hasta que ella consintió en compartir sus virtudes conmigo.” El guapo y elegante lord Byron terminó prohijando aquel amor clandestino luego que la pareja fuera a reclamarle su paternidad del hijo que la alocada Clare llevaba en sus entrañas, y pese a que la visita no había sido precisamente de cortesía (tanto Mary como Shelley iban defendiendo el honor de la chica), aquella tormenta los había forzado a crear un ambiente de camaradería, decisivo para propiciar la amistad eterna entre dos de los más grandes poetas del romanticismo inglés. Mary y Percy se retiraron a la habitación que Lord Byron les había dispuesto y en el momento del sueño la culpa abrasadora que sin duda experimentaba la joven e ingenua Mary pudo haberse materializado en su subconsciente como un monstruo hecho a partir de remiendos de varios sentimientos encontrados; una criatura con la inocencia de un niño pero la fuerza homicida de un hombre. Algunos estudiosos consideran que Mary se identificaba vivamente con el monstruo, dado que cargaba la sensación de que su padre no solo no le perdonaba por la muerte de su madre, la única mujer que verdaderamente amó (la mamá de Clare, su segunda esposa y madre de su hijo pequeño, William, era solo la señora que le zurcía los calcetines). Es decir, la desigual relación entre Mary y su progenitor se refleja en la del creador acosado por su criatura que, no obstante su monstruosa apariencia, está tan necesitado de amor y comprensión como cualquiera de nosotros. Mary pone en los renegridos labios del monstruo doctos parlamentos que pudo haber dicho ella misma: “¡Qué extraña es la sabiduría! Se aferra al espíritu del que ha tomado posesión como el liquen se aferra a la roca (…)” (Frankenstein, Lectorum, Prólogo de Gabriel Trujillo Muñoz, México, p. 141). Otros tantos encuentran rasgos del propio Percy Shelley en el personaje del ambicioso estudiante que crea al monstruo. A decir de Isaac Asimov, quien reconoció en aquella muchachita a la madre de la ciencia ficción: “Puede parecer incluso que Dios se ha desentendido de la Creación, disgustado con nosotros, y nos ha dejado abandonados a nuestro sino.” Mary se parecía a su criatura en lo inocente, pues al tiempo que tenía a la sociedad inglesa en su grito por lo que llamaban su dudosa moral, estigma que la perseguiría toda su vida, se entretenía botando barquitos de papel en el río y volando papalotes.

    Volviendo a aquella noche decisiva para la historia de la literatura: Mary no paró hasta terminar la novela inspirada en su pesadilla. Sólo ella y el doctor Polidori concretarían el producto del reto lanzado por Byron, aunque de los dos sería Mary quien conociera el éxito en vida. Durante cinco meses estuvo convocando a su gente de confianza a la mesa para leerles los capítulos que iban quedando mientras ansiosa verificaba sus reacciones. Al verla tan pequeña y refinada, con pasional arrebol en las mejillas e intrincados rizos, nadie podía creer que fuera capaz de concebir tan tremenda historia: un joven pasante de medicina, Victor Frankenstein, sueña con emular a Dios por lo que no vacila en violar tumbas y recolectar trozos de cadáveres para, a partir de la muerte, crear vida. El experimento resulta un éxito, pero Victor no imagina que su propia criatura se convertirá en instrumento de venganza de la naturaleza: “Quien no haya experimentado la irresistible atracción de la ciencia no podrá comprender su tiranía; en otros terrenos es posible avanzar hasta donde lo hicieron quienes nos precedieron y, una vez llegados a este punto, no queda ya nada que aprender; en la investigación científica, por el contrario, siempre existe materia para nuevos descubrimientos y nuevas maravillas.” La criatura, que por cierto no se parece nada a Bela Lugosi (la caracterización de Robert De Niro es mucho más fiel), estrangula a William, el adorado hermano menor de Victor. ¿Celoso? Este se ve orillado por el propio monstruo a crearle una compañera para que no se sienta solo. Es la única manera, le dice, en que podrá deshacerse de él, pero Victor termina asqueado de su nueva creación y termina destruyéndola por lo que deberá resentir nuevamente la ira del monstruo, con peores consecuencias: Victor está a punto de casarse con la mujer que ama y su criatura está decidido a impedir que consuma su amor del mismo modo que Victor lo ha privado de la posibilidad de una compañía femenina. Cuando Frankenstein se publica el 1 de enero de 1818, Mary resiente rápidamente los efectos de cuestionar las leyes divinas y revolucionar las letras inglesas, al ser unánimemente condenada por la Iglesia y la crítica conservadora. Walter Scott es de los pocos que sabe reconocer la grandeza de la obra. Difícilmente hubiera supuesto la atribulada joven que su novela adquiriría carácter proverbial casi dos siglos después, ante la posibilidad de la clonación, no obstante que la cultura popular se haya encargado de desvirtuar el mito, masculinizándolo y dejando de lado sus aspectos verdaderamente importantes, como bien señala Pilar Vega Rodríguez en su espléndido ensayo Frankensteiniana, la tragedia del hombre artificial (Tecnos/ Alianza, col. Neo metrópolis, Barcelona, 2002) para centrarse en lo científico y en lo erótico, añadiéndole el personaje de Igor, el ayudante jorobado de laboratorio, si bien, según Muriel Sparks, a Mary le divirtió muchísimo la primera obra teatral inspirada en su novela.

                Aunque en vida no buscó ni obtuvo el éxito, más preocupada por difundir la obra de Percy (quien la convirtió en Mrs. Shelley apenas suicidarse Harriet, su primera esposa, casi al mismo tiempo que Fanny, la apocada media hermana de Mary que en un sublime arrebato halló la trascendencia), Mary fue una escritora prolífica, y ya en la viudez vería en su compulsión un digno medio de subsistencia para ella y su único hijo sobreviviente, Percy Florence. Nunca vio publicada su novela inmediatamente posterior a Frankenstein, Mathilda, que se publicó hasta 1954, y sus siguientes libros, Lodore y Falkner se publicaron casi veinte años después. Y si con Frankenstein inaugura la ciencia ficción, con The last man, escrita en 1826, reafirma el título e incursiona además en la ficción especulativa al introducirnos en el año 2026, en el que sitúa Mary el fin de la humanidad y el periplo del único hombre sobreviviente a una plaga. En Mathilda han advertido sus estudiosos varios rasgos autobiográficos, los tres personajes centrales (Mathilda, el padre de esta y el poeta Woodville) parecen corresponder a Mary, William Godwin y Percy. El tema, que pareciera “fuerte” para nuestros días, era de los favoritos y, por consiguiente, más comunes de la literatura romántica: el incesto. Hasta el propio Percy lo abordó en Los Cenci. En este caso, el padre apenas conoce a su hija (y que, aclaremos, no fue el caso de Mary quien se crió al lado de William Godwin) y cuando vuelve a verla, convertida en mujer, empieza a albergar por ella una pasión inconfensable que la joven, de nombre Mathilda, corresponderá aunque impregnada por una sensación de asco y horror hacia sí misma por desear sexualmente al autor de sus días. Pese a lo tremebundo del tema, cuyo desenlace es más previsible que el de Frankenstein, Mary mantiene su tono entre ingenuo y melancólico. Apenas en 2003, se recuperó otro texto inédito de su autoría que, independientemente de su valor literario, trae consigo la parte más dolorosa de la de por sí caótica existencia de la autora: la pérdida de sus hijos. Maurice o la cabaña del pescador, publicada en España y Latinoamérica por Ediciones B, con traducción de Rita de Costa, ilustraciones de Pablo Schugurenski y una espléndida introducción del escritor colombiano Santiago Gamboa, carece de la complejidad simbólica de su obra cumbre, pero es un bello y aleccionador cuento para niños (aunque su desenlace, en nuestros telenoveleros tiempos, sea predecible casi desde el principio), dedicado a "Laurette", según explica Gamboa, una niña de diez años, hija de un matrimonio irlandés amigo de los Shelley. Sobre esta novela ni siquiera Muriel Sparks, excelsa biógrafa de Mary, tenía noticia.

                ¿Por qué no dedicársela a una de sus hijos? Para entonces, Mary no era más la fogosa enamorada de un poeta, sino una madre enlutada. Antes de cumplir los treinta ya había padecido la muerte de sus tres hijos, en condiciones que ninguno de sus biógrafos a tenido a bien precisar: Clara, de un año, muere en Venecia: William de tres, en Roma y Elena Adelaida, de edad imprecisa, en Nápoles. Aunque algunos precisan que Mary permaneció unida a Shelley hasta el momento en que él muere ahogado en Livorno, en 1822, compartiendo su viudez con Jane Williams, cuyo esposo viajaba en el mismo barco que Shelley, otros aseguran que el poeta la había abandonado un año antes. En el marco de estas tragedias escribe Mary la conmovedora historia de un niño, Maurice, que parece condenado a perder todo lo que ama. Tras rodar de hogar en hogar, encuentra a los padres ideales en una pareja de pescadores de Tourquay, los Barnet, sin embargo, al morir estos es despreciado por los herederos que le ponen un ultimátum: deberá abandonar la cabaña en una semana. Y justo cuando Maurice se resigna a que volverá a errar por el mundo, aparece un apuesto forastero que dice haber extraviado a un hijo que tendría la misma edad de Maurice...

                En su biografía Mary Shelley, La vida de la creadora de Frankenstein (Lumen, Barcelona, Traducción de Aurora Fernández de Villavicencio, 2006), la novelista Muriel Sparks nos aclara varios aspectos oscuros de la vida de Mary, como el hecho de que participó, a instancias del propio Shelley, de una relación extramarital con el mejor amigo de este mientras Shelley, al parecer, se divertía nada menos que con Claire, la hermanastra de Mary. Esta conducta estaba al parecer inspirada en las propias prédicas de William Godwin, a quien Percy admiraba como a nadie, y que sería algo así como el antecedente del hipismo. No obstante, Mary poseía un corazón sumamente generoso, especialmente tratándose de su sexo. Si bien se fugó con Shelley sabiéndolo casado, explica Muriel, nunca permitió que su amante abandonara moralmente a Harriet y a sus hijos, y cuando aquella tomó la fatal determinación de arrojarse al río, Mary peleó a brazo partido por quedarse con los hijos de Percy, a los que sinceramente amaba, pero el abuelo materno no solo se quedó con la custodia de los niños sino que no volvió a permitir que tuvieran acceso ni a su padre ni a la nueva esposa de este. Por otra parte, aún cuando las emparentaba la pena de haber perdido a sus respectivos maridos en el mismo accidente, Jane Williams, acaso por envidia, no vaciló en desprestigiar a Mary en absurdos cotilleos, no obstante que, salvo por un intrascendente coqueteo con William Irving y la manifiesta admiración que le profesaba un joven poeta francés llamado Prosper Merimée, esta observó una conducta poco menos que intachable al quedar viuda. A cambio, Mary continuó sirviéndole de apoyo y de consuelo a Jane. A su hermanastra, que a todas luces tuvo una aventura con Percy al que incluso llegó a atribuírsele la paternidad de Ada, la hija ilegítima de Byron y Clare, jamás dejó de procurarla y ayudarla, incluso económicamente. Mary escribiría, no sin amargura: “Escribir, estudiar, sosiego, ésos son los remedios que debo buscar (…) Qué frialdad mortal fluye por mis venas; la cabeza me pesa demasiado; se me debilitan los miembros. Cualquier sonido me sobresalta, como si anunciara al mensajero de una nueva tristeza, y la desesperación reviste mi alma de un tembloroso terror.”

                Mary Shelley muere paralítica a la edad de 53 años, en 1851, a consecuencia de un tumor cerebral, venerada por su único hijo. Sus restos descansan en el cementerio de San Pedro, en Bournemouth, junto a sus padres. Unos días antes había escrito en su diario íntimo: “(…) No tenía miedo, aunque más bien no tenía ningún deseo activo; tenía una autocomplacencia pasiva en la muerte. No sabría decir si la naturaleza de mi enfermedad fue lo que provocó esa quietud del alma; pero así fue….”

    October 21

    La humedad del espejo

    Intimida a simple vista, sobre todo cuando se aplica perfume tras las orejas con ese leve, fugaz ademán de las mujeres elegantes (y como toda mujer elegante, carga en su bolso un frasquito). Pese a no ser alta irradia aristocracia, belleza, clase, carácter. Ni un pelo fuera de sitio (la melenita, de hecho, es un prodigio. Me moría por conocerla para comprobar que tiene ese aspecto de caoba pulida de las fotos). Basta intercambiar un par de frases con ella para desechar la primera impresión de una mirada fría y escrutadora, como traspasar la dureza del diamante y quedarte con los brillos. Así es Beatriz Espejo. Así es la prosa diamantina de Beatriz Espejo.

                Nacida en el puerto de Veracruz el 10 de septiembre de 1939, en el seno de una aristocrática familia que le dio la materia prima para su primer libro de cuentos, Muros de azogue (1979), Beatriz desarrolló desde aquellos lejanos relatos el tema que más la inquieta, según escribe en el prólogo a sus Cuentos reunidos, “(…) la doble moral burguesa, errores que se cometen al disfrazar los hechos, ponerse una venda en los ojos y dar a las convenciones importancia inmerecida (…)” Asegura haber descubierto la literatura cuando, de viaje por Nueva York con sus padres, en casa de su abuela materna, se sintió irremediablemente atraída por sus libros e hizo acopio de ellos: Mujercitas, Vida de Santa Teresa de Jesús, Los caballeros de la tabla redonda, los poemas de Salvador Díaz Mirón, tú como paloma para el nido; yo, como león para el combate…. Se inició en la lectura sin que nadie la conminara a ello. A los doce años ya sabía que sería escritora y estudiaría Letras. Su mayor influencia sería la de Rosario Castellanos quien no obstante provenir de una familia adinerada se ganaba la vida con su escritura: “Don Javier de Icaza, maestro mío en la Facultad y protagonista de la novela Los años con Laura Díaz de Carlos Fuentes, publicó mi primer texto sobre Los días enmascarados, con buenas ideas pero muy mal escrito. A unos cuantos meses de distancia Juan Jose Arreola sacó La otra hermana en sus Cuadernos del Unicornio, así que en plena adolescencia me sentí escritora profesional, saqué una revista, El rehilete, en 1959, conformada por puras mujeres, y desde entonces no paro”, me cuenta. Fue a través de esta revista que se inició en el periodismo entrevistando, entre otras figuras, a Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Su padre, no obstante la imagen de machos dominantes de los patriarcas de sus cuentos, asegura Beatriz, no era machista. Nunca conoció la discriminación en su propio hogar: “Soy feminista a mi manera, siempre lo he sido porque así nací”, expresa con sencillez aunque destilando carácter por todos sus poros.

    Del mismo modo que la Marilyn Monroe de su extraordinario relato “Marilyn en la cama”, la doctora Beatriz Espejos se disfraza de lo que la gente quiere ver en ella, una señora fifí, para empuñar la pluma. No experimenta rubor ante su condición femenina, harto reveladora en su escritura que es, indudablemente, escritura de mujer, “el mundo de las mujeres es mi mundo. Entiendo sus entretelas y aspiraciones.” Tampoco se preocupa por esconder que proviene de la alta burguesía; no le preocupa en lo absoluto. Cuenta, sin embargo, con una faceta académica (es investigadora de tiempo completo en la UNAM), que la acaba de hacer merecedora al Premio Universidad Nacional en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. En su faceta como crítica literaria ha escrito un estudio clásico sobre quien fuera su profesor favorito en la Facultad, Julio Torri, voyeurista desencantado. La temática de su literatura pudiera despertar prejuicios, hacer que se la juzgue frívola pues la mayoría de sus protagonistas son bellas damas preocupadas por la línea que se desenvuelven en ámbitos exquisitos. Otro detalle recurrente en la narrativa de Beatriz Espejo, no obstante, es la irrupción del elemento corruptor, perverso, sucio, feo, que altera el orden y pone en jaque a la belleza. Parecería, incluso, que Beatriz disfruta del desacato, de las alfombras manchadas con excremento de niña, de la palabra fuera de lugar que estropea irremediablemente la velada romántica. Tales incidentes, que no alteran sin embargo esta prístina prosa que honra el apellido de su autora, son los que anulan la falsa impresión de frivolidad, como en los relatos incluidos en Alta costura (1997), Premio San Luis Potosí 1996. A manera de homenaje a Inés Arredondo, Beatriz plantea en “Don´t try this home” la atracción más bestial que erótica que sobre una distinguida transeúnte de Central Park ejerce un vagabundo negro y sudoroso, cuyas obscenas señas casi la hacen perder la compostura: “(…) tu bolsa cayó al suelo y rodaron hasta los pues del mulato tu polvera de plata y algunas monedas brillantes al sol. Te agachaste para recogerlas. Él se agachó también. Por un instante creíste que las tomaría y saldría corriendo. Te asombró que te las entregara con una mano grande y morena de largas uñas. Las aceptaste avergonzada, a punto de pedirle que guardara el dinero. Casi le rogaste que te acompañara…” (Cuentos reunidos, Fondo de Cultura Económica, 2004, p. 196). Del mismo libro, “Una mujer altruista” pone en relieve la paciencia de santa de una dama de alcurnia que no puede darse el lujo de estrellar contra la pared a la monstruosa hija de su mucama, a pesar de sobrarle los motivos. En el conmovedor relato que da título al libro, asistimos al amoroso empeño de la modista rusa que confecciona la mascada que estrangularía absurda y fatalmente a Isadora Duncan. “Los delfinios blancos”, que dedica Beatriz a su esposo de muchísimos años, el legendario y temido crítico literario Emmanuel Carballo, es pura belleza. Pero la belleza, parece decirnos la autora, no es vacío, es todo: “(…) Los críticos desatentos me inscribirán en el realismo mágico que ha cosechado sus mejores frutos. Sería una equivocación; cualquier escritor que imite a otro se corta el cuello de antemano. Quise divertirme con el realismo milagroso (las cursivas son mías), convencida de que suceden milagros en torno nuestro aunque muchas veces no los advertimos.”

                Vajillas de Limoges. Candelabros de bacarat. Juguetes de Sévres. Vajillas blancas y tersas como la leche sobre manteles de granité. Penélopes que confeccionan ajuares de novias que no están seguras de usar algún día. Piezas clave de la decoración de los relatos de Beatriz que, como ella misma explica, se aferran a la naturaleza patria ahora que nos avasalla la globalización, aunque esto es más exacto para describir sus dos primeros libros, Muros de azogue y El cantar del pecador (1993) y se difumina en Marilyn en la cama y otros cuentos (2004), más apegado a la contemporaneidad. En Muros… y El cantar…se aprecia lo que Beatriz denomina “realismo milagroso” y su tono asemeja el de la niña de “El ansia de volar”, incluido en Muros y cuyo pragmatismo es “digno de primeros ministros”. Beatriz Espejo narra las leyendas familiares con la convicción de que se trata de fantasmas tangibles, de prodigios domésticos, como ha dicho ya, más apegada al concepto de milagro que al de magia. “Mis personajes femeninos, ficticios o autobiográficos, llegan a mí como un detonante. Algunos pertenecen a mi infancia, adolescencia y juventud o a edad madura; otros, fueron tomados de las historias familiares que oí contar. Retomados por supuesto por la imaginación y la fantasía. "El cantar del pecador" partió de una historia de Xalapa que trajo consigo "El ángel de mármol" cuya estructura es una trenza con dos puntas abiertas, dos posibles finales; sin embargo en cualquier caso cargan algo entrañable, risueño y doloroso. Me identifico con ellos, y con sus protagonistas, incluso con las que fui, puesto que el mundo de las mujeres es mi mundo, entiendo sus entretelas y aspiraciones.” Pero en medio de las visiones, del temor a Dios y las tardes cayendo en picada sobre el malecón, una adolescente descubre el poder de su feminidad y juega despiadadamente con la turbación que sus piernas provocan en su profesor en “Una mañana de abril”: “(…) y el alma se le va en un hilo sin sonrió con las piernas cruzadas metidas en tobilleras color carne que me llegan hasta las rodillas y presumo un fuego dorado que mantengo sobre el pecho (…) El tiempo está excelente y sólo los abuelos se quejan de la moral contemporánea.” (Cuentos, p. 70). La perversidad y la inocencia conforman una masa uniforme y preciosa en los relatos de Beatriz, tanto que resulta imposible distinguir una de la otra, más aún, concebir la una sin la otra. Y a esta característica tan típica de la prosa espejiana se aúna la asombrosa capacidad de pintar con la palabra, de recrear auténticos cuadros de costumbres y preciosos paisajes. Algunos párrafos son genuinas tarjetas postales, pincelazos más que verbo: “(…) al final del malecón –se lee en “El cofre”-, y más allá rumbo al cementerio, la arena se torna oscura y apeñuscada por el golpeteo de las olas, el mar se junta con el cielo y los ojos de los hombres no contemplan sino un misterio negro.” Como el tío Jesús del relato del mismo nombre incluido en Muros, Beatriz tiene vocación por lo fugaz y trabaja con materiales diáfanos como la gracia del ángel, el vuelo del pájaro, la fragilidad de la rosa… el optimismo de las solteronas y las brujerías de las ancianas bellas. Su relato “Marilyn en la cama”, incluido en el libro del mismo nombre, nos enfrenta a una Marilyn Monroe insospechada: desmaquillada, borracha, embarazada, hinchada… muerta. Cadáver de cuyo dedo gordo del pie cuelga una etiqueta; pie cubierto de grietas y callos, conmoviendo y lo mismo asqueando a una joven periodista que no cree que esa cosa sea la diosa del sexo de Hollywood. Una Marilyn al borde de la obesidad que sudaba profusamente a consecuencia de su adicción por la Benzedrina y al Nembutal y por lo mismo, apestaba. Un relato donde la maestría para graduar de horror a la belleza se desborda ya sin recato: “(…) Tuve una muñeca que perdí. Todavía la recuerdo medio carcomida del rostro, repugnante como mi madre.” (Cuentos reunidos, p. 229). Cada relato de Beatriz, no importando su longitud pues ha explotado también los textos hiperbreves, son auténticas piezas de orfebrería que parecen más bordados que escritos; un muy evidente delirio por la perfección, por la autocrítica tiránica, por la belleza. Es por esto y no por otra cosa que ha publicado poco a pesar de haber escrito mucho. Pese a haber incursionado en prácticamente todos los géneros literarios, incluyendo la dramaturgia, de la que publicó una obra escrita cuando fue alumna de Luisa Josefina Hernández titulada “La luna en el charco” en la revista Estaciones, solo se ha atrevido a publicar sus relatos en forma de libro, aunque en sus cuentos reunidos está incluido un relato que pudiera leerse como novela fragmentada titulado Todo lo hacemos en familia, que retoma y las condensa admirablemente las características de sus cuentos.

                Beatriz Espejo fue acreedora a diversos reconocimientos tales como el Premio Nacional de Periodismo (1984), el Magda Donato (1986), el Nacional de Narrativa Colima (1993), el de Veracruzana Distinguida (1997) y a la Medalla al Mérito Literario (Yucatán, 2000). Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores y del Colegio de México. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Sus cinco libros de relatos se hayan completos en Cuentos reunidos.  Actualmente trabaja en su sexto libro de relatos que, asegura, es el más ambicioso.  

    October 14

    La sonrisa tras el velo

    …Con mi pequeña colección de libros, era como una emisaria de un país que no existía, que llegaba con un repertorio de sueños para proclamar aquel otro país que era su patria…

    A.N

     

    Leer “Lolita” en Teherán, de Azar Nafisi (El Aleph, 2003, traducción de Ma. Luz García de la Hoz) me trajo a la mente una brillante aseveración del autor catalán Albert Sánchez Piñol: “Las influencias no son aquellas que lees, sino aquellas que te leen” No puedo evitar mencionar cuan reflejada me vi en este relato, que en apariencia nada que ver conmigo ni con cualesquier mujer occidental, pero me vi y me leí en los insomnios de la autora, en su necesidad de atrincherarse con una dotación de libros para no llorar, para no morir y, sobre todo, en la toma súbita de una decisión de ahora o nunca. Nacida en Teherán en diciembre de 1955, Azar Nafisi padeció la dictadura religiosa del ayatola Jomeini y su ominoso sucesor. Pertenece pues a la generación de mujeres que nacieron libres y se vieron de pronto, en la edad madura, despojadas de sus más elementales derechos; aquellas que, como la propia Azar, se manifestaron contra Vietnam y a favor de la revolución cubana, dominaron la jerga revolucionaria y fueron amantes del cine ruso. Eso sí, “(…) nunca abandoné la costumbre de leer con placer a autores contrarrevolucionarios: T.S Eliot, Austen, Plath, Nabokov, Fitzgerald, pero hablaba apasionadamente en los mítines; inspirada por frases que había leído en novelas y poemas (…)” (p. 121). Universitarias, ejecutivas e intelectuales debieron arrebujarse, de la noche a la mañana, tras un velo y renunciar a simplezas como tomar helado en público (y Azar es fanática del helado de café con almendras), pintarse las uñas o los labios y mostrar un mechón de cabellos. La violación de cualquiera de estas prohibiciones podía costarles desde una paliza hasta la cárcel: “Vivir en la República Islámica es como tener relaciones sexuales con un hombre que aborreces –le dice Azar a Bijan Naderi, su esposo – (…) si te obligan a acostarte con alguien que te disgusta, dejas la mente en blanco y finges estar en otra parte, tiendes a olvidar tu cuerpo, detestas tu cuerpo. Eso es lo que hacemos aquí, hacer constantemente como que estamos en otra parte (…)” (p. 424).

                Azar es hija de Ahmad Nafisi, un ex alcalde de Teherán y de Nezhat Nafisi, primera mujer en ser elegida para el parlamento iraní. Ahmad era popular por su encanto y su vasta cultura, también por su tendencia a la insubordinación. Dicho fue el cargo por el que permaneció cuatro años encerrado, hasta eso, en la biblioteca de la cárcel: insubordinación, palabra que obsesionaría a su hija, aunque en el caso de su padre solo hubiera sido la manifestación de su ardorosa admiración por los franceses durante un discurso salpicado de Chateaubriands y Víctor Hugos con el que recibió al General de Gaulle, no muy simpático a los ojos del sha: “Siempre lo recordaré: insubordinación; después de aquello se convirtió en una forma de vida para mí” (p. 71). Fue su padre quien la inició en las letras, el primer narrador que apareció en su vida, teniéndola por protagonista de todas sus historias. Fue él quien le leyó a Rumi, Hafez y Khayam, entre otras glorias iraníes de las letras, vetadas por el ayatola. Azar debe haber adquirido su pasión por la literatura inglesa durante su etapa de estudiante de secundaria en Lancaster, Inglaterra, aunque cursaría su carrera universitaria en la Universidad de Oklahoma donde se graduaría como doctora en Literatura Inglesa y Norteamericana. Por la época del golpe al sha Reza Pavlevi, occidentalizador de Irán, Azar ha fungido como maestra de su especialidad en la Universidad de Teherán por casi dieciocho años, pero es también, y sobre todo, una apasionada de su asignatura.  Sólo semejante pasión puede ser transmitida, más aún, contagiada, de tal suerte que sus alumnos terminan sintonizados en su exacta frecuencia, aún los más renuentes a dejarse seducir por la cultura occidental. Aún después del golpe de Jomeini, la maestra se las ingeniará durante un tiempo razonable para mantener la dinámica de la clase, sorteando a los vigilantes de la moral que acechan en los pasillos de la universidad, de tal suerte que comienza a probar el agridulce gusto de la clandestinidad. Los problemas surgen en 1981, cuando Azar se rehúsa portar el velo, el cual ha sido acatado sin chistar por sus colegas. No comprendo cómo es que Azar desafió tan graciosa y airosamente a los policías del régimen, no solo al repudiar el velo sino en muchas otras oportunidades. ¿Será que su dignidad apabullaba a quienes pretendían imponérsele? No fueron pocas las mujeres que desafiaron la tiranía de Jomeini, aunque algunas como Yassí, alumna de Azar, ni siquiera se propusieron transgredir para terminar en prisión. ¿Su delito? Cualquier tontería ameritaba una retahíla de azotes, cuando no la muerte, desde mordisquear “inadecuadamente” una manzana hasta despertar la lascivia de un hombre santo que responsabilizará al objeto de su deseo de sus pensamientos inmorales. ¿Cuántas mujeres no pagaron con el fusilamiento el ser hermosas y deseadas? Y si la hermosa era además virgen, antes de pasar al paredón debía ser violada simultáneamente para impedir su entrada en el cielo: “Lolita pertenece a una categoría de víctimas indefensas a las que nunca se les concede la oportunidad de contar su propia historia. Como tal, se convierte en una víctima doble: no sólo le arrebatan su vida, sino también la historia de su vida (…) todos los asesinos, y todos los opresores, tienen una larga queja contra sus víctimas, sólo que pocos son tan elocuentes como Humbert-Humbert.” (p. p 66 y 69).

                Azar prefiere pues renunciar a su trabajo que llevar velo. Lo denigrante del velo es su carácter impositor que significa, asimismo, la imposición de una religión, la imposición de las ideas. Irónicamente la abuela de Azar sufrió por lo contrario: musulmana convencida, se veía impedida para portar el velo, prohibitivo durante el gobierno liberal del sha Reza Pavlevi. Criada en el laicismo, Azar se niega, como su abuela, a admitir que decidan por ella, y como la mayoría de las mujeres iraníes goza intensamente cualquier acto subversivo, por insignificante, por íntimo que sea, como pintarse las uñas de los pies, por ejemplo. Pero terminará asqueada de las exhaustivas inspecciones a que son sometidas las mujeres que ingresan al campus, a quienes se les revisan incluso los colores que portan en su ropa interior, mientras que los varones van y vienen a placer, sin dar cuenta de nada. Su único consuelo y mayor acto de subversión, es el club de lectura que ha formado en su casa y al que acuden sus más entusiastas alumnas a analizar la obra de Nabokov, Jane Austen o Henry James. Todas llegan ante su puerta arrebujadas para, una vez adentro, arrancarse histriónicamente el velo y transformarse en chicas normales que visten jeans, se rizan el cabello y admiran a Madonna. Pero sus visitas a la doctora Nafisi no sólo les permite ser quienes son en realidad y engullir todo el helado de café con almendras que quieran, sino sobre todo adquirir conciencia crítica a través del fervor literario. A través de héroes, heroínas; anti héroes y anti heroínas en el caso de Nabokov, se vuelven conscientes de la injusticia de la que son objetos, a manos de una horda de hombres y mujeres fanatizados, irracionales, armados a bordo de Toyotas, prestos a azotar sin piedad a cualquier chica que deje expuesto un trozo de piel o un mechón de cabellos: “Una gran novela nos agudiza los sentidos y la sensibilidad ante la complejidad de la vida y de los individuos y no permite que nos dejemos llevar por el puritanismo que ve la moralidad en fórmulas fijas de Bueno y Malo (…) He llegado a la conclusión de que la auténtica democracia  no puede existir sin libertad de imaginar ni sin el derecho a utilizar obras de la imaginación sin restricción alguna (…)” (p. p 181 y 436).

                En medio de aquella atmósfera opresiva, justo el día de su renuncia en la universidad, Azar es asaltada por un terrible presentimiento que la fuerza a parar en la librería más próxima de la que sale agobiada de libros de EM Forster, Heinrich Böll, Rilke, Hammet, Chandler, Agatha Christie y Dorothy Sayers, entre otros. Dicho establecimiento será clausurado al poco por el régimen. No tardaría en desencadenarse el bombardeo irakí, como si no fuera bastante con los tiranos locales; a las loas se suman las enloquecidas sirenas y la necesidad de correr (a las mujeres se les exige dormir envueltas como momias para proteger su pudor de los ojos del invasor, en caso de perecer bajo las bombas), y Azar logra apaciguar su miedo avituallada de libros que lee con el auxilio de una vela, con solo un camisón. Es durante aquella época que Azar decide profesionalizarse en la escritura y empieza a escribir crítica literaria, de donde surgiría el ensayo Anti-terra: a critical study of Vladimir Nabokoc’s novels. “Durante aquellas noches de sirenas rojas y blancas, diseñé inconscientemente mi futura carrera. A lo largo de las interminables noches de lectura, me concentré sólo en la ficción y, cuando empecé a enseñar de nuevo, descubrí que ya había preparado los dos cursos sobre la novela. A lo más que me dediqué durante los quince años siguientes fue a enseñar literatura y a meditar y escribir sobre ella (…) si un sonido pueda guardarse entre las páginas igual que una hija o una mariposa, diría que entre las de mi Orgullo y prejuicio y las de mi Daisy Miller está escondida, como una hoja de otoño, el sonido de la sirena roja.” (p. 247).

                Una sociedad que ha prohibido la lectura de los grandes poetas nacionales y asesina arteramente a sus intelectuales por no endulzar lo suficiente el oído del gobernante en turno, sin contar la fatwa decretada contra Salman Rushdie, difícilmente puede albergar mucho tiempo a una mujer como Azar, por más empeño que ponga en pasar inadvertida. No solo se niega a llevar el velo a la universidad, también a realizar en secreto sus citas con su mejor amigo, un intelectual al que denomina simplemente “mi mago”, relación que pudiera fácilmente a prestarse a malos entendidos pero de la que hasta Bijan está enterado. En una ocasión, mientras Azar y su mago conversan y toman café en una pastelería, son forzados a separarse ante la acechanza de la patrulla de la decencia que sancionaría al propietario del local como descubriera que un hombre y una mujer que no son marido y mujer comparten una mesa. Es entonces que Azar se dice a sí misma: “Me voy de aquí, ya no soporto esta vida”. Probablemente se lo ha dicho muchas otras veces, pero nunca con tanta claridad y firmeza como entonces. Su esposo, próspero ingeniero, decide seguirla junto con sus dos hijos, Negar y Dara. No será fácil, nada fácil empezar de cero en un país occidental… pero nada más difícil que sobrevivir a la constante violación de los más elementales derechos humanos. El 24 de junio de 1997, Azar y su familia marchan con rumbo a los Estados Unidos. Actualmente imparte cátedra en la Universidad John Hopkins: “(…) seguí mi camino con alegría, pensando en lo maravilloso que es ser mujer y escritora a finales del siglo XXI” (p. 437). Nunca perdió el contacto con sus alumnas, muchas de las cuales siguieron su ejemplo y salieron de Irán. De su mago no volvió a saber nada, y no porque le haya suplicado que lo olvidara (¿olvidarlo?, si es a él a quien están dedicadas estas líneas), sino porque él mismo le ha pedido que no de señales de haberlo conocido alguna vez, por seguridad de ambos. Naturalmente, Leer Lolita… está proscrito en Teherán, pero como bien señala Azar en una entrevista con Robert Birnbaum, “cuanto más prohíban algo, más interesante se vuelve para la gente…” “La falta de empatía era, en mi opinión, el pecado principal del régimen y aquel del que surgían todos los demás”, se lee en la página 293.   

     

    A propósito de la situación de las mujeres musulmanas, te invito a conocer al escritor turco Orhan Pamulk, ganador del Nóbel de Literatura 2006, y que en su magistral novela Nieve nos habla, entre otras cosas, sobre el conflicto de las mujeres de llevar o no llevar el velo: http://www.jornada.unam.mx/2006/10/13/a03n1cul.php 

    October 07

    Rebelión en el harén

    Fatema Mernissi ha dado en el clavo: la diferencia básica entre musulmanas y cristianas, consiste en que el velo de las segundas es invisible. El velo, sabemos bien, es la restricción impuesta a las mujeres en el Islam, símbolo de sujeción a la dictadura patriarcal y durante todo este tiempo hemos sido lo bastante ingenuas para vanagloriarnos de nuestra “liberación” y compadecer a nuestras hermanas veladas, pero… ¡oh sorpresa!: “Mientras los ayatolas consideran a la mujer según el uso que haga del velo, en Occidente son sus caderas orondas las que las señalan y marginan (…) Las musulmanas nos sometemos al ayuno solo durante el mes del ramadán, pero es que las desgraciadas occidentales tienen que estar a dieta los doce meses del año. Quelle horreur! (…) (El harén de Occidente, Espasa, Planeta Colombia, traducción de Inés Belaustegui Trías, p. 245). El ayatola de nosotras, las occidentales, es, pues, la anorexia… y nuestro extremismo, la moda.

                Más de uno ha expresado su sorpresa ante el hecho de que esta feminista y socióloga musulmana que compartiera el Premio Príncipe de Asturias con Susan Sontag en 2003 haya optado por permanecer en su país de origen, alejada de los privilegios y libertades de las que tanto nos jactamos en Occidente, aunque leyéndola, particularmente El harén de Occidente, se despeja la incógnita. Nacida en Fez, Marruecos, en 1940, nada menos que al interior de un harén, Fatema no comparte nuestra noción de “libertad” ni entiende nuestro raro afán por divorciar la belleza de la inteligencia, virtudes que, según la cultura musulmana, no pueden existir por separado: “A diferencia de los califas –escribe Fatema-, como Harún al-Rasid, que confundían belleza con educación sofisticada y que estaban dispuestos a desembolsar sumas astronómicas para contar siempre con alguna jarya (esclava) inteligente en sus harenes, la mujer ideal de Kant es la que no abre la boca (…)- y cita textualmente a Kant: “A una mujer con la cabeza llena de griego, como la señora Dacier, o que sostiene sobre mecánica funciones fundamentales, como la marquesa de Chatelet, parece que no le hace falta más que una buena barba.” (p. 107). Pero su horror hacia la esclavitud de las occidentales, a quienes se impone la pasividad de las ideas como norma de belleza, alcanzará el cenit cuando, curioseando en los grandes almacenes de Nueva York, Fatema descubre que sus caderas no caben en la talla más grande disponible en la boutique, la 38 (equivalente al 7 ó 30 mexicano): “Al sufrir dicho estado de congelación como objeto pasivo –continúa Fatema, apoyándose en sus lecturas del feminista Pierre Bordieu –cuya mera existencia depende de la mirada de su poseedor, las mujeres accidentales de hoy, con estudios y formación, se encuentran en la misma tesitura de las esclavas de un harén (…) ¡Gracias Alá por ahorrarme la tiranía del harén de la talla treinta y ocho! (…)” (p. 251).

                Fatema Mernissi aterriza en Occidente para desmentir los mitos en torno a las musulmanas (la propia Oriana Fallaci exhibió su ignorancia cuando las denominó “cretinas” por “dejarse esclavizar”), también para reflejarnos a los occidentales o cristianos en el espejo crítico de su mirada. Espejo, hay que decirlo, no opaco sino lleno de ternura y simpatía por sus congéneres oprimidas por la dictadura de la talla treinta y ocho. Su novela Sueños en el umbral, memorias de una niña el harén (Quinteto, Muchnik Editores, 2002, traducción de Ángela Pérez) derriba una a una las creencias occidentales sobre lo que es un harén, que en la vida práctica no es otra cosa que una comuna donde conviven varias familias emparentadas directa o indirectamente. Ya en la década de los cuarenta, cuando Fatema nació, la tradición del señor que acumulaba cuantas esposa le fuera posible mantener empezaba a caer en desuso, por lo menos en Marruecos. Yasmina, la abuela materna de Fatema, convivía con diversas co-esposas, no así la hija de esta y madre de Fatema, quien no sólo era la única mujer en la vida de un esposo que la veneraba, sino que además abominaba con toda su alma la poligamia masculina. La madre de Fatema soñaba para sus hijas una vida emocionante y feliz, y “(…) una mujer feliz es aquella que podía ejercer toda clase de derechos, desde el derecho a moverse hasta el derecho a crear, competir y retar y, al mismo tiempo, sentirse amada por hacerlo (…)” (p. 84). El mecanismo del hogar de Yasmina, no obstante, resulta mucho más civilizado y práctico que el que impera, por ejemplo, en América Latina, donde el adulterio y la violencia intrafamiliar son pan nuestro de cada día. La solidaridad entre co-esposas resulta ejemplar para una sociedad como la nuestra donde se fomenta la rivalidad y la competencia femenina. Estas mujeres que suponemos retrógradas y reprimidas no compiten entre sí, se embellecen mutuamente en los hamman o “baños públicos”, exclusivos para uso femenino. Todo lo anterior no significa que estas mujeres no soñaran con traspasar los muros de su prisión, porque por más armonía y risas que hubieran dentro, el hogar de Fatema era exactamente eso, una prisión férreamente custodiada, no por eunucos sino por un portero casado y con cinco hijos (las mujeres, por cierto, envidiaban a la esposa de este porque salía a trabajar). Se idealizaba incluso los privilegios de las mujeres occidentales, de quienes se tenía noticia a través de las imágenes de Greta Garbo y Claudette Colbert: “(…) Yo crecería en un reino maravilloso –decíase la pequeña Fatema, con los tupidos rizos peinados en trenzas y enfundada en un vestido y zapatitos occidentales – en que las mujeres tendrían derechos, incluida la libertad de abrazar a sus maridos todas las noches. Pero aunque Yasmina lamentaba tener que esperar ocho noches para yacer junto a su esposo, añadía que no debía quejarse demasiado porque las esposas de Harun-al Rasid, el califa abasí de Bagdad, habían tenido que esperar novecientas noventa y nueve noches, porque él tenía mil jaryas, o esclavas” (p. 43).

                Las mujeres que desfilan por Sueños en el umbral; las abuelas, la madre, las tías, las primas, las esclavas, son de una inteligencia abrumadora y sensual, y todas, sin excepción, se complacen en cometer pequeños o grandes actos subversivos en los que muchas veces participan los niños y hasta los jóvenes varones, como montar obras teatrales edificantes sobre heroínas de la cultura islámica, todas transgresoras y revolucionarias, como por ejemplo la feminista egipcia Huda Sha’ raoui, muy hermosa por cierto, que se arrancó el velo en 1919 para manifestarse junto con sus seguidoras contra los británicos y exigió la aprobación de una ley que determinara como edad mínima los dieciséis para contraer matrimonio (ella fue casada a los 13). Esta heroína, creadora de la Unión Feminista Egipcia hizo ver a otras naciones árabes que recién habían adquirido su independencia, la pertinencia del sufragio femenino y la participación política de las mujeres. Increíblemente, el país pionero en la inclusión de las mujeres en la política y en admisión las universidades, fue Turquía, como bien apunta la propia Fatema en El harén de Occidente: “(…) El porcentaje de alumnas inscritas en carreras de ingeniería en países musulmanes como Turquía y Siria era el doble que en los países europeos de mayor tradición democrática, tales como el Reino Unido y Egipto es mayor que en Canadá o España (…)” (p. 35) A pesar de la Shari’a, ley inspirada en el Corán e impuesta por los extremistas en el mundo islámico, mujeres como Benazir Bhutto en Pakistán, Toncu Schiller en Turquía o Megawatti en Indonesia han sido erigidas presidentas y primeras ministras, algo casi impensable en gran parte del mundo occidental y libre. Las turcas pueden votar desde 1921. Trece mujeres habían sido elegidas para el Parlamento en 1935. En medio de todo esto, es importante dejar claro que la opresión de la mujer no es distintiva del Islam, sino del extremismo. Toda musulmana es educada bajo un fuerte sentido de igualdad que, como bien apunta Fatema, constituye la virtud fundamental del Islam. A las musulmanas no se les enseña a esperar al príncipe azul como a nosotras, sino a trabajar desde el intelecto para merecerlo. No recuerdo haber leído una mejor definición del feminismo universal que esta: “(…) Para que pueda iniciarse el diálogo hay que saber confrontar al otro e insistir en que se conozcan y respeten los límites. Cuando se aprende a disfrutar de los vaivenes del diálogo se pueden gozar de situaciones en el que el resultado de la contienda no está fijado de un modo rígido ni se conoce de antemano quién ganará y quién perderá…” (p. 64).

                Una de las mayores diversiones dentro del harén, particularmente para Chama, la tía divorciada de Fatema, es desafiar al pobre hombre de la entrada que con sus manazas debe capturar constantemente a las prófugas, procurando no lastimarlas. No solo no debe dejarlas salir solas, además se le encomienda escoltarlas cuando salen a la calle para que los intrusos no reparen en los largos cuellos y anchas caderas de las Mernissi, belleza de la que la madre de Fatema tanto se ufana, particularmente desde que su marido le empezó a leer al feminista egipcio Qacem Amin, quien aseguraba que la razón por la que los hombres insisten en esconder a sus mujeres es que les tienen miedo porque su sola belleza les provoca vahídos. La tía Chama sencillamente no tolera el encierro y alberga sueños de grandeza y libertad que comparten con la pequeña Fatema. La teoría de Chama es que un montón de mujeres atadas a un árbol por las trenzas son capaces de arrancarlo de raíz. Por otro lado está tía Habiba, presa irremediable del hem (especie de melancolía exclusiva de las mujeres que las deja pensativas), quien no obstante ser la cara opuesta de Chama aporta una inolvidable lección para Fatema: “(…) una mujer podía ser absolutamente impotente y aún así dar sentido a su vida soñando con volar (…)” (p. 157). La reclusión, lejos de atrofiar la inteligencia de estas mujeres, les brindó la oportunidad de consagrarse a la reflexión y a la imaginación. Las volió conscientes de sus alas y del poder que otorga el desplegarlas. Cada una de ellas, y muy particularmente Fatema, dejó florecer a la Scherezada que ardía en sus corazones. Escribe en El harén de Occidente, cuyo título original es Scheherezade goes best: “Schrezade enseña a las mujeres que la única arma eficaz que poseen es desarrollar la capacidad intelectual, adquirir conocimientos y ayudar a los hombres a despojarse de su necesidad narcisista de imponer una heterogeneidad simplificada. Para que pueda iniciarse el diálogo hay que saber confrontar al otro e insistir en que se conozcan y respeten los límites.” (p. 64). El harén, pues, poco tiene que ver con las orgiásticas fantasías de Ingres y Delacroix; no hay odaliscas regordetas y desnudas, fumando hachís, correteando o entregadas al solaz etílico o erótico, prestas a los caprichos de su señor. Hay, en cambio, mujeres en pantalón jugando a la pelota en los patios y caracterizando vampiresas en obras de teatro domésticas y subversivas.

                Fatema Mernissi es, además, una de las más grandes autoridades en estudios coránicos del mundo. La totalidad de su obra está encaminada al estudio sociopoético de las musulmanas, tanto heroínas como intelectuales y mujeres comunes. En El harén político (1987) destaca el importante papel de las nunca citadas esposas de Mahoma, tan desdeñadas como nuestras heroínas bíblicas, mientras que en el libro de entrevistas Marruecos a través de sus mujeres (1991) destaca historias de campesinas, saurinas, obreras y criadas. Otro tema muy recurrido en su literatura es la necesidad, en el marco de la globalización, de establecer un intercambio cultural entre naciones, partiendo de la figura de Simbad, como en Un libro para la paz (El Aleph, 2004). Como deja asentado en su discurso de recepción del Príncipe de Asturias: “En la civilización del cowboy el extranjero siempre es el enemigo porque el poder y la gloria proceden del control de las fronteras; en la de Simbad, sin embargo, el diálogo con el extranjero enriquece.” Aunque estudió ciencias políticas en La Sorbona, Fatema Mernissi ha desempeñado toda su labor académica en su natal Marruecos. Es doctora en sociología por el Institut Universitaure de Recherche Scientifique de la Universidad Mohamed V de Rabat, de la que actualmente es docente. Se desempeña asimismo como asesora de la UNESCO. Su nombre figura en el Grupo de Sabios para el Diálogo entre Pueblos y Culturas.

                  

    September 30

    Nostalgia de octubre

    A Verónica Ortiz le arrebataron el 68. Un marido celotípico y brutal la tenía bajo siete llaves mientras un contingente de estudiantes que tendrían más o menos su misma edad, edad también de Alejandra Ballesteros, 18 años, estaban siendo masacrados en Tlatelolco. Estaba a salvo ahí, en su prisión de ama de casa, cierto, pero muchas veces es preferible el riesgo voluntario, que es el que Verónica deseaba correr al lado de todos aquellos jóvenes, que una salvación no pedida. Por eso Alejandra, de quien nos dice Paco Ignacio Taibo “es un personaje medio mensón, vehemente pero medio atontado”, desafía el autoritarismo de su padre, el General Ballesteros, nada menos que uno de los artífices de la matanza… el que hizo con su esposa, la madre muerta, ¿ausente?, de Alejandra lo mismo que le hicieron a la propia Verónica y, anteriormente, a la madre de Verónica, porque fue la violencia intrafamiliar lo que empujó a la hoy escritora a los brazos de un hombre que terminaría haciéndola víctima de peores maltratos de los que huía:  “Nosotros también sufríamos una forma de encierro por parte de mi padre que era muy celoso y me di cuenta de que la única salida era el matrimonio –explica Verónica-. En aquel momento tengo 17 años. Me sigo escapando, dejo de tolerar los límites y la censura, sostengo una lucha por la libertad responsable y hay un pendiente mío en ese momento por el 68.” Este es el origen de la novela No me olvides (Planeta, 2006), donde Verónica salda la que considera su cuenta pendiente con el 68.

                Conocí a Verónica Ortiz Lawrenz, pionera en México en abordar frontalmente la sexualidad humana en los medios de comunicación (fue durante muchos años conductora del programa Taller de sexualidad, por Canal 11), cuando presentó su primera novela, Sobrevivientes (Planeta, 2003), donde retrata en forma descarnada el modus vivendi de los niños callejeros del Brasil, eventualmente exterminados como plaga durante maniobras de “limpieza” de las llamadas Guardias Blancas, asunto sobre el que se enteró y en el que se metió de lleno, curiosamente, durante unas vacaciones en Río de Janeiro. Rubia, enérgica, nerviosa, Verónica disertó ante los reporteros sobre el particular, trémula de indignación pero sobria y bien plantada. Me maravilló la forma en que su sensibilidad la fortalecía en vez de vulnerarla. Ignoraba entonces su dramático pasado del que, como su personaje de Alejandra, tuvo que escapar por una ventana y el cual no sacó a relucir hasta la publicación de la que sería su segunda novela, No me olvides. Entre este libro y el anterior publicó Mujeres de palabra, entrevistas con escritoras (Joaquín Mortiz, 2004), trabajo que potenció su vocación primaria. Las escritoras nacionales, señala Verónica, reciben un doble menosprecio porque en México no se consume lo que el país produce. El lector mexicano no tiene como primera opción a un autor mexicano, y si es mujer, menos. “Hace mucho que escribo. Escribía mis propios guiones para televisión. Poesía también, pero jamás la he publicado porque soy tremendamente autocrítica y estoy convencida de que nunca la voy a publicar. Llevaba rato con la idea de darme tiempo para escribir la novela sobre el 68. Salía entonces de una experiencia muy delicada, muy dura: estuve con Rosario Robles (jefa de gobierna del Distrito Federal, relevo de Cuauhtémoc Cárdenas en 1999) en una aérea donde se generaba el contenido de discursos y se ordenaba un poco lo que sucedía en la ciudad porque el PRI nos dejó un vacío y mi función era recuperar dicha información. Después empecé a ver los cambios de Rosario, no me gustaron y me retiré… y yo ya había dejado todo por este proyecto político en que creí sinceramente. Me dije que era momento para rehacer a Verónica Ortiz, y me puse a escribir…”

    No me olvides parte de la experiencia personal de la autora, porque la nostalgia de lo no vivido ni experimentado es una huella en el vacío, vivencia que fácilmente puede transformarse en frustración si no se le procesa con inteligencia. Aunque la mayoría de los personajes son ficticios, ningún otro libro sobre el tema ha desarrollado en forma tan clara ni tan accesible las maquiavélicas circunstancias que dieron pie a los trágicos sucesos del 2 de octubre de 1968, quizá por tratarse del primer libro pensado en lectores que no los vivieron. Para reconstruir los hechos, Verónica recurre a una serie de lecturas que debidamente citadas en los agradecimientos: La noche de Tlatelolco y Fuerte es el silencio, de Elena Poniatowska; Días de guardar de Carlos Monsiváis, Los días y los años de Luis González de Alba, La estrella de Tlatelolco de Álvarez Garín, Rehacer la historia de Carlos Montemayor, Parte de guerra de Julio Scherer García. El lector se percata, entre otras cosas, de que los estudiantes, universitarios en particular, se volvieron objeto de sospecha y persecución varios meses antes de que se desencadenara la matanza, contaminando la atmósfera pre olímpica de malos augurios. “Lo que pasa –dirá uno de los personajes –es que en el gobierno están más perros precisamente por las Olimpiadas. Mejor para nosotros. Van a ceder, van a soltar a los presos, a (Demetrio) Vallejo. Ya viste la bola de periodistas extranjeros, hay un chingo haciendo preguntas por todos lados. En el gobierno no son tan estúpidos. Para que quieren a toda la universidad en huelga antes de sus pinches olimpiadas.”

                Alejandra ha permanecido lejos de México desde niña, en un internado del extranjero. Su graduación y posterior retorno a la residencia familiar coincide con el año clave de la novela. Su padre, el General Ballesteros, es un personaje contradictorio que al mismo tiempo que pretende mantenerla recluida (no considera menester que acuda a la universidad, ¿para qué si pronto se casará?, con alguien elegido por él, naturalmente), salvo sus muy custodiadas asistencias a clases de francés y algunos paseos insípidos, le impone ejercicios bárbaros como prácticas equitación de madrugada para que pierda su terror a los caballos. “El General Ballesteros es la figura paterna por excelencia de la época –señala Verónica-. Es el general torturador, que hubo muchos en ese entonces y, ojalá me equivoque, sigue habiendo; era un momento en que los generales estaban muy cerca del poder, tenían puestos públicos. Ahora no hay esa mezcla del poder con los militares, pero en esa época había muchos, y además muy ávidos. Corona del Rosal, por ejemplo, quería ser presidente. Hay otro personaje, Gutiérrez Oropeza, del Estado Mayor Presidencial, muy cercano a Díaz Ordaz, paranoico, muy violento, muy limitado en sus percepciones de todo tipo y que va a ser un ascendente importantísimo en las ideas de Díaz Ordaz, y al que Echeverría utiliza con una habilidad muy particular que, con los años, fuimos viendo más. Echeverría era el principal contendiente del General Corona del Rosal por la presidencia, y en ese sentido tenemos una atmósfera de sucesión presidencial que va a determinar muchas de las cosas que sucedieron en el 68 y derivaron en el aniquilamiento de grupos importantes de jóvenes… no solo la muerte sino el aniquilamiento en muchos sentidos.”

    Siempre escoltada de quien considera su única amiga, su nana, Alejandra no tardará en experimentar el deseo de desplegar sus alas, mirar el mundo con sus propios ojos y describirlo con sus propias palabras, particularmente cuando durante una frugal salida a la farmacia, debidamente vigilada por su nana (quien, es evidente, siente verdadero terror por el general), tiene su primer encuentro con el encantador Santiago, un universitario idealista de cabellos rizados que resultará su vecino. Respecto a Santiago, el personaje más entrañable y trágico de No me olvides, Verónica nos dice que es simbólico porque representa al joven promedio que surcó aquellas calles, hoy ensangrentadas, exigiendo justicia; atacado, muchas veces, por la espalda: “(…) Lo único que pedimos, que los jóvenes piden, es democratizar los espacios, que se respeten los votos, las elecciones (…)” (p. 108) “Está claro que más del 70% de este país son jóvenes-señala Verónica-, quiere decir que si el 68 sucedió hace 38 años, los jóvenes actuales no solo no lo vivieron sino que lo han ido olvidando, porque la historia oficial mantiene un silencio constante sobre hechos tan importantes y fundacionales como este.”

                Aunque en un principio supuse que Verónica se estaría desdoblando en Alejandra y en la madre de esta, María Luisa, de ascendencia alemana, la autora me revela que María Luisa, la esposa torturada y desaparecida del General Ballesteros, a quien se le monta una tumba ficticia para esquivar las insistentes dudas de su hija, es un poco su propia madre. Una clase de mujer más común ahora que entonces pero que, a la luz de los hechos parecía destinada a despertar. El 68 fue un año decisivo también para la liberación femenina, el parteaguas, dice Verónica, de muchas cosas, “por primera vez gran cantidad de gente de todos los niveles socioeconómicos estuvieron en la calle defendiendo la no represión hacia los jóvenes, un asunto que tenía que ver con justicia y democracia. La gente cansada de gobiernos priistas, violentos y represores, sobre todo el de Díaz Ordaz. La mujer empieza a liberarse de muchos atavismos, está estudiando ya, tiene nuevas posibilidades de libertad, de igualdad con sus compañeros. Están Simone de Beauvoir, la píldora anticonceptiva… es un momento clave para el feminismo, de la necesidad de la mujer por integrarse a otras áreas que le han sido restringidas por la sociedad.” Como bien dice el personaje de la China en la página 164: “Yo creo que cualquier lucha a donde no va la mujer es más lenta.”

                Alejandra no es, todavía, una joven concientizada. Ni siquiera sabe exactamente quien es su padre. Su imaginación no le alcanza para concebir las torturas y vejaciones sexuales a las que el General Ballesteros somete a los jóvenes capturados. El principio del fin de su inocencia estará marcado por el hallazgo de unas fotografías donde su madre, a la que ha creído muerta desde hace muchos años, aparece con huellas de torturas… fotografías que la propia María Luisa se tomó para denunciar el crimen de su marido. Poco a poco Alejandra despertará, en un principio, influida por Santiago, que de algún modo se prestará de Lazarillo, prestándole sus ojos comprometidos, y le hará ver la importancia de su participación en la mega protesta que involucró prácticamente a toda la sociedad civil. Como Sobrevivientes, No me olvides tiene un final abierto que sin embargo pudiera juzgarse de “feliz” pues se trata de la oportunidad que la vida le brinda a Alejandra-Verónica para hacer algo más que escurrirse por la ventana: es su bienvenida como mujer… mujer libre.

                “Necesito de la palabra escrita –dice Verónica-, pero no sé que sigue después. Siento que soy mucho como en medio de algo, entre los que generan y los que reciben la noticia. Estoy ahí en medio, por eso pienso que la palabra “comunicadora” no es mala, porque es un puente entre quien recibe y hace los mensajes.” Verónica Ortiz admira a J.J Coetzee; aguarda con ansiedad las dos nuevas novelas de Rosa Beltrán y dice regresar eventualmente a su libro de cabecera: Madame Bovary. Le interesan además las autoras que están planteando su propia realidad en diferentes partes del mundo, la escritora y periodista colombiana Laura Restrepo y la poeta mexicana Verónica Volkow. Actualmente, Verónica es asesora cultural del Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer del Colegio de México y columnista de la revista independiente Emeequis.

    September 24

    De cómo una doncella inventó el oficio de escritor

    Si las mujeres hubieran escrito los libros,

    estoy segura de que lo habrían hecho de otra forma

    porque ellas sabes que se les acusa en falso.

    C.P

    Épistre au dieu d´amours (1399)

     

    Había una vez una doncella sumamente afortunada llamada Cristina. No, no era una princesa, pero hubiera podido pasar por una debido a la crianza a la que se hizo acreedora gracis a la privilegiada posición de su padre, Tommaso de Pizzano, nada menos que el astrólogo del rey Carlos. Veneciano de origen, don Tommasso había llegado a aquel palacio a orillas del Sena, llevando de la mano a una encantadora criaturita, su hija, que conquistó a los cortesanos con su simple presencia. Nacida en Venecia en el año 1364, Cristina, al igual que su padre, modificaría su apellido para integrarse de lleno a la corte francesa, y el italiano “de Pizzano”, que significa “oriundo de Pizza”, se transformó en “de Pizán”. No obstante, su futura escritura manifestaría una gran influencia italiana, concretamente de Dante, su escritor más amado.

                Sobre su padre escribiría la doncella, atribuyéndole dicho comentario a Derechura, personaje creado por ella misma: “Tu padre (Cristina), gran sabio y filósofo, no pensaba que por dedicarse a la ciencia fueran a valer menos las mujeres. Al contrario, como bien sabes, le causó gran alegría tu inclinación hacia el estudio. Fueron los prejuicios femeninos de tu madre los que te impidieron durante tu juventud profundizar y extender tus conocimientos, porque ella sólo quería que te entretuvieras en hilar y otras menudencias (…) (La ciudad de las damas, Siruela, Traducción de María José Lemarchand, 2001, p. 199). Del rey Carlos no podía tener Cristina la menor queja, mucho menos de su consorte, la reina Juana de Borbón que la trataba con afecto de madre. En aquel ambiente no encontró Cristina la menor dificultad para consagrarse a su mayor pasión: el estudio de las letras, la cual llevó a cabo sin sobresaltos (como no fueran los llamados a cenar de su madre a quien le asustaba que su hija no se limitara a las lecturas pías) en una casa cerca del Palacio de Saint-Pol, una de las residencias de los Valois en París. No extrañen tales aficiones en una doncella cuyo padre era hombre de ciencia y cuyo abuelo materno era nada más y nada menos que el anatomista Mondino de Luzzi. Pasaba sus días y sus noches revoloteando en la cada vez más nutrida Bibliotéque Royale, ligeramente escandalizada con el retrato que de las mujeres hacían sus autores favoritos y con los cuales no se sentía identificada en lo absoluto, pues de tonta no tenía un pelo, y de frívola, menos. Por si todo lo anterior no bastara, la doncella contrajo matrimonio a los quince años, por decisión propia y no en un compromiso arreglado como solían ser la mayoría, con el notario del rey, de veinticuatro, Etienne du Castel, que además de apuesto jamás le estorbó en su pasión por las letras, más aún, le enseñó su oficio, por lo que Cristina terminaría convertida acaso en la primera abogada de la historia. Sobre su amado esposo, diría Cristina a través de Derechura: “(…) Hay maridos malos, pero los hay honrados, excelentes y prudentes. Las mujeres que se los encuentren han nacido con buena estrella y deben agradecer al cielo tanta felicidad. Esto lo sabes muy bien (Cristina) por tu propia experiencia porque tuviste tan buen marido que no podrías haber elegido otro mejor (…)” (p. 171).

                Como se ha leído entre líneas, el haber recibido muchas más bendiciones que el común de las mujeres de su tiempo, no impidió a Cristina sensibilizarse ante las penurias de sus congéneres, por lo que desde temprana edad enfocó todos sus esfuerzos, tanto artísticos como intelectuales, a mejorar las condiciones de vida de las mujeres, víctimas de una serie de prejuicios ancestrales que las condicionaban a la eterna sujeción y a un enclaustramiento estéril, es decir, desprovistas de esos elementos de superación personal que son los libros. Todo lo anterior hace de nuestra doncella la primera feminista de la historia, aunque el término se haya acuñado hasta mediados del siglo XIX, en Inglaterra. Cada vez más inconforme con la imagen que de sí misma pretendían devolverle sus autores amados, particularmente los griegos (Ovidio y Aristóteles, por ejemplo), Cristina se dedicó a buscar en sus mismas lecturas a mujeres ejemplares cuya mención bastara para revertir los malignos estereotipos de la feminidad y sin duda debió maravillarle descubrir, a través de Horacio, que al morir Platón encontraron bajo su almohada los cantos de Safo, como bien deja asentado en La ciudad de las damas, considerada su obra emblemática, no traducida al inglés y holandés sino hasta finales del siglo XX. La primera traducción al español, dada a conocer hasta el XXI, se la debemos a Marie José Lemarchand, quien en sus notas a la edición que nos ocupa nos sorprende al aseverar que si bien procuró modernizar el texto sin desvirtuar su sentido original, tuvo que omitir términos que nos sonarían excesivamente modernos. A este libro, le seguiría El tesoro de la ciudad de las damas (1405), libro de consejos para mujeres.

                La diosa Fortuna, a la que Cristina alude con el mismo resentimiento con que nos referiríamos a un amigo ingrato, habría de jugarle una mala pasada: muere su poderoso protector, el rey Carlos, cuyos sucesores, si bien no la reprimieron, tampoco le prestaron mayor atención. A continuación vendría el deceso de su amado padre y, tras diez años de dichoso matrimonio, la peste que asoló a París en 1389 se llevaría a Ettienne dejando a su viuda desconsolada y desprotegida, con dos niños a su cargo. La viuda del notario habría de ingeniárselas para sacar adelante a su prole o, como dice no tan metafóricamente en uno de sus poemas: “(…) de mujer me convertí en varón/ por la fortuna que así lo quiso/ así me transformó ella, cuerpo y espíritu/ en un hombre natural, perfecto…”, y lo único que sabía hacer era escribir. En ese sentido, Cristina de Pizán sería precursora en más de un sentido pues en una época en la que todavía se estilaba que el autor dictara a un secretario o escriba, esta dama medieval cogería ella misma la pluma y se retiraría a una habitación a escribir sus propios textos, es decir: cuatro siglos antes de que Virginia Woolf reflexionara sobre la necesidad de que la mujer creadora tuviera un espacio personal de creación, Cristina ya se había hecho de uno. Esto, en cierto modo, hace de ella también una editora. A decir de Banca Garí, Cristina es la primera escritora feminista porque es la primera que escribe desde la experiencia de su cuerpo de mujer. Pero hay más: Cristina de Pizán se convertiría en el primer escritor profesional de la historia, es decir, el primero en obtener ventajas económicas de su talento. Con ella se funda un rincón del hogar desconocido hasta entonces: el estude. Dice Lemarchand: “(…) el “estudio” de Cristina corresponde también a una innovación arquitectónica que marcó un nuevo estilo de vida para una sociedad que empezaba a valorar la privacidad. Hacia finales del siglo XVI se va aislando del resto de las salas del castillo al menos una cámara donde retirarse (…)” En esa reclusión escribiría Cristina La ciudad de las damas, publicada por primera vez en 1404.

                En la citada obra, dividida en tres libros, una agobiada Cristina que empieza a sentirse avergonzada de su propio sexo tras estudiar concienzudamente las versiones que sobre él aportan los autores, es visitada por tres distinguidas damas: Razón, Derechura y Justicia. Ellas la invitan a participar de la construcción de la ciudad de las damas, y mientras Cristina levanta fortalezas, sus nuevas amigas refrescarán su memoria respecto al interminable desfile de féminas, reales y ficticias, que contradicen a los autores misóginos: artistas, heroínas, santas, reinas, inventoras, etcétera. Un recurso muy semejante al que emplearía nuestra Sor Juana en Primero sueño y Sombra fugitiva, dos siglos después: “Anda- le dice Derechura a Cristina, arquitecta de la Ciudad de las Damas-, mezcla con tinta este mortero y usa sin reparos esta argamasa, porque yo te proveeré con gran cantidad de ella y gracias a la virtud divina, avanzando a grandes trazos a tu bien templada pluma, pronto acabaremos la construcción de los altos palacios y hermosas mansiones, donde podrán residir siempre las damas de gran fama y mérito a quienes van destinadas.” (p. 155).

                Pero la labor a favor de su oprimido sexo no se restringió al terreno escrito: Cristina echó mano a los conocimientos de derecho legados por Ettienne para defender, hasta donde le fue posible, a las mujeres víctimas de lo que hoy llamaríamos “violencia doméstica”. A decir de Lemarchand se convirtió en una “campeona”, según el concepto medieval que pudiera entenderse, en términos posmodernos, como defensora de los derechos humanos. Se convirtió en una polemista muy admirada que desde el púlpito, al estilo clerical, exhortaba a los hombres a valorar el potencial de sus mujeres y aprender a verlas como lo que realmente eran: sujetos y no objetos: “(…)si la palabra femenina fuera tan despreciable y de tan escasa autoridad como pretenden, jamás hubiera permitido nuestro Señor que fuera precisamente una mujer quien anunciara su Resurrección; así lo hizo con María Magdalena el día de Pascua, cuando le ordenó que llevara la noticia a Pedro y a los demás apóstoles. ¡Bendito seas, Dios mío, por haber querido que, además de los infinitos dones con los que colmaste al sexo femenino, fuera una mujer la mensajera de tan extraordinaria nueva!” (p. 85). Cristina fue, además, la más apasionada defensora de una valerosa doncella caída en desgracia: Juana de Arco. Fue además la primera biógrafa de la santa en vida de esta, titulada Dechado sobre Juana de Arco, mientras languidecía en una mazmorra, condenada a la hoguera. En dicho libro, publicado en 1429, se lleva a cabo un diálogo entre la doncella y la dama que la consuela y agradece su acto patriótico que nadie ha sabido comprender, y podría ser interpretado por un genuino tratado feminista. La ciudadanía es uno te los temas en los que más profundiza este texto, haciendo alusión a la represión de los poderes eclesiásticos y monárquicos, que dificultaban sobremanera que una mujer desarrollara un criterio propio, por lo que había que valerse de los resquicios que acusaban dichas leyes. Para entonces Cristina, ya recluida en un convento donde prosiguió su incansable labor literaria, reflexionaría sobre la enorme ventaja que representa la reclusión para una mujer de genio. A veces el convento era preferible, particularmente para las que, como Cristina de Pizán, deseaban cultivar el espíritu y el intelecto, dos entidades fuertemente vinculadas en su tiempo. “Dios les ha dado (a las mujeres) (…) una hermosa inteligencia que puede aplicar si quieren, a cualquiera de los campos donde se ejercitan los hombres más ilustres. No son ni más ni menos accesibles para ellas, si quieren estudiar y ganarse la fama con un trabajo honrado.” (p. 12).

    Todo lo anterior no significaba que fuera ciega a los vicios y defectos de ciertos ejemplares femeninos, como sería el caso de Isabel de Baviera, a la que si bien pondera en La ciudad de las damas, junto con otras contemporáneas como sería la pintora Anastasia, ilustradora oficial de los libros de Cristina, posteriormente increpará públicamente cuando la soberana organiza un gobierno rival al de su hijo, traiciona a su esposo con el Duque de Orleáns y se adhiere a la causa de los borgoñeses que era casi tanto como aliarse con los peores enemigos de los franceses: los ingleses, contra quien se emprendería la llamada Guerra de los Cien Años: “(…) no me ocuparé de las mujeres malas porque no representan la naturaleza femenina, sino su perversión.” (p. 172).

                Del mismo modo que los autores ofrecían sus obras moralizantes a las damas de alta alcurnia como una forma de invitarlas a enmendar su conducta, Cristina de Pizán ofreció La ciudad de las damas al duque de Borgoña y a Juan sin Miedo, esperando hacerles reflexionar sobre su errónea postura respecto al sexo femenino. Otro enorme logro de nuestra heroína, no obstante su enaltecimiento a las damas disfrazadas de caballeros y de frailes que emprendieron hazañas propias de un varón en los terrenos bélico, intelectual y espiritual, fue que nunca recurrió al travestismo para hacerse escuchar, admirar y respetar. Sus sermones, se dice, eran tan intensos, bien argumentados y geniales, que ningún varón se atrevió a rebatirla jamás. Los lectores actuale podrán cuestionarle su excesivo énfasis en nombrar la castidad femenina como una de las mayores virtudes, pero leámoslo a la luz de su tiempo y no del nuestro, donde existe la posibilidad de evitar embarazos y enfermedades venéreas: las relaciones sexuales no hacían sino acarrearle problemas, cuando no verdaderas tragedias, a las mujeres. Y los problemas, sabemos bien, no hacen sino distraernos del trabajo intelectual.

                Autora de un tratado militar que habría de impresionar vivamente a Enrique VIIII de Inglaterra, Libro de los hechos de armas y de caballería, Cristina realizó asimismo traducciones de obras varias y redactó manuales didácticos, que en buena medida contribuyeron al sustento de su familia. Fue además copista. Entre sus obras se cuenta Cartas de la querella de la novela de la rosa (1398-1402), donde airada pero firmemente rebate los conceptos misóginos de Jean de Menú, autor de La novela de la rosa, romance del siglo XIII, por lo que habría de convertirse, otra vez, en la primera polemista y crítica literaria. Cristina de Pizán moriría en 1430, en el monasterio de Poissy. Durante algún tiempo parte de su obra fue atribuida a Giovanni Bocaccio, hasta que en 1786 se recuperó la autoría de los quince volúmenes de los que consta su obra completa.   

    September 18

    Guardiana del Edén

    Escribir duele. Entume la mano. La sangre corre caliente por el brazo, sube al corazón; las palabras surgen enojadas…

    LC

    Viéndola parece mentira que solita haya desafiado a los demonios: frágil hasta lo etéreo, mirada entre cansada y dulce, nimbada por insólita aura de paz. Lo primero que pensé al conocer a esta mujer de expedita sonrisa fue que sería capaz de abarcarnos a los mexicanos defraudados en un abrazo y consolarnos, pasando por encima de su propio miedo… porque el valiente lo es en la medida que se reconcilia con su miedo. Sólo quien se ha familiarizado y comprometido con el dolor de los demás puede mirar en la forma en que lo hace esta posmoderna heroína que ha expuesto públicamente a unos magnates pederastas que controlaban una red internacional de pornografía infantil… y ha vivido para contarlo. Armada solo de palabras y de verdad, Lydia asegura no trabajar con la violencia sino con la paz. Me dice también que últimamente ha aliviado su alma leyendo a Eduardo Galeano, y me lo dice con la tranquilidad de quien no tiene deuda alguna con la justicia, mucho menos con la vida.

                Lydia Cacho Ribeiro nació el 12 de abril de 1963, en la ciudad de México, aunque radica en Cancún, Quintana Roo, donde dirige un centro de atención a mujeres víctimas de la violencia doméstica (CIAM) que fundó hace dieciocho años, trabajo que, asegura con un aleteo de sus asombrosas pestañas, le fascina. Aquí ha aprendido que la justicia existe, después de todo, pues el 99% de los casos han tenido un feliz desenlace, y cuando no, ha ayudado a las víctimas de empezar de cero en países lo bastante lejanos para ser alcanzadas. Hija de una portuguesa de nombre Paulette que realizó trabajo de campo en los ámbitos más sórdidos y peligrosos, entre “chavos banda”, Lydia aprendió que la mejor manera de darle significado a la propia vida es contribuyendo a la felicidad y bienestar de los demás. Lo anterior la llevó a ejercer el periodismo de derechos humanos, sin descuidar su labor al frente del centro ni su pasión por la literatura “que me persigue desde el Colegio Madrid”. La fusión de ambas pasiones desembocó en la escritura de la novela Muérdele el corazón (Plaza & Janés, 2006), originalmente publicada por Demac bajo el título Las provincias del alma (2003), es decir, se trata de un trabajo previo al reportaje Los demonios del Edén, mismo que la ha hecho acreedora al XIV Premio Nacional de Derechos Humanos Don Sergio Méndez Arceo y a la admiración unánime de miles de lectores en el mundo, pero también a la persecución de políticos como Mario Marín, gobernador de Puebla, que hizo arreglos para su encarcelamiento en complicidad con el poblano Kamel Nacif, amigo y socio del pederasta por ahora encarcelado en Arizona, Jean Succar Kuri, empresarios ambos de origen libanés. Escribiría Blanche Petrich en La Jornada del 14 de febrero de 2006, refiriéndose a la divulgación de la grabación de la llamada telefónica en la que Marín y Nacif se ponen de acuerdo para destruir a la periodista, depositada en la recepción del citado diario por manos anónimas: “Nacif Borge, con voz rasposa y lenguaje vulgar, refiere a lo largo de las conversaciones cómo, mediante amistades y contactos dentro del Cereso poblano, “recomendó” que encerraran a Lydia con “las locas y las tortilleras” para que fuera violada cuando ingresara a prisión; cómo se obviaron los trámites legales de notificar a la periodista del proceso que se seguía en su contra, “porque si no, no llega a la cárcel”

                Más adelante, continúa Blanche Petrich, dando voz a Lydia, quien más que detenida fue prácticamente secuestrada: “En cuanto ingresé al Cereso me pasaron a un área de revisión. Una custodia joven me ordenó desnudarme completamente. Fue muy humillante, pues no había puerta y solo un plástico nos dividía de donde estaban los judiciales. Hacía mucho frío y empecé a estornudar. De pronto me dijo la celadora: “¿Usted es de la tele, verdad? Tenga mucho cuidado, porque la van a violar”. En su espanto, Cacho sólo acertó a preguntar: “¿Cómo?” Ingenuamente, la policía entendió literalmente la pregunta. “Pues con un palo”. Pero le recomendó: “No se preocupe, póngase a estornudar, hágase la muy pero muy enferma para que me la pueda llevar a la enfermería”. En ese momento entró al área la jefa en turno de custodias. “Me di cuenta –relata Lydia Cacho- que intercambiaron señas y miradas. No se me va a olvidar nunca el nombre de esa mujer. Entre las dos me tomaron de los brazos y empezamos a avanzar por un corredor. Al fondo había tres custodios hombres. Se adelantaron y empezaron a forcejear con las custodias, tratando de llevarme a otro sitio. Ellas resistieron, la jefa les dijo que iban por medicina y luego me entregaba con ellos. Corriendo alcanzamos la puerta de la enfermería. Una vez ahí adentro me aseguraron que no me entregarían, me tranquilizaron, me dejaron descansar y cumplieron su palabra de mujer. No dejaron que me violaran.” Lo anterior demuestra el grado de vulnerabilidad de los periodistas mexicanos ante los poderosos (México ocupa el segundo lugar, por debajo de Colombia, de crímenes contra periodistas) que parecieran gozar de impunidad absoluta; demuestra asimismo la clase de demonios a los que se enfrenta Lydia y a quienes la propia Constitución, contra lo tan cacareado por la demagogia oficial, protege al no establecer garantías para el oportuno ejercicio de la libertad de expresión de los periodistas que, cuando no asesinados, son encarcelados bajo el cargo de “difamación”.

                Lydia, que goza por lo pronto de libertad condicionada, ve publicada su novela Muérdele el corazón, donde aborda la historia de Soledad, una mujer infectada de VIH Sida por su esposo. Lydia construyó este personaje con retazos de muchas mujeres, contaminadas la mayoría por su propio cónyuge, a las que ayudó, alentó y orientó. Que incluso murieron en sus brazos pues Lydia propició además la creación de un albergue para enfermos de VIH, dado el desprecio con que siguen siendo tratados en la salud pública. Soledad deja de ser Soledad… deja de ser una mujer, un ser humano, para transformarse en “cama número siete”: “(…) Ya las enfermeras de la clínica habían comentado que es política del Seguro dar antirretrovirales, pero no hay presupuesto federal para el tratamiento específico del sida. Según una de ellas, al gobierno no le conviene que se mueran pronto los pacientes, mantenerlos vivos resulta muy costoso (…) Tal vez tengan razón; aunque resulta un poco simplista la causa por la que no entregan antirretrovirales en las clínicas del gobierno, en lo personal creo que es más bien porque no hay una política pública realista sobre la cantidad de personas que viven con el virus de inmunodeficiencia, o con sida. Si los del Conasida me preguntaran si hay sida en mi hogar, ni loca que lo admito públicamente. A lo mejor por eso en nuestro país no hay estadísticas, porque si las hubiera tendríamos que confrontar la realidad, y la negación es un activo nacional.” (p.p 76 y 77).

                Soledad es el ama de casa promedio. Esposa de un hotelero de Cancún, maestra de primaria, madre de un niño y de una niña. Su vida transcurre en una tranquila domesticidad, algo que pudiera llamarse “felicidad”, hasta que una serie de síntomas fisiológicos la colocan ante la brutal realidad: su esposo le ha sido infiel y le ha transmitido el virus del sida. Lejos de ser un caso aislado, la realidad es que las amas de casa han pasado a encabezar las estadísticas de portadores del virus en América Latina, por encima de drogadictos, homosexuales y prostitutas. El virus se ha instalado en la sagrada intimidad de la familia, dejando a su paso un reguero de huérfanos y propiciando una nueva generación de bebés que nacen contaminados. El machismo, aunado a un analfabetismo sexual que nuestras máximas autoridades parecen empeñadas en perpetuar al vetar la educación sexual en las escuelas, es la explosiva mezcla que continuará deshaciendo familias enteras.

                Ante tan terrible circunstancia, Soledad inicia la escritura de un diario a través del cual no sólo se desahoga sino que reflexiona, cada vez más profunda y profusamente, respecto a sí misma, a su situación y a quienes le rodean, como su esposo (que no alcanza a desarrollar la enfermedad); su suegra feminista, que feminista y todo no logró desviar a su hijo de las influencias de un medio ambiente que insiste en hacer creer a los varones que pueden practicar impunemente su sexualidad; Carmina, su querida mejor amiga, que concluirá el relato por ella, y sus dos hijos que presencian la consunción de una madre otrora atlética: “(…) No escribo este diario para trascender, como los autores de quienes les hablo a las y los alumnos; escribo para sobrevivir, para mantener esta frágil mente equilibrada, para no dejar a las ideas perderse en la vorágine de la depresión que está guisándose en mi alma. Escribo para no morir. Para saber que aún no he muerto.” (p. 56).

                Lejos del melodrama, Muérdele el corazón (el título es un verso de Jaime Sabines) muestra el proceso de maduración y conscientización de una mujer que, paradójicamente, se fortalece conforme su cuerpo se va corrompiendo. Soledad se percata de circunstancias que no la inquietaron mientras estuvo sana, su verdadera posición dentro de la sociedad, familia y la pareja. Ha adquirido la madurez necesaria para perdonar a su esposo, quien por otra parte pasará de ser un personaje odioso al más conmovedor, y es que, como la propia Soledad comprende finalmente, Carlos ha sido víctima como ella misma; víctima de una sociedad que ejerce la doble moral y nos regatea información en nombre de un catolicismo torcido que ha engendrado más demonios que ángeles:  “(…) la sapiencia producto de la educación formal y religiosa puede ser un lastre para la tolerancia (…)” (p. 73). Soledad, por otra parte, adquirirá consciencia de la marginación social hacia los “diferentes”, concretamente los y las homosexuales, al experimentar en carne propia la discriminación que le cierra todas las puertas, sobre todo en el aspecto profesional. El desconocimiento latente de este mal da pie a una serie de prejuicios y creencias ridículos, como suponer que la sola presencia de un seropostivo puede resultar contagiosa. Todo lo anterior lleva a Soledad a leer a Marcela Lagarde, importante autora feminista mexicana de quien la propia Lydia se declara discípula y amiga. Tanto Soledad como Carlos adquieren consciencia de género; ella, a través de sus lecturas y conversaciones con otras mujeres conscientizadas como Carmina quien, como la propia Lydia, saca fuerzas de la indignación, y su maravillosa suegra, quien es justamente quien la introduce a la lectura de Lagarde; él, a través del sufrimiento infringido a su compañera y sus equívocas nociones de masculinidad y la exigencia social de ostentación de la misma. No se trata de un castigo (como lo considera la dama redentora, salida de la nada, de donde vienen los que carecen de vida interior, que insiste en visitarla para leerle la Biblia) sino de una lección. Finalmente, los hijos aprenderán a través del dolor, que si bien es la vía menos deseable es, a fin de cuentas, una oportunidad para no repetir errores: “¿Quién sabe qué decirles a dos criaturas tan pequeñas acerca de la muerte, del sida, de la monogamia, de los condones en el matrimonio?” (p. 91).

                Lydia ha visto a mujeres morir de sida… a niñas asustadas ante las amenazas de un hombre que dijo ser su benefactor y terminó violándolas, prostituyéndolas y filmándolas: “No es un caso fácil –me confesó Lydia durante nuestra primera entrevista-. Vivimos en una sociedad adormilada que no mueve un dedo y este problema involucra a decenas de niños de hasta cinco años, mayoritariamente mujercitas; a policías y a políticos corrompidos, y a redes de narcotráfico y pornografía infantil. No es la trama de una película en cartelera, es un drama real.” Los demonios del Edén es un libro que arranca lágrimas de indignación, incluso gritos; que pinta de cuerpo entero a una sociedad que se ensaña con las víctimas y justifica a los violadores en nombre del dinero y el poder. Los niños y niñas que tuvieron el valor suficiente para señalar a su corruptor, Jean Succar Kuri, así como a su “distinguida clientela” entre quienes figuraban políticos y empresarios, incluso señoras respetables, fueron señaladas a su vez en las calles de Cancún y tildadas de “putas”. Junto con Lydia, el ángel que ha hecho algo más que prestarles el hombro para que lloren sobre él, han sido víctimas de toda clase de vejaciones. Ella, mientras aguarda el siguiente movimiento de los enemigos que han pretendido callarla por todos los medios, trabaja en su siguiente proyecto periodístico donde expondrá los mecanismos a través de los cuales unos empresarios mexicanos se dedican a vender personas, concretamente mujeres colombianas, venezolanas y cubanas que trabajan principalmente en los table dance de Monterrey y que sin duda le acarreará nuevos enemigos. No obstante lo anterior, Lydia confiesa que lo que en verdad desea es escribir una novela sobre el amor… como si no hubiera expuesto su vida justamente por eso, por amor.

     

    Lee las últimas noticias sobre el caso Lydia Cacho en el periódico La Jornada

    http://www.jornada.unam.mx/2006/09/14/008n1pol.php

    http://www.jornada.unam.mx/2006/09/14/008n1pol.php

     

    September 11

    Vuelo de mariposa herida

    …escribo como mujer, y porque soy mujer estoy profundamente consciente de las formas en las cuales se puede abusar del poder…

    M.R

     

    Margaret Randall rompió radicalmente sus ataduras con el mundo. Podría decirse que nació una y se volvió otra: ¿Quién supondría que una niñita vestida de encaje y moño, nacida en el seno de una tradicional familia judía de la clase media en Nueva York, criada esencialmente para casarse y criar niños, terminaría recorriendo el mundo a bordo de una motocicleta, involucrándose en las diversas rebeliones latinoamericanas de la década de los setenta y ochenta, enamorada de la cultura andina y proclamándose lesbiana en la madurez? Por supuesto, tuvieron que pasar muchas cosas y muchos años sobre aquella niñita de largas trenzas que, según revela en su doloroso poema “La segunda foto”, enfrenta a la cámara en demanda de respuestas, mientras su abuela materna “(…) rodea mi trasero engalanado como para una fiesta,/ tus dedos en una rara postura, como haciendo un signo secreto” (Esto sucede cuando el corazón de una mujer se rompe (Poemas 1985-1995), traducción, prólogo y notas de Víctor Rodríguez Núñez, edición bilingüe, Poesía Hiperión, 1999, p. 55).

                Sistemáticamente violada desde la más tierna infancia por su abuelo materno, parapetado por la abuela de Margaret, la poeta calló por la sencilla razón de que no recordaba nada. Nunca supo qué nombre darle a aquello que la rompió por dentro y la obligó a vivir recogiendo pedazos hasta restaurarse como obra maestra. Como cualquier chica de su condición se casó, y junto con su flamante esposo, con quien procrearía a su primer hijo, Gregory, emprendió su primer viaje en moto al norte de África y Europa, apenas graduada de la high school, en 1954. Pararía en Sevilla durante un año, empleándose como criada, asimilando la lengua de la que habría de enamorarse: el castellano. Y si bien probó la libertad absoluta y le encantó, por alguna razón no especificada terminaría de vuelta en Nueva York, la ciudad donde nació el 6 de diciembre de 1936 (aunque se criaría en Nuevo México), y donde conocería al padre de Gregory, un hijo, señala Margaret en todo momento, muy deseado. Durante este trance despertaría su conciencia política, año 1961, al grado de hacerla dar un giro de 360 grados, con todo y su bebé de diez meses y dos libros de poesía publicados, rumbo a México. Ahí descubriría otra veta: la poesía, vía ideal para la expresión de sus dolores y anhelos. En México, asegura Margaret, se hizo feminista y empezó a usar la voz ajena. Publicará también su primer libro sobre feminismo: Las mujeres. Antología documental (Siglo XXI, 1970). A través de la poesía surge por fin lo que le había sucedido en la más tierna infancia y pudo ponerle un nombre: incesto. Margaret se reencontró, al fin, con Margaret: “Cuando Margaret escribe su nombre/ Margaret es un poema/ los lectores deben detenerse y considerar semejante evidencia (…)” (“Primera nota al pie”, p. 23). Finalmente, la otrora niña violada encara al abuelo violador, a la abuela cómplice,  y a los anonadados padres que nunca supieron: “En este poema sostengo tus ojos y grito:/ por favor, mamá, no sigas diciéndonos/ las palabras que piensas que queremos oír. Háblanos desde tu propio miedo./ (…) Mira, yo ahora reúno a mis hijos/ agrupo sus estaturas/ mato al santo a treinta años de su muerte/ toco su carne putrefacta bajo la luna/ veo cómo caen en los pilares./ (…) Recojo sus pedazos.” (“Para matar al santo”, p. 59). Encarará también a los dictadores, en especial a sus compatriotas que se asumen herederos de Dios: “Bajo mi piel/ todas las muertes se aglomeran/ junto a esa sola muerte:/ en algún lugar de El Salvador,/ mayo, 1975:/ Roque, revolucionario, poeta, amigo,/ torturado y luego asesinado/ por miembros desertores de su propia organización./ Uno de sus abusos de guerra desigual,/ imposible de borrar.” (“Muertos”, Dentro de otro tiempo: reflejos del Gran Cañón, Alforja, CONACULTA, FONCA, Traducción de María Vázquez, 2006).

    En México se relaciona entrañablemente con los también poetas Juan Bañuelos, el nicaragüense Ernesto Cardenal. Con Sergio Mondragón fundaría, en 1962, la revista bilingüe The plumed horn (El corno emplumado), que alcanzaría 32 números y publicaría, además, más de veinte títulos de poetas norteamericanos y latinoamericanos. También procrearía con él dos hijas: Sarah (1963) y Ximena (1964), divorciándose al poco tiempo de nacer esta. Ya desde su labor editorial empezó a tener problemas con el poder por el simple hecho de publicar poetas cubanos, y su maternidad de dos niñas mexicanas (Ana estaba por nacer) no suavizó la actitud represora del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz sobre la norteamericana, implicada con toda su alma en el movimiento estudiantil de 1968 y asumiendo una actitud crítica contra los represores a través de su revista, circunstancia que la forzaría, primero, a vivir en la clandestinidad (como tantos mexicanos participantes del movimiento), aunque al poco de nacer Ana, su tercera hija fruto de su unión con el poeta Robert Cohen, salió ilegalmente del país que no hubiera querido abandonar jamás, con rumbo a la Habana donde viviría felizmente hasta 1980, sin lograr recuperar la nacionalidad norteamericana a través de su unión con Cohen que le sería nuevamente regateada en 1986 tras comprobársele que era “comunista” por escribir un poema al Che Guevara. Se le cuestionó también por asuntos tan absurdos como pintar desnudos en una clase de arte y trabajar como mesera en un bar gay. Sus conceptos, más que sus experiencias (cuya vía de expresión, insisto, es la poesía) se reflejan en tres ensayos sociológicos publicados por la editorial Siglo XXI: Los hippies, expresión de una crisis; Las mujeres; El espíritu de un pueblo: las mujeres de Vietnam; Mujeres en la revolución, y una hermosa crónica en coautoría con el poeta cubano, Ángel Antonio Moreno, sobre un querido artista callejero de Matanzas, el Che Carballo: Sueños y realidades del Guajiricantor (1979), así como en su material periodístico, desperdigado en las más importantes revistas latinoamericanas.

    En los años ochenta se mudaría a Nicaragua para vivir desde dentro la lucha del frente sandinista, lo que daría lugar al libro Todas estamos despiertas, donde detalla la muy activa participación de las mujeres contra el terrible General Somoza. Publicado en su país natal bajo el título de Sandino`s daughters, estaba destinado a ser su libro emblemático por el que hasta la fecha recibe amorosas cartas de sus lectores: “Muchas creímos que, a pesar de las importantes contribuciones del FSLN, su incapacidad de enfrentar el feminismo (así como el racismo y el abuso generalizado del poder) contribuyó a su derrota. El Liderazgo Sandinista, masculino en su mayoría, continúa hablando de su compromiso con la igualdad de la mujer, ¿pero dónde están las acciones que apoyan las palabras?” A través de Las hijas de Sandino, una historia abierta, expone las mentiras que sobre el movimiento circularon a nivel internacional, manipuladas desde Estados Unidos: “Muchos norteamericanos ni siquiera sabían donde estaba Nicaragua – diría la autora-, ni siquiera qué idioma se hablaba ahí, porque la ignorancia que mantiene el pueblo norteamericano es una ignorancia abismal…” A decir de la autora nicaragüense Gioconda Belli: “Margaret Randall tiene la calidad de esos pájaros deslumbrantes que se le quedan a uno grabado en los ojos cuando se camina por las veredas de Bombacho (…) Una mata de pelo largo y blanco todavía húmedo en los bordes, los ojos azules llenos de melancolía y la voz que oscila entre el lamento y el canto…”   

                El despertar de una conciencia feminista, particularmente durante su experiencia nicaragüense, hizo a la poeta y periodista reparar en el hecho de que, como poeta, había terminado por trabajar con su propio dolor, que era suyo, que era ella. No se trataba, sin embargo, de abolir este aprendizaje más cultural que espiritual, sino de honrarlo, nombrarlo, poetizarlo. Y no tiene que ver con un regodeo masoquista, mucho menos con autocompasivo lamento, porque el dolor de una mujer puede ser transformado en goce estético de terceros, como el que Margaret imprime a su poesía: “…en las mujeres ha habido una enorme capacidad de resistir, que te joden pero te levantas y sigues…” El dolor de ser mujer, una vez conscientizado, internalizado, reflexionado, se transforma en un valor, en la posibilidad de una enseñanza mutua, en una lección que requiere ser compartida, transmitida, hasta volverlo leyenda: “¿Dónde está el espejo lo bastante limpio/ como para decirnos quienes somos?” (“Espejos”, p. 83). Una vez asimilada esta lección, canalizando el dolor a través del arte y de la protesta contra la injusticia, Margaret reconstruyó a Margaret y del mismo modo que grita hasta enronquecer que ella es Margaret, gritó al fin su amor por las mujeres. Madre de cuatro hijos, abuela de diez nietos, se dio el lujo de iniciar una nueva vida en Albuquerque, al lado de su pareja, la pintora Bárbara Byers a quien dedica su obra antológica, Esto sucede cuando el corazón de una mujer se rompe. Su delicioso poema, “Nuestro aniversario”, incluido en su más reciente poemario, Dentro del otro tiempo: reflejos del Gran Cañón, ilustrado, por cierto, por Bárbara, plantea el compromiso amoroso entre dos mujeres; un intercambio de anillos que, en este caso, adquiere un toque de sublime subversión: “en una fiesta móvil. Primera cita, primer toque, una noche/ hasta la mañana/ hace dieciocho años. La decisión de estar juntas todo el tiempo/ que nos queda. Luego confesamos que queríamos anillos./ Y ahí es cuando surgió mi primer sueño: un mapa/ para buscarnos a nosotras mismas.” (p. 29). 

    Este incesante rastrear en su consciencia, en su memoria y en la propia identidad, efectuada a través de una terapia pero anteponiendo a los metáforas emocionales las de la poesía, le hizo ver que era menester aterrizar en este mundo si realmente deseaba contribuir a cambiarlo, de ahí que cualquier asomo de culpa, si lo hubo, se diluyó en un feroz anti imperialismo y un radical rechazo al sionismo. Lo anterior no signifique que manifieste un arrobamiento perpetuo por el paisaje que actualmente la rodea. Su más reciente poemario, de hecho, es un himno al paisaje y a la naturaleza de Norteamérica que la petrifica al grado de dejar muda el cuaderno acarreado expresamente para capturar aquel entorno milenario: “Cada vez que me tocaba escoger/ entre escribir o sentarme silenciosamente,/ inhalar este lugar,/ dejarlo entrar en mis poros, me quedé conmigo misma,/ invitando al lugar a entrar. ¿Sabía entonces/ que podría acceder a los recuerdos después?/ Ni siquiera me hice la pregunta.” (“El cuaderno”, p. 103, 104)

    Margaret, pues, nunca se quedó de brazos cruzados, de hecho, y como dice Rodríguez Núñez, es probable que ningún otro escritor haya trabajado tan intensamente y a la par en su propia obra y en actividades políticas. Su poesía refleja las múltiples facetas de su transformación y de su lucha y la riqueza de su pensamiento nutrido de las más diversas escuelas. La falta de poder en las mujeres, ha dicho en forma decisiva, no es, como se ha querido hacer creer, un fenómeno privado, porque lo personal y lo político son dos caras de la misma moneda: “El sistema necesita mantener a las mujeres subordinadas y bien controladas, por eso pinta la vida de rebeldía como una vida desdichada. Pero si a mujer le fue mal en una relación y tiene que probar otra vez, habría que ver si ella es menos feliz que aquella que dice: “Bueno, me conformo con lo que tengo, no voy a mover el agua y me quedo donde estoy…”, declara en entrevista con el sitio web La Boletina.

                Aunque su poesía la escribió en inglés, quizá por ser el lenguaje de la infancia, del dolor, de lo renegado, Margaret está muy influida por Sor Juana Inés de la Cruz, César Vallejo, Roque Dalton, Violeta Parra y Carlos María Gutiérrez, aunque reconoce la influencia de Whitman, Hart Crane y la también poeta lesbiana Adrienne Rich. Sin embargo, a decir de Rodríguez Núñez, el verdadero lugar de Margaret está junto con escritoras negras, indias e hispanas como June Jordan, Audre Lorde, Sandra Cisneros, Michelle Cliff, Janice Gould, Sonia Sánchez, Luci Tapahanso y Gloria Anzaldua. José Vicente Anaya la ubica, muy atinadamente, junto a otras poetas de su generación que transformaron el entorno doméstico en nueva poesía, como Sylvia Plath, Anne Sexton y Diane di Prima. Uno de sus mayores afectos artísticos es Frida Kahlo, sobre quien escribe: “Siempre vuelvo a las mariposas/ asombradas como tu cuerpo roto, / fijas en su vitrina de cristal/ bajo el dosel de tu última cama./ (…) Yo también amo a la gente- a las mujeres-/ pero hay momentos en que la gente, incluso las mujeres/ me cansan.” Frida es ejemplar respecto a la forma en que una mujer puede domesticar el dolor, más aún, someterlo. No es necesario haber padecido el dolor físico que mantuvo postrada a la pintora mexicana para, como mujer, entenderla… particularmente cuando como Margaret se ha vivido recogido los propios pedazos. El dolor hace de las mujeres un ser en perpetua construcción, mutando continuamente de piel y, en casos extremos como los de Frida y la propia Margaret, transformarse en obras maestras de sí mismas: “Para mí la política y la vida son la misma cosa –le dice Margaret a Franklin Fernández-. Pero no hablo de la política estrecha o partidaria, sino de la política en el sentido de intentar hace la vida más sana, más segura y más creativa para todos… pero asumir un cargo político… ¡jamás!” Actualmente trabaja en sus memorias, que promete ser una obra monumental.  

    September 04

    El sueño dorado de los peces

    “Una mujer no sabe mirar. Sólo ve sueños.” Independientemente de las interpretaciones que puede suscitar esta frase de Julio Cortázar, epígrafe de la primera parte del poemario Casa del sueño (IMAC/ Gíglico Ediciones, 2006), me parece aplicable a una mujer en particular: Elizabeth Cazessús, nacida el 28 de agosto de 1960, en Tijuana, Baja California, donde su familia llegó, según ella misma cuenta, como tantas familias de clase obrera para sumarse a los millones que han fundado una tradición de emigrantes. Eligieron, sin embargo, quedarse de este lado, junto al mar, donde su padre ejerció el oficio de telegrafista. Poeta de vena marina, se desenvuelve Elizabeth en el territorio del sueño como pantera en la selva, atenta al peligro, proclive al riesgo pero ajena al miedo: “(…) Escribo lo que los peces sueñan/ mientras enjuago en esta habitación/ las formas del silencio y de la luz” (“Mares del sueño”, Casa del sueño, p. 14). El carácter onírico de la poética de Elizabeth puede tener su explicación en el hecho de que ella “sueña” sus poemas, la voz de su subconsciente se los dicta como a las antiguas poetas y los versos se repiten con tal insistencia de susurro entre los labios, que muchas veces no tiene más remedio que levantarse para escribirlos. El mayor riesgo que entraña el sueño es el despertar. Pero Elizabeth consigue atrapar al sueño, extraerlo de la inconsciencia y capturarlo como a un pez a la red: inútil ya reprimir este río de sueños colmado de peces.

                Morena y delicada, Elizabeth se proyecta en la niña de su poema “Algo más sobre la muerte del mayor Sabines”, cuya lectura es interrumpida de continuo por su padre… ese padre que terminará culpando a su madre por “la locura” de su hija, lo que orillaría a la incipiente poeta a quemar los papeles que considera culpables de esta disputa: “He pactado con la muerte devorada por la poesía/ Ella cala mis huesos/ Se ha ido quedando conmigo paro a paro/ Me ha abierto los ojos/ Callada, juega con mi vida/ Resurge como un estruendo soterrado de pasión/ Ilumina con su magia las honduras que habitan el/ Corazón.” (Casa…, p. 53). “La poesía, narra la poeta, brota en mi como una fuente de lo oscuro e inexplicable. Una vez alrededor de los 10 u 11 años, meditaba en la escalera que llevaba al jardín, acompañada de una pequeña donde escribía y hacía dibujos. Me preguntaba ¿quién soy yo? Y se me ocurrió escribir soy una sorpresa en la ventana cosechando palabras y silencios…Yo misma no lo entendía del todo pero me causó una  alegría inusitada. Se me ocurrió buscar a mi madre en el cuarto de planchado y le mostré lo que acababa de escribir. Ella  se me quedó  mirando de manera dudosa, entre  sorprendida y angustiada, como si algo en mí amenazara su seguridad. La incredulidad de mi madre determinó mi actitud ante la escritura, seguí escribiendo solo para mí, con una cierta timidez y avergonzada.” En la escuela, Elizabeth no tardaría en hacerse la ambivalente fama de “la que habla bonito” y “la loquita”, pero logró alternar exitosamente la escritura clandestina con el bolibol y sobresalir en ambos campos.

    Aunque personalmente es de una dulzura que lo rompe a uno, su poesía transmite la furia callada de una ola. Su fragilidad se estrella en palabras demoledoras que entrelazan erotismo y dolor, sin demarcación posible. Afirmar que ella forma olas rebasa la mera metáfora: su sincopado vaivén invariablemente nos la remite, dulces a veces, terribles otras… casi siempre dulces y terribles. Autora de cuatro libros de poesía, Ritual y canto (1994), Mujer de sal (2000), Huella en el agua (2001) y Casa de los sueños, Elizabeth es más reconocida por sus espectáculos poéticos, sencillamente hermosos, no obstante nutrirse de su propia letra que se transforma en demoledora ola al posesionarse de su autora bajo reflectores. Pero mucho más que actriz de sus propios versos, se transforma en sacerdotisa del verso cuando por asalto toma el escenario. La voz poética de Elizabeth Cazessús no es, en realidad, una sola: es un coro de voces femeninas, madeja de sirenas que, más que caracterizar, simbolizan la profunda esencia de la feminidad. Como cuando, sacerdotisa de Inana, primera poeta sobre la tierra, origen mismo de toda poesía y toda manzana, clama: “Jugábamos con letras de cal/ para ver su en el agua revivían,/ trozos de un país perdido,/ lagos y lagunas/ que alimentaban la lluvia de la ausencia,/ caligrafía blanca de las costas (…)” (“El sueño”, Huella en el agua, IMAC): “Después de las 3 de la mañana, continúa la poeta con ojos salados, y al dictado entre sueños empecé a tallerear los que serían mis primeros poemas formales. Obviamente seguí haciéndolo de manera oculta pues tenía miedo de que me juzgaran loca. Sentía cierta  incapacidad de razonarlo de manera coherente y esto representó un gran misterio con esbozos de magia para mi vida en general. Mi intuición me devolvió la voz  y surgió de nuevo la poesía: ya no podía detener el río de palabras que asomaban como tumulto del sueño sosegado.”

    Mujer. Agua. Poesía. Génesis. La vida parte del agua, la mujer es agua y la poesía, hechura del agua y de la mujer, de Inana, de Eva (¿Lilith?). La mujer, parece decir Elizabeth, es un ser que viene del agua y al agua vuelve, una y otra vez. Irremediable destino. No es casual que la Venus emergente de la espuma del mar sea icono occidental de la feminidad. La poeta, pues, se remite a los aspectos simbólicos, más que a los mitológicos, de la mujer como origen y memoria del mundo. Su escritura parte del legado ancestral transmitido de hija en hija: “Algún día voy a nacer pez en el agua/ Por si acaso no me encuentras (…)” (“Espejos de sal”, Casa…, p. 18).

                Elizabeth visualiza al mar como un inmenso sexo femenino, contumaz paridor de peces. La mar, en femenino, hembra rabiosa de soledad que arrasa la sal del universo para sanar su herida primigenia. La mirada, dice Elizabeth en algún poema, tiene por lecho el quebranto del agua y, como la mar, la poeta es consciente de que la respuesta a sus preguntas es silencio. Así pues, vuelta sincrónico canto de sirenas, se dirige a las palabras del silencio, mismas a las que azuza: “Mírate solo, las palabras son espejos…” (“No pidas mañana al amor”, p. 47). La mar tiene un lenguaje de preguntas que la poeta explicita con nitidez y sin embargo no pretende responder, más aún, las complejiza: “Los peces sedientos se arremolinan/ Reinventan universos/ de un mar que se atesora entre las letras” (“Habitaciones”, Casa…, p. 23). Ese lenguaje de preguntas se traduce en susurros de sal que inevitablemente nos remontan a aquella otra mujer con la boca retacada de dudas que nunca logró verbalizar: “La ciudad de sal”, /-en medio del desierto de Tombuctú-,/desposeído y abandonada,/ como a la mujer de Lot/ es tu eco entre la brisa/ que escampa.” (Mujer de sal, Editorial La rebelión de las Musas, núm. 5, p. 37).

                La mejor manera de dejar de callar, que no es igual a quebrantar el silencio (el silencio forma parte de nuestra naturaleza acuática), es romperse en olas, dice la poeta… escribir, ese acto que con el parto emparienta a la mujer y a la mar. En la poesía de Elizabeth Cazessús el acto de escribir está íntimamente vinculado con el parto y la maternidad, como en “Tres veces tres”, poema ganador del certamen nacional Anita Pompa de Trujillo 1993, incluido en Casa del sueño. Ambas experiencias, escribir y parir, son fruto del gozo y desencadenadoras de dolor, pero de nuevo la frontera entre Eros y Tanatos se desdibuja como poema escrito en la arena, condenado a ser tragado por la mar: olvido de agua. La maternidad, en la poesía de Elizabeth, es un redescubrimiento del propio cuerpo, generador de asombros, ergo, de escritura: “Líquido mineral diluvio de letras/ Fuego creador sobre la fronda del manzano/ Eva quien nos hereda el logos del silencio(…)” (p. 45). La escritura es la ruptura de la escribiente con el mundo, manifestación física de querer no estar. El parto es, asimismo, ruptura, desmembramiento, grito y silencio. La maternidad es representada aquí como un ritual que concierne exclusivamente a la madre y a la hija, que las aísla del resto de los mortales, las vuelve centro del universo, compenetradas en un silencio contemplativo de íntimo lenguaje: “(…) Y los ojos de una niña me miran/ Como el fauno a su madre/ Desde el coral profundo de sus órganos latente: / Mineral/ Vegetal/ Humano/ En abrazo del agua sostenido/ Dos cuerpos cohabitan en el desierto rutilante del/ universo.” (p. 41).

                Ensimismada en los dictados de la mar, por completo ajena al ajetreo mundano, a los avatares de la tecnología y a las vanguardias impostadas, Elizabeth Cazessús se convierte en su propia habitación. Bien dice Gabriel Trujillo que, más que poeta, es una artesana de dioses que mira en la cartografía del propio cuerpo las huellas gozosas de su itinerario: “Nada hay de ambiguo en su poesía. Y es que Cazessús reconoce que escribir es una apuesta dela que nadie sale indemne.” La obra de Elizabeth ha sido incluida en las antologías Across the line (Junction Press, 2003) y en la trilogía de poetas de Hispanoamérica, Pícaras, místicas y rebeldes (2004). Radica en su natal Tijuana, es madre de dos hijos adolescentes, se dedica al periodismo cultural y a sus recitales de poesía visual:En general creo que los poetas del norte  (específicamente de Baja California) hemos surgido como los (no profetas)  poetas del desierto , dentro de una realidad  determinada por la geografía y como una metáfora determinada  por la ironía de la vida; pues nos hemos hechos solos sin ninguna tradición regional y lejos de las bondades  de la tradición literaria del centro- sur de México.  Súmale a esto la problemática  de género, frente a la  condición de la mujer, y la división de grupos culturales antagónicos en el mismo estado de B.C. En Tijuana, sin escuela de humanidades hasta finales de los ochentas  etc.  Ante esto  no se que ha sido más fuerte si la  indiferencia, la orfandad  o la negación.”

     

     

    August 28

    Juego de niñas

    … Pero si aprendes a escribir mejor, poca falta de hará ningún color, con las palabras los tienes todos.

    C.B

     

    Sueña Carmen que su lecho es océano; que la libreta es el barco y la pluma fuente, su timón. Ella, por supuesto, es la capitana y sus personajes, alucinante y variopinta tripulación. Tiene Carmen hambre y sed de épica. Nada la contiene, todo la desborda. “Soy más de ópera que de bolero”, afirma Carmen Boullosa, admiradora fiel de Katherine Mansfield y Jane Austen; incapaz sin embargo de concentrarse como ellas en la domesticidad pues, dicho sea por ella misma, su tinta es muy cargada. “Adoro cocinar, pero no soy de sopitas de fideo sino de banquetes fastuosos… me encanta la exageración”. Ahí en el lecho puede permanecer Carmen días enteros y, si la dejan, años, enfundada en un camisón y las sábanas irremediablemente manchadas con su tinta cargada, si bien “mi espalda ya no me permite escribir todo acostada, lo hago sentada en un sofá… en mesa no, escribo una parte sobre el sofá, que instalé en la cocina… lo hago todo a mano y luego en computadora. He aprendido a usar la lap top como si fuera una libreta, sobre mis rodillas… pero como verás no me desprendo de la libreta. Necesito esta cercanía...” “Carmen” es, en Granada, una quinta con huerto y jardín; es también una composición poética: en todo eso se convierte Carmen Boullosa cuando recrea su imaginación sobre las rodillas, aislada por la espesa cortina de una larga cabellera castaña, exagerada como toda ella, flagrante desmentido contra Shopenhauer.

    La experiencia de la escritura es, en su caso, juego tan peligroso como fascinante, porque aunque sus apoyos favoritos sean su cama y el sofá de su cocina, la alfombra mágica de su poderosísima imaginación la traslada a terribles mundos de donde la mujer no sale entera a menos que recurra a un eficaz disfraz de varón… y no me refiero solo al atavío sino a todo lo que implica el ejercicio de la virilidad… el arte de la guerra, por ejemplo, como en Son vacas, somos puertos o en Duerme. Así pues, el de la identidad es el conflicto más recurrente en la sorprendente, atípica novelística de esta escritora mexicana. No la identidad propiamente arqueológica, la de la excavación de los orígenes, explica Carlos Rincón, sino como inventiva, como la creación espontánea y voluntaria de una nueva personalidad, de un nuevo futuro, característica perfilada tras la reescritura del llamado “subgénero” de las novelas de piratas que Carmen retoma, revive y vuelve suyo. Tal es el furor imaginativo de esta autora mexicana, nacida el 4 de septiembre de 1954 en la ciudad de México, más exactamente en la colonia Santa María la Ribera, que no debiera sorprendernos que su llegada a Nueva York el 10 de septiembre de 2001 junto con sus dos hijos haya coincidiera por un pelo con el desastre presuntamente perpetrado por musulmanes, descendientes de los personajes maravillosos y encantadores de La otra mano de Lepanto (Fondo de Cultura Económica, México, 2005), enfrentados a la irracional crueldad de cristianos bien poco cristianos, y quienes adoptan a una huérfana gitana, María, recién fugada de un convento donde despojada de la única herencia de su padre ha sido también humillada y explotada como tantas otras infortunadas jovencitas que no encuentran mejor refugio de la salvaje lujuria de los súbditos de la muy odiada España del siglo de Cervantes. En el seno de este clan morisco, donde las mujeres gozan insólito nivel de igualdad con los varones al grado de recibir instrucción militar por parte de los patriarcas, aprende María a dominar la espada como aquel otro arte que fluye por sus venas de bailaora: “(…) Las guerreras moras no se ahorraron con ellos (los cristianos invasores) ninguna crueldad. Sobre cada uno de los soldados en que ponen las manos cobran venganza. Las madres dan cuenta de sus hijos muertos. Las hijas, de sus padres perdidos. Las hermanas, de los hermanos que han perdido por las tropelías de los cristianos, los malos tratos, prisiones sin motivo, o los violentos abusos de la justicia castellana (…)” (p. 24).  Su amor por un caballero cristiano, sin embargo, orillará a María la baiolaora a usufructuar la identidad del varón Pincel para pelear codo a codo con aquel contra los moros, sus salvadores de antaño, y violar así la promesa hecha en conjunto con sus cuatro hermanas espirituales, de las cuales la pelirroja Zaida, disfrazada de varón también tras ser vejada hasta la ignominia por los cristianos, al unísono que sus hermanas carnales, buscará a María para cobrar venganza. En medio de su desenfrenada aventura y su arrojo que ni siquiera será bastante valorado por el hombre por quien traiciona a sus amigos y maestros de vida, María coincidirá nada más y nada menos que con un excéntrico soldado de nombre Miguel de Cervantes Saavedra quien, convaleciente por la malaria y una mano recientemente cercenada, se prestará a armar caballero a la joven travestida de quien sus compañeros de batalla se han limitado a alabar su temeridad tan rara en una dama (no obstante ser las doncellas travestidas una constante en la obra del propio Cervantes), sin decidirse a incorporarla oficialmente: “El hombre no era demasiado robusto, pero tenía una cara fenomenal. Ésta era tan grande y de tantos colores y texturas que vista así de cerca parecía un paisaje. En medio de la cara, casi al centro, como dos pequeños errores, le chisporroteaban dos ojillos redondos y negros, rodeados por ondas de piel, aquí rojizas, allá moradas, las más lejanas de los ojos eran blancas, desaparecían como devoradas por la protuberante nariz (…) Los poetas sólo andan entre poetas y todos entre sí se detestan, ¿qué para que andan juntos?, ¿Qué por qué se detestan? ¡Porque son poetas!” (p.p 383 y 384) El Cervantes de Carmen no es todavía el que conocemos, el autor de Don Quijote de la Mancha, aunque sus actitudes desvelen a un héroe sin duda quijotesco. Las heroínas de Carmen parecen, asimismo, brotes de simiente cervantina, aunque sus caracterizaciones y fingimientos serán letales para ellas y quienes las rodean; hipérboles de la transición femenina, desde el recato y la inercia hasta la independencia y la capacidad de tomar decisiones, como la paradigmática Claire Fleury/ Clara Flor, heroína de Duerme, perfecta fusión de la legendaria pirata Anne Bonny y el Orlando de Virginia Wolf; o Lear, de Cielos en la tierra, heroína con nombre de rey trágico que desde un remotísimo futuro intenta descifrar un texto del siglo XX que a su vez es traducción de otro escrito en el XVI dando pie a una de las novelas más complejas de la literatura contemporánea. En varias de sus novelas juega Carmen la alternancia temporal pero, más que ciencia ficción, lo que busca es proveerlas de un carácter lúdico que permita, asimismo, quebrantar el orden de la naturaleza y, con ella, la asignación cultural de los roles femenino y masculino; pervertir el cliché y recrear la feminidad.  Aún las niñas presas de hogares disfuncionales como las de Antes y Mejor desaparece, ejercerán el poder de su imaginación, más destructivo que maravilloso, y su justa ira sobre la autoridad arbitraria, particularmente la paterna: “(…) Se puede deducir que para Boullosa, la literatura es una suerte de conjunto, una forma de exorcizar esta suciedad fantasmal que tiene su origen en las instituciones, en la escuela, en la familia, en la iglesia”, señala Jean Franco. Las protagonistas de Carmen son como niñas masacrando muñecas; experimentan como la propia Carmen la extraña necesidad de escribir ficciones que se autodestruyan para curarse una posible nostalgia y poner en marcha el siguiente libro sin dejar nada atrás.   

    Carmen Boullosa, inexplicablemente (o no tanto) ignorada por los prejuiciosos críticos literarios de su país, ha sido en cambio objeto de un simposio internacional en Berlín en 1997, Conjugarse en infinitivo, en ocasión de su obtención del premio Anna Seghers, cuyas magníficas ponencias fueron compiladas en un libro del mismo título por Bárbara Dröscher y Carlos Rincón (Editorial Tranvía Sur, Berlín, 1999), pero acaso la más incomprendida de sus novelas de Carmen sea Treinta años (Alfaguara, 1999, Punto de lectura, 2003). Escrita con intención clara y por demás ambiciosa: emular a Cervantes cuando, a través del Quijote, empezó parodiando las novelas de caballerías y terminó por escribir su epitafio al género. Carmen hizo lo suyo respecto al realismo mágico pues Treinta años es una parodia de esta corriente italiana de origen y adoptada por los latinoamericanos; rodea la vida de Delmira, su heroína, otra niña insólita, de incidentes que traen a Gabriel García Márquez y a Isabel Allende a cuento. Delmira, habitante de un Agustini parecido a Macondo (la alusión a la poeta uruguaya es intencional, homenaje también a la más amada poeta de Carmen), vive del asombro del mismo modo que vive Alonso Quijano las aventuras de los caballeros míticos aunque a la inversa, pues, al  ser Delmira el único personaje cuerdo se percata del exuberante absurdo que la rodea. Independientemente de que la autora logra su objetivo de homenajear y matar, todo en un solo paquete, al realismo mágico, logra, asimismo, una novela espléndida y rica en matices: “Al siguiente domingo, la vieja Luz amaneció con las llagas de Cristo (…) Ya para entonces, la vieja Luz levitaba con todo y silla de palo e insistía en palmear las manos para que cantáramos ella y yo juntas, según la costumbre, mientras mi abuela la reprendía porque salpicaba de sangre la cocina (…)”

    Ha dicho Carmen Boullosa: “Es mejor trabajar con mentiras como materia prima, con piedras reales y no con recuerdos personales: ésos son carne y realidad, para usarlos el novelista los saca de contexto, los fragmenta, los rompe, los despinta, los vuelve piedras, sólo piedras”, quizá parta de ahí para escribir su más reciente novela, La novela perfecta (Alfaguara, 2006), donde su protagonista es exactamente lo contrario a ella, empezando porque es varón; terminando porque se trata un escritor holgazán que accede encantado cuando un científico le propone participar de un experimento cibernético a partir del cual escribirá con la pura imaginación “la novela perfecta”. Nuevamente, Carmen se vale de extremos: de la novela histórica pasa a la novela futurista y a cada cual le aplica un lenguaje, un caló exclusivo de ese mundo específico; del barroco-chilango de La otra mano de Lepanto pasa al cholo-chilango de La novela perfecta sin la menor dificultad… y para variar se cerciora de que su obra se autodestruya al final, aunque esa destrucción nunca ha estado más justificada que en La novela perfecta, donde lo que se pretende demostrar es que no puede existir novela, mucho menos perfecta, si no es a través del lenguaje. Leamos la autocrítica de Vértiz, el escritor holgazán que pretendió escribir sin lenguaje de por medio: “(…) supe el defecto mayor de mi modo de narrar: nunca cobraba verdadera forma la casa, el lugar donde estuvieran las personas; el edificio nunca mostraba su geometría; a la manera, digamos, del Ridotto, las escenas ocurrían como en retratos de cámara. La escena que había hecho de la ciudad tampoco daba una idea de un Todo, miraba como a través de un catalejo, enfocándose en un círculo, desdibujando el entorno. Más que desdibujando: no dándole forma…” (p. 145). Para Carmen lo más amado es el lenguaje y lo ha demostrado no solo a través de la prosa, también de la poesía. El género poético, lejos de poner freno a su desbordante imaginación, ha sido campo fértil para la misma y para su “tinta cargada”. En este campo ha deslumbrado con La salvaja y, más recientemente, con Salto de mantarraya (y otros dos) (Fondo de Cultura Económica, Letras mexicanas, 2004), exhibiendo sin recato ese asombroso dominio del castellano, de los castellanos, que le permite inventar otros tantos en función de su muy personal universo mágico-bélico. Actualmente “intenta”, dicho por ella misma, incursionar en el cuento.

     

    August 20

    Escribir como Napoleón

    Decía Balzac que quería lograr en literatura lo que Napoleón en política. No extrañe por tanto que una autora contemporánea alimente un ideal semejante, aunque parezca desmesurado a la luz de una época en que muy pocos escritores se exigen la excelencia por encima del efecto comercial, “pero sobre todo, señala Beatriz Rivas, quisiera tener ese sustento ideológico, todos los estudios que hacía Napoleón para conquistar un pueblo (como estudiar el Corán antes de acercarse a los egipcios), y ese equilibrio maravilloso entre razón e imaginación y, algo muy importante: Napoleón planeaba sus batallas pero estaba preparado para los imprevistos y sus improvisaciones, por lo general, eran geniales. Eso en literatura sería maravilloso. El autor que quiera escribir como un Napoleón tiene que aceptar los cambios que la misma novela le vaya pidiendo.”

                Nacida en la Ciudad de México el 9 de mayo de 1965, tres días antes del aniversario luctuoso del genial corzo, Beatriz Rivas era una niña de sorprendentes ojos verde menta con el iris negro y tez aceitunada que llenaba cuadernos y cuadernos de poesía, “con la letra garrapateada, poemas horrorosos sobre juegos y jardines”, dice. Siempre sacó 10 en literatura. En la secundaria se enamoró de Napoleón a través de las lecturas escolares y consolidó ese amor cuando a los catorce años visitó por primera vez la tumba de los Inválidos, en París, y empezó a prepararse, sin saberlo, para escribir la que sería su segunda novela: Viento amargo (Alfaguara, 2006), donde a través del personaje de miss Betsy Halcombe (1802-1871 o 73), una adolescente de la misma edad de Beatriz entonces, hija de los carceleros de Napoleón durante su exilio en la isla británica de Santa Helena, logra establecer una conversación con su amado. Ya de adulta asistiría regularmente a talleres con Edmundo Valadés, Guillermo Samperio, Humberto Guzmán y Miguel Cossío Woodward. Asegura, sin embargo, no haber logrado nada “publicable” sino hasta 1994, a los casi treinta años. De ahí saltó temerariamente a la redacción de una primera novela muy ambiciosa: La hora sin diosas (Alfaguara, 2003/ Punto de lectura, 2006). Sin más tendencia que los dictados de su corazón y la necesidad de hablar a través de Lou Andreas Salomé, Alma Mahler y Hannah Arendt, la joven elabora una primera novela luminosa y sorprendente donde logra, bien dice la contratapa, “hacernos mirar a los ojos de tres mujeres inmortales. Y que ellas nos devuelvan la mirada.” A grandes rasgos explica Beatriz su necesidad de revivir a estas tres mujeres: “Hacía muchos años que quería decir algo y no sabía cómo, así que empecé a buscar un personaje que me permitiera hablar en libertad”. Originalmente centró su expectativa en mujeres mexicanas, Antonieta Rivas Mercado, Tina Modotti, Nahui Olin, Frida Kahlo...pero, suele suceder, los personajes le fueron saliendo al paso, sin ella buscarlos. A Lou se la “presentó” un amigo psiquiatra; a Alma la vio en una exposición de retratos de Gustav Klimt, en Viena, y a la vuelta de la esquina la esperaba en una librería el libro Kokoschka y Alma Mahler. De Hannah descubrió el libro de su correspondencia cruzada con Martin Heidegger durante una visita de rutina a la librería de la Universidad Iberoamericana, donde cursó la maestría en Letras modernas. El mayor reto que implicaba reunirlas en una novela consistió en darles una voz y una inteligencia muy particulares y encontrar un punto de unión.  Fue aquí donde tocó a su puerta el doctor Ponty, un macho mexicano que a lo largo de su vida coincide con las tres… se acuesta con las tres. Esto fue posible gracias a que Lou y Alma coincidieron en Viena en una misma época (finales del siglo XIX, principios del XX), siendo Alma jovencita cuando Lou era ya madura. Asimismo, una Alma madura coincide en el mismo escenario con Hannah, aunque sin conocerse, siendo esta última universitaria. Así pues, Daniel Ponty tiene la primera experiencia sexual adulta con Lou, se consolida con Alma y padece la crisis del hombre maduro en brazos de una inexperta Hannah. El que sea machista y como tal guarde en su casa a una mujercita, Monám, de quien dice tiene las tres “S” necesarias para una esposa (sumisa, silenciosa y sufrida), lo vuelve, a un tiempo, odioso pero interesante en cuanto al punto de vista que aporta sobre estas tres mujeres liberadas y geniales. “Quería hacer una novela, no una biografía –explica Beatriz–. Escogí a un personaje masculino porque ya eran demasiadas mujeres. Quería alguien que se pudiera enamorar de las tres y algunos lectores creyeron que era mi abuelo (Daniel le dicta sus memorias a su nieta). Sin embargo es totalmente inventado, ni siquiera entiendo de donde saqué el nombre. Lo hice médico porque era la única profesión que le permitiría conocer a las tres. Y mexicano porque necesitaba que hubiera uno... aunque fuera un mexicano con un pie en Europa y otro en su patria.” Daniel Ponty asume la personalidad del médico que asiste el aborto de Lou; conoce a Alma tocando el piano y es maestro visitante en la universidad de Marburgo, donde consuela a Hannah de su tormentosa relación con un profesor casado, es decir, Heidegger. Gran parte de la historia se estructura a través de cartas redactadas por las propias mujeres, unas totalmente inventadas por la autora, otras transcritas literalmente y otras más, mezcla de ficción y realidad. Lo más sorprendente: en una de sus encendidas cartas a Daniel, Lou afirma haber leído a sor Juana.

                Las tres fueron prolíficas musas: Lou Andreas inspiró Así habla Zaratustra de Nietzsche (aunque haya terminado aborreciéndola); Hannah, Ser y tiempo de Heidegger (quien a su vez fue empeñoso estudioso de la obra de Nietzsche) y Alma gran parte de la obra de Gustav Mahler, su primer esposo, y del pintor Gustav Klimt. La última renunció a su actividad como compositora en favor del egocéntrico Mahler que quería ser el único genio de su casa. “Un hombre enamorado siempre está en el infierno, sobretodo si está enamorado de ti”, le dice el pintor Oscar Kokoschka a un maniquí de Alma que ha creado a su imagen y semejanza para sentir que la tiene aún (p. 187). ¿Logra Beatriz Rivas tres personalidades individuales y únicas?, porque no son lo mismo la rebelde Lou, la inestable Alma y la pasional Hannah. Pudiera objetarse la posibilidad de que Lou, Alma y Hannah se hubieran enamorado de un macho insufrible como Daniel Ponty, cuya visión acerca de estas tres notables mujeres, que sin duda lo espantan y acomplejan, llegan a caer en el humorismo involuntario. Dice Lou en la página 79: “(...) Escribir es un arte, por lo tanto, una manera de preservar el mundo infantil en el que todo se entrelaza con todo. El ser humano que no es artista, es un pobre hombre.”

                En Viento amargo, Beatriz aporta una nueva versión de Napoleón cuya originalidad radica en una doble visión femenina sobre este personaje, célebre entre otras cosas por su misoginia: la de miss Betsy y la de la propia narradora, que se involucra con la acción desarrollada en Santa Helena entre 1815 y 1821, entre otras cosas, para justificar las licencias poéticas que, como todo novelista, se toma con los acontecimientos históricos, quizá porque siendo esposa de un historiador, Francisco Martín Moreno, es sumamente respetuosa de la verdad histórica y científica: “Su Alteza ilumina un poco mis dudas cuando me dice al oído: “Las genuinas verdades son difíciles de obtener en historia. Demasiado a menudo la verdad histórica, tan reclamada y que todos están ansiosos de invocar, es sólo una palabra. No puede existir ni siquiera en el momento en que ocurren los hechos, en el calor de las pasiones en conflicto. ¿Qué es entonces la verdad histórica? Una fácula sobre la que se está de acuerdo, como enunció muy acertadamente Voltaire.” (p. 75). Notablemente suavizado por la derrota y la traición de quienes se decían sus amigos, Napoleón adquiere la sensibilidad necesaria para abrirse ante miss Betsy y convertirla en depositaria de los recuerdos y las lecciones de vida que posteriormente volcará en sus memorias, como por ejemplo: “No se puede ceder ante la mediocridad. Si algo no ha quedado bien, debemos repetirlo. Rosseau reescribió siete veces su Nueva Eloísa…” (p. 59). Beatriz se considera atea, “porque no hay pruebas científicas de la existencia de Dios (ni de diosa alguna); sin embargo, cree en el poder de la ficción y en las historias que inventa y reconfigura la literatura”, aunque cuando hace reflexionar a Napoleón acerca de este tema, dice no haber dudado nunca de la existencia de Dios pues “aunque mi razón sea incapaz de comprenderlo, mi intuición me convence de su existencia.” (p. 90)

    Aunque siempre supo que sería escritora, Beatriz se demoró un poco por inseguridad y abordó superficialmente el periodismo pero como ella misma dice, el periodismo lo acercaba también a su meta. Nunca se ha considerado periodista en sentido estricto, no obstante su impresionante curriculum: trabajó en Imevisión y Radio Red, respectivamente como coordinadora editorial y de eventos especiales al lado de José Gutiérrez Vivó. Fue editora ejecutiva de la revista Milenio, participó en diversos proyectos con Adela Micha y fue asesora en comunicación de Jorge G. Castañeda. Nunca dejó de lado la creación literaria, siendo coautora de tres libros de cuentos: Las mujeres de la torre (1996, traducido al inglés en 1997), Veneno que fascina (1997) y Sucedió en un barrio (2000). “En lo poco que llegué a escribir para Milenio, siento que me ganaba la ficción –señala –soy muy mala periodista.” Asegura no tener autores favoritos sino libros favoritos, sin embargo, a lo largo de nuestra charla hay cuatro nombres que se repiten con insistencia: Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Elena Poniatowska y Julio Cortázar. Actualmente, Beatriz trabaja con una idea surgida a raíz de buscar su propio nombre en el buscador Google de Internet y descubrir que había infinidad de Beatrices Rivas, entre ellas una fisioculturista, una actriz porno y una mujer asesinada de 26 balazos, por lo que escribe una novela sobre varios personajes que comparten un mismo nombre pero viven destinos diversos.

    En la foto: Beatriz y su esposo, Francisco

    August 14

    Dulce compañía

    No todas las lectoras tienen la fortuna de terminar casadas con su autor favorito y ser, además, amiga íntima y cómplice del mismo. De entre las pocas afortunadas podemos contar a Bárbara Jacobs, quien en su más encantador libro, Vida con mi amigo (Alfaguara, 1994), narra su cotidianidad al lado de uno de los más grandes autores latinoamericanos del siglo XX, el guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003). Aunque pareciera arriesgado afirmarlo, esta obra de apenas 105 cuartillas contiene todo el amor y admiración de Bárbara hacia un hombre cuya identidad es apenas sugerida –se refiere a él simplemente como “mi amigo”-; también la inmensa lección de un autor que, en medio de un boom de monumentales novelas resalta el vértigo de lo inmediato, la eternidad de lo fugaz, la vastedad de lo breve, poniendo en relieve la insensatez de quienes suponen que a una obra, entre más voluminosa, mayor respeto. “Un libro, dice el amigo de Bárbara, es una conversación, un buen libro, una conversación educada”. Aunque no exactamente una versión femenina de Monterroso como ha llegado a decirse, puede considerársele su más aventajada alumna, y Vida con mi amigo es el testimonio de la asimilación del autor amado, a quien, además de leer con devoción, acompaña en perpetua interlocución sobre un mantel blanco, acompañados de una botella de buen vino, embonados en perfecto abrazo al cobijo de las copas de los árboles: “… mira que cultivar un resentimiento en vez de cultivar tu talento, es una tontería –diría Monterroso a su amiga-. Es que un escritor resentido lo que piensa es que el éxito ajeno se lo quitaron a él; no piensa que a él también podría tocarle: si en vez de cultivar su resentimiento, cultivara su talento: hay para todos. O casi. Merecido, inmerecido (…) La República de las Letras es una selva (…) que habla de cómo el escritor aprende a defenderse o se retira; a atacar, a sobrevivir, o se retira (…) todos arrancan hacia la meta final; gana el que aguanta más, el que sabe esperar.” (p.p 43 y 50).

                Pero de entre las lecciones planteadas en este hermoso librito salta a la vista la mejor asimilada por su autora: la de cultivar la propia melancolía, la propia intimidad como una flor. Para Monterroso la melancolía, más que condición inherente al artista, es algo que se obtiene con la práctica… algo que hay que ganar y merecer… y al contrario de lo que pudiera suponerse, el melancólico, lejos de ser trágico o patético como el ideal romántico, adquiere la facultad de contemplar al mundo, generador de su dolor y desencanto, con la ternura y compasión de quien se pone a salvo antes del derrumbe: “Mientras más te acercas al fondo del tema –le dice Monterroso a su atenta alumna de inmensos ojos color violeta-, más riesgo corres de toparte con la tristeza…” (p. 36). A la obra de Bárbara Jacobs la caracteriza una profunda melancolía nacida no de la desgracia sino de la dicha. No una dicha cualquiera sino una que mantiene húmedos los ojos del dichoso. Lo esencial en la obra de Bárbara, pues, es el reflejo de su aprendizaje con Monterroso, el discurso intimista que se traduce en exteriorización estética de la intimidad real, más aún, en desprendimiento de uno mismo, permanente vaso comunicante entre literatura y vida. Bárbara, de hecho, es personalmente incapaz de mirar el mundo con otros ojos que no sean los de la literatura. Novelas como Las hojas muertas (1987), que la hiciera acreedora al Premio Xavier Villaurrutia, recrea en forma espléndida ese sentido de la fugacidad del abrazo, esa melancolía feliz que no desdeña el sentido curativo de la ironía. Bárbara visualiza la escritura como única conversación posible con alguien que no sea “su amigo”. Prefiere escuchar antes que hablar, como señala en su relato “Respuesta en silencio”, incluido en su libro de 1982, Doce cuentos en contra (CONACULTA/ Aldus, Col. La Centena, 2005): “Soy una persona más bien dada a escuchar, a aplaudir cuando los que hablan esperan que yo aplauda, que celebre sus comentarios y opiniones (…) Escribo ya que tengo algo que decir que sólo sé expresar por escrito. Subrayé por escrito (p.p 48 y 51). Así pues, Bárbara, no tan directa como su amigo, invita a recorrer las delicias de su laberinto, de ahí la dificultad para internarse en novelas como Adiós humanidad (Alfaguara, 1992), donde la aparente complejidad del discurso (y digo “aparente” porque su prosa tintinea de transparente, aunque se oscurezca en intención) fascina por el reto que implica lograr una empatía entre texto y lector. Leer a Bárbara Jacobs entraña los riesgos de cultivar una amistad profunda en la que primeramente se muestra uno tal cual es, para luego limar asperezas y aclarar discrepancias.           

    La vocación artística puede significar una maldición en una sociedad como la nuestra. El artista va adquiriendo conciencia de su singularidad desde edad muy temprana, cuando se percata de que el resto del mundo está compuesto, en su abrumadora mayoría, por locos alineados… porque muy loco se tiene que estar para adaptarse sin remilgos a un mundo que te obliga a renunciar a ser quien realmente eres, y la obra de Bárbara está impregnada de esta sensación de no pertenecer al mundo, misma que la acompaña desde que era una niñita cuyo primer cuaderno de escritora fue destruido por las monjas de la escuela de Canadá, escandalizadas de que escribiera composiciones en hora de clase. Nacida en el seno de una familia de inmigrantes libaneses, el 9 de octubre de 1947 en la ciudad de México, con un nombre que todavía le mortifica e incluso consideró seriamente cambiar, Bárbara es un ser deliciosamente excéntrico; una bella y tímida muchacha que entre todos sus pretendientes prefirió al sudamericano de pequeña estatura que le regaló una rana, y con quien habría de casarse en 1970; una niña que como la Carol de su relato “Carol dice”, incluido también en Doce cuentos…, trae un lápiz entre los dientes para no pensar en besos. En un mundo donde priva la solemnidad y el disimulo, gente como Nijinski, Eric Satie, Horacio Quiroga, Juan Rulfo, Van Gogh, Cesare Pavese o William Faulkner trascienden por su afán de ser quienes son. Cada uno asumió su arte a sabiendas de que el precio era elevado, no sólo aislamiento y miseria sino en algunos casos hasta el desprestigio y la propia vida. Bárbara no pudo encontrar mejor título para el libro donde los reúne a todos: Atormentados (Alfaguara, 2002), y en el que el triunfo del arte a costa del propio artista es el eje de los treinta textos que oscilan entre ensayo, relato y charla, ese híbrido al que Bárbara nos tiene gratamente acostumbrados a través de su columna dominical del periódico La Jornada. No se limita a analizar fríamente la obra de sus autores. Va mucho más allá al escarbar sus propias emociones como lectora y escritora ante la lectura de los mismos, tan familiarmente como en Vida con mi amigo. Quien lea lo que Bárbara dice, por ejemplo, sobre Rulfo, no leerá otro ensayo sobre Rulfo sino sobre un autor exótico y desconocido alimentado de influencias escandinavas. En cada texto entra en juego la exquisita sensibilidad de la autora que, allende al goce estético, ha sido profunda, irreparablemente conmovida. “La gente que cultiva la inteligencia se cuida de ser tocada o de admitir que es tocada por cosas simples.” (p.78). En un par de cuartillas acumula Bárbara las emociones y desgarramientos de una vida tan rica como la de Hart Crane, a quien el hallazgo del verdadero amor rescata de la pederastia pero no del mundo (¿quién se salva del mundo?), y lo logra gracias a su talento para centrarse en lo esencial y descartar la rimbombancia, esa generadora de lo que, a juicio del propio Monterroso, es el peor enemigo del escritor: la solemnidad. Dicho con palabras del amigo de Bárbara: “(…) en realidad la gente no es muy sutil y respeta en secreto a los solemnes, o si no los respeta por lo menos les teme y del miedo a la reverencia no hay más que un paso”. Bárbara llora sin recato por sus autores, no sólo eso, declara su deseo de abrazarlos y consolarlos, como con Coleridge: “Un desabrazado podrá ir tras un abrazo permanentemente: de hecho, permanentemente buscará un abrazo, y en ese abrazo la confirmación de su propia existencia, quizás de su propio valor.” (p. 33). Abraza también a Robert Walser y a Walter Benjamín… Walser, que prácticamente languidecía de hambre —como el escritor arquetipo del imaginario tecnócrata—; el eternamente desempleado Benjamín, considerado hoy apóstol de la lucidez y la inteligencia. Esas son las paradojas más recurrentes a las que se enfrenta el artista, aunque los haya como Thomas Mann, Shakespeare y el propio Monterroso que en vida tuvieron reconocimiento. La mayoría, parece decirnos Bárbara, nos sentiremos más identificados con Walser, con Benjamín... aún con Cézanne, sublime pintor que en su tiempo fuera rechazado hasta en el Salón de los Rechazados. “Uno existe—parece—en tanto representa los papeles que los demás esperan que represente pero es invisible si se atiene a ser únicamente él mismo”.

                Florencia y Ruiseñor (Alfaguara, 2006) es la novela que contribuyó a paliar su dolor por la pérdida de su amigo al que todavía hoy se refiere como “mi vida… él es mi vida”. Esta novela parece reunir de nueva cuenta a los dos amigos de Vida con mi amigo pero bajo un tamiz de locura que no por clínica deja de ser poética. Otra vez, dos desabrazados encajan perfectamente en sus respectivos brazos. Nadia llega al manicomio para convertirse en la alumna, en la amiga del anciano filósofo Ruiseñor. Ambos tienen muchas cosas en común, dos en particular: una nana a la que echan de menos y un libro que quisieran escribir. Nadia, de hecho, ya cuenta con un borrador de novela que somete a la muy estricta supervisión de Ruiseñor, quien insiste en transformar a la nana de Nadia (protagonista del manuscrito) en la suya, renombrándola Florencia. A través de la figura de la nana, esencial en el seno de las familias mexicanas (la propia Bárbara tuvo una a la que todavía echa de menos), se ejemplifica la creación de un personaje literario y además homenajea a Flaubert, creador de los más entrañables criados de la literatura del siglo XIX, particularmente en el relato que Bárbara considera su favorito: “Un alma sencilla”: “…antes de Flaubert –dice Ruiseñor en la página 46- los criados en la literatura y en la música fueron únicamente varones; al menos, en calidad de protagonistas o, a lo mucho, de personajes secundarios. Estoy casi seguro de que en la literatura mundial, incluida la del Oriente, Felicité es el primer protagonista criado que es mujer (…)”.  Esta novela reúne los elementos que caracterizan la obra de Bárbara Jacobs: la creación literaria, la amistad,  la intimidad, la melancolía y  la locura. ¿Por qué desarrollar esta conversación literaria entre dos locos?, acaso porque un manicomio es el único lugar que puede albergar a dos seres tan absolutamente desvinculados del mundo y tan próximos al ideal de la verdadera intimidad, “¡No hay escritor que no viva en una isla! ¿Por qué otra razón propicia que los monstruos de su fantasía le quiten el sueño?” (p. 53).  Es probable que solo el recurso de la locura permita a los personajes hablar sobre su necesidad vital de hacer literatura sin parecer fuera de foco y nuevamente el mensaje implícito parece ser que están más locos los de allá afuera. La novela está salpicada de guiños referentes al mundo literario, incluyendo el prejuicio de los críticos contra los libros de autoría femenina que, ha dicho Bárbara, continúa afectándole. Se plantea también la necesidad de Nadia Karam de cambiar su nombre, cosa que la autora no pudo hacer: “No quiero manchar el nombre de Nadia. ¿Cómo habrá de llamarse? ¿N.K? ¿Eneca? Así, por lo menos se evitaría enfrentar el segundo mal de su condición: no sólo haber nacido, sino no haber nacido varón. Del tercero, no sé cuando ocuparme, si es que lo hago. ¿Autora? ¿Para qué acceder al mundo de los autores, es decir, hombresmujeres, mujereshombres? ¿Para que la restrinjan a no salir de ser autora entre autoras?” (p. 57).

    Por lo que a Bárbara respecta, su quehacer literario no ha perdido ese carácter íntimo y secreto, y quizá en ello radique el encanto de su prosa que es ventana de su intimidad creadora, de su alma feliz: “La literatura, ha dicho ella con pequeña voz que es casi un gorjeo, es mi primera naturaleza.” Actualmente escribe un libro sobre su relación de amistad y aprendizaje con los escritores de su generación.

    August 05

    Rosas en el campo de batalla

    Puede ser la última cuartilla. Ella lo sabe, que ahí donde interrumpa el relato puede quedarse para siempre. La esperanza de concluirlo, sin embargo, la hace agradecer cada amanecer rodeada de un jardín paradójicamente florecido donde destacan los tonos del verano: azul, verde claro y rosa. A la luz de la extraordinaria calidad literaria de la que sería su obra maestra, Suite francesa, publicada más de medio siglo después de la muerte de Irène Némirovsky, resulta difícil de creer que su autora haya tenido prisa alguna en terminarla. Se advierte, incluso, un regodeo en los aspectos de la belleza, tanto de la naturaleza como la que se genera a través del arte (cuadros, esculturas, piezas musicales, obras literarias)… ni siquiera la belleza del ejército invasor le pasa inadvertida: “… de pronto, una mancha oscura se deslizaba por el cielo cuajado de estrellas y las risas cesaban; todo el mundo permanecía atento. No era inquietud propiamente dicha, sino una extraña tristeza que tenía poco de humano, porque no comportaba ni valentía ni esperanza. Así es como los animales esperan la muerte.” (Suite francesa, Ed. Salamandra, Barcelona, 2005, traducción de José Antonio Serrano Marco, p. 47).

                Nacida el 11 de febrero de 1903, en Kiev, Irène Némirovsky guarda extraordinarias semejanzas con Antionette, la heroína adolescente de su más entrañable nouvelle, El baile (Muchnik Editores, Barcelona,1987, traducción de Magdalena Guilló): envuelta, como vulgarmente se dice, en pañales de seda, será hija única del matrimonio conformado por uno de los más prósperos banqueros de Rusia, León Némirovsky, y una frívola señora cuyo único mérito es ser atractiva, Fanny (cabe la posibilidad de que, como la madre de Antoinette, haya sido una mecanógrafa de extracción humilde). Jamás amada por su madre, quien la parió porque era su deber social, Irène fue además víctima de la enfermiza vanidad de Fanny quien llegó al extremo de forzar a la adolescente a vestirse como niñita para que nadie advirtiera el paso del tiempo sobre ella. A los catorce años, disfrazada como de diez, Irène encuentra refugio a la indiferencia del padre, consagrado a incrementar la fortuna familiar, y al monstruoso egoísmo de su madre, en los libros: “… acaso no veían, ciegos, imbéciles, que ella era mil veces más inteligente, más valiosa, más profunda que todos ellos, todos los que pretendían educarla e instruirla… Nuevos ricos groseros e incultos…”, clama Antoinette, alter ego de Irène (p. 57), quien es forzada a cultivar su caligrafía para rotular invitaciones. Con catorce cumplidos y la cabecita hirviendo de novelas de amor, Antoinette suplica a Rosine, su cruel progenitora, le permita estar presente en el fastuoso baile que organiza en su nueva mansión parisina, pero Rosine, que ya maquina incluso agenciarse un amante que alivie el tedio de su matrimonio, supone que la presencia de una hija adolescente no hará sino avejentarla. Así que exige a la chica permanecer oculta en el cuarto de planchado. Antoinette, inflamada de espíritu romántico, encuentra el medio idóneo para arruinarle la noche a su madre: arroja las invitaciones preciosamente rotuladas por ella misma al río Sena. “¿Cómo puede uno llorar así por esto? –se preguntará Antoniette mientras espía la humillación de su progenitora, en medio del desolado salón -¿Y el amor? ¿Y la muerte? Morirá algún día… ¿acaso lo ha olvidado?” (p. 133). Esta novela merecería a la autora ser elogiada y comparada con Colette por Paul Reboux, descubridor, por cierto, de la misma Colette. El baile es llevada al cine en 1917 por el director Julián Dudivier, con la participación del actor judío Harry Baur que morirá en París a consecuencia de una paliza propinada por los nazis.

                Afincados en París tras sortear la violencia bolchevique en 1918, los Némirovsky pasarían de burgueses rusos a nuevos ricos europeos. Irène siempre contemplaría con repugnancia el afán por acumular riquezas de su padre. Y si bien, como toda chica se da sus escapadas con novietes, pasa la mayor parte del tiempo con una libreta sobre las rodillas. Decide obtener una licenciatura en La Sorbona, donde se graduará literata con mención honorífica. Para entonces ya ha publicado varios relatos en la revista Fantasio, ganando sesenta francos por texto publicado. Al mismo tiempo incursiona en la novela, publicando las dos primeras, Le malentendu y L’ enfant prodige, escritas ambas a los dieciocho años, en la revista Le matin. Esta última impactaría a los lectores por su espíritu trágico y su crueldad que habrían de volverse emblemáticas de la pluma de Irène: narra las desventuras de un niño judío que no obstante haber nacido en la miseria, está provisto de un extraordinario y precoz talento para la poesía. Un aristócrata lo recoge en el camino para obsequiárselo a su amante quien lo llena de mimos, como a una mascota, hasta que el niño deja de ser novedad y es obligado a retornar con los suyos, quienes con su desprecio lo orillan al suicidio. La visión de Irène respecto a la naturaleza humana es más desencantada que meramente recelosa. Hace pensar en un Cèline sublime. Exhibe su poca fe en los buenos sentimientos de ricos y pobres, particularmente en tiempos de guerra donde hombres y mujeres son despojados de su dignidad humana y las clases sociales se diluyen en un afán de sobrevivencia que los bestializa, es decir, la guerra exacerba la mezquindad de los ricos y la voracidad de los pobres, como en Las moscas de Otoño (Muchnik Editores, Barcelona, 1987, traducción de Mario Muchnik), que no se publicará hasta 1957, y donde se recrea con crudeza no exenta de belleza la revolución rusa de la que salió huyendo junto con sus padres: “(…) La platería estaba guardada en el fondo de los baúles, en los sótanos, ella había hecho enterrar la porcelana preciosa en la parte antigua, abandonada del huerto… Algunos campesinos la habían ayudado: se imaginaban que todas esas riquezas, más tarde, serían para ellas… Los hombres, ahora, no se preocupaban del bien del prójimo sino para apropiárselo…” (p. 34).

    No será sino hasta la publicación de David Golder (Grijalbo, 1987), en 1929, que la joven autora adquirirá notoriedad, siendo ardorosamente elogiada nada menos que por Cocteau, Paul Morand, Robert Bradillach y Joseph Kressel, fascinados por la poética crueldad de su obra. Por entonces se ha casado recién con Michel Epstein, un ingeniero en física con quien procrea dos hijas: Denise (1929) y Élisabeth (1937). La vida parece sonreírle a la otrora infeliz adolescente, hasta que una circunstancia inimaginable ensombrecerá definitivamente su existencia y la de su familia: en 1940 entra en vigor la ley que promulga la inferioridad de los judíos. Los Epstein se han convertido al catolicismo un año antes, no obstante haber proclamado Irène su orgullo de ser judía cuando en una entrevista de 1935, en L’ univers israélite, se le cuestiona su énfasis en el amor por el dinero del protagonista judío de David Golder, a todas luces inspirado en su padre. Ni siquiera el prestigio impide que se le vulneren sus derechos humanos: su esposo será despedido de la compañía para la que trabaja, mientras que las editoriales, arianizadas en su totalidad, le cerrarán el paso a la escritora. Esto, naturalmente, no pondrá freno a su incontenible escritura. Tal es su talento que no falta el editor que haga mutis. Irónicamente será un diario antisemita, Gringoire, el que le publique dos novelas cortas, firmadas por seudónimos distintos: Pierre Nèrcy y Charles Blancat. Estigmatizada por la estrella amarilla con que se señala a los parias, escribirá La vida de Chéjov (su escritor más amado, sobre quien diría: “El cuento, para ser logrado, exige las cualidades que Chéjov poseía de nacimiento.”) y Las moscas de Otoño, aunque será Suite francesa su proyecto más ambicioso, donde plasma admirablemente y como ningún otro autor una tarjeta postal de horror de Francia durante la ocupación alemana, en 1940. Será en uno de los más hermosos y calurosos veranos de los que tenga memoria París, que sus habitantes se verán forzados a abandonar sus casas para huir de los bombardeos. Siguiendo un poco los preceptos de Proust, mismos que intenta obedecer uno de sus personajes, el mundano escritor Gabriel Corte (que prefiere morir antes que permanecer en un refugio hediondo y lleno de escombros humanos), Irène escribirá una novela parecida a “una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que conoce a fondo. Mira a Proust y algunos otros que han sabido sacarle partido a los secundarios. Nada más saludable que una novela que esa lección de humanidad dada a los héroes (…)” (p. 44). Suite francesa es una novela sin protagonistas, pletórica de inolvidables personajes secundarios entre los que destaca un matrimonio de mediana edad, los Michaud, cuyo patrón, un mezquino anticuario, prefiere poner a salvo a su amante y al perro de esta que a la pareja que la ha servido fielmente durante tantos años. Los Michaud, quienes comparten el dolor de la ausencia de un hijo militar de destino incierto, retornan cabizbajos, maletas y todo, al inmenso caserón del que de pronto pueden disponer a su antojo, y deciden disfrutarla antes de ser arrasados por las bombas… está la numerosa familia Péricand, que en su alocada huida olvidará al senil patriarca en silla de ruedas en algún lugar. El hijo mayor, un sacerdote, ha aceptado hacerse cargo de un grupo de jóvenes delincuentes, doblegados por la disciplina militar de un reformatorio, a quienes ha de conducir a un lugar seguro. Los chicos, más que inofensivos, se muestran dóciles, casi autistas, por lo que su guía no alcanza a percibir la perversidad que yace dormido en aquellos inexpresivos ojos (aunque la intuye de algún modo pues, bueno y todo, los repudia en el fondo de su corazón), hasta que es brutalmente asesinado por los mismos a quienes ha salvado. En la segunda parte, Lucile, una joven ama de casa cuyo marido infiel ha sido hecho prisionero por los alemanes, se queda a solas con una suegra que la odia. Como todos los franceses que no pierden sus casas en el bombardeo, estarán obligadas a hospedar a un militar enemigo que, como casi todos los soldados alemanes, es joven, amable, culto y extremadamente bien parecido. Lucile y Bruno no tardarán en enamorarse, pero algo todavía más fuerte que el patriotismo o la fidelidad les impedirá un acercamiento. La ironía de la guerra: hace que los humanos más afines se enfrenten como bestias. “(…) Ese universo, cuyas primeras convulsiones ya se dejaban sentir, saldría gigante o contrahecho (o ambas cosas). Era terrible inclinarse hacia él, mirarlo… y no comprender nada (…)” (p. 201). Pero la mayor ironía es la portentosa serenidad que caracteriza a esta obra virtualmente escrita bajo el filo de la guillotina. Según sus apuntes, Irène deseaba retratar a la masa, “la odiosa masa”, donde a decir suyo solo destaca la nobleza de los Michaud. Estos apuntes, por cierto, fueron realizados semanas previas a su arresto. Su correspondencia de la época, donde abunda en detalles domésticos (está preocupada por la falta de un jardinero), no exhibe la mínima señal de miedo o rebeldía: parece resignada a su destino, aunque se ha cerciorado de poner a salvo a sus hijas que quedarán a cargo de una tutora de su absoluta confianza. “Querido amigo, piense en mí –le escribe a Albin Michel, su director literario-. He escrito mucho. Supongo que serán obras póstumas, pero ayuda a pasar el tiempo…

    El 13 de julio de 1942, unos gendarmes franceses tocan a su puerta. Irène comprende que es el fin, que no volverá a escribir una línea. Sin embargo ha tenido tiempo de ocultar la inconclusa Suite francesa en la maleta de una de sus hijas: Denise. Se deja conducir para ser deportaba a Aushwitz donde será asesinada el 17 de agosto, a los 41 años. Michel será arrestado en octubre del mismo año y ejecutado también en Aushwitz, el 6 de noviembre.

        Pero la historia no termina ahí: las niñas Epstein serán perseguidas sin descanso, acorraladas como fieras. Pasarán gran parte de su infancia huyendo, de la mano de su tutora, que finalmente las esconderá un convento de Burdeos. Recurrirán a su abuela Fanny, cómodamente asentada en Niza, quien se rehusará a abrirles la puerta (moriría a los 102 años). De un convento a otro; de sótano en sótano, cambiando un refugio precario por otro todavía peor, sobrevivirían las pequeñas a la persecución nazi, a las mordidas de rata y a las enfermedades, y el manuscrito de su madre, redactado en letra minúscula para economizar papel y tinta, saldría indemne junto con ellas. Convertida en destacada directora literaria y escritora, Èlisabeth, la más pequeña, que había asumido el apellido francés Gille, se da a la tarea de restaurar, lupa en mano, la obra de su madre y retranscribirla en computadora, dándole forma de tal manera que la desocupación alemana parezca el final de la obra. Gravemente enferma cedería los derechos a su hermana, Denise, y a los hijos de esta. Denise haría publicar finalmente Suite francesa. En su diario, Irène dejaría escrito para la posteridad: “Quieren hacernos creer que vivimos en una época comunitaria en la que el individuo debe perecer para que la sociedad viva, y no queremos ver que es la sociedad la que perece para que vivan los tiranos…”

    En la foto: Irène y sus hijas: Denise (izquierda) y Èlisabeth (derecha)

    July 29

    Totalmente Poesía

    El mayor descubrimiento de la adolescente Dana Gelinas, hija de padre norteamericano y madre mexicana, fue que podía escribir sobre prácticamente cualquier cosa; que todo es trascendente en la medida en que el poeta logre transgredir las apariencias, ver más allá. Ya entonces amaba escribir con lápices peligrosamente afilados, alternando grafito y goma hasta obtener algo cercano a la perfección, o a su heterodoxa concepción de la misma; poseída desde la infancia por el hábito, inculcado por su abuela, de aprovechar el papel al máximo. Originaria de una ciudad donde todo es Altos Hornos, título de su libro más reciente (Praxis, 2006), Dana creció a la sombra de un cielo manchado de hollín, hecha a la ceniza, a cuarenta grados sobre el pavimento, paisaje que si bien pareciera haberle dado la espalda a la poesía (al menos para quienes carecen de imaginación), fecundaría a una de las poetas mexicanas más originales: “Cuando era adolescente, dice la poeta, abriendo todavía más sus grandes ojos verdes, sacudiendo sus rizos color ceniza; creía que se necesitaba vivir en una cierta ciudad, bajo circunstancias muy especiales, y llevar una vida muy especial.”

    Dana, para quien la poesía es un oficio que como cualquier otro exige rigor y disciplina, asegura no recurrir a la inspiración que le parece algo más bien espontáneo, “poemas que vienen de algún lugar desconocido”, mientras que la concentración, aunque inconsciente también, es algo largamente buscado, una conquista, un horno de palabras: “Prefiero no separar la escritura de las demás profesiones y trabajos humanos, en donde existen momentos de una gran concentración, incluso jornadas enteras de una concentración inmensa, que también proviene del puro esfuerzo.” Lo anterior explica por qué la poesía de Dana Gelinas, es tan concreta, tan próxima, tan lejana del ideal esteticista y, sin embargo, tan aterradoramente cercana a la belleza.  Sus ojos tan sensibles de llorar los actos infames e incomprensibles de este mundo, también explica su afán de transformación.

    Nacida en Monclova, Coahuila, el 25 de marzo de 1962, Dana Gelinas marcó un hito en el muy prestigiado premio Aguascalientes, el cual obtuvo en el 2006 con el libro Boxers (Joaquín Mortiz/ INBA, 2006), donde desarrolla con mayor precisión la veta descubierta en su primer libro, Bajo un cielo de cal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1991), y donde, a decir de la propia poeta, “inicié una búsqueda de todo lo que entonces me parecía nada poético”. Poeta impresionista, fuertemente influida por Ernst Stadler y Georg Heym, también por Anna Ajmátova, Boxers es la apoteosis de este arte de contemplar y reflexionar sobre lo cotidiano, a pesar de lo cotidiano, con sustanciosa pizca de ironía anticipada en el libro ganador del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2004, Poliéster (Instituto Municipal de Artes y Cultura, 2004), donde se permite un retrato poético del pequeño Bill Gates, al que nadie se detendría a ver como un niño solitario: “El niño Bill Gates tiene ojos traslúcidos/ y dientes afilados (…) Inventa universos paralelos, / una red para el planeta/ y una red para la red,/ por si acaso.” (“El niño Bill Gates”, p. 13). Un acto que pareciera tan banal como ir de shopping, se trastoca en Boxers en un ascenso al paraíso de lencería que tarde o temprano desembocará en el purgatorio de Crédito y Cobranza, inspirada en Dante y en Francoise Villon: “No sé como (Villon) no se murió de la risa al redactar su Testamento. Yo creo, y sé que leí el Inferno de Dante (del paraíso no me acuerdo mucho), que de alguna manera, no ese preciso tono de voz, no aquella misma gente, pero tenemos la misma manía de insistir en poner a las personas en sitios separados, a veces como en broma…”

    Asegura haberse inspirado asimismo en alguna escena de Chaplin, en la que se queda atrapado junto con su hambrienta amada en un gran almacén vacío donde juntos se deslizan como patinadores sobre hielo. Deambular por una tienda de departamentos en pleno San Valentín, mientras se piensa en “los ventrículos del corazón”, brinda a la poeta el reto de sublimar la típica frivolidad clasemediera, exaltar la belleza ideal de los maniquíes y hurgar la filosófica entraña de las bagatelas o de la necesidad de poseerlas y lucirlas, todavía más compleja. La publicidad inunda nuestras vidas, parece decirnos Dana, está ahí, sin siquiera buscarla, invasora, cotidiana. Un ejercicio que de suyo exige el recurso del humor, contrario al canon purista que no concibe que del poema emerja la carcajada autonegadora, la lágrima de la risa: “(…) y me importa un cuerno la metáfora/ alguna rima involuntaria/ el verso medido,/ de hecho, el arte y la ciencia/ me importan un cuerno; tampoco me distraen los satélites,/ el teléfono,/ el clima…” (“David Beckham”, p. 32).

                Dana corrió con Boxers el riesgo de ser mal interpretada al hacer hincapié en los prejuicios que la condición femenina genera, aunque, como se ha dicho antes, la acentuación en la supuesta naturaleza consumista de la mujer desemboca en la ironía y, por ende, en la evidencia del estereotipo, recurso muy empleado en narrativa, particularmente la escrita por mujeres, pero muy raras veces, casi nunca, en la poesía. Su discurso amoroso, altamente sofisticado, minimalista no es, como en Poliéster, otra cosa que el vehículo para la manifestación de una fuerte consciencia social, incluso feminista. Los artículos-carnada incitan en la poeta una reflexión relacionada con los prejuicios sociales y de género, imbricadas a los hábitos de consumo (su propia voz, como se ha dicho, representa al objeto mismo del prejuicio, lo que conlleva una fuerte carga crítica e ideológica y, por ende, política): “Creo que ningún hombre sabe/ lo que significa/  usar zapatillas de cristal./ Son dos torturas,/ dos maldiciones,/ los dos pedestales de vidrio/ son una especie de seguridad/ de vete al carajo.” (“Zapatos italianos”, p. 45). Eso sí: la poeta le saca ostensiblemente la vuelta al Departamento de Electrodomésticos porque “me da dolor de cabeza”. Tampoco incluye el Departamento de Blancos, “Los verdaderos culpables de que haya dejado fuera el tema de la cama es del erotismo sentimental tan vinculado al ardiente deseo de consumo”. Dana aporta una poesía genuina, de antemano rebasada por la noción casi instituida de “poesía”; una poesía negadora de estereotipos y arquetipos como se advierte en la primera entrevista que se le hizo a raíz de la obtención del Aguascalientes, donde se confiesa lectora: “de todo”, incluso, y sobre todo, de los silencios significativos: “Creo que la poesía es, principalmente, una lectura de los cosas que aún no se han dicho, que todavía en silencio.”

                La sordina de Altos Hornos se contrapone al bullicio de Boxers: “No sé si fue en una de esas tardes de polvo cuando descubrí mi vocación de poeta, evoca Dana, bajo un crepúsculo azufroso, color granate, cuando casi casi me convencí a mí misma, de que debía escribir acerca de lo que era bella, marítima o muy verde, y me enojaba…” En Altos Hornos nos introduce a los distintos ámbitos que le son tan familiares, su propia casa y la fábrica donde se forja el acero, y establece una suerte de simbiosis entre esta y el forjamiento de una consciencia creadora, artística: “Mis ojos volvieron a perderse en la gimnasia compleja/ de las ondas expansivas/ que golpean retina y cerebro/ para ser testigos mudos de la creación del acero./ Todo esto es real, estallé,/ ¿cómo demonios me piden/ que escriba sobre cosas que no existen?” (p. 14). A la par de esa consciencia social-creadora despiertan la consciencia política; la poeta se fascina ante la posibilidad de que de aquellos hornos surja una sólida fusión de todos los colores (azul óxido, púrpura violento); un acto concreto de creación, no reflexionado ni premeditado como lo es el de la poesía. Pero también asume que allí se cometen injusticias, que mueren hombres y mujeres en el cumplimiento de un deber mal retribuido; fábrica de huérfanos y de miserias paliadas: “Cuando vi a las mujeres de Kuwait/ sujetar su velo negro sobre nariz en boca para buscar entre los pozos incinerantes/ a los obreros de su casa,/ recordé el pañuelo blanco en mi nariz,/ perfumado a suavizante de ropa/ y a oxígeno,/ hasta que una brizna de nada, o la gravedad solamente,/ desaparecieron las moléculas de azufre/ que habían entrado en la casa.” (p. 18). Entre las moléculas de azufre que se cuelan en sus libros, Dana contempla un mundo que va haciendo suyo, recreado, filtrando poco a poco a través de sus venas, hasta transformarse en absoluto, en lenguaje. Nuevamente su desbocado pulso la orilla a adaptar la fealdad y la crueldad a la estética de la poesía, a elevarlas por encima de las palabras, sujetando sus riendas con la misma firmeza con que somete a la belleza al servicio de la ironía.

                Dana Gelinas se ha caracterizado también como traductora de grandes poetas como el Pulitzer estadounidense, W.D Snodgrass (La aguja del corazón, Edición bilingüe, Editorial Aldus, México, 1999), un poeta muy discursivo, al revés de ella, pero como Dana, muy visual. Actualmente vive en la ciudad de México con su esposo, el también Premio Aguascalientes Héctor Carreto, y dos hijas. Escribe un libro de cuentos para niños, “me levanto temprano y pienso en un cuento para niños.”

    July 24

    La invitada de Dios

     “Cuando todo lo que tienes que decir de ti mismo resulta escandaloso, te alejas para siempre”. Esta frase resume espléndidamente la vida de Malika Mokeddem, testimonio viviente de cómo, a través de la escritura es posible conquistar la libertad. Libertad de pensamiento que dispersa las nubes que obstaculizan la libertad de acción, aún en circunstancias verdaderamente dramáticas como las que puede vivir una joven atrapada entre el fundamentalismo islámico y el racismo occidental.

    Originaria de Kenadsa, en pleno desierto oriental de Argelia donde nació en 1949, Malika narra en su autobiografía El desconsuelo de los insumisos (El Cobre Ediciones, 2006, Traducción del francés, Pilar Jimeno Barrera), su transición de niñita escuálida que duerme apelotonada con numerosos hermanos, padres, tíos y abuela paterna, a prestigiada nefróloga y escritora, amenazada de muerte, etapas divididas en un “Aquí” y un “Allá” que marchan paralelamente: “(…) Los integristas amenazan con pasar a cuchillo a los que pecan con la pluma. Formo parte de los que, clavados a una página o a una pantalla, responden con diatribas al deterioro de la vida, a las locuras de los cuchillos, al ansia de los kalashnikov.”. La rebeldía de Malika tiene origen en las historias de su abuela, que alentaron su deseo de acudir a la escuela en un espacio temporal donde no era para nada común que una chica estudiara, y menos aún con la pasión con que Malika acogió los libros. Ya desde la infancia logra una serie de conquistas, consecuencia, esto sí, de su acceso a la educación pero también de un temperamento beligerante, siendo la más insólita la de un cuarto propio: el “cuarto de los invitados”, del que Malika se apodera a la mala, hasta fundar en él una especie de reino personal donde predominaban libros y libretas, absoluta anomalía que ni su padre ni su madre se atrevieron a censurar con energía suficiente. A su acendrado hábito por la lectura lo denomina una forma de resistencia, al menos en su primera etapa, porque más tarde encontrará una vía aún más ostensible de resistencia: “Atrincherada en la habitación de los invitados, me repito a mí misma: “Nunca sirvienta, no. Soy la Invitada” (…) En medio de un mundo oral, vivo arrinconada en mis libros. Los libros son mis únicos convidados. Incluso les he instalado tres baldas en el cuarto de invitados. Es mi pequeña revolución, la prueba de que me estoy convirtiendo en una extraña para los míos.” (p. 91). En realidad, si bien su madre decía estar separada de su hija por una muralla de libros, su padre, guardián de un pozo, no se esfuerza gran cosa por impedir que la niña haga su voluntad, no obstante lamentar que con tamaña inteligencia, con semejante temperamento, Malika no sea hombre. Tarde comprenderá el padre, buen hombre donde los haya, que el esfuerzo de su hija no es vano; que la enaltece no solo a ella, sino a todas las mujeres de su raza, entre ellas la querida abuela de Malika.  

    Educada en una modalidad tolerante del Islam (lo que no significa, como se verá adelante, que no se cometan atrocidades para preservar la idea de inferioridad en las mujeres), Malika, la menor de diez hermanos, será despreciada, ya desde el seno familiar y por su propia madre, por ser mujer y por el color de su piel, que es el de su abuela, “segundo sexo de la peor raza”, se denomina, no sin ironía. El ser mujer, musulmana y de tez oscura continuará acarreándole problemas cuando se gana el derecho de estudiar medicina en la universidad en Orán, y posteriormente al ejercer su especialidad en Montpellier, donde se consagra a los que son como ella pero además carecen de residencia legal en el país. Casada con un francés a través del cual ha obtenido la nacionalidad, independientemente del gran amor que la une a él (la escritura de su autobiografía contribuye a paliar su dolor tras la separación conyugal), Malika conseguirá escasa notoriedad como cirujana debido a su labor casi clandestina, y sin embargo destacará en el ámbito de las letras francesas, recibiendo incluso un homenaje en su país de origen tras la publicación de su primer libro, Los hombres que caminan (1990, Premios Littré Chambéry de primera novela y el de la fundación argelina Nourrendine Alba), al lado del poeta Tahar Djaout, que sería uno de los primeros intelectuales argelinos, residentes en Francia, asesinado por los islamistas en 1993, a los 39 años de edad: “Ni a Djaout ni a mí nos traducirán al árabe en Argelia. La primera traducción de Los hombres que caminan a esa lengua llegará diez años más tarde de un país vecino, Marruecos. Tahar Djaout fue asesinado. Los miembros de la fundación que nos concedió el premio también tuvieron que exiliarse” (p. 84). Malika sobrevivirá a más de un atentado, más aún, se negará a ausentarse de su consulta médica y, sobre todo, a dejar de escribir exactamente lo que piensa sobre las injusticias en su país. Ya antes, a los quince años, ha desafiado a una turbamulta desaforada al deambular sin velo por una plaza, invitando prácticamente a la lapidación, episodio que rescata precisamente en Los hombres que caminan, aunque narrándola en tercera persona es singular, atribuyéndole la traumática vivencia al personaje de Leila: “(…) ahora sé que esa violencia ha desempeñado un papel capital en la consecución de mi futura libertad.” (p. 109).

    Una de las novelas más recientes de Malika, la única hasta ahora publicada en México, es El siglo de las langostas (Era, 2003, Premio Afrique Mediterranée Maghreb de la Asociación de Escritores de Lengua Francesa), también traducida por Pilar Jimeno Barrera y que, según nos revela en su autobiografía, está inspirada en la abuela que le contaba historias, misma que de pequeña la impactó al contarle cómo murió su madre, la madre de la abuela, con su hijita pegada a la teta. Pero no uno sino múltiples son los temas los que se desprenden de El siglo de las langostas, aunque sus protagonistas están bien definidos: Mahmud y su hija Yasmina (inspirado en la abuela de Malika). Si se me obliga a designar un tema central ese sería, justamente, la escritura como ejercicio de libertad plena. Mahmud, que lleva el nombre adoptado por la escritura aventurera Isabelle Eberhardt cuando se hizo pasar por beduino para recorrer el desierto (y a quien Mahmud dice admirar por encima de todos los poetas, lo mismo que la propia Malika que la menciona repetidamente en su autobiografía), está condenado a la errancia luego que ha sido expulsado de sus tierras por los rumís (cristianos). En la inmensidad del desierto se multiplica la hipérbole de libertad, vuelta tesoro, patrimonio único a defender por el poeta errante. En este sentido, Malika resalta la verdadera esencia del Islam, Mahmud caracteriza a un genuino seguidor del Corán. Sorprende, de entrada, su concepto de las mujeres. Antes que Yasmina nazca, sueña con tener una hija a través de la cual “vengar” la sujeción padecida por su madre, “(...) Su hija reiría. Sus ojos no conocerían la vergüenza, sus noches no sufrirían pesadillas. Su hija recibiría una educación, sería libre y alegre. Vengaría a su madre (...)” (p. 58). Las mujeres, dice, lo han salvado. Malika trata a su Mahmud con la ternura e indulgencia con la que los grandes autores europeos han tratado a sus protagonistas femeninas. Es un hombre que, como todo varón excepcional, ostenta virtudes atribuidas a la naturaleza femenina tales como dulzura, sensibilidad y abnegación. Más que musulmán, Mahmud es universal. Ama sin reservas a su mujer y comparte los quehaceres domésticos con ella.

                Pero esa misma necesidad de ser mejor al resto de los hombres, suele suceder, lo lleva a convertirse en proscrito. Va buscar los restos de su abuela en el terreno que le fuera arrebatado, obsesionado en darle digna sepultura, y en el ínter un rumí es muerto. Por supuesto culpan a Mahmud quien se ve forzado a huir. En el camino lo aguardarán cientos de aventuras y peligros, entre ellos una pavorosa plaga de langostas, pero en general la naturaleza parece recibirlo de brazos abiertos, y aún las escenas más terribles dan pie a que Malika describa el desierto como nunca nadie, volviendo a recrearlo en su autobiografía. La eficacia de sus descripciones es tal que de pronto la página se transforma en óleo y las letras, en pinceladas. Más que describir el desierto, Malika escribe el desierto. No solamente el majestuoso despliegue de flora y fauna, también las sensaciones de pisar una langosta o de palpar los huesos de la abuela amada. En el trayecto, Mahmud conocerá el amor en brazos de una esclava negra a la que nombra Neyma (“Estrella” en árabe), pero que literalmente se llama “hija-de-la-perra”, por haber sido criada por una perra. Neyma huye con Mahmud en pos de la libertad soñada llevando consigo a su mascota, Rabha, también virtual hermana de leche. Enamorarse de una esclava negra será otro privilegio que Mahmud pagará caro al ser esta víctima de un crimen racista. Yasmina, fruto de ese amor, heredará de la belleza y de la tez oscura de la madre, se verá forzada a seguir a su padre en su nomadismo, aunque el trauma de presenciar la violación y asesinato de aquella le arrebata las palabras: la escritura se convierte en el único puente de comunicación entre ella y el poeta al que acompaña, su padre.

                Malika, que como Yasmina es una musulmana de raza negra, también es, como Mahmud, triplemente exiliada. “(...) la escritura se convirtió en mi territorio, en mi exilio”, dice Mahmud (p. 126). El escritor, aún afincado en su ciudad natal, es un exiliado por genética. Y Yasmina, criada por un poeta en la inmensidad del desierto, desconoce las absurdas ataduras con las que la sociedad contiene a sus mujeres. “Educada por un hombre, un poeta, se ha librado de la horma femenina de la tradición e ignora las tradiciones impuestas a las mujeres en todas partes.” (p. 194). Yasmina aprende el oficio de su padre y para la comunidad nómada en la que se desenvuelve, literalmente dicho, una mujer que escribe es como un perro sarnoso: no sirve para nada. Pero las historias que su padre y ella escriben a cuatro manos encantan a quien las lee, como el flautista a la serpiente. Dice Malika a través de Mahmud: “Quiero caminar. Caminar como escribir. Escribir los pasos de las palabras, las palabras de los pasos, en las altas mesetas, zócalos del desierto. Y en la quietud de la escritura en los lugares abiertos, no quiero adentrarme en nada, sino abrazarlo todo a la vez. Deseo liberar mi vida de su carga, que sea como una puerta abierta y atravesada de contrastes” (p. 109-110). Hermosa historia donde el amor y la poesía son, ni más ni menos, la misma cosa, y el exilio la condición sociocultural más amiga del desierto.

    Con La prohibida, Malika Mokeddem ganó el premio Fémina. Ha publicado también De sueños y asesinos (1994), una autobiografía simulada donde una joven, Kenza, padece la injusticia y la violencia perpetrada por las guerrillas musulmanas fundamentalistas: “(…) Paga a paga he ido comprando mi libertad. Como una esclava. Mi libertad y mi soledad. Ambas van unidas. Para mí han crecido juntas en el magnífico exilio que es el saber…” (El desconsuelo de los insumisos, p. 117).

     

     

     

    July 17

    Nieve en La Habana

    …Soy fuerte porque estoy sola.

    W.G

     

    Virginia Wolf nos hizo ver la importancia de un cuarto propio para el cabal desarrollo de la creatividad femenina. Wendy Guerra nos enseña que, ante la imposibilidad de conquistarlo, es factible inventarse uno. Nacida el 11 de diciembre de 1970 en La Habana, Cuba, entre los apagones de invierno y la ausencia de la Navidad, Wendy asegura, categóricamente, que sin Cuba se muere, “la única familia que tengo es Cuba, así que si me voy pierdo lo único que tengo”, de tal suerte que estamos ante uno de esos excepcionales autores que se han rehusado a abandonar la isla para ejercer la libertad de expresión, más aún, solita se ha dado permiso de transgredir las normas implícitas del único régimen comunista que sobrevivió al siglo XXI, de tal suerte que su novela, Todos se van, ganadora del I Premio de Novela Bruguera (2006), exhibe sin tapujos una sociedad donde los nietos se la Revolución se encuentran a merced de la invasión ideológica desde el jardín de infancia; jóvenes artistas que han de ganarse el derecho a enarbolar el pincel o la pluma jalando del gatillo contra un enemigo imaginario. Y sin embargo están conscientes de que su verdadero compromiso patriótico nada tiene que ver con matar, mucho menos con acatar: “Vivimos ocultos en las literas, que son el monumento colectivo que adoramos en cualquier nuevo sitio en que nos hacinan. En una litera en vez de dormir dos, a veces dormimos cuatro.” (p. 138).

    Nieve, protagonista y alter ego de Wendy, narra su periplo desde la perspectiva de una niñita de ocho años, refugiada en un diario clandestino (los diarios suelen ser íntimos, pero el contenido del de Nieve hubiera sido considerado “subversivo”, de haberle prestado atención uno de esos “policías” que cada adulto habanero tiene tras sus pasos); libreta que de algún modo se convierte en un cuarto propio virtual donde Nieve se esconde y se da permiso de ser ella misma, en toda su magnífica rareza. La escritura le permite evadirse de la realidad sin por ello perderla de vista pues lo que Nieve hace es consignar una dolorosa cotidianidad no exenta de belleza: “Escribir el Diario en la escuela delante de todo el mundo: ni pensarlo. Ando siempre escondida con la libreta, porque ni los alumnos, ni los maestros pueden leer lo que pongo aquí. Pudiera ocurrir que me botaran de la escuela (…) Mi Diario es un lujo, mi medicina, lo que me mantiene en pie. Sin él no llega a los veinte años. Yo soy él, él es yo. Ambos sentimos desconfianza.” (p.p 139 y 144).

                Wendy asegura no haber tenido problemas con la censura, no todavía, probablemente porque el tono de su novela, que es el de una niña cándida, le permite hablar de “ciertas cosas” desde la coartada de la inocencia… como cuando establece semejanzas entre su padre y el “despotismo” (término recurrente en el discurso antiimperialista) o sus referencias a “Fidel”, omnipresente como Dios: “Aquí nada más manda uno y dice mi madre que no se puede ni mentar.” (p. 101). Nieve le ha sido arrebatada a su madre, “en nombre de la Revolución”, para pasar al cuidado de su padre, hombre brutal que ejerce violencia física y emocional sobre la niña, además de beber hasta aturdirse y sostener relaciones sexuales enfrente de ella. Este dictador doméstico no concibe que Nieve lleve un Diario pues puede tener control sobre absolutamente todo lo que la niña haga, pero nunca sobre su escritura y sus pensamientos: exactamente como Fidel. Será durante la convivencia con este padre tiránico y brutal que la narradora intuirá el carácter clandestino y por ende liberador de esa inocente afición inculcada por su madre que le prohibía aburrirse en casa: “Desde niña me he preguntado por qué nuestro presidente es el único en el mundo que viste esta ropa verde olivo. A los trece años mi madre me explicó que los presidentes se cambiaban cada cuatro años aproximadamente. Mami se escandalizó cuando le confesé que yo pensaba que morían como los reyes (…) No hay solución posible para mi madre: “Si quieres escapar de la política tienes que escapar de Cuba.” (pp. 157 y 187).

    La vida de Nieve habrá de dar más de un tumbo antes de regresar a los brazos de su madre; pasará incluso, tras escabullirse de la dictadura paterna, por una especie de orfanatorio y un conato de seducción lésbica. Wendy Guerra, cuya madre murió en el 2004, señala que esta, como la mamá de Nieve, siempre tenía un párrafo literario para cada ocasión. La única atribución ficticia es el viaje de la madre de Nieve a Angola ya que la de Wendy jamás estuvo allá, “esta anécdota se la robé a una amiga”, ríe la escritora, cascabel de hermosura y alegría. La madre de Nieve, como la de la propia Wendy, es una orgullosa hija de la revolución que sin embargo se muestra reacia a prácticas tan bárbaras como linchar virtualmente a los llamados “gusanos”, los que renuncian a la ciudadanía cubana y optan por un autoexilio legal; la madre de Nieve-Wendy es una intelectual muy crítica del régimen castrista que, no obstante, y como la propia Wendy, no abandonaría por nada del mundo su isla: “(…) Afuera, me siento en peligro, adentro me siento confortablemente presa.” (p. 10). El enclaustramiento en su propia casa, en su propia isla, le produce a Wendy una fuerte identificación con Sor Juana Inés de la Cruz, cuyos versos le son leídos por su madre: “Me gusta eso de estar amarrada y irse soltando poco a poco; entrar al claustro por volunta propia, volver a salir y en medio de la libertad tener la certeza de que el claustro sigue ahí, esperándote. Es un poco el juego de exposición y de claustro que estoy viviendo, aunque no hablo de religión sino de ideología.”

    Wendy dice que los escritores cubanos que han optado por quedarse en la isla han entrenado un fino instinto autocensor y, aunque parezca mentira, asegura haberlo desarrollado también: “Es duro decirlo, porque va contra mí, pero reconozco la autocensura. El libro se ha olvidado bastante de la autocensura, pero es raro.” No obstante lo anterior, Wendy asegura que las mujeres cubanas están más liberadas que las del resto de América Latina, si bien su novela no lo refleja del todo: “El machismo en Cuba –dice en la página 224 –está disimulado por la alta instrucción, pero ahí está amenazándote todo el tiempo, entre el juego y la realidad.”  Liberadas y todo, no están exentas de caer bajo el influjo de un hombre dictatorial y manipulador como Osvaldo, el primer amor de Nieve a los diecisiete años, destacado pintor que termina exiliándose en París y olvidándose de la noviecita dejada en Cuba. Antes de esto, Osvaldo ha pretendido ejercer su autoridad sobre Nieve, como antes hiciera su padre, objetándole su adicción al Diario, pero el Diario, la necesidad de expresarse por escrito, siempre será más poderosa que cualquier amor. Lo que Todos se van sí refleja es la solidaridad, esta sí atípica en nuestro continente, entre mujeres: Nieves es rescatada de su padre por una amante de este, que a su vez fue amiga de su madre; Nieve establece una amistad entrañable con Cleo, la amante de su novio. Las cubanas, nos dice la escritora, desarrollan un fuerte complejo de Penélope: “Pienso en mi madre y mis amigas que estuvimos esperando eternamente en el aeropuerto, que como yo digo es el Triángulo de las Bermudas, donde todo mundo se va y nunca regresa.” En Cuba, como en todo el mundo, siempre habrá un muchacho como Alan, uno de los personajes más entrañables de Todos se van, que defienda a una mujer de su tiempo. “Siempre escondo el diario de los hombres…” (p. 256).

                Wendy, quien se reconoce muy influida por Nélida Piñón, autora que honra en su novela, junto con Dulce María Loynaz (“Nélida representa la libertad y Dulce María el encierro voluntario”), dice haberse nutrido casi por completo de autores prohibidos en la isla, entre otros, Reinaldo Arenas, Eliseo Alberto y Guillermo Cabrera Infante, cuyos libros circulan de mano en mano, forrados o disfrazados de otra cosa. Después de crecer en un mundo sin intimidad, habituada a la vigilancia permanente y a los murmullos; experta en camuflajes y rebeliones íntimas como sería su propio Diario, se considera afortunada de vivir en la actual Cuba, donde las voces de los jóvenes artistas empiezan a elevarse por encima del anciano ánimo de su dictador, “y tendría que estar loca para perderme esto… aunque eso no significa que no respete profundamente a los escritores exiliados.”

    Wendy Guerra está casada con el jazzista Hernán López Lossa. Piensa publicar Posar desnuda en La Habana. Diario apócrifo de Anais Nin, “sólo sé escribir poesía y diarios. No sé qué voy a hacer cuando me decida a escribir una novela tradicional”, confiesa entre risas. Diplomada en Dirección de Cine, Radio y Televisión en la Facultad de Medios de Comunicación del Instituto Superior de Arte (ISA), ha publicado los poemarios Platea a oscuras (Premio 13 de marzo, 1987, otorgado por la Universidad de la Habana) y Cabeza rapada (Premio Pinos Nuevos, 1996). Actualmente trabaja en un Diario de los años noventas que titulará Bloomers: “Va a tratarse del contraste que hubo en mis años del instituto de arte, cuando comíamos en una bandeja de aluminio, comida muy mala, y n os poníamos la misma ropa interior y hacíamos el amor todos en la piscina vacía. Cómo fuimos criados para ser una unidad, un solo ser humano…”  

     

    July 10

    Ese hermoso sobresalto

    Para Francesca Gargallo

     

                Nacida en 1973, en la ciudad de México, misma que recrea con un admirable sentido estético de lo sórdido en su novela El huésped, tercera finalista del XXIII Premio Herralde de Novela (Anagrama, Narrativas hispánicas, 2006), Guadalupe Nettel es autora también de dos libros de cuentos: Juegos de artificio y Les jours fósiles, escrito este en lengua franca, la cual domina pues residió varios años en París donde cursó un doctorado. En 1992, a los 19 años, obtuvo el Prix de la Meilleure Nouvelle en Langue Francaise para países no francófonos, de Radio France Internacionale. El huésped fue simultáneamente publicada en su lengua nativa y en su lengua adoptiva (Actes Stud). Guadalupe no había abordado su ciudad natal, según explica, porque requiere la lejanía para poder apropiarse de los elementos y reinventarlos, “La ciudad de México es particularmente monstruosa, una ciudad magmática en la que todo se transforma continuamente.”

                No me decido entre calificar a El huésped como una anti love story, o como una historia de amor que se va arrancando a jirones los lugares comunes, como un animal raro se desprende de la propia piel. Lo cierto es que se trata de un texto mucho más complejo de lo que han querido hacernos algunos reseñistas; tan complejo como puede serlo el de una autora que se reconoce influida por Cortázar o por el japonés Haruki Murakami. Lo fascinante, desde mi punto de vista, incluso más que su alucinante interpretación de los secretos de la ciudad, es el conflicto íntimo de Ana, la protagonista, quien en una frenética huída de sí misma, encuentra refugio en los últimos lugares del mundo donde quisiera estar. Ni la propia Ana sabe que nombre darle a su miedo, al que sencillamente apela como La Cosa. No se trata de un conflicto de doble personalidad, sino de algo todavía más inquietante: la falta de valor para ser quien realmente se es y asumir al verdadero yo como una amenaza latente, lo que conduce a la protagonista por un proceso de despersonalización: “(…) supe que los recuerdos son semejantes a esos insectos casi vegetales que perseguimos con redes puntiagudas: cuando por fin nos pertenecen, se secan. El alfiler en medio de las dos alas las termina matando, y aunque los colores permanecen intactos, la mariposa se convierte inevitablemente en un epitafio.”

                Ana es tan mediocre, al menos en apariencia, que de verdad llega a dolernos: pertenece a una familia devastada que inicia su decadencia con la prematura muerte de Diego, el hijo adorado de la familia (la propia Ana forma parte activa de ese culto casi religioso, por lo que sus chispazos de odio contra el mismo al que dice adorar resultan harto inquietantes) y termina definitivamente con la huída del padre. Ana se queda a solas con su madre –“(…) encarnaba a todas las mujeres que había visto en el cine, las series de televisión, las novelas decimonónicas que nos hacían leer en la escuela. La miré extrañada como se observa a un ser ancestral, un fósil o una ruina (…)” (p. 46)-; dos virtuales desconocidas que intentan infructuosamente un acercamiento. Ana es lo que vulgarmente se conoce como un ser sin oficio ni beneficio, que ni siquiera se esmera en buscarle un sentido a su vida, antes bien, el sentido la busca a ella, transfigurado en un volante donde se anuncia una institución para ciegos. De algún modo entiende que su lugar es ése, y es  que Ana, sin ser ciega, deambula por la vida sin luz. Guadalupe reconoce que ese terror de Ana hacia la ceguera es la parte más autobiográfica de la novela, ya que ella misma padece una enfermedad en sus ojos verdes, a simple vista luminosos: “Siempre he estado amenazada por este fantasma, porque de este ojo (el izquierdo) prácticamente no veo. Como solo uno de mis ojos funciona bien tengo muchas posibilidades de algún día perder la vista y es algo que siempre me ha asustado. Ahí esa dualidad que veo incluso en mi cara. De niña, incluso, para hacer funcionar el ojo malo me cubrían bueno y tenía que vivir una parte del día en tinieblas y otra en la luz. Recuerdo la absoluta maravilla que era para mí quitarme el parche y mirar de pronto los detalles de las hojas, de las nubes, porque eran cosas que no podía ver durante la mitad del día.” La Cosa, como llama Ana a su verdadero yo, le ha arrebatado la capacidad de mirar fuera de sí, imbuida en los recuerdos y las imágenes que retiene con una memoria fotográfica, como avituallándose contra la posibilidad de la ceguera. No podrá ingresar al instituto, sin embargo, en calidad de paciente, así que se coloca como lectora de los internos. De entre sus atentos escuchas sobresale el Cacho, un intruso no ciego sino cojo, y además, indigente. Él se convertirá en el mentor y guía de esa ciega emocional que es Ana. “En realidad no vemos al mundo tal y como es sino como somos nosotros”, ¿acaso Ana mira al mundo como una serie de líneas y manchones porque ella misma es un ser diluido?

                Guadalupe ha declarado su obsesión por los freaks, los outsiders, los fenómenos, pero en el deslumbrante desfile circense que nos brinda El huésped, sin duda al ser más anómalo de todos es el único aparentemente normal, es decir, Ana, que no, no está loca ni ostenta una doble personalidad, simplemente se niega a sí misma y se deja arrastrar por la vorágine sin ápice de pasión por la vida; ¿qué mayor anomalía que la ausencia de la pasión, cuando hasta el cojo Cacho y el ciego Madero experimentan un apasionante apabullante por algo? “El Cacho no requiere desplegar sus dotes persuasivas para convencerla de sumergirse en las cloacas de la ciudad, donde ella conocerá un nuevo mundo que demasiado pronto asumirá como suyo: ahí La Cosa se encuentra a sí misma y su ceguera halla su exacto complemento en las sombras de la clandestinidad: Ana deja de trastabillar entre la oscuridad y la inmundicia. Son esos seres del submundo los que crean caos entre los que se creen dueños de la superficie; los que sin pudor se sumergen en la mierda, literalmente hablando, para expresar su sentir en un día de elecciones. La razón por la que El huésped presenta este inesperado guiño político, coincide con el instante en que Guadalupe empieza a escribirla, en 1994: “La mayoría de los mexicanos queríamos un cambio, hacia donde fuera pero que ya no hubiera la hegemonía del PRI y teníamos una rabia acumulada por los fraudes electorales sucesivos, entonces esa rabia contenida se expresaba de esta manera: la cloaca explota con toda la inmundicia a manera de mensaje de protesta de los marginales, pero no a favor nada en particular. La literatura proselitista no me gusta, no me convence, siento que es mucho más poderosa la fuerza de las metáforas y de los mitos que el panfleto.”

    Una vez que Ana le ha perdido el asco hacia la mierda y se familiariza con su textura y su olor, la revelación de su amor por el Cacho la golpeará en el rostro gracias a un incidental roce de sus dedos que le suscita “un hermoso sobresalto”. En cierto modo, pues, Ana no percibe su propia humanidad, sepultada en un caduco álbum familiar, hasta que deja emerger a La Cosa, ese ser que la habita y le produce pesadillas dignas de Mondrian: “Siempre pertenecí al grupo de personas que viven fuera del sexo. Lo intuyo, lo olfateo, lo adivino, pero no lo practico. Respeto con una reverencia japonesa a todos los que frecuentan el orgasmo con la misma asiduidad con que yo tomaba café. No se trata de una postura ante la vida, cualquier persona en mi situación sabe que eso no se decide, simplemente ignoro como se hace.” (p. 187).

                Guadalupe Nettel recrea una ciudad de México subterránea, cuya condición onírica, lejos de sublimar la podredumbre, la estiliza y por lo mismo la exalta. Ana es, como muchos seres que cotidianamente nos topamos en el metro, una autómata cuyo único rasgo de humanidad es el miedo por La Cosa. Como bien dice Guadalupe, la ciudad de México es espeluznante, un verdadero catálogo de monstruos, algunos de los cuales, de tan familiares, se nos vuelven imperceptibles, como sería el caso de la propia Ana. Y en medio de la fealdad que de tanto herir los ojos hace desear la ceguera… ¿se impondrá la anomalía del amor? “La ciudad que elegimos es una fachada hueca que cubre los escombros de todos nuestros temblores.”

                Guadalupe Nettel se reconoce sumamente interesada en el género fantástico, que por algún motivo ha pasado de moda entre los autores de su generación, sin embargo, si algo no le preocupa en lo absoluto, es justamente estar a la moda: “Nunca me he sentido muy adecuada a la sociedad, siempre me he sentido más outsider por esta historia que te cuento y otras historias familiares, entonces lo normal es que se refleje esa inadecuación en lo que escribo. Las mujeres tenemos más contacto con nuestro mundo onírico; nos nutrimos más de la intuición y de toda esta parte más volátil.” Actualmente radica en Barcelona donde prepara un libro de cuentos sobre freakies, así como una nueva novela  que transcurre entre América y Europa.”     

     

    July 04

    Terror sublime

    Quien la haya visto tan bien portada, ante el fuego del hogar con las rodillas rigurosamente entrechocadas, toda rizos y listones, con un libro de poesía (¿Shakespeare?) entre las manos y el azul de los ojos al borde del gris debido a un asomo de lágrimas, no imaginaría que tan primoroso cuadro anunciara a quien llegaría a ser “la reina de la novela gótica”, y, para algunos estudiosos de tiempos recientes, precursora de la novela negra.
    Nacida Ann Oates, el 9 de julio de 1764, en Londres, en el seno de una familia de prósperos comerciantes emparentados con literatos y científicos, como el doctor Daniel Solander que acompañó al Capitán Cook en su vuelta al mundo, o su tío abuelo, William Cheselden, cirujano del rey Jorge II, pasaría a convertirse en Ann Radcliffe a raíz de su casamiento con William Radcliffe, a quien conoció siendo un estudiante de Derecho, estudios que William interrumpiría para consagrarse a su auténtica pasión: el periodismo. Fundador del prestigiado semanario English Chronicle, Radcliffe era un hombre raro para su tiempo pues se prendó de la inteligencia de Ann, físicamente agraciada para colmo y siempre cargando algún pesado libro que no era precisamente La Biblia, a pesar de que como cualquier señorita, hija de puritanos, su educación oficial se restringía a lecciones de música y cultura general. William la animó, además, a iniciarse en la escritura, más aún, impulsó amorosamente su carrera literaria. El hecho de que el matrimonio jamás lograra procrear hijos, lejos de distanciarlos pareció fortalecer esa unión basada en la mutua admiración y compatibilidad de sus temperamentos melancólicos y hogareños. A ambos les resultaba terriblemente difícil actuar en sociedad, muy especialmente a ella, tímida, dicen, hasta la neurosis, si bien la pareja viajaba con frecuencia. Ann llevaba un minucioso diario de tales viajes, de los que extraería los exuberantes paisajes de sus novelas. A la edad de 26 años, Mrs. Radcliffe sorprendería a la crítica y a los asiduos a los salones literarios con su primera novela, Los castillos de Aithlin y Dundayne (Ellago Ediciones, Col. Letras, Barcelona, 2005, Traducción de Alan Ferreiro), quien, como ninguna otra obra del género gótico se apegó a los preceptos estéticos de Edmund Burke (1729-1797), para quien, según consta en Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y lo bello (1756), cuanto excita la idea del dolor o del peligro es fuente de lo sublime.
                Notoriamente inspirada en Macbeth, su obra favorita de Shakespeare, la joven Mrs. Radcliffe recrea una Escocia medieval donde el bien y el mal mantienen encarnizada pugna en las personas del joven señor de Aithlin, el conde Osberth, y el perverso barón Morgan, señor de Dunbayne, quien, usurpador como el propio Macbeth, se le diferencia en que carece de una esposa manipuladora, antes bien, se trata de un solterón amargado y misógino. La maldad del barón Morgan, descrita como “exagerada”, desmerece apenas enterarnos de que dejó vivo al hijo del hombre que ha asesinado, cómodamente instalado en Aithlin aunque vigilado desde las almenas de Dunbayne, cuando la lógica debió haberle indicado que, alcanzada la adultez, aquel buscaría vengar la muerte de su padre. La exageración de vicios y defectos que nunca están a la altura de las expectativas originadas en el indiscriminado uso de apelativos, no es atribuible de modo alguno a la inmadurez de su autora, pues lo cierto es que otros autores mucho más experimentados, como el propio Horace Walpole (1717-1797), iniciador del gótico inglés con su novela El castillo de Otranto (1764), incurrían en la misma desmesura.
                El joven Osberth crece obsesionado con la idea de darle su merecido a Morgan, pero no ejecutará sus planes sino hasta después de topar con Alleyn, joven campesino que se contagia del hambre de justicia de su señor. Como en toda novela gótica, máxima expresión del romanticismo, el amor se manifestará para dificultar las cosas, pues Alleyn, que no por valiente, audaz y buen soldado deja de ser campesino, cae rendido a los pies de Mary, hermana de Osberth. Morgan, a su vez, sin siquiera conocer a Mary (ha escuchado hablar de su belleza), se encaprichará con la idea de desposarla, y todo por fastidiar a Osberth, recluido en una mazmorra de Dunbayne tras su primera frustrada intentona de capturar a su enemigo. Del otro lado del muro, el joven conde percibirá sollozos femeninos y un dulce canto que lo consuela de su encierro (la salvación se anuncia siempre a través de cantos desgarrados). Gracias a uno de esos mecanismos secretos que abundan en los castillos góticos, logrará traspasar el obstáculo para encontrarse con la auténtica baronesa Morgan, esposa del difunto hermano del usurpador, y la hija de esta, Laura, que ha crecido aislada del mundo pero entrenada en las artes musicales por su propia madre. Nuevamente nos sorprende la magnanimidad o falta de prevención del rufián, que opta por encarcelar a su cuñada y a su sobrina, proveyéndolas de instrumentos musicales para que no se aburran, antes que eliminarlas. Por supuesto, Osberth se enamorará a primera vista de la pelirroja Laura. El desenlace del conflicto, que pareciera previsible, no lo será tanto pues el perverso Morgan morirá en olor a santidad a medio camino y a continuación alguien intentará matar a Osberth y raptará a su hermana: ¿quién diablos pudo haber sido si sólo sobreviven los buenos?... o…. ¿no tan buenos? ¿Es posible tanta malicia en una novel escritora? Es en esta malicia donde se advierten los primeros latidos de la novela policíaca pues los personajes deberán emplear algo poco recurrente en la narrativa de entonces: su intuición. La violencia con que Mary es raptada, máxime si tomamos en cuenta que no ha parado de sufrir un desmayo tras otro a lo largo de la trama, no deja de ser inquietante. De hecho, prácticamente todas las heroínas de Mrs. Radcliffe serán jóvenes vulnerables sometidas al capricho de seres degenerados y perversos, como le ocurre a la Emily de Los misterios de Udolfo (1794) y la Ellena de El italiano o el confesionario de los penitentes negros (1797). La reflexión en torno al origen de las bajas pasiones que abruman al género humano, recorre asimismo toda su obra, en tono un tanto aleccionador que no sepulta el rigor con que Ann emparienta ética y estética: “Todos los excesos son malos, incluso los de la pena, que admirable en su origen, se convierte en una pasión egoísta e injusta y nos lleva a liberarnos de nuestros deberes (…) La complacencia excesiva en el dolor inquieta la mente y casi la incapacita para volver a participar en las inocentes satisfacciones que la benevolencia de Dios ha establecido para ser el sol resplandeciente de nuestras vidas (…) todo es vicio cuando se busca el consolarse sin una posibilidad de bondad.” (Los misterios de Adolfo, El Club Diógenes, Valdemar, Madrid, 2001, traducción de Carlos José Costas Solano, p.p 44 y 45).
                Los misterios de Udolfo, considerada su obra maestra, tampoco es una convencional novela gótica, aunque aquí sí está implicado el ingrediente sobrenatural. Como todos los relatos de Ann rehuye el típico escenario inglés –esta transcurre en la provincia gascona del siglo XVI-,  y nos presenta a una heroína, Emily, enfrentada a la desgracia y a la soledad tras una súbita orfandad, que deberá poner en práctica sus cinco sentidos para desvelar un secreto relacionado con su familia, con el perverso Montoni siguiéndole la huella: “Recuerda que es mucho más valiosa la fuerza del valor que la gracia de la sensibilidad. Y no confundas fortaleza con apatía; la apatía reconoce virtudes (…) ¡Qué despreciable es esa humanidad que se contenta con la piedad donde podría aportar algún remedio.” (p. 148). Definitivamente, la inmovilidad no le va a Emily. En la obra de Mrs. Radcliffe, han dicho sus críticos, fascinados con la radicalidad de su propuesta estética, no hay cabida para triunfos convencionales, ni pasajes ociosos, ni controversias inútiles.
                Casi siempre la tragedia de las heroínas de Ann Radcliffe va precedida por la muerte de los padres. En su universo no existe mayor desgarro que la orfandad. No extrañe por tanto que la muerte casi simultánea de sus propios padres la haya silenciado en forma casi definitiva, pesar que habría de agravarse con la enfermedad degenerativa de su esposo, que la encadenó a su lecho. Se rumora que el ser testigo de la diaria consunción de su amado esposo y la imposibilidad de escribir la orillaron a la locura. Uno de sus biógrafos más recientes, Rictor Norton –quien se refiere a ella como una gentlewoman, que vendría ser un femenino de “caballero” que no es exactamente “dama”-, aventura la posibilidad de que la escritora pudiera haberse recluido por voluntad propia en un manicomio de Derbyshire. Y justo cuando los lectores empezaban a olvidar a aquella maravillosa Mrs. Radcliffe que los había hecho temblar y suspirar, se publica Gastón de Blondeville (1820), novela que redactaría al poco de la muerte de su amado para paliar el dolor de la perdida y la soledad, notoriamente afectada por el sufrimiento y, por lo mismo, más oscura. Moriría tres años más tarde de publicada la que sería su última novela, el 7 de febrero de 1823, debido al asma que la aquejaba desde hacía muchos años, complicada con una gripe. Esta autora se convertiría en la inspiración de la poeta Christina Rossetti (quien intentó escribir una biografía suya) y la precursora de la Ciencia Ficción, Mary Shelley. Fue profundamente admirada también por Lord Byron y Percy Shelley.
    June 27

    Flor rabiosa

     Para Roberto López Moreno

     

    El horizonte ahoga un paisaje de alas

    Ceñidos en ondulantes anillos de serpiente.

    ¡Águila deshojada!

    Un sueño de poeta llora un sueño de héroes

     

    … y de pronto, silencio. La dama de la voz (imponente, ojos grandes, tumultuosos; ancha y brillosa trenza castaña a modo de diadema) deja de retumbar en el cielo. Trata de apartar el micrófono inservible que cae, volviéndose añicos. Acto seguido, en acción peliculesca, unos agentes se abalanzan sobre la mujer que queda indefensa en medio del escenario y cuya única arma son puños llenos de poesía. La oportuna intervención de admiradores y amigos se la arrebatarán a las pinzas del odio. Magdalena Mondragón, primera mujer que dirigió un diario en México, narró así aquel incidente ocurrido una mañana de 1958, durante una asamblea obrera: “(…) el licenciado Rubén Gómez Esqueda ordenó que retiraran el micrófono y, en caso de que Aurora Reyes persistiera, se le arrancaría con cárcel. La amenaza, muy pertinente, hizo que la propia Aurora, Concha Michel y otras artistas se pusieran a repartir copias del poema (“El hombre de México”), comentándose en todos los tonos hasta qué grado ha llegado a su perfeccionamiento la libertad de expresión.”

                No por nada Aurora Reyes era “la sobrina incómoda” de don Alfonso Reyes, cuando en otras circunstancias (y estoy convencida de que así era en el fondo) él hubiera manifestado orgullo por tenerla en la familia. “Alegría del idioma”, nombró a su tío la poeta y pintora quien en apasionada carta, con fecha 9 de septiembre de 1955, día del cumpleaños número cincuenta y tres de Aurora, hace revivir a aquella niña “cuya cabeza acariciaste un instante cuando mi padre me llevó a conocerte.” Don Alfonso respondería el amoroso embate con la siguiente nota: “Aurora Reyes, sangre mía, corazón florido.” Ella, y espero basten los versos iniciales para corroborarlo, era poeta incontenible; la única, junto con López Velarde, que se arrancó el corazón sin aspavientos para teñir la bandera-mortaja de los héroes patrios. Su principal cantor, el poeta chiapaneco Roberto López Moreno (de quien hiciera Aurora un maravilloso retrato al óleo en 1977), afirma que ella escribió uno de los tres grandes poemas sobre la muerte de las letras mexicanas, “La máscara desnuda”, junto con “Ante un cadáver”, de Manuel Acuña, y “Muerte sin fin”, de José Gorostiza. El poema en cuestión es un inmenso mural de la historia de México –la poesía de Aurora es muy visual, pletórica en figuraciones estilizadas- que principia con el parto-danza de Coatlicue en medio del desierto: “(…) útero infinito que repite la vida/ en los arquitectos del sueño y la armonía” (…) “Eres ahora una bandera sin viento,/ una pasión que abandonó la forma:/ gérmenes y cuchillos y deseos…/ ¡alimento de todo lo que vive y devora!” Este poema de sangriento colorido encierra el ancestral culto, transmisión genética de nuestros antepasados indígenas, de la muerte azucarada incompatible con la sal de las lágrimas; muerte gozosa, amante, saltarina, cuya piedra sacrificial es eterno principio de vida: “Quiero el sudario de papel de China, el cadáver del sol hecho pedazos, / un adiós con los pétalos del fuego/ y un ídolo de piedra entre los brazos.”

                Aurora Reyes Flores nació en 1908, en Hidalgo del Parral. Nieta del General Bernardo Reyes e hija del ingeniero militar con grado de capitán, Leonel Reyes –el nombre de su padre, así como la briosa melena de la poeta, darían pie a que la apodaran La Cachorra-. En 1913, tras la muerte del General Reyes durante la reyerta en  Palacio Nacional que daría origen a la llamada Decena Trágica, que culminaría con el asesinato de Francisco I. Madero, se desata una persecución contra los parientes cercanos del malogrado héroe, lo que orilla a la familia de Aurora a trasladarse a la Ciudad de México donde el Capitán Reyes habría de permanecer enclaustrado y disfrazado. El tío Alfonso, hay que señalarlo, prefirió exiliarse en Francia antes que aceptar el cargo de secretario particular que le ofrecía el ilegítimo presidente Victoriano Huerta. Doña Luisa Flores hubo de sacar provecho a su único talento, hornear pan, para subsistir. La pequeña Aurora, que entró a la primaria a los cuatro años, se encargaba de venderlo en La Lagunilla, donde la podredumbre, superior incluso a la propia, la impactaría en forma irremediable, inflamándola del ánimo justiciero que la llevaría a militar desde la adolescencia en el Partido Comunista Mexicano. Alternaría sus estudios de preparatoria, en una época en que muy pocas mujeres alcanzaban un grado académico respetable, con clases nocturnas en la Academia San Carlos donde se graduaría en artes plásticas en 1924. Sería la primera mujer muralista, sin haber fungido antes como aprendiz de un pintor reconocido: “En ese entonces izquierdismo y machismo eran dos valores importantes que regularon el ambiente de las artes plásticas de la SEP –declara Aurora Reyes ante Patricia Cardona-. Con Lázaro Cárdenas se fundaron las primeras guarderías y los abortorios dieron servicio gratuito a las mujeres mientras se propagaba el amor libre para todos. Sólo que éstas querían ser como hombres, con todos los vicios y ninguna de sus cualidades. Tenían la imagen de la mujer soviética, la campesina, con la pala al hombro, caminando como soldados (…) Eran una mala caricatura del hombre. Finalmente, la feminidad se impone.

                Divorciada desde los 23 años, con dos hijos a cuestas, Aurora pelearía enconadamente por el derecho al voto para las mujeres y la apertura de guarderías para hijos de maestras (ella impartía clases de pintura en San Carlos); defendería, entre un pelotón de madres agraviadas, armadas con antorchas y cananas, el edificio que albergara el Centro Escolar Revolucionario que se pretendía derruir para prolongar una avenida. Fue anfitriona del poeta Nicolás Guillén, alojado en su casa de Coyoacán, en pleno auge de la Revolución Cubana, durante una época en que dicha acción tenía claros tintes subversivos: el sexenio de Ruiz Cortinez. No extrañe, por tanto, que su nombre haya figurado en la lista de personajes denunciados como enemigos de México por la Unión Sinarquista, publicada por el diario Excélsior, el 25 de julio de 1954, junto con los de Alfonso Caso, Jesús Silva Herzog, el doctor Alfonso Quiroz Cuarón, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, el ex presidente Lázaro Cádernas y Juan O’ Gorman. En 1968 apoyó a sus alumnos de San Carlos, con quienes colaboró en la pinta de varias mantas dirigidas a las consciencias de los mexicanos, intervención que haría peligrar nuevamente su vida al grado de orillarla a refugiarse un tiempo en el manicomio de La Castañeda.

                Consumada pintora de líneas de elocuente dramatismo; de melancolía más bien grave, violenta, descorazonadora, características que podrían definir asimismo su poesía, Aurora Reyes era voraz lectora de investigadores extranjeros del México prehispánico tales como Soustelle y Vaillant, Sejourné y Katz, así como de los poetas españoles de la Generación del 27, lo que constituye una peculiar gama de influencias para su escritura. No publicó su primera plaquette de poesía, Hombre de México (SEP), sino hasta 1947, seguida de Astro en el camino (Talleres Gráficos de la SEP, 1950). Con el poema Nueve estancias en el desierto (Editorial Magisterio, 1952), obtiene el primer lugar en los Juegos Florales del 50 aniversario de la fundación de Mexicali, B.C. Dicho poema dedicado “A mi primera patria de infinito, en el Norte de México…”, donde el desierto cobra la dimensión de “Ángel horizontal y desvalido”, es, me atrevo a asegurar, el más hermoso que en ese tenor se ha escrito en México. El desierto, tan expuesto al lugar común por el desconocimiento que de ese monstruo se tiene, es descrito por Aurora con la poderosa tangibilidad de quien  ha experimentado la consciencia del esqueleto que nos habita, cobrable sólo bajo el astro inclemente y la boca repleta de arena. Cansancio azul. Fiebre rencorosa. Ríos de rosa fresca: “Oscila el mediodía suspendido/ como fruto maduro de infinito./ En su reinado inmóvil la mirada ha crecido/ y el sabor de la angustia y la ceniza/ y la sed… y la sed… y el espejismo.” López Moreno nos hace ver que la mayor fuerza de la poesía de Aurora reside, paradójicamente, en el que suele ser el punto débil de los malos poetas, es decir, las reiteraciones que en ella enriquecen su geometría idiomática.

                Aurora Reyes murió el 26 de abril de 1986, víctima de cirrosis, sin recibir el reconocimiento merecido (sigue sin tenerlo); ignorada en su momento, como nos lo hace ver José Pérez Espino, de las antologías Poesía en movimiento y Ómnibus de poesía mexicana, no obstante ser catalogada como la Poeta Mexicana del siglo XX. Sus dos hijos, Héctor y Jorge, cumplieron su voluntad de sepultar sus cenizas en las raíces de una magnolia sembrada por ella misma en su casa de Coyoacán, en la calle de Xochicaltitla. A decir de López Moreno, cada aniversario de nacimiento y muerte de la poeta, así como los 26 de julio (apasionada como era de la Revolución Cubana), florece una preciosa magnolia en la copa del árbol.

    June 25

    La sutileza del infarto

    Para Federico Patán

     

    Cuando Joyce Carol Oates habla de box, pareciera estar hablando de un arte mayor al que, si bien equipara con el ballet, se asemeja en todo al arte literario de la propia Joyce: “(...) ocurre tanto, tan rápidamente y con tal sutileza de infarto que no puede absorberse sino para saber que algo profundo está aconteciendo y que acontece más allá de las palabras.” (Del boxeo, Tusquets, Barcelona, 1990, Traducción de José Arconada, p. 21).

                Joyce se refiere, sí, al box, deporte que la desconcierta más que apasionarla desde que, siendo una niñita logró que su padre la incorporara a su ritual de empedernido amante del arte pugilístico. Siendo una criatura de frágil constitución y toda ojos, más parecida a una cigarra que a un atleta, Joyce podría decir lo contrario de Barry NcGuigan cuando se le preguntó por qué se había hecho boxeador: “No puedo ser poeta. No sé contar historias...” Joyce no pudo usar los puños para pelear, pero aprendió a narrar con ellos. La estructura de su narrativa es del todo semejante a una pelea, donde cada capítulo es un round; las intensidades varían pero jamás decaen. “Comencé a escribir muy joven, incluso antes de aprender a escribir, copiaba las letras de los adultos, pero no pensé en ser escritora. Era como cualquier niña, escribía mis propias canciones.”

                Joyce Carol Oates, considerada el escritor estadounidense con mayor posibilidad de ganar próximamente el Nóbel de Literatura, nació el 16 de junio de 1938, en Lockport, Nueva York. Tras pasar por la universidad de Siracusa, se licenció en Lengua y Literatura Inglesa por la Universidad de Winsconsin y realizó un doctorado en Rice. Tras obtener mención honorífica en un discreto certamen literario, la joven Joyce, alta, flaca y con un lindo rostro que recuerda al de Betty Boop, optó por dedicarse de lleno a la escritura. Publicó su primer libro, un volumen de cuentos titulado Junto a la puerta del norte, en 1963, a los 25 años de edad. Un año más tarde publicaría su primera novela: Un otoño tembloroso. Y si bien ambos libros merecieron comentarios elogiosos, no sería sino hasta la publicación de la novela Ellos (1969), que se consagraría en el ámbito editorial. Imparable, Joyce ha acumulado a la fecha la friolera de 112 libros publicados, entre novelas, colecciones de relatos, ensayos y obra dramática, incluyendo los firmados bajo los seudónimos de Rosamond Smith y Kelly de Lauren. Y si bien resulta casi imposible abarcarlo todo para un análisis serio, quien esto escribe asegura que ninguno de los libros a los que accedió de esta autora resulta remotamente decepcionante, antes bien, hasta una novela considerada menor como Ángel de luz (1981), me ha deslumbrado por la habilidad de Joyce para apretar al máximo el nudo de la tensión dramática y acorralar a sus personajes hasta casi asfixiarlos; Joyce Carol Oates, más que atrapar al lector, lo hipnotiza con la complejidad de sus estructuras narrativas, nunca lineales, dosificando la exposición de hechos hasta que estalla la bomba de la primera revelación; su forma tan peculiar de desarrollar a sus personajes, sin dejar nunca de asombrarnos con una nueva insólita revelación de los hábitos, los secretos, los caracteres, los vicios, contribuye a causar ese efecto de agotamiento emocional. Ángel de luz es un thriller, evocador de la Electra de Eurípides, donde Kirsten, una jovencita anoréxica, desencajada, medio sicótica y profundamente desgraciada, intenta convencer a su no menos infeliz hermano (que sin embargo se esfuerza por lucir como un triunfador), de que su madre y el amante de esta provocaron la deshonrosa muerte de su padre, por lo que sobre ellos recae el deber de vengarlo. “A veces los griegos suenan demasiado contemporáneos”, reflexionará el patético Maurie Halleck, un Agamenón neoyorquino, político honesto, cabal y cristiano que sin embargo se suicida para escapar al desprestigio que supone un caso de corrupción en el que se ha visto inmiscuido. Su hija adolescente está convencido de la inocencia de su padre y la culpabilidad de su bellísima madre, Isabel, y no vacilará en establecer alianzas con grupos terroristas con tal de consumar su venganza. Joyce ostenta aquí su arte para crear personajes tan patéticos como sublimes, que se crecen por encima del patetismo para tornarse entrañables, como el Michael Mulvaney de Qué fue de los Mulvaney. Las novelas de Joyce están pobladas de cobardes maravillosos, cuyos hombros cargan a duras penas con la grandeza de su espíritu, mientras que los valientes como Kirsten y su hermano Owen se ganan nuestra compasión. Marilyn Monroe, personaje que obsesionaba a Joyce de mucho, mucho tiempo atrás (“que Marilyn Monroe hubiera otado por matarse resultaba maravillosamente consolador para las chicas “feas”. También las chicas bonitas lo encontraban alentador”, Ángel de luz, p. 93), será la apoteosis de este rasgo estilístico en Joyce: en Blonde (Plaza y Janés, Barcelona, 2000, traducción de María Eugenia Ciocchini), novela que, inexplicablemente para muchos, perdió el Pulitzer del 2001, Marilyn rebasa su patetismo; se impone a su tragedia, una y mil veces contada, pero que en la prodigiosa pluma de Joyce adquiere jerarquía de épica. “Ella era una niña pequeña y, en teoría, las niñas pequeñas no tiene necesidad de meditar, en especial las niñas bonitas e cabellos rizados no necesitan preocuparse, inquietarse o calcular; sin embargo, ella tenía el hábito de fruncir el entrecejo como una adulta en miniatura mientras formulaba preguntas (...)” (p. 58) En Blonde, Marilyn es, más que la diosa del sexo, la representación de una feminidad de suyo vejada durante siglos, como si de algún modo Joyce les hablara a sus lectoras a través de su personaje: Todas, alguna vez, hemos sido Marilyn... todas nos hemos sentido tentadas a ser o cuando menos a fingir que somos objetos sexuales... y todas terminamos hallando una luz al final del túnel... Blonde es, como casi todas las novelas de Joyce, una historia de familia, una búsqueda desesperada y casi agónica de la figura paterna: “He estado siempre muy interesada en historias personales. Me fascinaba escuchar anécdotas sobre mis abuelos y mis padres, me parecía que poseían una gran integridad y resistencia, virtudes deficientes en mi generación y las subsecuentes.”

    Considerada su obra maestra, Qué fue de los Mulvaney (Lumen, Biblioteca Joyce Carol Oates, Barcelona, 2003, traducción de Carme Camps) aborda la historia de una típica familia clasemediera y feliz de los Estados Unidos, que virtualmente se cae a pedazos tras la violación de la hija, la única de entre tres hermanos varones. Los Mulvaney son encantadores, son populares, son guapos, son envidiados, casi dignos de Disney... pero todo acaba intempestivamente apenas Marianne es violada por el hijo de uno de los hombres más importantes del pueblo. Antes de lo de Marianne, los esposos Mulvaney, Michael y Corinne, han sabido de una pobre desgraciada, compañera de escuela de la propia Marianne, que se ha visto forzada a abandonar el pueblo. Pero aquella chica indígena, a la que sin duda compadecen, nada tiene que ver con Marianne. Nunca se les ocurre temer por la integridad de su propia hija, demasiado perfecta para atraer algo tan horrible: “(...) nuestras vidas no son nuestras sino que se hallan en posesión de otros, nuestros padres. Nuestras vidas quedan definidas por los antojos, caprichos, crueldades de otros. Esa telaraña genética, los lazos de sangre. Era la más antigua maldición, más antigua que Dios.” (p. 392). La historia, paradójicamente, es narrada, en ocasiones juzgada desde la perspectiva del “benjamín” de la familia, quien al volverse casi invisible ante la tragedia de su hermana y sus posteriores consecuencias, aprovecha esa semi invisibilidad para analizar a cada miembro de su familia: es a través de su mirada que todo queda reducido a cenizas, especialmente el orgullo del padre, al que se solía admirar por su valor y entereza, y sin embargo termina desterrando a su hija favorita porque no resiste ver su propio dolor personificado en ella. Los Mulvaney, víctimas de una afrenta, pasan a convertirse en los apestados del pueblo, en la familia violada y abierta de piernas, en los parias. La violación de la hija los incluye, los denigra, los pervierte: todos son sistemáticamente violados una y otra vez, por las habladurías, la crueldad de los incansables verdugos: “Puedes creer en el mal sin creer en el diablo. No existe Satán, pero existe el mal. El mal está programado genéticamente en nuestra especie, como nuestra capacidad contra la naturaleza, nuestra codicia y superstición y estupidez... quiero decir, la inclinación.” (p. 455). Será el muchacho genio de la familia, el segundo hijo, quien llegará a la conclusión de que solo la venganza podrá devolverles a los Mulvaney un poco de la dignidad arrebatada.

                Joyce Carol Oates cuenta que empezó a leer a los 14 años. El primer libro que leyó fue una biografía crítica de Faulkner; después devoró toda la obra de este autor. “Nunca concebí tener una vida de escritor, aún ahora me considero más profesora que escritora.” Ha sido profesora en las universidades de Detroit (61·67), Windsor (67·87) y actualmente es catedrática de Princeton. Cuando se le cuestiona la violencia de sus narraciones, su respuesta no puede ser más inteligente: “Nuestras cifras de criminalidad le resultarían increíbles a cualquier europeo civilizado. En Suecia e Inglaterra consideran que vivimos en una especie de oeste salvaje, donde en cada casa hay un arma.” En 2005, Joyce Carol Oates obtuvo el Premio Fémina por su novela The falls.