Eve Gil's profileLa Trenza de Sor JuanaPhotosBlogLists Tools Help

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    October 21

    La humedad del espejo

    Intimida a simple vista, sobre todo cuando se aplica perfume tras las orejas con ese leve, fugaz ademán de las mujeres elegantes (y como toda mujer elegante, carga en su bolso un frasquito). Pese a no ser alta irradia aristocracia, belleza, clase, carácter. Ni un pelo fuera de sitio (la melenita, de hecho, es un prodigio. Me moría por conocerla para comprobar que tiene ese aspecto de caoba pulida de las fotos). Basta intercambiar un par de frases con ella para desechar la primera impresión de una mirada fría y escrutadora, como traspasar la dureza del diamante y quedarte con los brillos. Así es Beatriz Espejo. Así es la prosa diamantina de Beatriz Espejo.

                Nacida en el puerto de Veracruz el 10 de septiembre de 1939, en el seno de una aristocrática familia que le dio la materia prima para su primer libro de cuentos, Muros de azogue (1979), Beatriz desarrolló desde aquellos lejanos relatos el tema que más la inquieta, según escribe en el prólogo a sus Cuentos reunidos, “(…) la doble moral burguesa, errores que se cometen al disfrazar los hechos, ponerse una venda en los ojos y dar a las convenciones importancia inmerecida (…)” Asegura haber descubierto la literatura cuando, de viaje por Nueva York con sus padres, en casa de su abuela materna, se sintió irremediablemente atraída por sus libros e hizo acopio de ellos: Mujercitas, Vida de Santa Teresa de Jesús, Los caballeros de la tabla redonda, los poemas de Salvador Díaz Mirón, tú como paloma para el nido; yo, como león para el combate…. Se inició en la lectura sin que nadie la conminara a ello. A los doce años ya sabía que sería escritora y estudiaría Letras. Su mayor influencia sería la de Rosario Castellanos quien no obstante provenir de una familia adinerada se ganaba la vida con su escritura: “Don Javier de Icaza, maestro mío en la Facultad y protagonista de la novela Los años con Laura Díaz de Carlos Fuentes, publicó mi primer texto sobre Los días enmascarados, con buenas ideas pero muy mal escrito. A unos cuantos meses de distancia Juan Jose Arreola sacó La otra hermana en sus Cuadernos del Unicornio, así que en plena adolescencia me sentí escritora profesional, saqué una revista, El rehilete, en 1959, conformada por puras mujeres, y desde entonces no paro”, me cuenta. Fue a través de esta revista que se inició en el periodismo entrevistando, entre otras figuras, a Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Su padre, no obstante la imagen de machos dominantes de los patriarcas de sus cuentos, asegura Beatriz, no era machista. Nunca conoció la discriminación en su propio hogar: “Soy feminista a mi manera, siempre lo he sido porque así nací”, expresa con sencillez aunque destilando carácter por todos sus poros.

    Del mismo modo que la Marilyn Monroe de su extraordinario relato “Marilyn en la cama”, la doctora Beatriz Espejos se disfraza de lo que la gente quiere ver en ella, una señora fifí, para empuñar la pluma. No experimenta rubor ante su condición femenina, harto reveladora en su escritura que es, indudablemente, escritura de mujer, “el mundo de las mujeres es mi mundo. Entiendo sus entretelas y aspiraciones.” Tampoco se preocupa por esconder que proviene de la alta burguesía; no le preocupa en lo absoluto. Cuenta, sin embargo, con una faceta académica (es investigadora de tiempo completo en la UNAM), que la acaba de hacer merecedora al Premio Universidad Nacional en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. En su faceta como crítica literaria ha escrito un estudio clásico sobre quien fuera su profesor favorito en la Facultad, Julio Torri, voyeurista desencantado. La temática de su literatura pudiera despertar prejuicios, hacer que se la juzgue frívola pues la mayoría de sus protagonistas son bellas damas preocupadas por la línea que se desenvuelven en ámbitos exquisitos. Otro detalle recurrente en la narrativa de Beatriz Espejo, no obstante, es la irrupción del elemento corruptor, perverso, sucio, feo, que altera el orden y pone en jaque a la belleza. Parecería, incluso, que Beatriz disfruta del desacato, de las alfombras manchadas con excremento de niña, de la palabra fuera de lugar que estropea irremediablemente la velada romántica. Tales incidentes, que no alteran sin embargo esta prístina prosa que honra el apellido de su autora, son los que anulan la falsa impresión de frivolidad, como en los relatos incluidos en Alta costura (1997), Premio San Luis Potosí 1996. A manera de homenaje a Inés Arredondo, Beatriz plantea en “Don´t try this home” la atracción más bestial que erótica que sobre una distinguida transeúnte de Central Park ejerce un vagabundo negro y sudoroso, cuyas obscenas señas casi la hacen perder la compostura: “(…) tu bolsa cayó al suelo y rodaron hasta los pues del mulato tu polvera de plata y algunas monedas brillantes al sol. Te agachaste para recogerlas. Él se agachó también. Por un instante creíste que las tomaría y saldría corriendo. Te asombró que te las entregara con una mano grande y morena de largas uñas. Las aceptaste avergonzada, a punto de pedirle que guardara el dinero. Casi le rogaste que te acompañara…” (Cuentos reunidos, Fondo de Cultura Económica, 2004, p. 196). Del mismo libro, “Una mujer altruista” pone en relieve la paciencia de santa de una dama de alcurnia que no puede darse el lujo de estrellar contra la pared a la monstruosa hija de su mucama, a pesar de sobrarle los motivos. En el conmovedor relato que da título al libro, asistimos al amoroso empeño de la modista rusa que confecciona la mascada que estrangularía absurda y fatalmente a Isadora Duncan. “Los delfinios blancos”, que dedica Beatriz a su esposo de muchísimos años, el legendario y temido crítico literario Emmanuel Carballo, es pura belleza. Pero la belleza, parece decirnos la autora, no es vacío, es todo: “(…) Los críticos desatentos me inscribirán en el realismo mágico que ha cosechado sus mejores frutos. Sería una equivocación; cualquier escritor que imite a otro se corta el cuello de antemano. Quise divertirme con el realismo milagroso (las cursivas son mías), convencida de que suceden milagros en torno nuestro aunque muchas veces no los advertimos.”

                Vajillas de Limoges. Candelabros de bacarat. Juguetes de Sévres. Vajillas blancas y tersas como la leche sobre manteles de granité. Penélopes que confeccionan ajuares de novias que no están seguras de usar algún día. Piezas clave de la decoración de los relatos de Beatriz que, como ella misma explica, se aferran a la naturaleza patria ahora que nos avasalla la globalización, aunque esto es más exacto para describir sus dos primeros libros, Muros de azogue y El cantar del pecador (1993) y se difumina en Marilyn en la cama y otros cuentos (2004), más apegado a la contemporaneidad. En Muros… y El cantar…se aprecia lo que Beatriz denomina “realismo milagroso” y su tono asemeja el de la niña de “El ansia de volar”, incluido en Muros y cuyo pragmatismo es “digno de primeros ministros”. Beatriz Espejo narra las leyendas familiares con la convicción de que se trata de fantasmas tangibles, de prodigios domésticos, como ha dicho ya, más apegada al concepto de milagro que al de magia. “Mis personajes femeninos, ficticios o autobiográficos, llegan a mí como un detonante. Algunos pertenecen a mi infancia, adolescencia y juventud o a edad madura; otros, fueron tomados de las historias familiares que oí contar. Retomados por supuesto por la imaginación y la fantasía. "El cantar del pecador" partió de una historia de Xalapa que trajo consigo "El ángel de mármol" cuya estructura es una trenza con dos puntas abiertas, dos posibles finales; sin embargo en cualquier caso cargan algo entrañable, risueño y doloroso. Me identifico con ellos, y con sus protagonistas, incluso con las que fui, puesto que el mundo de las mujeres es mi mundo, entiendo sus entretelas y aspiraciones.” Pero en medio de las visiones, del temor a Dios y las tardes cayendo en picada sobre el malecón, una adolescente descubre el poder de su feminidad y juega despiadadamente con la turbación que sus piernas provocan en su profesor en “Una mañana de abril”: “(…) y el alma se le va en un hilo sin sonrió con las piernas cruzadas metidas en tobilleras color carne que me llegan hasta las rodillas y presumo un fuego dorado que mantengo sobre el pecho (…) El tiempo está excelente y sólo los abuelos se quejan de la moral contemporánea.” (Cuentos, p. 70). La perversidad y la inocencia conforman una masa uniforme y preciosa en los relatos de Beatriz, tanto que resulta imposible distinguir una de la otra, más aún, concebir la una sin la otra. Y a esta característica tan típica de la prosa espejiana se aúna la asombrosa capacidad de pintar con la palabra, de recrear auténticos cuadros de costumbres y preciosos paisajes. Algunos párrafos son genuinas tarjetas postales, pincelazos más que verbo: “(…) al final del malecón –se lee en “El cofre”-, y más allá rumbo al cementerio, la arena se torna oscura y apeñuscada por el golpeteo de las olas, el mar se junta con el cielo y los ojos de los hombres no contemplan sino un misterio negro.” Como el tío Jesús del relato del mismo nombre incluido en Muros, Beatriz tiene vocación por lo fugaz y trabaja con materiales diáfanos como la gracia del ángel, el vuelo del pájaro, la fragilidad de la rosa… el optimismo de las solteronas y las brujerías de las ancianas bellas. Su relato “Marilyn en la cama”, incluido en el libro del mismo nombre, nos enfrenta a una Marilyn Monroe insospechada: desmaquillada, borracha, embarazada, hinchada… muerta. Cadáver de cuyo dedo gordo del pie cuelga una etiqueta; pie cubierto de grietas y callos, conmoviendo y lo mismo asqueando a una joven periodista que no cree que esa cosa sea la diosa del sexo de Hollywood. Una Marilyn al borde de la obesidad que sudaba profusamente a consecuencia de su adicción por la Benzedrina y al Nembutal y por lo mismo, apestaba. Un relato donde la maestría para graduar de horror a la belleza se desborda ya sin recato: “(…) Tuve una muñeca que perdí. Todavía la recuerdo medio carcomida del rostro, repugnante como mi madre.” (Cuentos reunidos, p. 229). Cada relato de Beatriz, no importando su longitud pues ha explotado también los textos hiperbreves, son auténticas piezas de orfebrería que parecen más bordados que escritos; un muy evidente delirio por la perfección, por la autocrítica tiránica, por la belleza. Es por esto y no por otra cosa que ha publicado poco a pesar de haber escrito mucho. Pese a haber incursionado en prácticamente todos los géneros literarios, incluyendo la dramaturgia, de la que publicó una obra escrita cuando fue alumna de Luisa Josefina Hernández titulada “La luna en el charco” en la revista Estaciones, solo se ha atrevido a publicar sus relatos en forma de libro, aunque en sus cuentos reunidos está incluido un relato que pudiera leerse como novela fragmentada titulado Todo lo hacemos en familia, que retoma y las condensa admirablemente las características de sus cuentos.

                Beatriz Espejo fue acreedora a diversos reconocimientos tales como el Premio Nacional de Periodismo (1984), el Magda Donato (1986), el Nacional de Narrativa Colima (1993), el de Veracruzana Distinguida (1997) y a la Medalla al Mérito Literario (Yucatán, 2000). Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores y del Colegio de México. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Sus cinco libros de relatos se hayan completos en Cuentos reunidos.  Actualmente trabaja en su sexto libro de relatos que, asegura, es el más ambicioso.  

    October 14

    La sonrisa tras el velo

    …Con mi pequeña colección de libros, era como una emisaria de un país que no existía, que llegaba con un repertorio de sueños para proclamar aquel otro país que era su patria…

    A.N

     

    Leer “Lolita” en Teherán, de Azar Nafisi (El Aleph, 2003, traducción de Ma. Luz García de la Hoz) me trajo a la mente una brillante aseveración del autor catalán Albert Sánchez Piñol: “Las influencias no son aquellas que lees, sino aquellas que te leen” No puedo evitar mencionar cuan reflejada me vi en este relato, que en apariencia nada que ver conmigo ni con cualesquier mujer occidental, pero me vi y me leí en los insomnios de la autora, en su necesidad de atrincherarse con una dotación de libros para no llorar, para no morir y, sobre todo, en la toma súbita de una decisión de ahora o nunca. Nacida en Teherán en diciembre de 1955, Azar Nafisi padeció la dictadura religiosa del ayatola Jomeini y su ominoso sucesor. Pertenece pues a la generación de mujeres que nacieron libres y se vieron de pronto, en la edad madura, despojadas de sus más elementales derechos; aquellas que, como la propia Azar, se manifestaron contra Vietnam y a favor de la revolución cubana, dominaron la jerga revolucionaria y fueron amantes del cine ruso. Eso sí, “(…) nunca abandoné la costumbre de leer con placer a autores contrarrevolucionarios: T.S Eliot, Austen, Plath, Nabokov, Fitzgerald, pero hablaba apasionadamente en los mítines; inspirada por frases que había leído en novelas y poemas (…)” (p. 121). Universitarias, ejecutivas e intelectuales debieron arrebujarse, de la noche a la mañana, tras un velo y renunciar a simplezas como tomar helado en público (y Azar es fanática del helado de café con almendras), pintarse las uñas o los labios y mostrar un mechón de cabellos. La violación de cualquiera de estas prohibiciones podía costarles desde una paliza hasta la cárcel: “Vivir en la República Islámica es como tener relaciones sexuales con un hombre que aborreces –le dice Azar a Bijan Naderi, su esposo – (…) si te obligan a acostarte con alguien que te disgusta, dejas la mente en blanco y finges estar en otra parte, tiendes a olvidar tu cuerpo, detestas tu cuerpo. Eso es lo que hacemos aquí, hacer constantemente como que estamos en otra parte (…)” (p. 424).

                Azar es hija de Ahmad Nafisi, un ex alcalde de Teherán y de Nezhat Nafisi, primera mujer en ser elegida para el parlamento iraní. Ahmad era popular por su encanto y su vasta cultura, también por su tendencia a la insubordinación. Dicho fue el cargo por el que permaneció cuatro años encerrado, hasta eso, en la biblioteca de la cárcel: insubordinación, palabra que obsesionaría a su hija, aunque en el caso de su padre solo hubiera sido la manifestación de su ardorosa admiración por los franceses durante un discurso salpicado de Chateaubriands y Víctor Hugos con el que recibió al General de Gaulle, no muy simpático a los ojos del sha: “Siempre lo recordaré: insubordinación; después de aquello se convirtió en una forma de vida para mí” (p. 71). Fue su padre quien la inició en las letras, el primer narrador que apareció en su vida, teniéndola por protagonista de todas sus historias. Fue él quien le leyó a Rumi, Hafez y Khayam, entre otras glorias iraníes de las letras, vetadas por el ayatola. Azar debe haber adquirido su pasión por la literatura inglesa durante su etapa de estudiante de secundaria en Lancaster, Inglaterra, aunque cursaría su carrera universitaria en la Universidad de Oklahoma donde se graduaría como doctora en Literatura Inglesa y Norteamericana. Por la época del golpe al sha Reza Pavlevi, occidentalizador de Irán, Azar ha fungido como maestra de su especialidad en la Universidad de Teherán por casi dieciocho años, pero es también, y sobre todo, una apasionada de su asignatura.  Sólo semejante pasión puede ser transmitida, más aún, contagiada, de tal suerte que sus alumnos terminan sintonizados en su exacta frecuencia, aún los más renuentes a dejarse seducir por la cultura occidental. Aún después del golpe de Jomeini, la maestra se las ingeniará durante un tiempo razonable para mantener la dinámica de la clase, sorteando a los vigilantes de la moral que acechan en los pasillos de la universidad, de tal suerte que comienza a probar el agridulce gusto de la clandestinidad. Los problemas surgen en 1981, cuando Azar se rehúsa portar el velo, el cual ha sido acatado sin chistar por sus colegas. No comprendo cómo es que Azar desafió tan graciosa y airosamente a los policías del régimen, no solo al repudiar el velo sino en muchas otras oportunidades. ¿Será que su dignidad apabullaba a quienes pretendían imponérsele? No fueron pocas las mujeres que desafiaron la tiranía de Jomeini, aunque algunas como Yassí, alumna de Azar, ni siquiera se propusieron transgredir para terminar en prisión. ¿Su delito? Cualquier tontería ameritaba una retahíla de azotes, cuando no la muerte, desde mordisquear “inadecuadamente” una manzana hasta despertar la lascivia de un hombre santo que responsabilizará al objeto de su deseo de sus pensamientos inmorales. ¿Cuántas mujeres no pagaron con el fusilamiento el ser hermosas y deseadas? Y si la hermosa era además virgen, antes de pasar al paredón debía ser violada simultáneamente para impedir su entrada en el cielo: “Lolita pertenece a una categoría de víctimas indefensas a las que nunca se les concede la oportunidad de contar su propia historia. Como tal, se convierte en una víctima doble: no sólo le arrebatan su vida, sino también la historia de su vida (…) todos los asesinos, y todos los opresores, tienen una larga queja contra sus víctimas, sólo que pocos son tan elocuentes como Humbert-Humbert.” (p. p 66 y 69).

                Azar prefiere pues renunciar a su trabajo que llevar velo. Lo denigrante del velo es su carácter impositor que significa, asimismo, la imposición de una religión, la imposición de las ideas. Irónicamente la abuela de Azar sufrió por lo contrario: musulmana convencida, se veía impedida para portar el velo, prohibitivo durante el gobierno liberal del sha Reza Pavlevi. Criada en el laicismo, Azar se niega, como su abuela, a admitir que decidan por ella, y como la mayoría de las mujeres iraníes goza intensamente cualquier acto subversivo, por insignificante, por íntimo que sea, como pintarse las uñas de los pies, por ejemplo. Pero terminará asqueada de las exhaustivas inspecciones a que son sometidas las mujeres que ingresan al campus, a quienes se les revisan incluso los colores que portan en su ropa interior, mientras que los varones van y vienen a placer, sin dar cuenta de nada. Su único consuelo y mayor acto de subversión, es el club de lectura que ha formado en su casa y al que acuden sus más entusiastas alumnas a analizar la obra de Nabokov, Jane Austen o Henry James. Todas llegan ante su puerta arrebujadas para, una vez adentro, arrancarse histriónicamente el velo y transformarse en chicas normales que visten jeans, se rizan el cabello y admiran a Madonna. Pero sus visitas a la doctora Nafisi no sólo les permite ser quienes son en realidad y engullir todo el helado de café con almendras que quieran, sino sobre todo adquirir conciencia crítica a través del fervor literario. A través de héroes, heroínas; anti héroes y anti heroínas en el caso de Nabokov, se vuelven conscientes de la injusticia de la que son objetos, a manos de una horda de hombres y mujeres fanatizados, irracionales, armados a bordo de Toyotas, prestos a azotar sin piedad a cualquier chica que deje expuesto un trozo de piel o un mechón de cabellos: “Una gran novela nos agudiza los sentidos y la sensibilidad ante la complejidad de la vida y de los individuos y no permite que nos dejemos llevar por el puritanismo que ve la moralidad en fórmulas fijas de Bueno y Malo (…) He llegado a la conclusión de que la auténtica democracia  no puede existir sin libertad de imaginar ni sin el derecho a utilizar obras de la imaginación sin restricción alguna (…)” (p. p 181 y 436).

                En medio de aquella atmósfera opresiva, justo el día de su renuncia en la universidad, Azar es asaltada por un terrible presentimiento que la fuerza a parar en la librería más próxima de la que sale agobiada de libros de EM Forster, Heinrich Böll, Rilke, Hammet, Chandler, Agatha Christie y Dorothy Sayers, entre otros. Dicho establecimiento será clausurado al poco por el régimen. No tardaría en desencadenarse el bombardeo irakí, como si no fuera bastante con los tiranos locales; a las loas se suman las enloquecidas sirenas y la necesidad de correr (a las mujeres se les exige dormir envueltas como momias para proteger su pudor de los ojos del invasor, en caso de perecer bajo las bombas), y Azar logra apaciguar su miedo avituallada de libros que lee con el auxilio de una vela, con solo un camisón. Es durante aquella época que Azar decide profesionalizarse en la escritura y empieza a escribir crítica literaria, de donde surgiría el ensayo Anti-terra: a critical study of Vladimir Nabokoc’s novels. “Durante aquellas noches de sirenas rojas y blancas, diseñé inconscientemente mi futura carrera. A lo largo de las interminables noches de lectura, me concentré sólo en la ficción y, cuando empecé a enseñar de nuevo, descubrí que ya había preparado los dos cursos sobre la novela. A lo más que me dediqué durante los quince años siguientes fue a enseñar literatura y a meditar y escribir sobre ella (…) si un sonido pueda guardarse entre las páginas igual que una hija o una mariposa, diría que entre las de mi Orgullo y prejuicio y las de mi Daisy Miller está escondida, como una hoja de otoño, el sonido de la sirena roja.” (p. 247).

                Una sociedad que ha prohibido la lectura de los grandes poetas nacionales y asesina arteramente a sus intelectuales por no endulzar lo suficiente el oído del gobernante en turno, sin contar la fatwa decretada contra Salman Rushdie, difícilmente puede albergar mucho tiempo a una mujer como Azar, por más empeño que ponga en pasar inadvertida. No solo se niega a llevar el velo a la universidad, también a realizar en secreto sus citas con su mejor amigo, un intelectual al que denomina simplemente “mi mago”, relación que pudiera fácilmente a prestarse a malos entendidos pero de la que hasta Bijan está enterado. En una ocasión, mientras Azar y su mago conversan y toman café en una pastelería, son forzados a separarse ante la acechanza de la patrulla de la decencia que sancionaría al propietario del local como descubriera que un hombre y una mujer que no son marido y mujer comparten una mesa. Es entonces que Azar se dice a sí misma: “Me voy de aquí, ya no soporto esta vida”. Probablemente se lo ha dicho muchas otras veces, pero nunca con tanta claridad y firmeza como entonces. Su esposo, próspero ingeniero, decide seguirla junto con sus dos hijos, Negar y Dara. No será fácil, nada fácil empezar de cero en un país occidental… pero nada más difícil que sobrevivir a la constante violación de los más elementales derechos humanos. El 24 de junio de 1997, Azar y su familia marchan con rumbo a los Estados Unidos. Actualmente imparte cátedra en la Universidad John Hopkins: “(…) seguí mi camino con alegría, pensando en lo maravilloso que es ser mujer y escritora a finales del siglo XXI” (p. 437). Nunca perdió el contacto con sus alumnas, muchas de las cuales siguieron su ejemplo y salieron de Irán. De su mago no volvió a saber nada, y no porque le haya suplicado que lo olvidara (¿olvidarlo?, si es a él a quien están dedicadas estas líneas), sino porque él mismo le ha pedido que no de señales de haberlo conocido alguna vez, por seguridad de ambos. Naturalmente, Leer Lolita… está proscrito en Teherán, pero como bien señala Azar en una entrevista con Robert Birnbaum, “cuanto más prohíban algo, más interesante se vuelve para la gente…” “La falta de empatía era, en mi opinión, el pecado principal del régimen y aquel del que surgían todos los demás”, se lee en la página 293.   

     

    A propósito de la situación de las mujeres musulmanas, te invito a conocer al escritor turco Orhan Pamulk, ganador del Nóbel de Literatura 2006, y que en su magistral novela Nieve nos habla, entre otras cosas, sobre el conflicto de las mujeres de llevar o no llevar el velo: http://www.jornada.unam.mx/2006/10/13/a03n1cul.php 

    October 07

    Rebelión en el harén

    Fatema Mernissi ha dado en el clavo: la diferencia básica entre musulmanas y cristianas, consiste en que el velo de las segundas es invisible. El velo, sabemos bien, es la restricción impuesta a las mujeres en el Islam, símbolo de sujeción a la dictadura patriarcal y durante todo este tiempo hemos sido lo bastante ingenuas para vanagloriarnos de nuestra “liberación” y compadecer a nuestras hermanas veladas, pero… ¡oh sorpresa!: “Mientras los ayatolas consideran a la mujer según el uso que haga del velo, en Occidente son sus caderas orondas las que las señalan y marginan (…) Las musulmanas nos sometemos al ayuno solo durante el mes del ramadán, pero es que las desgraciadas occidentales tienen que estar a dieta los doce meses del año. Quelle horreur! (…) (El harén de Occidente, Espasa, Planeta Colombia, traducción de Inés Belaustegui Trías, p. 245). El ayatola de nosotras, las occidentales, es, pues, la anorexia… y nuestro extremismo, la moda.

                Más de uno ha expresado su sorpresa ante el hecho de que esta feminista y socióloga musulmana que compartiera el Premio Príncipe de Asturias con Susan Sontag en 2003 haya optado por permanecer en su país de origen, alejada de los privilegios y libertades de las que tanto nos jactamos en Occidente, aunque leyéndola, particularmente El harén de Occidente, se despeja la incógnita. Nacida en Fez, Marruecos, en 1940, nada menos que al interior de un harén, Fatema no comparte nuestra noción de “libertad” ni entiende nuestro raro afán por divorciar la belleza de la inteligencia, virtudes que, según la cultura musulmana, no pueden existir por separado: “A diferencia de los califas –escribe Fatema-, como Harún al-Rasid, que confundían belleza con educación sofisticada y que estaban dispuestos a desembolsar sumas astronómicas para contar siempre con alguna jarya (esclava) inteligente en sus harenes, la mujer ideal de Kant es la que no abre la boca (…)- y cita textualmente a Kant: “A una mujer con la cabeza llena de griego, como la señora Dacier, o que sostiene sobre mecánica funciones fundamentales, como la marquesa de Chatelet, parece que no le hace falta más que una buena barba.” (p. 107). Pero su horror hacia la esclavitud de las occidentales, a quienes se impone la pasividad de las ideas como norma de belleza, alcanzará el cenit cuando, curioseando en los grandes almacenes de Nueva York, Fatema descubre que sus caderas no caben en la talla más grande disponible en la boutique, la 38 (equivalente al 7 ó 30 mexicano): “Al sufrir dicho estado de congelación como objeto pasivo –continúa Fatema, apoyándose en sus lecturas del feminista Pierre Bordieu –cuya mera existencia depende de la mirada de su poseedor, las mujeres accidentales de hoy, con estudios y formación, se encuentran en la misma tesitura de las esclavas de un harén (…) ¡Gracias Alá por ahorrarme la tiranía del harén de la talla treinta y ocho! (…)” (p. 251).

                Fatema Mernissi aterriza en Occidente para desmentir los mitos en torno a las musulmanas (la propia Oriana Fallaci exhibió su ignorancia cuando las denominó “cretinas” por “dejarse esclavizar”), también para reflejarnos a los occidentales o cristianos en el espejo crítico de su mirada. Espejo, hay que decirlo, no opaco sino lleno de ternura y simpatía por sus congéneres oprimidas por la dictadura de la talla treinta y ocho. Su novela Sueños en el umbral, memorias de una niña el harén (Quinteto, Muchnik Editores, 2002, traducción de Ángela Pérez) derriba una a una las creencias occidentales sobre lo que es un harén, que en la vida práctica no es otra cosa que una comuna donde conviven varias familias emparentadas directa o indirectamente. Ya en la década de los cuarenta, cuando Fatema nació, la tradición del señor que acumulaba cuantas esposa le fuera posible mantener empezaba a caer en desuso, por lo menos en Marruecos. Yasmina, la abuela materna de Fatema, convivía con diversas co-esposas, no así la hija de esta y madre de Fatema, quien no sólo era la única mujer en la vida de un esposo que la veneraba, sino que además abominaba con toda su alma la poligamia masculina. La madre de Fatema soñaba para sus hijas una vida emocionante y feliz, y “(…) una mujer feliz es aquella que podía ejercer toda clase de derechos, desde el derecho a moverse hasta el derecho a crear, competir y retar y, al mismo tiempo, sentirse amada por hacerlo (…)” (p. 84). El mecanismo del hogar de Yasmina, no obstante, resulta mucho más civilizado y práctico que el que impera, por ejemplo, en América Latina, donde el adulterio y la violencia intrafamiliar son pan nuestro de cada día. La solidaridad entre co-esposas resulta ejemplar para una sociedad como la nuestra donde se fomenta la rivalidad y la competencia femenina. Estas mujeres que suponemos retrógradas y reprimidas no compiten entre sí, se embellecen mutuamente en los hamman o “baños públicos”, exclusivos para uso femenino. Todo lo anterior no significa que estas mujeres no soñaran con traspasar los muros de su prisión, porque por más armonía y risas que hubieran dentro, el hogar de Fatema era exactamente eso, una prisión férreamente custodiada, no por eunucos sino por un portero casado y con cinco hijos (las mujeres, por cierto, envidiaban a la esposa de este porque salía a trabajar). Se idealizaba incluso los privilegios de las mujeres occidentales, de quienes se tenía noticia a través de las imágenes de Greta Garbo y Claudette Colbert: “(…) Yo crecería en un reino maravilloso –decíase la pequeña Fatema, con los tupidos rizos peinados en trenzas y enfundada en un vestido y zapatitos occidentales – en que las mujeres tendrían derechos, incluida la libertad de abrazar a sus maridos todas las noches. Pero aunque Yasmina lamentaba tener que esperar ocho noches para yacer junto a su esposo, añadía que no debía quejarse demasiado porque las esposas de Harun-al Rasid, el califa abasí de Bagdad, habían tenido que esperar novecientas noventa y nueve noches, porque él tenía mil jaryas, o esclavas” (p. 43).

                Las mujeres que desfilan por Sueños en el umbral; las abuelas, la madre, las tías, las primas, las esclavas, son de una inteligencia abrumadora y sensual, y todas, sin excepción, se complacen en cometer pequeños o grandes actos subversivos en los que muchas veces participan los niños y hasta los jóvenes varones, como montar obras teatrales edificantes sobre heroínas de la cultura islámica, todas transgresoras y revolucionarias, como por ejemplo la feminista egipcia Huda Sha’ raoui, muy hermosa por cierto, que se arrancó el velo en 1919 para manifestarse junto con sus seguidoras contra los británicos y exigió la aprobación de una ley que determinara como edad mínima los dieciséis para contraer matrimonio (ella fue casada a los 13). Esta heroína, creadora de la Unión Feminista Egipcia hizo ver a otras naciones árabes que recién habían adquirido su independencia, la pertinencia del sufragio femenino y la participación política de las mujeres. Increíblemente, el país pionero en la inclusión de las mujeres en la política y en admisión las universidades, fue Turquía, como bien apunta la propia Fatema en El harén de Occidente: “(…) El porcentaje de alumnas inscritas en carreras de ingeniería en países musulmanes como Turquía y Siria era el doble que en los países europeos de mayor tradición democrática, tales como el Reino Unido y Egipto es mayor que en Canadá o España (…)” (p. 35) A pesar de la Shari’a, ley inspirada en el Corán e impuesta por los extremistas en el mundo islámico, mujeres como Benazir Bhutto en Pakistán, Toncu Schiller en Turquía o Megawatti en Indonesia han sido erigidas presidentas y primeras ministras, algo casi impensable en gran parte del mundo occidental y libre. Las turcas pueden votar desde 1921. Trece mujeres habían sido elegidas para el Parlamento en 1935. En medio de todo esto, es importante dejar claro que la opresión de la mujer no es distintiva del Islam, sino del extremismo. Toda musulmana es educada bajo un fuerte sentido de igualdad que, como bien apunta Fatema, constituye la virtud fundamental del Islam. A las musulmanas no se les enseña a esperar al príncipe azul como a nosotras, sino a trabajar desde el intelecto para merecerlo. No recuerdo haber leído una mejor definición del feminismo universal que esta: “(…) Para que pueda iniciarse el diálogo hay que saber confrontar al otro e insistir en que se conozcan y respeten los límites. Cuando se aprende a disfrutar de los vaivenes del diálogo se pueden gozar de situaciones en el que el resultado de la contienda no está fijado de un modo rígido ni se conoce de antemano quién ganará y quién perderá…” (p. 64).

                Una de las mayores diversiones dentro del harén, particularmente para Chama, la tía divorciada de Fatema, es desafiar al pobre hombre de la entrada que con sus manazas debe capturar constantemente a las prófugas, procurando no lastimarlas. No solo no debe dejarlas salir solas, además se le encomienda escoltarlas cuando salen a la calle para que los intrusos no reparen en los largos cuellos y anchas caderas de las Mernissi, belleza de la que la madre de Fatema tanto se ufana, particularmente desde que su marido le empezó a leer al feminista egipcio Qacem Amin, quien aseguraba que la razón por la que los hombres insisten en esconder a sus mujeres es que les tienen miedo porque su sola belleza les provoca vahídos. La tía Chama sencillamente no tolera el encierro y alberga sueños de grandeza y libertad que comparten con la pequeña Fatema. La teoría de Chama es que un montón de mujeres atadas a un árbol por las trenzas son capaces de arrancarlo de raíz. Por otro lado está tía Habiba, presa irremediable del hem (especie de melancolía exclusiva de las mujeres que las deja pensativas), quien no obstante ser la cara opuesta de Chama aporta una inolvidable lección para Fatema: “(…) una mujer podía ser absolutamente impotente y aún así dar sentido a su vida soñando con volar (…)” (p. 157). La reclusión, lejos de atrofiar la inteligencia de estas mujeres, les brindó la oportunidad de consagrarse a la reflexión y a la imaginación. Las volió conscientes de sus alas y del poder que otorga el desplegarlas. Cada una de ellas, y muy particularmente Fatema, dejó florecer a la Scherezada que ardía en sus corazones. Escribe en El harén de Occidente, cuyo título original es Scheherezade goes best: “Schrezade enseña a las mujeres que la única arma eficaz que poseen es desarrollar la capacidad intelectual, adquirir conocimientos y ayudar a los hombres a despojarse de su necesidad narcisista de imponer una heterogeneidad simplificada. Para que pueda iniciarse el diálogo hay que saber confrontar al otro e insistir en que se conozcan y respeten los límites.” (p. 64). El harén, pues, poco tiene que ver con las orgiásticas fantasías de Ingres y Delacroix; no hay odaliscas regordetas y desnudas, fumando hachís, correteando o entregadas al solaz etílico o erótico, prestas a los caprichos de su señor. Hay, en cambio, mujeres en pantalón jugando a la pelota en los patios y caracterizando vampiresas en obras de teatro domésticas y subversivas.

                Fatema Mernissi es, además, una de las más grandes autoridades en estudios coránicos del mundo. La totalidad de su obra está encaminada al estudio sociopoético de las musulmanas, tanto heroínas como intelectuales y mujeres comunes. En El harén político (1987) destaca el importante papel de las nunca citadas esposas de Mahoma, tan desdeñadas como nuestras heroínas bíblicas, mientras que en el libro de entrevistas Marruecos a través de sus mujeres (1991) destaca historias de campesinas, saurinas, obreras y criadas. Otro tema muy recurrido en su literatura es la necesidad, en el marco de la globalización, de establecer un intercambio cultural entre naciones, partiendo de la figura de Simbad, como en Un libro para la paz (El Aleph, 2004). Como deja asentado en su discurso de recepción del Príncipe de Asturias: “En la civilización del cowboy el extranjero siempre es el enemigo porque el poder y la gloria proceden del control de las fronteras; en la de Simbad, sin embargo, el diálogo con el extranjero enriquece.” Aunque estudió ciencias políticas en La Sorbona, Fatema Mernissi ha desempeñado toda su labor académica en su natal Marruecos. Es doctora en sociología por el Institut Universitaure de Recherche Scientifique de la Universidad Mohamed V de Rabat, de la que actualmente es docente. Se desempeña asimismo como asesora de la UNESCO. Su nombre figura en el Grupo de Sabios para el Diálogo entre Pueblos y Culturas.

                  

    September 30

    Nostalgia de octubre

    A Verónica Ortiz le arrebataron el 68. Un marido celotípico y brutal la tenía bajo siete llaves mientras un contingente de estudiantes que tendrían más o menos su misma edad, edad también de Alejandra Ballesteros, 18 años, estaban siendo masacrados en Tlatelolco. Estaba a salvo ahí, en su prisión de ama de casa, cierto, pero muchas veces es preferible el riesgo voluntario, que es el que Verónica deseaba correr al lado de todos aquellos jóvenes, que una salvación no pedida. Por eso Alejandra, de quien nos dice Paco Ignacio Taibo “es un personaje medio mensón, vehemente pero medio atontado”, desafía el autoritarismo de su padre, el General Ballesteros, nada menos que uno de los artífices de la matanza… el que hizo con su esposa, la madre muerta, ¿ausente?, de Alejandra lo mismo que le hicieron a la propia Verónica y, anteriormente, a la madre de Verónica, porque fue la violencia intrafamiliar lo que empujó a la hoy escritora a los brazos de un hombre que terminaría haciéndola víctima de peores maltratos de los que huía:  “Nosotros también sufríamos una forma de encierro por parte de mi padre que era muy celoso y me di cuenta de que la única salida era el matrimonio –explica Verónica-. En aquel momento tengo 17 años. Me sigo escapando, dejo de tolerar los límites y la censura, sostengo una lucha por la libertad responsable y hay un pendiente mío en ese momento por el 68.” Este es el origen de la novela No me olvides (Planeta, 2006), donde Verónica salda la que considera su cuenta pendiente con el 68.

                Conocí a Verónica Ortiz Lawrenz, pionera en México en abordar frontalmente la sexualidad humana en los medios de comunicación (fue durante muchos años conductora del programa Taller de sexualidad, por Canal 11), cuando presentó su primera novela, Sobrevivientes (Planeta, 2003), donde retrata en forma descarnada el modus vivendi de los niños callejeros del Brasil, eventualmente exterminados como plaga durante maniobras de “limpieza” de las llamadas Guardias Blancas, asunto sobre el que se enteró y en el que se metió de lleno, curiosamente, durante unas vacaciones en Río de Janeiro. Rubia, enérgica, nerviosa, Verónica disertó ante los reporteros sobre el particular, trémula de indignación pero sobria y bien plantada. Me maravilló la forma en que su sensibilidad la fortalecía en vez de vulnerarla. Ignoraba entonces su dramático pasado del que, como su personaje de Alejandra, tuvo que escapar por una ventana y el cual no sacó a relucir hasta la publicación de la que sería su segunda novela, No me olvides. Entre este libro y el anterior publicó Mujeres de palabra, entrevistas con escritoras (Joaquín Mortiz, 2004), trabajo que potenció su vocación primaria. Las escritoras nacionales, señala Verónica, reciben un doble menosprecio porque en México no se consume lo que el país produce. El lector mexicano no tiene como primera opción a un autor mexicano, y si es mujer, menos. “Hace mucho que escribo. Escribía mis propios guiones para televisión. Poesía también, pero jamás la he publicado porque soy tremendamente autocrítica y estoy convencida de que nunca la voy a publicar. Llevaba rato con la idea de darme tiempo para escribir la novela sobre el 68. Salía entonces de una experiencia muy delicada, muy dura: estuve con Rosario Robles (jefa de gobierna del Distrito Federal, relevo de Cuauhtémoc Cárdenas en 1999) en una aérea donde se generaba el contenido de discursos y se ordenaba un poco lo que sucedía en la ciudad porque el PRI nos dejó un vacío y mi función era recuperar dicha información. Después empecé a ver los cambios de Rosario, no me gustaron y me retiré… y yo ya había dejado todo por este proyecto político en que creí sinceramente. Me dije que era momento para rehacer a Verónica Ortiz, y me puse a escribir…”

    No me olvides parte de la experiencia personal de la autora, porque la nostalgia de lo no vivido ni experimentado es una huella en el vacío, vivencia que fácilmente puede transformarse en frustración si no se le procesa con inteligencia. Aunque la mayoría de los personajes son ficticios, ningún otro libro sobre el tema ha desarrollado en forma tan clara ni tan accesible las maquiavélicas circunstancias que dieron pie a los trágicos sucesos del 2 de octubre de 1968, quizá por tratarse del primer libro pensado en lectores que no los vivieron. Para reconstruir los hechos, Verónica recurre a una serie de lecturas que debidamente citadas en los agradecimientos: La noche de Tlatelolco y Fuerte es el silencio, de Elena Poniatowska; Días de guardar de Carlos Monsiváis, Los días y los años de Luis González de Alba, La estrella de Tlatelolco de Álvarez Garín, Rehacer la historia de Carlos Montemayor, Parte de guerra de Julio Scherer García. El lector se percata, entre otras cosas, de que los estudiantes, universitarios en particular, se volvieron objeto de sospecha y persecución varios meses antes de que se desencadenara la matanza, contaminando la atmósfera pre olímpica de malos augurios. “Lo que pasa –dirá uno de los personajes –es que en el gobierno están más perros precisamente por las Olimpiadas. Mejor para nosotros. Van a ceder, van a soltar a los presos, a (Demetrio) Vallejo. Ya viste la bola de periodistas extranjeros, hay un chingo haciendo preguntas por todos lados. En el gobierno no son tan estúpidos. Para que quieren a toda la universidad en huelga antes de sus pinches olimpiadas.”

                Alejandra ha permanecido lejos de México desde niña, en un internado del extranjero. Su graduación y posterior retorno a la residencia familiar coincide con el año clave de la novela. Su padre, el General Ballesteros, es un personaje contradictorio que al mismo tiempo que pretende mantenerla recluida (no considera menester que acuda a la universidad, ¿para qué si pronto se casará?, con alguien elegido por él, naturalmente), salvo sus muy custodiadas asistencias a clases de francés y algunos paseos insípidos, le impone ejercicios bárbaros como prácticas equitación de madrugada para que pierda su terror a los caballos. “El General Ballesteros es la figura paterna por excelencia de la época –señala Verónica-. Es el general torturador, que hubo muchos en ese entonces y, ojalá me equivoque, sigue habiendo; era un momento en que los generales estaban muy cerca del poder, tenían puestos públicos. Ahora no hay esa mezcla del poder con los militares, pero en esa época había muchos, y además muy ávidos. Corona del Rosal, por ejemplo, quería ser presidente. Hay otro personaje, Gutiérrez Oropeza, del Estado Mayor Presidencial, muy cercano a Díaz Ordaz, paranoico, muy violento, muy limitado en sus percepciones de todo tipo y que va a ser un ascendente importantísimo en las ideas de Díaz Ordaz, y al que Echeverría utiliza con una habilidad muy particular que, con los años, fuimos viendo más. Echeverría era el principal contendiente del General Corona del Rosal por la presidencia, y en ese sentido tenemos una atmósfera de sucesión presidencial que va a determinar muchas de las cosas que sucedieron en el 68 y derivaron en el aniquilamiento de grupos importantes de jóvenes… no solo la muerte sino el aniquilamiento en muchos sentidos.”

    Siempre escoltada de quien considera su única amiga, su nana, Alejandra no tardará en experimentar el deseo de desplegar sus alas, mirar el mundo con sus propios ojos y describirlo con sus propias palabras, particularmente cuando durante una frugal salida a la farmacia, debidamente vigilada por su nana (quien, es evidente, siente verdadero terror por el general), tiene su primer encuentro con el encantador Santiago, un universitario idealista de cabellos rizados que resultará su vecino. Respecto a Santiago, el personaje más entrañable y trágico de No me olvides, Verónica nos dice que es simbólico porque representa al joven promedio que surcó aquellas calles, hoy ensangrentadas, exigiendo justicia; atacado, muchas veces, por la espalda: “(…) Lo único que pedimos, que los jóvenes piden, es democratizar los espacios, que se respeten los votos, las elecciones (…)” (p. 108) “Está claro que más del 70% de este país son jóvenes-señala Verónica-, quiere decir que si el 68 sucedió hace 38 años, los jóvenes actuales no solo no lo vivieron sino que lo han ido olvidando, porque la historia oficial mantiene un silencio constante sobre hechos tan importantes y fundacionales como este.”

                Aunque en un principio supuse que Verónica se estaría desdoblando en Alejandra y en la madre de esta, María Luisa, de ascendencia alemana, la autora me revela que María Luisa, la esposa torturada y desaparecida del General Ballesteros, a quien se le monta una tumba ficticia para esquivar las insistentes dudas de su hija, es un poco su propia madre. Una clase de mujer más común ahora que entonces pero que, a la luz de los hechos parecía destinada a despertar. El 68 fue un año decisivo también para la liberación femenina, el parteaguas, dice Verónica, de muchas cosas, “por primera vez gran cantidad de gente de todos los niveles socioeconómicos estuvieron en la calle defendiendo la no represión hacia los jóvenes, un asunto que tenía que ver con justicia y democracia. La gente cansada de gobiernos priistas, violentos y represores, sobre todo el de Díaz Ordaz. La mujer empieza a liberarse de muchos atavismos, está estudiando ya, tiene nuevas posibilidades de libertad, de igualdad con sus compañeros. Están Simone de Beauvoir, la píldora anticonceptiva… es un momento clave para el feminismo, de la necesidad de la mujer por integrarse a otras áreas que le han sido restringidas por la sociedad.” Como bien dice el personaje de la China en la página 164: “Yo creo que cualquier lucha a donde no va la mujer es más lenta.”

                Alejandra no es, todavía, una joven concientizada. Ni siquiera sabe exactamente quien es su padre. Su imaginación no le alcanza para concebir las torturas y vejaciones sexuales a las que el General Ballesteros somete a los jóvenes capturados. El principio del fin de su inocencia estará marcado por el hallazgo de unas fotografías donde su madre, a la que ha creído muerta desde hace muchos años, aparece con huellas de torturas… fotografías que la propia María Luisa se tomó para denunciar el crimen de su marido. Poco a poco Alejandra despertará, en un principio, influida por Santiago, que de algún modo se prestará de Lazarillo, prestándole sus ojos comprometidos, y le hará ver la importancia de su participación en la mega protesta que involucró prácticamente a toda la sociedad civil. Como Sobrevivientes, No me olvides tiene un final abierto que sin embargo pudiera juzgarse de “feliz” pues se trata de la oportunidad que la vida le brinda a Alejandra-Verónica para hacer algo más que escurrirse por la ventana: es su bienvenida como mujer… mujer libre.

                “Necesito de la palabra escrita –dice Verónica-, pero no sé que sigue después. Siento que soy mucho como en medio de algo, entre los que generan y los que reciben la noticia. Estoy ahí en medio, por eso pienso que la palabra “comunicadora” no es mala, porque es un puente entre quien recibe y hace los mensajes.” Verónica Ortiz admira a J.J Coetzee; aguarda con ansiedad las dos nuevas novelas de Rosa Beltrán y dice regresar eventualmente a su libro de cabecera: Madame Bovary. Le interesan además las autoras que están planteando su propia realidad en diferentes partes del mundo, la escritora y periodista colombiana Laura Restrepo y la poeta mexicana Verónica Volkow. Actualmente, Verónica es asesora cultural del Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer del Colegio de México y columnista de la revista independiente Emeequis.

    July 29

    Totalmente Poesía

    El mayor descubrimiento de la adolescente Dana Gelinas, hija de padre norteamericano y madre mexicana, fue que podía escribir sobre prácticamente cualquier cosa; que todo es trascendente en la medida en que el poeta logre transgredir las apariencias, ver más allá. Ya entonces amaba escribir con lápices peligrosamente afilados, alternando grafito y goma hasta obtener algo cercano a la perfección, o a su heterodoxa concepción de la misma; poseída desde la infancia por el hábito, inculcado por su abuela, de aprovechar el papel al máximo. Originaria de una ciudad donde todo es Altos Hornos, título de su libro más reciente (Praxis, 2006), Dana creció a la sombra de un cielo manchado de hollín, hecha a la ceniza, a cuarenta grados sobre el pavimento, paisaje que si bien pareciera haberle dado la espalda a la poesía (al menos para quienes carecen de imaginación), fecundaría a una de las poetas mexicanas más originales: “Cuando era adolescente, dice la poeta, abriendo todavía más sus grandes ojos verdes, sacudiendo sus rizos color ceniza; creía que se necesitaba vivir en una cierta ciudad, bajo circunstancias muy especiales, y llevar una vida muy especial.”

    Dana, para quien la poesía es un oficio que como cualquier otro exige rigor y disciplina, asegura no recurrir a la inspiración que le parece algo más bien espontáneo, “poemas que vienen de algún lugar desconocido”, mientras que la concentración, aunque inconsciente también, es algo largamente buscado, una conquista, un horno de palabras: “Prefiero no separar la escritura de las demás profesiones y trabajos humanos, en donde existen momentos de una gran concentración, incluso jornadas enteras de una concentración inmensa, que también proviene del puro esfuerzo.” Lo anterior explica por qué la poesía de Dana Gelinas, es tan concreta, tan próxima, tan lejana del ideal esteticista y, sin embargo, tan aterradoramente cercana a la belleza.  Sus ojos tan sensibles de llorar los actos infames e incomprensibles de este mundo, también explica su afán de transformación.

    Nacida en Monclova, Coahuila, el 25 de marzo de 1962, Dana Gelinas marcó un hito en el muy prestigiado premio Aguascalientes, el cual obtuvo en el 2006 con el libro Boxers (Joaquín Mortiz/ INBA, 2006), donde desarrolla con mayor precisión la veta descubierta en su primer libro, Bajo un cielo de cal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1991), y donde, a decir de la propia poeta, “inicié una búsqueda de todo lo que entonces me parecía nada poético”. Poeta impresionista, fuertemente influida por Ernst Stadler y Georg Heym, también por Anna Ajmátova, Boxers es la apoteosis de este arte de contemplar y reflexionar sobre lo cotidiano, a pesar de lo cotidiano, con sustanciosa pizca de ironía anticipada en el libro ganador del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2004, Poliéster (Instituto Municipal de Artes y Cultura, 2004), donde se permite un retrato poético del pequeño Bill Gates, al que nadie se detendría a ver como un niño solitario: “El niño Bill Gates tiene ojos traslúcidos/ y dientes afilados (…) Inventa universos paralelos, / una red para el planeta/ y una red para la red,/ por si acaso.” (“El niño Bill Gates”, p. 13). Un acto que pareciera tan banal como ir de shopping, se trastoca en Boxers en un ascenso al paraíso de lencería que tarde o temprano desembocará en el purgatorio de Crédito y Cobranza, inspirada en Dante y en Francoise Villon: “No sé como (Villon) no se murió de la risa al redactar su Testamento. Yo creo, y sé que leí el Inferno de Dante (del paraíso no me acuerdo mucho), que de alguna manera, no ese preciso tono de voz, no aquella misma gente, pero tenemos la misma manía de insistir en poner a las personas en sitios separados, a veces como en broma…”

    Asegura haberse inspirado asimismo en alguna escena de Chaplin, en la que se queda atrapado junto con su hambrienta amada en un gran almacén vacío donde juntos se deslizan como patinadores sobre hielo. Deambular por una tienda de departamentos en pleno San Valentín, mientras se piensa en “los ventrículos del corazón”, brinda a la poeta el reto de sublimar la típica frivolidad clasemediera, exaltar la belleza ideal de los maniquíes y hurgar la filosófica entraña de las bagatelas o de la necesidad de poseerlas y lucirlas, todavía más compleja. La publicidad inunda nuestras vidas, parece decirnos Dana, está ahí, sin siquiera buscarla, invasora, cotidiana. Un ejercicio que de suyo exige el recurso del humor, contrario al canon purista que no concibe que del poema emerja la carcajada autonegadora, la lágrima de la risa: “(…) y me importa un cuerno la metáfora/ alguna rima involuntaria/ el verso medido,/ de hecho, el arte y la ciencia/ me importan un cuerno; tampoco me distraen los satélites,/ el teléfono,/ el clima…” (“David Beckham”, p. 32).

                Dana corrió con Boxers el riesgo de ser mal interpretada al hacer hincapié en los prejuicios que la condición femenina genera, aunque, como se ha dicho antes, la acentuación en la supuesta naturaleza consumista de la mujer desemboca en la ironía y, por ende, en la evidencia del estereotipo, recurso muy empleado en narrativa, particularmente la escrita por mujeres, pero muy raras veces, casi nunca, en la poesía. Su discurso amoroso, altamente sofisticado, minimalista no es, como en Poliéster, otra cosa que el vehículo para la manifestación de una fuerte consciencia social, incluso feminista. Los artículos-carnada incitan en la poeta una reflexión relacionada con los prejuicios sociales y de género, imbricadas a los hábitos de consumo (su propia voz, como se ha dicho, representa al objeto mismo del prejuicio, lo que conlleva una fuerte carga crítica e ideológica y, por ende, política): “Creo que ningún hombre sabe/ lo que significa/  usar zapatillas de cristal./ Son dos torturas,/ dos maldiciones,/ los dos pedestales de vidrio/ son una especie de seguridad/ de vete al carajo.” (“Zapatos italianos”, p. 45). Eso sí: la poeta le saca ostensiblemente la vuelta al Departamento de Electrodomésticos porque “me da dolor de cabeza”. Tampoco incluye el Departamento de Blancos, “Los verdaderos culpables de que haya dejado fuera el tema de la cama es del erotismo sentimental tan vinculado al ardiente deseo de consumo”. Dana aporta una poesía genuina, de antemano rebasada por la noción casi instituida de “poesía”; una poesía negadora de estereotipos y arquetipos como se advierte en la primera entrevista que se le hizo a raíz de la obtención del Aguascalientes, donde se confiesa lectora: “de todo”, incluso, y sobre todo, de los silencios significativos: “Creo que la poesía es, principalmente, una lectura de los cosas que aún no se han dicho, que todavía en silencio.”

                La sordina de Altos Hornos se contrapone al bullicio de Boxers: “No sé si fue en una de esas tardes de polvo cuando descubrí mi vocación de poeta, evoca Dana, bajo un crepúsculo azufroso, color granate, cuando casi casi me convencí a mí misma, de que debía escribir acerca de lo que era bella, marítima o muy verde, y me enojaba…” En Altos Hornos nos introduce a los distintos ámbitos que le son tan familiares, su propia casa y la fábrica donde se forja el acero, y establece una suerte de simbiosis entre esta y el forjamiento de una consciencia creadora, artística: “Mis ojos volvieron a perderse en la gimnasia compleja/ de las ondas expansivas/ que golpean retina y cerebro/ para ser testigos mudos de la creación del acero./ Todo esto es real, estallé,/ ¿cómo demonios me piden/ que escriba sobre cosas que no existen?” (p. 14). A la par de esa consciencia social-creadora despiertan la consciencia política; la poeta se fascina ante la posibilidad de que de aquellos hornos surja una sólida fusión de todos los colores (azul óxido, púrpura violento); un acto concreto de creación, no reflexionado ni premeditado como lo es el de la poesía. Pero también asume que allí se cometen injusticias, que mueren hombres y mujeres en el cumplimiento de un deber mal retribuido; fábrica de huérfanos y de miserias paliadas: “Cuando vi a las mujeres de Kuwait/ sujetar su velo negro sobre nariz en boca para buscar entre los pozos incinerantes/ a los obreros de su casa,/ recordé el pañuelo blanco en mi nariz,/ perfumado a suavizante de ropa/ y a oxígeno,/ hasta que una brizna de nada, o la gravedad solamente,/ desaparecieron las moléculas de azufre/ que habían entrado en la casa.” (p. 18). Entre las moléculas de azufre que se cuelan en sus libros, Dana contempla un mundo que va haciendo suyo, recreado, filtrando poco a poco a través de sus venas, hasta transformarse en absoluto, en lenguaje. Nuevamente su desbocado pulso la orilla a adaptar la fealdad y la crueldad a la estética de la poesía, a elevarlas por encima de las palabras, sujetando sus riendas con la misma firmeza con que somete a la belleza al servicio de la ironía.

                Dana Gelinas se ha caracterizado también como traductora de grandes poetas como el Pulitzer estadounidense, W.D Snodgrass (La aguja del corazón, Edición bilingüe, Editorial Aldus, México, 1999), un poeta muy discursivo, al revés de ella, pero como Dana, muy visual. Actualmente vive en la ciudad de México con su esposo, el también Premio Aguascalientes Héctor Carreto, y dos hijas. Escribe un libro de cuentos para niños, “me levanto temprano y pienso en un cuento para niños.”

    July 24

    La invitada de Dios

     “Cuando todo lo que tienes que decir de ti mismo resulta escandaloso, te alejas para siempre”. Esta frase resume espléndidamente la vida de Malika Mokeddem, testimonio viviente de cómo, a través de la escritura es posible conquistar la libertad. Libertad de pensamiento que dispersa las nubes que obstaculizan la libertad de acción, aún en circunstancias verdaderamente dramáticas como las que puede vivir una joven atrapada entre el fundamentalismo islámico y el racismo occidental.

    Originaria de Kenadsa, en pleno desierto oriental de Argelia donde nació en 1949, Malika narra en su autobiografía El desconsuelo de los insumisos (El Cobre Ediciones, 2006, Traducción del francés, Pilar Jimeno Barrera), su transición de niñita escuálida que duerme apelotonada con numerosos hermanos, padres, tíos y abuela paterna, a prestigiada nefróloga y escritora, amenazada de muerte, etapas divididas en un “Aquí” y un “Allá” que marchan paralelamente: “(…) Los integristas amenazan con pasar a cuchillo a los que pecan con la pluma. Formo parte de los que, clavados a una página o a una pantalla, responden con diatribas al deterioro de la vida, a las locuras de los cuchillos, al ansia de los kalashnikov.”. La rebeldía de Malika tiene origen en las historias de su abuela, que alentaron su deseo de acudir a la escuela en un espacio temporal donde no era para nada común que una chica estudiara, y menos aún con la pasión con que Malika acogió los libros. Ya desde la infancia logra una serie de conquistas, consecuencia, esto sí, de su acceso a la educación pero también de un temperamento beligerante, siendo la más insólita la de un cuarto propio: el “cuarto de los invitados”, del que Malika se apodera a la mala, hasta fundar en él una especie de reino personal donde predominaban libros y libretas, absoluta anomalía que ni su padre ni su madre se atrevieron a censurar con energía suficiente. A su acendrado hábito por la lectura lo denomina una forma de resistencia, al menos en su primera etapa, porque más tarde encontrará una vía aún más ostensible de resistencia: “Atrincherada en la habitación de los invitados, me repito a mí misma: “Nunca sirvienta, no. Soy la Invitada” (…) En medio de un mundo oral, vivo arrinconada en mis libros. Los libros son mis únicos convidados. Incluso les he instalado tres baldas en el cuarto de invitados. Es mi pequeña revolución, la prueba de que me estoy convirtiendo en una extraña para los míos.” (p. 91). En realidad, si bien su madre decía estar separada de su hija por una muralla de libros, su padre, guardián de un pozo, no se esfuerza gran cosa por impedir que la niña haga su voluntad, no obstante lamentar que con tamaña inteligencia, con semejante temperamento, Malika no sea hombre. Tarde comprenderá el padre, buen hombre donde los haya, que el esfuerzo de su hija no es vano; que la enaltece no solo a ella, sino a todas las mujeres de su raza, entre ellas la querida abuela de Malika.  

    Educada en una modalidad tolerante del Islam (lo que no significa, como se verá adelante, que no se cometan atrocidades para preservar la idea de inferioridad en las mujeres), Malika, la menor de diez hermanos, será despreciada, ya desde el seno familiar y por su propia madre, por ser mujer y por el color de su piel, que es el de su abuela, “segundo sexo de la peor raza”, se denomina, no sin ironía. El ser mujer, musulmana y de tez oscura continuará acarreándole problemas cuando se gana el derecho de estudiar medicina en la universidad en Orán, y posteriormente al ejercer su especialidad en Montpellier, donde se consagra a los que son como ella pero además carecen de residencia legal en el país. Casada con un francés a través del cual ha obtenido la nacionalidad, independientemente del gran amor que la une a él (la escritura de su autobiografía contribuye a paliar su dolor tras la separación conyugal), Malika conseguirá escasa notoriedad como cirujana debido a su labor casi clandestina, y sin embargo destacará en el ámbito de las letras francesas, recibiendo incluso un homenaje en su país de origen tras la publicación de su primer libro, Los hombres que caminan (1990, Premios Littré Chambéry de primera novela y el de la fundación argelina Nourrendine Alba), al lado del poeta Tahar Djaout, que sería uno de los primeros intelectuales argelinos, residentes en Francia, asesinado por los islamistas en 1993, a los 39 años de edad: “Ni a Djaout ni a mí nos traducirán al árabe en Argelia. La primera traducción de Los hombres que caminan a esa lengua llegará diez años más tarde de un país vecino, Marruecos. Tahar Djaout fue asesinado. Los miembros de la fundación que nos concedió el premio también tuvieron que exiliarse” (p. 84). Malika sobrevivirá a más de un atentado, más aún, se negará a ausentarse de su consulta médica y, sobre todo, a dejar de escribir exactamente lo que piensa sobre las injusticias en su país. Ya antes, a los quince años, ha desafiado a una turbamulta desaforada al deambular sin velo por una plaza, invitando prácticamente a la lapidación, episodio que rescata precisamente en Los hombres que caminan, aunque narrándola en tercera persona es singular, atribuyéndole la traumática vivencia al personaje de Leila: “(…) ahora sé que esa violencia ha desempeñado un papel capital en la consecución de mi futura libertad.” (p. 109).

    Una de las novelas más recientes de Malika, la única hasta ahora publicada en México, es El siglo de las langostas (Era, 2003, Premio Afrique Mediterranée Maghreb de la Asociación de Escritores de Lengua Francesa), también traducida por Pilar Jimeno Barrera y que, según nos revela en su autobiografía, está inspirada en la abuela que le contaba historias, misma que de pequeña la impactó al contarle cómo murió su madre, la madre de la abuela, con su hijita pegada a la teta. Pero no uno sino múltiples son los temas los que se desprenden de El siglo de las langostas, aunque sus protagonistas están bien definidos: Mahmud y su hija Yasmina (inspirado en la abuela de Malika). Si se me obliga a designar un tema central ese sería, justamente, la escritura como ejercicio de libertad plena. Mahmud, que lleva el nombre adoptado por la escritura aventurera Isabelle Eberhardt cuando se hizo pasar por beduino para recorrer el desierto (y a quien Mahmud dice admirar por encima de todos los poetas, lo mismo que la propia Malika que la menciona repetidamente en su autobiografía), está condenado a la errancia luego que ha sido expulsado de sus tierras por los rumís (cristianos). En la inmensidad del desierto se multiplica la hipérbole de libertad, vuelta tesoro, patrimonio único a defender por el poeta errante. En este sentido, Malika resalta la verdadera esencia del Islam, Mahmud caracteriza a un genuino seguidor del Corán. Sorprende, de entrada, su concepto de las mujeres. Antes que Yasmina nazca, sueña con tener una hija a través de la cual “vengar” la sujeción padecida por su madre, “(...) Su hija reiría. Sus ojos no conocerían la vergüenza, sus noches no sufrirían pesadillas. Su hija recibiría una educación, sería libre y alegre. Vengaría a su madre (...)” (p. 58). Las mujeres, dice, lo han salvado. Malika trata a su Mahmud con la ternura e indulgencia con la que los grandes autores europeos han tratado a sus protagonistas femeninas. Es un hombre que, como todo varón excepcional, ostenta virtudes atribuidas a la naturaleza femenina tales como dulzura, sensibilidad y abnegación. Más que musulmán, Mahmud es universal. Ama sin reservas a su mujer y comparte los quehaceres domésticos con ella.

                Pero esa misma necesidad de ser mejor al resto de los hombres, suele suceder, lo lleva a convertirse en proscrito. Va buscar los restos de su abuela en el terreno que le fuera arrebatado, obsesionado en darle digna sepultura, y en el ínter un rumí es muerto. Por supuesto culpan a Mahmud quien se ve forzado a huir. En el camino lo aguardarán cientos de aventuras y peligros, entre ellos una pavorosa plaga de langostas, pero en general la naturaleza parece recibirlo de brazos abiertos, y aún las escenas más terribles dan pie a que Malika describa el desierto como nunca nadie, volviendo a recrearlo en su autobiografía. La eficacia de sus descripciones es tal que de pronto la página se transforma en óleo y las letras, en pinceladas. Más que describir el desierto, Malika escribe el desierto. No solamente el majestuoso despliegue de flora y fauna, también las sensaciones de pisar una langosta o de palpar los huesos de la abuela amada. En el trayecto, Mahmud conocerá el amor en brazos de una esclava negra a la que nombra Neyma (“Estrella” en árabe), pero que literalmente se llama “hija-de-la-perra”, por haber sido criada por una perra. Neyma huye con Mahmud en pos de la libertad soñada llevando consigo a su mascota, Rabha, también virtual hermana de leche. Enamorarse de una esclava negra será otro privilegio que Mahmud pagará caro al ser esta víctima de un crimen racista. Yasmina, fruto de ese amor, heredará de la belleza y de la tez oscura de la madre, se verá forzada a seguir a su padre en su nomadismo, aunque el trauma de presenciar la violación y asesinato de aquella le arrebata las palabras: la escritura se convierte en el único puente de comunicación entre ella y el poeta al que acompaña, su padre.

                Malika, que como Yasmina es una musulmana de raza negra, también es, como Mahmud, triplemente exiliada. “(...) la escritura se convirtió en mi territorio, en mi exilio”, dice Mahmud (p. 126). El escritor, aún afincado en su ciudad natal, es un exiliado por genética. Y Yasmina, criada por un poeta en la inmensidad del desierto, desconoce las absurdas ataduras con las que la sociedad contiene a sus mujeres. “Educada por un hombre, un poeta, se ha librado de la horma femenina de la tradición e ignora las tradiciones impuestas a las mujeres en todas partes.” (p. 194). Yasmina aprende el oficio de su padre y para la comunidad nómada en la que se desenvuelve, literalmente dicho, una mujer que escribe es como un perro sarnoso: no sirve para nada. Pero las historias que su padre y ella escriben a cuatro manos encantan a quien las lee, como el flautista a la serpiente. Dice Malika a través de Mahmud: “Quiero caminar. Caminar como escribir. Escribir los pasos de las palabras, las palabras de los pasos, en las altas mesetas, zócalos del desierto. Y en la quietud de la escritura en los lugares abiertos, no quiero adentrarme en nada, sino abrazarlo todo a la vez. Deseo liberar mi vida de su carga, que sea como una puerta abierta y atravesada de contrastes” (p. 109-110). Hermosa historia donde el amor y la poesía son, ni más ni menos, la misma cosa, y el exilio la condición sociocultural más amiga del desierto.

    Con La prohibida, Malika Mokeddem ganó el premio Fémina. Ha publicado también De sueños y asesinos (1994), una autobiografía simulada donde una joven, Kenza, padece la injusticia y la violencia perpetrada por las guerrillas musulmanas fundamentalistas: “(…) Paga a paga he ido comprando mi libertad. Como una esclava. Mi libertad y mi soledad. Ambas van unidas. Para mí han crecido juntas en el magnífico exilio que es el saber…” (El desconsuelo de los insumisos, p. 117).

     

     

     

    July 17

    Nieve en La Habana

    …Soy fuerte porque estoy sola.

    W.G

     

    Virginia Wolf nos hizo ver la importancia de un cuarto propio para el cabal desarrollo de la creatividad femenina. Wendy Guerra nos enseña que, ante la imposibilidad de conquistarlo, es factible inventarse uno. Nacida el 11 de diciembre de 1970 en La Habana, Cuba, entre los apagones de invierno y la ausencia de la Navidad, Wendy asegura, categóricamente, que sin Cuba se muere, “la única familia que tengo es Cuba, así que si me voy pierdo lo único que tengo”, de tal suerte que estamos ante uno de esos excepcionales autores que se han rehusado a abandonar la isla para ejercer la libertad de expresión, más aún, solita se ha dado permiso de transgredir las normas implícitas del único régimen comunista que sobrevivió al siglo XXI, de tal suerte que su novela, Todos se van, ganadora del I Premio de Novela Bruguera (2006), exhibe sin tapujos una sociedad donde los nietos se la Revolución se encuentran a merced de la invasión ideológica desde el jardín de infancia; jóvenes artistas que han de ganarse el derecho a enarbolar el pincel o la pluma jalando del gatillo contra un enemigo imaginario. Y sin embargo están conscientes de que su verdadero compromiso patriótico nada tiene que ver con matar, mucho menos con acatar: “Vivimos ocultos en las literas, que son el monumento colectivo que adoramos en cualquier nuevo sitio en que nos hacinan. En una litera en vez de dormir dos, a veces dormimos cuatro.” (p. 138).

    Nieve, protagonista y alter ego de Wendy, narra su periplo desde la perspectiva de una niñita de ocho años, refugiada en un diario clandestino (los diarios suelen ser íntimos, pero el contenido del de Nieve hubiera sido considerado “subversivo”, de haberle prestado atención uno de esos “policías” que cada adulto habanero tiene tras sus pasos); libreta que de algún modo se convierte en un cuarto propio virtual donde Nieve se esconde y se da permiso de ser ella misma, en toda su magnífica rareza. La escritura le permite evadirse de la realidad sin por ello perderla de vista pues lo que Nieve hace es consignar una dolorosa cotidianidad no exenta de belleza: “Escribir el Diario en la escuela delante de todo el mundo: ni pensarlo. Ando siempre escondida con la libreta, porque ni los alumnos, ni los maestros pueden leer lo que pongo aquí. Pudiera ocurrir que me botaran de la escuela (…) Mi Diario es un lujo, mi medicina, lo que me mantiene en pie. Sin él no llega a los veinte años. Yo soy él, él es yo. Ambos sentimos desconfianza.” (p.p 139 y 144).

                Wendy asegura no haber tenido problemas con la censura, no todavía, probablemente porque el tono de su novela, que es el de una niña cándida, le permite hablar de “ciertas cosas” desde la coartada de la inocencia… como cuando establece semejanzas entre su padre y el “despotismo” (término recurrente en el discurso antiimperialista) o sus referencias a “Fidel”, omnipresente como Dios: “Aquí nada más manda uno y dice mi madre que no se puede ni mentar.” (p. 101). Nieve le ha sido arrebatada a su madre, “en nombre de la Revolución”, para pasar al cuidado de su padre, hombre brutal que ejerce violencia física y emocional sobre la niña, además de beber hasta aturdirse y sostener relaciones sexuales enfrente de ella. Este dictador doméstico no concibe que Nieve lleve un Diario pues puede tener control sobre absolutamente todo lo que la niña haga, pero nunca sobre su escritura y sus pensamientos: exactamente como Fidel. Será durante la convivencia con este padre tiránico y brutal que la narradora intuirá el carácter clandestino y por ende liberador de esa inocente afición inculcada por su madre que le prohibía aburrirse en casa: “Desde niña me he preguntado por qué nuestro presidente es el único en el mundo que viste esta ropa verde olivo. A los trece años mi madre me explicó que los presidentes se cambiaban cada cuatro años aproximadamente. Mami se escandalizó cuando le confesé que yo pensaba que morían como los reyes (…) No hay solución posible para mi madre: “Si quieres escapar de la política tienes que escapar de Cuba.” (pp. 157 y 187).

    La vida de Nieve habrá de dar más de un tumbo antes de regresar a los brazos de su madre; pasará incluso, tras escabullirse de la dictadura paterna, por una especie de orfanatorio y un conato de seducción lésbica. Wendy Guerra, cuya madre murió en el 2004, señala que esta, como la mamá de Nieve, siempre tenía un párrafo literario para cada ocasión. La única atribución ficticia es el viaje de la madre de Nieve a Angola ya que la de Wendy jamás estuvo allá, “esta anécdota se la robé a una amiga”, ríe la escritora, cascabel de hermosura y alegría. La madre de Nieve, como la de la propia Wendy, es una orgullosa hija de la revolución que sin embargo se muestra reacia a prácticas tan bárbaras como linchar virtualmente a los llamados “gusanos”, los que renuncian a la ciudadanía cubana y optan por un autoexilio legal; la madre de Nieve-Wendy es una intelectual muy crítica del régimen castrista que, no obstante, y como la propia Wendy, no abandonaría por nada del mundo su isla: “(…) Afuera, me siento en peligro, adentro me siento confortablemente presa.” (p. 10). El enclaustramiento en su propia casa, en su propia isla, le produce a Wendy una fuerte identificación con Sor Juana Inés de la Cruz, cuyos versos le son leídos por su madre: “Me gusta eso de estar amarrada y irse soltando poco a poco; entrar al claustro por volunta propia, volver a salir y en medio de la libertad tener la certeza de que el claustro sigue ahí, esperándote. Es un poco el juego de exposición y de claustro que estoy viviendo, aunque no hablo de religión sino de ideología.”

    Wendy dice que los escritores cubanos que han optado por quedarse en la isla han entrenado un fino instinto autocensor y, aunque parezca mentira, asegura haberlo desarrollado también: “Es duro decirlo, porque va contra mí, pero reconozco la autocensura. El libro se ha olvidado bastante de la autocensura, pero es raro.” No obstante lo anterior, Wendy asegura que las mujeres cubanas están más liberadas que las del resto de América Latina, si bien su novela no lo refleja del todo: “El machismo en Cuba –dice en la página 224 –está disimulado por la alta instrucción, pero ahí está amenazándote todo el tiempo, entre el juego y la realidad.”  Liberadas y todo, no están exentas de caer bajo el influjo de un hombre dictatorial y manipulador como Osvaldo, el primer amor de Nieve a los diecisiete años, destacado pintor que termina exiliándose en París y olvidándose de la noviecita dejada en Cuba. Antes de esto, Osvaldo ha pretendido ejercer su autoridad sobre Nieve, como antes hiciera su padre, objetándole su adicción al Diario, pero el Diario, la necesidad de expresarse por escrito, siempre será más poderosa que cualquier amor. Lo que Todos se van sí refleja es la solidaridad, esta sí atípica en nuestro continente, entre mujeres: Nieves es rescatada de su padre por una amante de este, que a su vez fue amiga de su madre; Nieve establece una amistad entrañable con Cleo, la amante de su novio. Las cubanas, nos dice la escritora, desarrollan un fuerte complejo de Penélope: “Pienso en mi madre y mis amigas que estuvimos esperando eternamente en el aeropuerto, que como yo digo es el Triángulo de las Bermudas, donde todo mundo se va y nunca regresa.” En Cuba, como en todo el mundo, siempre habrá un muchacho como Alan, uno de los personajes más entrañables de Todos se van, que defienda a una mujer de su tiempo. “Siempre escondo el diario de los hombres…” (p. 256).

                Wendy, quien se reconoce muy influida por Nélida Piñón, autora que honra en su novela, junto con Dulce María Loynaz (“Nélida representa la libertad y Dulce María el encierro voluntario”), dice haberse nutrido casi por completo de autores prohibidos en la isla, entre otros, Reinaldo Arenas, Eliseo Alberto y Guillermo Cabrera Infante, cuyos libros circulan de mano en mano, forrados o disfrazados de otra cosa. Después de crecer en un mundo sin intimidad, habituada a la vigilancia permanente y a los murmullos; experta en camuflajes y rebeliones íntimas como sería su propio Diario, se considera afortunada de vivir en la actual Cuba, donde las voces de los jóvenes artistas empiezan a elevarse por encima del anciano ánimo de su dictador, “y tendría que estar loca para perderme esto… aunque eso no significa que no respete profundamente a los escritores exiliados.”

    Wendy Guerra está casada con el jazzista Hernán López Lossa. Piensa publicar Posar desnuda en La Habana. Diario apócrifo de Anais Nin, “sólo sé escribir poesía y diarios. No sé qué voy a hacer cuando me decida a escribir una novela tradicional”, confiesa entre risas. Diplomada en Dirección de Cine, Radio y Televisión en la Facultad de Medios de Comunicación del Instituto Superior de Arte (ISA), ha publicado los poemarios Platea a oscuras (Premio 13 de marzo, 1987, otorgado por la Universidad de la Habana) y Cabeza rapada (Premio Pinos Nuevos, 1996). Actualmente trabaja en un Diario de los años noventas que titulará Bloomers: “Va a tratarse del contraste que hubo en mis años del instituto de arte, cuando comíamos en una bandeja de aluminio, comida muy mala, y n os poníamos la misma ropa interior y hacíamos el amor todos en la piscina vacía. Cómo fuimos criados para ser una unidad, un solo ser humano…”  

     

    July 10

    Ese hermoso sobresalto

    Para Francesca Gargallo

     

                Nacida en 1973, en la ciudad de México, misma que recrea con un admirable sentido estético de lo sórdido en su novela El huésped, tercera finalista del XXIII Premio Herralde de Novela (Anagrama, Narrativas hispánicas, 2006), Guadalupe Nettel es autora también de dos libros de cuentos: Juegos de artificio y Les jours fósiles, escrito este en lengua franca, la cual domina pues residió varios años en París donde cursó un doctorado. En 1992, a los 19 años, obtuvo el Prix de la Meilleure Nouvelle en Langue Francaise para países no francófonos, de Radio France Internacionale. El huésped fue simultáneamente publicada en su lengua nativa y en su lengua adoptiva (Actes Stud). Guadalupe no había abordado su ciudad natal, según explica, porque requiere la lejanía para poder apropiarse de los elementos y reinventarlos, “La ciudad de México es particularmente monstruosa, una ciudad magmática en la que todo se transforma continuamente.”

                No me decido entre calificar a El huésped como una anti love story, o como una historia de amor que se va arrancando a jirones los lugares comunes, como un animal raro se desprende de la propia piel. Lo cierto es que se trata de un texto mucho más complejo de lo que han querido hacernos algunos reseñistas; tan complejo como puede serlo el de una autora que se reconoce influida por Cortázar o por el japonés Haruki Murakami. Lo fascinante, desde mi punto de vista, incluso más que su alucinante interpretación de los secretos de la ciudad, es el conflicto íntimo de Ana, la protagonista, quien en una frenética huída de sí misma, encuentra refugio en los últimos lugares del mundo donde quisiera estar. Ni la propia Ana sabe que nombre darle a su miedo, al que sencillamente apela como La Cosa. No se trata de un conflicto de doble personalidad, sino de algo todavía más inquietante: la falta de valor para ser quien realmente se es y asumir al verdadero yo como una amenaza latente, lo que conduce a la protagonista por un proceso de despersonalización: “(…) supe que los recuerdos son semejantes a esos insectos casi vegetales que perseguimos con redes puntiagudas: cuando por fin nos pertenecen, se secan. El alfiler en medio de las dos alas las termina matando, y aunque los colores permanecen intactos, la mariposa se convierte inevitablemente en un epitafio.”

                Ana es tan mediocre, al menos en apariencia, que de verdad llega a dolernos: pertenece a una familia devastada que inicia su decadencia con la prematura muerte de Diego, el hijo adorado de la familia (la propia Ana forma parte activa de ese culto casi religioso, por lo que sus chispazos de odio contra el mismo al que dice adorar resultan harto inquietantes) y termina definitivamente con la huída del padre. Ana se queda a solas con su madre –“(…) encarnaba a todas las mujeres que había visto en el cine, las series de televisión, las novelas decimonónicas que nos hacían leer en la escuela. La miré extrañada como se observa a un ser ancestral, un fósil o una ruina (…)” (p. 46)-; dos virtuales desconocidas que intentan infructuosamente un acercamiento. Ana es lo que vulgarmente se conoce como un ser sin oficio ni beneficio, que ni siquiera se esmera en buscarle un sentido a su vida, antes bien, el sentido la busca a ella, transfigurado en un volante donde se anuncia una institución para ciegos. De algún modo entiende que su lugar es ése, y es  que Ana, sin ser ciega, deambula por la vida sin luz. Guadalupe reconoce que ese terror de Ana hacia la ceguera es la parte más autobiográfica de la novela, ya que ella misma padece una enfermedad en sus ojos verdes, a simple vista luminosos: “Siempre he estado amenazada por este fantasma, porque de este ojo (el izquierdo) prácticamente no veo. Como solo uno de mis ojos funciona bien tengo muchas posibilidades de algún día perder la vista y es algo que siempre me ha asustado. Ahí esa dualidad que veo incluso en mi cara. De niña, incluso, para hacer funcionar el ojo malo me cubrían bueno y tenía que vivir una parte del día en tinieblas y otra en la luz. Recuerdo la absoluta maravilla que era para mí quitarme el parche y mirar de pronto los detalles de las hojas, de las nubes, porque eran cosas que no podía ver durante la mitad del día.” La Cosa, como llama Ana a su verdadero yo, le ha arrebatado la capacidad de mirar fuera de sí, imbuida en los recuerdos y las imágenes que retiene con una memoria fotográfica, como avituallándose contra la posibilidad de la ceguera. No podrá ingresar al instituto, sin embargo, en calidad de paciente, así que se coloca como lectora de los internos. De entre sus atentos escuchas sobresale el Cacho, un intruso no ciego sino cojo, y además, indigente. Él se convertirá en el mentor y guía de esa ciega emocional que es Ana. “En realidad no vemos al mundo tal y como es sino como somos nosotros”, ¿acaso Ana mira al mundo como una serie de líneas y manchones porque ella misma es un ser diluido?

                Guadalupe ha declarado su obsesión por los freaks, los outsiders, los fenómenos, pero en el deslumbrante desfile circense que nos brinda El huésped, sin duda al ser más anómalo de todos es el único aparentemente normal, es decir, Ana, que no, no está loca ni ostenta una doble personalidad, simplemente se niega a sí misma y se deja arrastrar por la vorágine sin ápice de pasión por la vida; ¿qué mayor anomalía que la ausencia de la pasión, cuando hasta el cojo Cacho y el ciego Madero experimentan un apasionante apabullante por algo? “El Cacho no requiere desplegar sus dotes persuasivas para convencerla de sumergirse en las cloacas de la ciudad, donde ella conocerá un nuevo mundo que demasiado pronto asumirá como suyo: ahí La Cosa se encuentra a sí misma y su ceguera halla su exacto complemento en las sombras de la clandestinidad: Ana deja de trastabillar entre la oscuridad y la inmundicia. Son esos seres del submundo los que crean caos entre los que se creen dueños de la superficie; los que sin pudor se sumergen en la mierda, literalmente hablando, para expresar su sentir en un día de elecciones. La razón por la que El huésped presenta este inesperado guiño político, coincide con el instante en que Guadalupe empieza a escribirla, en 1994: “La mayoría de los mexicanos queríamos un cambio, hacia donde fuera pero que ya no hubiera la hegemonía del PRI y teníamos una rabia acumulada por los fraudes electorales sucesivos, entonces esa rabia contenida se expresaba de esta manera: la cloaca explota con toda la inmundicia a manera de mensaje de protesta de los marginales, pero no a favor nada en particular. La literatura proselitista no me gusta, no me convence, siento que es mucho más poderosa la fuerza de las metáforas y de los mitos que el panfleto.”

    Una vez que Ana le ha perdido el asco hacia la mierda y se familiariza con su textura y su olor, la revelación de su amor por el Cacho la golpeará en el rostro gracias a un incidental roce de sus dedos que le suscita “un hermoso sobresalto”. En cierto modo, pues, Ana no percibe su propia humanidad, sepultada en un caduco álbum familiar, hasta que deja emerger a La Cosa, ese ser que la habita y le produce pesadillas dignas de Mondrian: “Siempre pertenecí al grupo de personas que viven fuera del sexo. Lo intuyo, lo olfateo, lo adivino, pero no lo practico. Respeto con una reverencia japonesa a todos los que frecuentan el orgasmo con la misma asiduidad con que yo tomaba café. No se trata de una postura ante la vida, cualquier persona en mi situación sabe que eso no se decide, simplemente ignoro como se hace.” (p. 187).

                Guadalupe Nettel recrea una ciudad de México subterránea, cuya condición onírica, lejos de sublimar la podredumbre, la estiliza y por lo mismo la exalta. Ana es, como muchos seres que cotidianamente nos topamos en el metro, una autómata cuyo único rasgo de humanidad es el miedo por La Cosa. Como bien dice Guadalupe, la ciudad de México es espeluznante, un verdadero catálogo de monstruos, algunos de los cuales, de tan familiares, se nos vuelven imperceptibles, como sería el caso de la propia Ana. Y en medio de la fealdad que de tanto herir los ojos hace desear la ceguera… ¿se impondrá la anomalía del amor? “La ciudad que elegimos es una fachada hueca que cubre los escombros de todos nuestros temblores.”

                Guadalupe Nettel se reconoce sumamente interesada en el género fantástico, que por algún motivo ha pasado de moda entre los autores de su generación, sin embargo, si algo no le preocupa en lo absoluto, es justamente estar a la moda: “Nunca me he sentido muy adecuada a la sociedad, siempre me he sentido más outsider por esta historia que te cuento y otras historias familiares, entonces lo normal es que se refleje esa inadecuación en lo que escribo. Las mujeres tenemos más contacto con nuestro mundo onírico; nos nutrimos más de la intuición y de toda esta parte más volátil.” Actualmente radica en Barcelona donde prepara un libro de cuentos sobre freakies, así como una nueva novela  que transcurre entre América y Europa.”     

     

    July 04

    Terror sublime

    Quien la haya visto tan bien portada, ante el fuego del hogar con las rodillas rigurosamente entrechocadas, toda rizos y listones, con un libro de poesía (¿Shakespeare?) entre las manos y el azul de los ojos al borde del gris debido a un asomo de lágrimas, no imaginaría que tan primoroso cuadro anunciara a quien llegaría a ser “la reina de la novela gótica”, y, para algunos estudiosos de tiempos recientes, precursora de la novela negra.
    Nacida Ann Oates, el 9 de julio de 1764, en Londres, en el seno de una familia de prósperos comerciantes emparentados con literatos y científicos, como el doctor Daniel Solander que acompañó al Capitán Cook en su vuelta al mundo, o su tío abuelo, William Cheselden, cirujano del rey Jorge II, pasaría a convertirse en Ann Radcliffe a raíz de su casamiento con William Radcliffe, a quien conoció siendo un estudiante de Derecho, estudios que William interrumpiría para consagrarse a su auténtica pasión: el periodismo. Fundador del prestigiado semanario English Chronicle, Radcliffe era un hombre raro para su tiempo pues se prendó de la inteligencia de Ann, físicamente agraciada para colmo y siempre cargando algún pesado libro que no era precisamente La Biblia, a pesar de que como cualquier señorita, hija de puritanos, su educación oficial se restringía a lecciones de música y cultura general. William la animó, además, a iniciarse en la escritura, más aún, impulsó amorosamente su carrera literaria. El hecho de que el matrimonio jamás lograra procrear hijos, lejos de distanciarlos pareció fortalecer esa unión basada en la mutua admiración y compatibilidad de sus temperamentos melancólicos y hogareños. A ambos les resultaba terriblemente difícil actuar en sociedad, muy especialmente a ella, tímida, dicen, hasta la neurosis, si bien la pareja viajaba con frecuencia. Ann llevaba un minucioso diario de tales viajes, de los que extraería los exuberantes paisajes de sus novelas. A la edad de 26 años, Mrs. Radcliffe sorprendería a la crítica y a los asiduos a los salones literarios con su primera novela, Los castillos de Aithlin y Dundayne (Ellago Ediciones, Col. Letras, Barcelona, 2005, Traducción de Alan Ferreiro), quien, como ninguna otra obra del género gótico se apegó a los preceptos estéticos de Edmund Burke (1729-1797), para quien, según consta en Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y lo bello (1756), cuanto excita la idea del dolor o del peligro es fuente de lo sublime.
                Notoriamente inspirada en Macbeth, su obra favorita de Shakespeare, la joven Mrs. Radcliffe recrea una Escocia medieval donde el bien y el mal mantienen encarnizada pugna en las personas del joven señor de Aithlin, el conde Osberth, y el perverso barón Morgan, señor de Dunbayne, quien, usurpador como el propio Macbeth, se le diferencia en que carece de una esposa manipuladora, antes bien, se trata de un solterón amargado y misógino. La maldad del barón Morgan, descrita como “exagerada”, desmerece apenas enterarnos de que dejó vivo al hijo del hombre que ha asesinado, cómodamente instalado en Aithlin aunque vigilado desde las almenas de Dunbayne, cuando la lógica debió haberle indicado que, alcanzada la adultez, aquel buscaría vengar la muerte de su padre. La exageración de vicios y defectos que nunca están a la altura de las expectativas originadas en el indiscriminado uso de apelativos, no es atribuible de modo alguno a la inmadurez de su autora, pues lo cierto es que otros autores mucho más experimentados, como el propio Horace Walpole (1717-1797), iniciador del gótico inglés con su novela El castillo de Otranto (1764), incurrían en la misma desmesura.
                El joven Osberth crece obsesionado con la idea de darle su merecido a Morgan, pero no ejecutará sus planes sino hasta después de topar con Alleyn, joven campesino que se contagia del hambre de justicia de su señor. Como en toda novela gótica, máxima expresión del romanticismo, el amor se manifestará para dificultar las cosas, pues Alleyn, que no por valiente, audaz y buen soldado deja de ser campesino, cae rendido a los pies de Mary, hermana de Osberth. Morgan, a su vez, sin siquiera conocer a Mary (ha escuchado hablar de su belleza), se encaprichará con la idea de desposarla, y todo por fastidiar a Osberth, recluido en una mazmorra de Dunbayne tras su primera frustrada intentona de capturar a su enemigo. Del otro lado del muro, el joven conde percibirá sollozos femeninos y un dulce canto que lo consuela de su encierro (la salvación se anuncia siempre a través de cantos desgarrados). Gracias a uno de esos mecanismos secretos que abundan en los castillos góticos, logrará traspasar el obstáculo para encontrarse con la auténtica baronesa Morgan, esposa del difunto hermano del usurpador, y la hija de esta, Laura, que ha crecido aislada del mundo pero entrenada en las artes musicales por su propia madre. Nuevamente nos sorprende la magnanimidad o falta de prevención del rufián, que opta por encarcelar a su cuñada y a su sobrina, proveyéndolas de instrumentos musicales para que no se aburran, antes que eliminarlas. Por supuesto, Osberth se enamorará a primera vista de la pelirroja Laura. El desenlace del conflicto, que pareciera previsible, no lo será tanto pues el perverso Morgan morirá en olor a santidad a medio camino y a continuación alguien intentará matar a Osberth y raptará a su hermana: ¿quién diablos pudo haber sido si sólo sobreviven los buenos?... o…. ¿no tan buenos? ¿Es posible tanta malicia en una novel escritora? Es en esta malicia donde se advierten los primeros latidos de la novela policíaca pues los personajes deberán emplear algo poco recurrente en la narrativa de entonces: su intuición. La violencia con que Mary es raptada, máxime si tomamos en cuenta que no ha parado de sufrir un desmayo tras otro a lo largo de la trama, no deja de ser inquietante. De hecho, prácticamente todas las heroínas de Mrs. Radcliffe serán jóvenes vulnerables sometidas al capricho de seres degenerados y perversos, como le ocurre a la Emily de Los misterios de Udolfo (1794) y la Ellena de El italiano o el confesionario de los penitentes negros (1797). La reflexión en torno al origen de las bajas pasiones que abruman al género humano, recorre asimismo toda su obra, en tono un tanto aleccionador que no sepulta el rigor con que Ann emparienta ética y estética: “Todos los excesos son malos, incluso los de la pena, que admirable en su origen, se convierte en una pasión egoísta e injusta y nos lleva a liberarnos de nuestros deberes (…) La complacencia excesiva en el dolor inquieta la mente y casi la incapacita para volver a participar en las inocentes satisfacciones que la benevolencia de Dios ha establecido para ser el sol resplandeciente de nuestras vidas (…) todo es vicio cuando se busca el consolarse sin una posibilidad de bondad.” (Los misterios de Adolfo, El Club Diógenes, Valdemar, Madrid, 2001, traducción de Carlos José Costas Solano, p.p 44 y 45).
                Los misterios de Udolfo, considerada su obra maestra, tampoco es una convencional novela gótica, aunque aquí sí está implicado el ingrediente sobrenatural. Como todos los relatos de Ann rehuye el típico escenario inglés –esta transcurre en la provincia gascona del siglo XVI-,  y nos presenta a una heroína, Emily, enfrentada a la desgracia y a la soledad tras una súbita orfandad, que deberá poner en práctica sus cinco sentidos para desvelar un secreto relacionado con su familia, con el perverso Montoni siguiéndole la huella: “Recuerda que es mucho más valiosa la fuerza del valor que la gracia de la sensibilidad. Y no confundas fortaleza con apatía; la apatía reconoce virtudes (…) ¡Qué despreciable es esa humanidad que se contenta con la piedad donde podría aportar algún remedio.” (p. 148). Definitivamente, la inmovilidad no le va a Emily. En la obra de Mrs. Radcliffe, han dicho sus críticos, fascinados con la radicalidad de su propuesta estética, no hay cabida para triunfos convencionales, ni pasajes ociosos, ni controversias inútiles.
                Casi siempre la tragedia de las heroínas de Ann Radcliffe va precedida por la muerte de los padres. En su universo no existe mayor desgarro que la orfandad. No extrañe por tanto que la muerte casi simultánea de sus propios padres la haya silenciado en forma casi definitiva, pesar que habría de agravarse con la enfermedad degenerativa de su esposo, que la encadenó a su lecho. Se rumora que el ser testigo de la diaria consunción de su amado esposo y la imposibilidad de escribir la orillaron a la locura. Uno de sus biógrafos más recientes, Rictor Norton –quien se refiere a ella como una gentlewoman, que vendría ser un femenino de “caballero” que no es exactamente “dama”-, aventura la posibilidad de que la escritora pudiera haberse recluido por voluntad propia en un manicomio de Derbyshire. Y justo cuando los lectores empezaban a olvidar a aquella maravillosa Mrs. Radcliffe que los había hecho temblar y suspirar, se publica Gastón de Blondeville (1820), novela que redactaría al poco de la muerte de su amado para paliar el dolor de la perdida y la soledad, notoriamente afectada por el sufrimiento y, por lo mismo, más oscura. Moriría tres años más tarde de publicada la que sería su última novela, el 7 de febrero de 1823, debido al asma que la aquejaba desde hacía muchos años, complicada con una gripe. Esta autora se convertiría en la inspiración de la poeta Christina Rossetti (quien intentó escribir una biografía suya) y la precursora de la Ciencia Ficción, Mary Shelley. Fue profundamente admirada también por Lord Byron y Percy Shelley.
    June 27

    Flor rabiosa

     Para Roberto López Moreno

     

    El horizonte ahoga un paisaje de alas

    Ceñidos en ondulantes anillos de serpiente.

    ¡Águila deshojada!

    Un sueño de poeta llora un sueño de héroes

     

    … y de pronto, silencio. La dama de la voz (imponente, ojos grandes, tumultuosos; ancha y brillosa trenza castaña a modo de diadema) deja de retumbar en el cielo. Trata de apartar el micrófono inservible que cae, volviéndose añicos. Acto seguido, en acción peliculesca, unos agentes se abalanzan sobre la mujer que queda indefensa en medio del escenario y cuya única arma son puños llenos de poesía. La oportuna intervención de admiradores y amigos se la arrebatarán a las pinzas del odio. Magdalena Mondragón, primera mujer que dirigió un diario en México, narró así aquel incidente ocurrido una mañana de 1958, durante una asamblea obrera: “(…) el licenciado Rubén Gómez Esqueda ordenó que retiraran el micrófono y, en caso de que Aurora Reyes persistiera, se le arrancaría con cárcel. La amenaza, muy pertinente, hizo que la propia Aurora, Concha Michel y otras artistas se pusieran a repartir copias del poema (“El hombre de México”), comentándose en todos los tonos hasta qué grado ha llegado a su perfeccionamiento la libertad de expresión.”

                No por nada Aurora Reyes era “la sobrina incómoda” de don Alfonso Reyes, cuando en otras circunstancias (y estoy convencida de que así era en el fondo) él hubiera manifestado orgullo por tenerla en la familia. “Alegría del idioma”, nombró a su tío la poeta y pintora quien en apasionada carta, con fecha 9 de septiembre de 1955, día del cumpleaños número cincuenta y tres de Aurora, hace revivir a aquella niña “cuya cabeza acariciaste un instante cuando mi padre me llevó a conocerte.” Don Alfonso respondería el amoroso embate con la siguiente nota: “Aurora Reyes, sangre mía, corazón florido.” Ella, y espero basten los versos iniciales para corroborarlo, era poeta incontenible; la única, junto con López Velarde, que se arrancó el corazón sin aspavientos para teñir la bandera-mortaja de los héroes patrios. Su principal cantor, el poeta chiapaneco Roberto López Moreno (de quien hiciera Aurora un maravilloso retrato al óleo en 1977), afirma que ella escribió uno de los tres grandes poemas sobre la muerte de las letras mexicanas, “La máscara desnuda”, junto con “Ante un cadáver”, de Manuel Acuña, y “Muerte sin fin”, de José Gorostiza. El poema en cuestión es un inmenso mural de la historia de México –la poesía de Aurora es muy visual, pletórica en figuraciones estilizadas- que principia con el parto-danza de Coatlicue en medio del desierto: “(…) útero infinito que repite la vida/ en los arquitectos del sueño y la armonía” (…) “Eres ahora una bandera sin viento,/ una pasión que abandonó la forma:/ gérmenes y cuchillos y deseos…/ ¡alimento de todo lo que vive y devora!” Este poema de sangriento colorido encierra el ancestral culto, transmisión genética de nuestros antepasados indígenas, de la muerte azucarada incompatible con la sal de las lágrimas; muerte gozosa, amante, saltarina, cuya piedra sacrificial es eterno principio de vida: “Quiero el sudario de papel de China, el cadáver del sol hecho pedazos, / un adiós con los pétalos del fuego/ y un ídolo de piedra entre los brazos.”

                Aurora Reyes Flores nació en 1908, en Hidalgo del Parral. Nieta del General Bernardo Reyes e hija del ingeniero militar con grado de capitán, Leonel Reyes –el nombre de su padre, así como la briosa melena de la poeta, darían pie a que la apodaran La Cachorra-. En 1913, tras la muerte del General Reyes durante la reyerta en  Palacio Nacional que daría origen a la llamada Decena Trágica, que culminaría con el asesinato de Francisco I. Madero, se desata una persecución contra los parientes cercanos del malogrado héroe, lo que orilla a la familia de Aurora a trasladarse a la Ciudad de México donde el Capitán Reyes habría de permanecer enclaustrado y disfrazado. El tío Alfonso, hay que señalarlo, prefirió exiliarse en Francia antes que aceptar el cargo de secretario particular que le ofrecía el ilegítimo presidente Victoriano Huerta. Doña Luisa Flores hubo de sacar provecho a su único talento, hornear pan, para subsistir. La pequeña Aurora, que entró a la primaria a los cuatro años, se encargaba de venderlo en La Lagunilla, donde la podredumbre, superior incluso a la propia, la impactaría en forma irremediable, inflamándola del ánimo justiciero que la llevaría a militar desde la adolescencia en el Partido Comunista Mexicano. Alternaría sus estudios de preparatoria, en una época en que muy pocas mujeres alcanzaban un grado académico respetable, con clases nocturnas en la Academia San Carlos donde se graduaría en artes plásticas en 1924. Sería la primera mujer muralista, sin haber fungido antes como aprendiz de un pintor reconocido: “En ese entonces izquierdismo y machismo eran dos valores importantes que regularon el ambiente de las artes plásticas de la SEP –declara Aurora Reyes ante Patricia Cardona-. Con Lázaro Cárdenas se fundaron las primeras guarderías y los abortorios dieron servicio gratuito a las mujeres mientras se propagaba el amor libre para todos. Sólo que éstas querían ser como hombres, con todos los vicios y ninguna de sus cualidades. Tenían la imagen de la mujer soviética, la campesina, con la pala al hombro, caminando como soldados (…) Eran una mala caricatura del hombre. Finalmente, la feminidad se impone.

                Divorciada desde los 23 años, con dos hijos a cuestas, Aurora pelearía enconadamente por el derecho al voto para las mujeres y la apertura de guarderías para hijos de maestras (ella impartía clases de pintura en San Carlos); defendería, entre un pelotón de madres agraviadas, armadas con antorchas y cananas, el edificio que albergara el Centro Escolar Revolucionario que se pretendía derruir para prolongar una avenida. Fue anfitriona del poeta Nicolás Guillén, alojado en su casa de Coyoacán, en pleno auge de la Revolución Cubana, durante una época en que dicha acción tenía claros tintes subversivos: el sexenio de Ruiz Cortinez. No extrañe, por tanto, que su nombre haya figurado en la lista de personajes denunciados como enemigos de México por la Unión Sinarquista, publicada por el diario Excélsior, el 25 de julio de 1954, junto con los de Alfonso Caso, Jesús Silva Herzog, el doctor Alfonso Quiroz Cuarón, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, el ex presidente Lázaro Cádernas y Juan O’ Gorman. En 1968 apoyó a sus alumnos de San Carlos, con quienes colaboró en la pinta de varias mantas dirigidas a las consciencias de los mexicanos, intervención que haría peligrar nuevamente su vida al grado de orillarla a refugiarse un tiempo en el manicomio de La Castañeda.

                Consumada pintora de líneas de elocuente dramatismo; de melancolía más bien grave, violenta, descorazonadora, características que podrían definir asimismo su poesía, Aurora Reyes era voraz lectora de investigadores extranjeros del México prehispánico tales como Soustelle y Vaillant, Sejourné y Katz, así como de los poetas españoles de la Generación del 27, lo que constituye una peculiar gama de influencias para su escritura. No publicó su primera plaquette de poesía, Hombre de México (SEP), sino hasta 1947, seguida de Astro en el camino (Talleres Gráficos de la SEP, 1950). Con el poema Nueve estancias en el desierto (Editorial Magisterio, 1952), obtiene el primer lugar en los Juegos Florales del 50 aniversario de la fundación de Mexicali, B.C. Dicho poema dedicado “A mi primera patria de infinito, en el Norte de México…”, donde el desierto cobra la dimensión de “Ángel horizontal y desvalido”, es, me atrevo a asegurar, el más hermoso que en ese tenor se ha escrito en México. El desierto, tan expuesto al lugar común por el desconocimiento que de ese monstruo se tiene, es descrito por Aurora con la poderosa tangibilidad de quien  ha experimentado la consciencia del esqueleto que nos habita, cobrable sólo bajo el astro inclemente y la boca repleta de arena. Cansancio azul. Fiebre rencorosa. Ríos de rosa fresca: “Oscila el mediodía suspendido/ como fruto maduro de infinito./ En su reinado inmóvil la mirada ha crecido/ y el sabor de la angustia y la ceniza/ y la sed… y la sed… y el espejismo.” López Moreno nos hace ver que la mayor fuerza de la poesía de Aurora reside, paradójicamente, en el que suele ser el punto débil de los malos poetas, es decir, las reiteraciones que en ella enriquecen su geometría idiomática.

                Aurora Reyes murió el 26 de abril de 1986, víctima de cirrosis, sin recibir el reconocimiento merecido (sigue sin tenerlo); ignorada en su momento, como nos lo hace ver José Pérez Espino, de las antologías Poesía en movimiento y Ómnibus de poesía mexicana, no obstante ser catalogada como la Poeta Mexicana del siglo XX. Sus dos hijos, Héctor y Jorge, cumplieron su voluntad de sepultar sus cenizas en las raíces de una magnolia sembrada por ella misma en su casa de Coyoacán, en la calle de Xochicaltitla. A decir de López Moreno, cada aniversario de nacimiento y muerte de la poeta, así como los 26 de julio (apasionada como era de la Revolución Cubana), florece una preciosa magnolia en la copa del árbol.

    June 25

    Espesas alas del secreto

    Para Iván Figueroa Acuña

     

    …no hay diferencia entre hombres y mujeres—afirma tajante Gabriel Zaid en su ensayo “Noticias de la selva”, incluido en el libro Leer poesía (1999) —. Ni siquiera en los temas y preferencias estilísticas. Quizá puede observarse en la poesía de las mujeres un mayor abandono de las formas pragmáticas, una preferencia más marcada por la poesía misteriosa o menos obvia, una temática más centrada en el yo sensible que en el yo histórico o reflexivo. Pero son rasgos comunes a toda la generación, que parece ser la primera intelectualmente unisex.” Más adelante destaca: “Hay hasta el germen de una poesía radicalmente nueva en Coral Bracho…”

                Coral Bracho (ciudad de México, 1951), es el único nombre femenino que Zaid menciona como exponente de la poesía de la que juguetonamente denomina generación unisex; generación a la que pertenecen también poetas de la altura de David Huerta, Efraín Bartolomé y Eduardo Milán. Coral es, en realidad, el único nombre femenino que nunca falta en los recuentos, muchas veces arbitrarios, de cualquier comentarista literario, incluyendo a los más machistas. En su bellísima colaboración a la antología de ensayos sobre poesía A contraluz, recientemente publicada por el Fondo Editorial Tierra Adentro, Jorge Fernández Granados abre el ciclo de la poesía mexicana moderna con Sor Juana y lo cierra con Coral, lo cual resulta harto significativo. Adolfo Castañón divide la poesía escrita por mujeres en dos grupos: las que cristalizan y recapitulan el pasado, y las que manifiestan “un espíritu decidido de innovación de hábitos mentales y retóricos, una ruptura de esas costumbres y segundas naturalezas que suelen velar o aplazar la creación, la innovación”, y sitúa a Coral a la cabeza de estas últimas.

                La poesía de Coral se caracteriza, entre otras cosas, por su hermetismo. Hermetismo, hay que aclarar, que contiene un potente chorro de luz: la luz del hallazgo. Aunque parezca escribir para un lector involucrado con las situaciones evidentemente familiares por ella planteadas, que por lo mismo llegan a serle enigmáticas al lector, llamémosle, intruso, este terminará seducido por la inquietante posibilidad de violar los sellos de un hondo secreto. Así pues, Coral opta por lo que Zaid llama el “yo sensible”, aunque sin renunciar del todo al pragmatismo, alejándose inexorablemente de cualquier posible lugar común. Castañón tampoco exagera cuando la proclama augurio de una nueva identidad poética, aunque discrepo con quienes insisten en señalar que la suya es una poética del deseo porque lo que ella expone es el instante mismo de la consumación del deseo. Discrepo también con quienes adjudican a su minuciosidad lingüística el mote de neobarroco. Su discurso adquiere la magia propia de esa especie de telepatía que solo puede generarse entre los amantes, es decir, recrea una complicidad amorosa a la que el lector intruso accede con la inocencia del recién llegado: “Los dos comparten la penumbra del cuarto./ Ahí perciben poco: lo utilizable/ y lo que el otro le permite ver. Ambos se evaden/ y se ocultan.” (“La penumbra del cuarto”, La voluntad del ámbar, Era, 1998, p. 29).

                Hay en esta poesía una curiosa circularidad. Como primer paso, en su estructura casi narrativa monta una escenografía y nos introduce en una atmósfera invariablemente próxima a la naturaleza, así se trate de una casa, que es la misma casa invocada una y otra vez, hasta en sus más nimios detalles: las manchas sobre el mantel, la tonalidad de la luz al filtrarse entre los árboles que la bordean, la claridad de la estancia y hasta los ecos de los juegos infantiles: “(…) Los niños corren y gritan,/ como pequeños lapsos, en un eterno enmudecido/ sepia demente (…)” (“Poblaciones lejanas”, Huellas de luz, CONACULTA, Tercera Serie Lecturas Mexicanas, 1994). La naturaleza ha invadido por completo los espacios privados, internos, introspectivos, se ha sembrado en ellos como una enredadera sin fin. Y si bien hay mucho de obsesivo en la recreación de esa casa, de ese portal, de esa luz, de esos niños, la gama de emociones que procura es tan rica que le he llevado seis libros, incluidos los ganadores del premio Aguascalientes 1981, El ser que va a morir y del Villaurrutia 2004, Ese espacio, ese jardín (Era, 2003). No es propiamente nostalgia por la infancia y por el padre, sino una obsesión que se recicla y se perfecciona hasta volverse más apegada a la vivencia que a la memoria: “(…) un parpadeo es el sueño,/ otro es la muerte que ahora canta/ con acendrada suavidad./ Y su voz cadenciosa es un murmullo/ de madre joven” (Ese espacio, ese jardín, p. 25). “Me alza en brazos. Se acerca./ Nuestra sombra se inclina ante la orilla. Me baja./ Me da la mano./ Todo el descenso/ es un gozo callado,/ una tibieza oscura,/ una encendida plenitud.” (“Trazo del tiempo”, La voluntad del ámbar, p. 42).

                La naturaleza se fusiona con los personajes hasta crear un efecto simbiótico, de tal suerte que las características de una y otros están implícitos en cada cual. Este recurso reproduce, de algún modo, los mecanismos de la memoria que invariablemente fusionan sonidos, aromas y paisajes con las presencias evocadas, pero en este caso Coral no le tuerce el cuello al cisne sino a la memoria misma, y le extrae hasta la última gota de su savia, de tal suerte que el dolor de la pérdida alterna amistosamente con el gozo de la vida. Las voces de los muertos permanecen en nuestra mente como una inscripción eternizada en una piedra más que como una grabación magnetofónica, es decir, cargamos sobre nuestros hombros epitafios que pesan mucho más que la lápida que los contiene: “Un arroyo ilumina el palpitar de la noche: Honda/ raíz fulmínea. Honda,/ encandilada raíz: Es el tiempo inasible (…) Bajo la noche, bajo su azul profundo,/ los grillos cavan/ la intermitencia.” Memoria. Naturaleza. Vida. Los grandes temas de Coral Bracho. “(…) al dibujar en las paredes de la caverna platónica el espacio en que resplandecen las formas de su imaginación, aspira a inventar su propia luz, a crear la creación”, aventura Castañón.

                Pero en este crear la creación, que va mucho más allá de la mera recreación, Coral establece un universo propio cifrado en las siluetas de un pasado rehecho en el que, sin embargo, brotan chispas de una insólita elocuencia que tiene más que ver con la evocación del presente: “Vivo junto al hombre que amo;/ en el lugar cambiante;/ en el recinto que colman los siete vientos. A la orilla del mar./ Y su pasión rebasa en espesor a las alas. Y su ternura vuelve diáfanos y entrañables los días./ Alimento/ de dioses en sus labios; sus brillos graves/ y apacibles.” (“Sus brillos graves y apacibles”, Huellas de luz). El erotismo de Coral remite a la equivalencia entre contemplar un horizonte azul y desear ser ave. No hay carne. Hay emoción, hay sensación. Y de nuevo la memoria. Los actos no se dan en lo material, sino en el pensamiento: su poesía tiene la complejísima estructura de los procesos del pensamiento regresivo, lo que le brinda esa aureola de experiencia mística y onírica. Tales elementos, vuelvo a lo mismo, adquieren de pronto, tras apenas insinuarse, forma táctil cuando Coral afirma: “Dios me ve, Dios me oye.”

                Coral Bracho fue profesora de Lengua y Literatura en la UNAM y ha sido becaria del Sistema Nacional de Creadores y de la Fundación Guggenhaim. Su tímida renuencia a hablar de sí misma, pero sobre todo de su poesía, no nos permite agregar nada más de lo dicho hasta aquí.

    Chocolate blanco

    No es que la belleza literaria no exista: sólo que es una experiencia tan incomunicable como los encantos de la Dulcinea para quien no es sensible a los mismos.

    A.N

     

    Amélie Nothomb vivió la experiencia de ser dios no obstante pertenecer a una convencional familia belga: según una ancestral tradición nipona, todo niño menor de tres años es potencialmente un dios pues solamente un ser de inocencia sin mácula puede encerrar en sí mismo la perfección y la divinidad. Basándose en la premisa de que todo bebé es un dios, así como en axiomas bíblicos, elabora Amélie su autobiografía temprana, Metafísica de los tubos (Anagrama, 2001) como hija del cónsul belga en Japón y hermana menor de dos niños no tan perceptivos ya que, como europeos, encontraban su entorno un poco mágico y un tanto absurdo. Quizá por haber nacido en medio de la misión diplomática de su padre, en Kobe, Japón, el 13 de agosto de 1967, Amélie no comparte la visión de su familia: ella se asume nipona, prefiere hablar japonés mucho antes que francés, se atavía con kimonos y la sola idea de que algún día deberá abandonar el país natal y a su amada niñera, Nishio-san, la perturba hasta el más excéntrico llanto. Independientemente de la historia, espléndidamente desarrollada, la autora centra su interés ético-estético en la utilización de las palabras; esas primeras palabras que todo niño escucha, que desgaja como frutas exóticas y que, de un modo u otro, llegan a cobrar el significado íntimo que lo acompañarán toda su vida. Llega a odiar a tal grado el sonido de las palabras “sufrir”, “ropa” y “bañar”, que rompe a llorar cada vez que su malvado hermano las canturrea. “Muerte” es de las que más intriga a la pequeña Amélie y la curiosidad por ella la llevará a vivir una serie de experiencias que habrán de ser capitales en el afianzamiento de su futura vocación literaria: “La muerte, había analizado aquella cuestión con detalle: la muerte era el techo. Cuando uno conoce el techo mejor que a sí mismo, a eso se le llama muerte (…)” Baste este botón de la prosa de Amélie para advertir que Metafísica de los tubos es mucho, pero mucho más que la encantadora historia de una nenita belga que se cree japonesa y tiene una niñera buena, de humilde origen, y otra muy mala, Kishio-san, perteneciente a la antigua nobleza nipona abolida por los norteamericanos en 1945 y la cual desprecia profundamente a los blancos. Amélie narra desde la particularísima filosofía de una niñita que todos tienen por autista durante sus primeros dos años de vida —de ahí que se le nombre el Tubo— y a quien la abuela paterna rescata del ostracismo con una oblea de chocolate blanco que la despierta a la curiosidad primero y al placer del hambre después: “El placer aprovechó las circunstancias para dar nombre a su instrumento: lo llamó Yo, y es un nombre que todavía conservo”. Amélie vive obsesionada con la historia de Jesucristo. Ha escuchado decir a Nishio-san que ella es Dios y por lo mismo no vacila en compararse con aquel, como cuando está a punto de ahogarse en el mar y horrorizada advierte que ninguno de los vacacionistas playeros está dispuesto a salvarla pues ello equivaldría a convertirla en esclava de su salvador. Al final es providencialmente rescatada por su madre, pero asocia la experiencia con la de Jesucristo languideciendo en la cruz a la vista expectante de los morbosos: “Sin duda los habitantes del país del crucificado tenían los mismos principios que los japoneses: salvar la vida de un ser equivalía a convertirlo en un esclavo a causa de una exagerada gratitud. Valía más dejarlo morir que privarlo de su libertad.”

                Ganadora del Gran Prix de la Academia Francesa con Metafísica de los tubos, Amélie Nothomb insiste en hablar japonés a pesar de ser una de las más exitosas escritoras en lengua francesa. Bélgica, ha dicho, le es mucho más ajena y exótica que Japón, China, la India, Laos y Vietnam, países donde transcurrió su infancia y adolescencia: “Sin duda ésa es la razón por la que allí empecé a escribir. No comprender algo es un fermento fenomenal para la escritura.” Hasta antes de su sonado éxito como escritora —los lectores internautas la designaron la escritora menor de cuarenta años más popular del mundo en el 2000— trabajaba como intérprete en Tokio, delirante experiencia de oficina que le inspiró la novela Estupor y temblores, aunque actualmente radica en Bruselas. Sus novelas se caracterizan por parecer inocentes y ser en cambio astutamente perversas. Su lema parece ser, como diría Textor Texel, personaje de su novela publicada en el 2003, Cosmética del enemigo,  “A mí, lo que me gusta en la vida son las molestias autorizadas. Como las víctimas no tienen derecho a defenderse, resultan todavía más divertidas.” En Antichrista (Anagrama, 2005) lo lleva al extremo. Del mismo modo que en Metafísica recupera con admirable nitidez la voz de una niña pequeña, Antichrista es narrada por Blanche, una jovencita que encarna los temores, las inseguridades y los complejos de la adolescente promedio (en su siguiente novela, Biografía del hambre, comparará el proceso de crecer con la transformación del Gregor Samsa de Kakfa) y que en su desesperada búsqueda de afecto y aceptación termina albergando a su peor pesadilla en su propia casa: otra muchacha de nombre Christa, encarnación del mal. Pero… ¿Cuál es la peor pesadilla de la mayoría de los niños y las niñas?: que otro niño, acaso un hermano nuevo, les robe sus padres, su cuarto, su cama, su vida. Christa parece destinada a ser la mejor amiga de la solitaria y apocada Blanche, quien, como casi todos sus compañeros anhela ser tomada en cuenta por la chica más popular de la universidad, es decir, Christa, una desparpajada joven de nacionalidad alemana, de notable belleza, número uno en la clase de Filosofía (aunque nunca se le ha visto leer a Nietzsche… ni a ningún otro) que, para acentuar la irresistible fascinación de su personalidad, asegura provenir de un “medio desfavorecido”. Blanche, que lo único que tiene a su favor en relación con Christa es un hogar bien constituido y una habitación propia, le ofrece a la disidente compartir su mundo con ella. Y Christa no tardará en sacar las uñas y adueñarse paulatinamente de la vida de Blanche. Lo único que no consigue arrebatarle —y es aquí donde descubrimos que Blanche, tan subestimada por ella misma, posee una inteligencia arrolladora— es a ella misma. “Si unos ojos auténticos se hubieran posado en mí, habrían visto una pila atómica, un arco tensado al máximo, pidiendo sólo una flecha o un blanco, y proclamando a gritos su deseo de recibir ambos tesoros”.

    Blanche se diferencia de Jerome Angust, protagonista de la ingeniosísima Cosmética del enemigo en que descubre a tiempo que nadie, sino ella misma, puede ser su peor enemigo: “El enemigo es aquel que, desde el interior, destruye lo que merece la pena”, advierte a Angust Textor Textel, el enloquecido ser que lo aborda en un atestado aeropuerto donde ha quedado varado para confesarse asesino y violador de su esposa. Nuevamente, en Antichrista, Amélie recurre a las parábolas bíblicas y equipara a su heroína con Jesucristo al enfrentarla en un duelo de intelectos (algo llevado a extremos delirantes en Cosmética, que sería un espléndido diálogo teatral) con el ángel del mal. La venganza de la chica buena, parece decirnos Amélie Nothomb con sus grandes y redondos ojos de niña eterna mientras saborea una tableta de chocolate blanco, puede hacer temblar al universo.

    En Biografía del hambre (Anagrama, 2006), Amélie revela su experiencia con la anorexia, pero antes de llegar a ella realiza una apología de la glotonería que confrontará de pronto con las hambrunas que contempla en China y en la India como algo no tan ajeno pero que le hará descubrir lo que de digno hay en aparentar que el hambre no existe. La mezcla de estas vivencias con su ansia de belleza (no sólo de poseer belleza sino de absorberla a través de los ojos hasta hartarse y digerirla tan placentera como a una tableta de chocolate, que es la experiencia que vive a través de la contemplación de una niñera de nombre Inge, quien hace voltear a todo mundo a su paso por las atestadas calles de Nueva York y le enseña el significado de otra palabra terrible: “no”) desencadenará un proceso de anorexia que la llevará a pesar treinta y dos kilos con un metro setenta de estatura. Lo mejor de todo esto es que mientras Amélie narra las triquiñuelas de las que se vale para desviar la atención de sus padres, como pesarse con unos lingotes de metal debajo del suéter para aumentar su peso, destaca el lado ridículo, aunque también el lado hermoso, que lo hubo en su caso, de este padecimiento: “El cerebro está constituido esencialmente por grasa. Los más nobles pensamientos humanos nacen en la grasa. Para no perder la cabeza, volví a traducir, con fiebre, la Ilíada y la Odisea. A Homero le debo las pocas neuronas que me quedan.” (p. 186). Toda vez superada la anorexia, Amélie sigue viendo aquella ya lejana experiencia como un reto, como un tema, no como una enfermedad. Nada en el tono de su narrativa, ni siquiera cuando describe cómo estuvo a punto de ser violada en la playa por unos jóvenes indios a los doce años, trasluce nada que no sea un profundo, satisfecho e inteligentísimo sentido del humor, comparable apenas con el de un niño refinadamente adulto. Siempre he dicho que Amélie Nothomb es una versión mejorada de Marguerite Duras, quien no obstante su enorme genio jamás fue capaz de reírse de sus propias tragedias.

     

    NOTA: Todas las novelas de Amélie Nothomb están traducidas al español por Sergi Pàmies y publicadas en Anagrama, a excepción de la primera, Higiene del asesino, publicada en Circe.

    Abrazar el infinito

    Bicho, de acuerdo, vaya si sé pero es así, Alejandra,
    acurrucate aquí, bebé conmigo, mirá, las he llamado,
    vendrán seguro las intercesoras, el party para vos, la fiesta entera,
    Julio Cortázar sobre A.P.
     
    Ella se le adelantó varios años a Gabriel García Márquez, a quien se le atribuye la célebre frase “Escribo para que me quieran”, la cual surgió de puño y letra de Alejandra Pizarnik, según consta en su Diario y en sus cartas. Consta también que su escritura cumplió su función: Alejandra fue una mujer muy querida. El problema consistía en que ella sufría una enfermedad espiritual que le impedía percibir ese amor rayano en la adoración que le profesaron muchos, muchos lectores. Enfermedad que bien podríamos nombrar “la infancia muerta.”
    Aunque su obra poética se considera entre las más ricas en lengua castellana, su leyenda la ha rebasado; reducida, a decir de César Aira, “a una especie de bibelot decorativo en la estantería de la literatura”, posiblemente a instancias de la propia Alejandra que se tomó su tiempo para preparar el escenario de su muerte a manera de broma macabra: junto al cadáver yacían los de sus muñecas, maquilladas y despanzurradas. Siempre le gustó rodearse de muñecas, como a la Condesa de Barthory de bellísimas adolescentes a las que torturaba hasta matar para después bañarse en su sangre y así mantener su lozana belleza: “Se puede ser una bella condesa y una loba insaciable”, aprendió la poeta. Debido quizá a un discreto lesbianismo del que mucho se comenta pero al que ella apenas hace alusión en sus Diarios, y a los amores que en silencio la incendiaron, quedó vulnerable ante el mundo, abierta como una herida. Quedó amurallada en su palacio de muñecas del mismo modo que la perversa Erzébet Báthory en su castillo. “Suicidarse —escribiría en su Diario, el lunes 18 de marzo de 1963— es poseer aquella máxima lucidez que permite reconocer que lo peor está ocurriendo ahora, aquí.” Ana Becciú, su mejor amiga y compiladora de sus cartas, le escribiría a Antonio Beneyto, el editor barcelonés de Alejandra: “(…) Murió en mis brazos. Estaba muy bella. Como ella quería. La llevamos a su jardín un día de sol, con algo de viento y pájaros, mucho canto.”
    ¿Quién es Alejandra Pizarnik?: ¿niña abandonada?, ¿loca maravillosa?, ¿genio poético?, diríase, fascinante amalgama de las tres; Artaud femenino sobre quien Jacques Derrida pudo haber dicho exactamente lo mismo que de aquel: "la locura poética sea quizá más racional que lo que la metafísica occidental llama Razón". Más cercana, según sus propias palabras, a Katherine Mansfield que a Virginia Woolf; más enfermedad que meramente locura,  sus hermosos ojos verdes, atormentados y risueños a un tiempo, como el de otros locos poéticos de sobra conocidos, refleja esa locura como toque de gracia divina, aunque se manifestaría de continuo ciega ante su belleza: “Una mujer tiene que ser hermosa. Y yo soy fea. Esto me duele más de lo que yo creo.” Sus diarios reflejan, además, una serie de desórdenes alimenticios, concretamente atracones, bulimia, que por supuesto ella no llamaría con tan horrible nombre. “No confíes en mis fotos —le escribe con coquetería a Beneyto—. Son y no son yo. Hay un misterio que me obliga a revelar a la cámara mis rostros más ocultos.” Nacida en Buenos Aires, oficialmente un 16 de abril de 1936 (aunque se baraja como fecha probable el 29 de abril de 1939, de hecho la que ella festejaba), en el seno de una familia de judíos rusos. Sus referencias a sus padres suelen ser lacónicas, al borde del desdén: “Sería siniestro donar mi vida a dos dioses inútiles: el Padre y la Madre.” Tanto sus Diarios como su prosa poética dejan entrever un abuso sexual sufrido durante la infancia, aunque no revela ningún detalle que esclarezca dicho episodio: “(…) El bosque no es verde sino en el cerebro. La abuela dio a luz a mi madre quien a su vez me dio a tierra, y todo gracias a mi imaginación. Pero allí, en el pequeño teatro, el lobo las devoró. En cuanto al lobo, lo recorté y lo pegué en mi cuaderno escolar.” (“La verdad del bosque”, Prosa completa, Lumen, Palabra en el tiempo, Barcelona, 2002).
    Estudió filosofía y letras en la Universidad de Buenos Aires y, más tarde, pintura con Juan Batlle Planas. Sus cartas (fue una maravillosa redactora de cartas, como lo demuestra su enternecedora correspondencia con Antonio Beneyto) fusionan su arte literario con su grandilocuencia casi infantil como dibujante. Entre 1960 y 1964, vivió en París donde estudió historia de la religión y letras francesas, y tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Cesairé, e Yves Bonnefoy. En 1969 recibió una beca Guggenheim, y en 1971 una Fullbright. Puso fin a su existencia un 25 de septiembre de 1972, a través de una sobredosis de Seconal, contando apenas 36 años y un futuro más que promisorio dentro de las letras, de hecho acababa de publicar uno de sus libros mejor acogidos por la crítica: El infierno musical. Tenía en su haber intentonas previas de acabar con su vida, la primera en 1970.  A partir de entonces inició su peregrinaje por el pabellón neuropsiquiátrico del Hospital Pirovano, lo que no implicó que abandonara la escritura, que la acompañó fielmente en su trayecto por el infierno. Publicó un total de siete libros entre 1955 y 1971: La tierra más ajena, La última inocencia, Las aventuras perdidas, Árbol de Diana (prologado por Octavio Paz), Los trabajos y las noches y Extracción de la piedra de locura. Escribiría a Beneyto: “En cuanto a mis suplicios, te ruego soportarlos así, como a mis silencios. No olvides mi sangre rusa (…)”
    "Las feministas junguianas— dice Graciela Ravetti— proponen una salida a estas 'crisis': liberar a la niña interior que vive dentro de cada mujer". En sus poemas Alejandra manipula la dicotomía infancia/ vejez que podría ser el equivalente de vida/ muerte: "Recuerdo mi niñez cuando yo era una anciana". Habla de las cosas del mundo como si fueran juguetes, siempre niña, como si la poesía fuera jugar a las muñecas, no cualquier muñeca: las suyas sienten, sangran, lloran, mueren... sobre todo mueren. Como hacen los niños al dibujar, un poco al estilo de T.S Eliot, traza noches demacradas y así, jugando, jugando, ilustra a través de estos símbolos infantiles el desangramiento de una mujer. En algunos de sus textos en prosa, la niña es enfrentada a la mujer de una forma que recuerda a la típica madrastra de los cuentos de hadas, deseosa de devorar a la hijastra que no es sino el propio espejo en tiempos inocentes, pero recuerda también a la niña sexualmente devorada por el lobo feroz: “De un antiguo parecido mental con caperucita provendría, no lo sé, el hechizo que involuntariamente despierto en las viejas de cara de lobo. Y pienso en una que me quiso violar en un velorio mientras yo miraba las flores en las manos del muerto.” (“Violario”, Prosa completa) La mujer, en la obra de Alejandra, es, las más de las veces, su propia verduga. Su propia violadora. La adultez emparentada con la desesperación y el sentimiento de fracaso en la búsqueda de amor es otra constante en su poesía. Un 31 de diciembre de 1960 escribiría en su Diario:Cuando entré en mi cuarto tuve miedo porque la luz ya estaba prendida y mi mano seguía insistiendo hasta que dije: Ya está prendida. Me saqué los pantalones y subí a la silla para mirar cómo soy con el suéter y el slip; vi mi cuerpo adolescente; después bajé y me acerqué nuevamente al espejo: Tengo miedo, dije. Revisé mis rasgos y me aburrí. Tenía hambre y ganas de romper algo. Me dirigí a la mesa y quise escribir un poema pero temí aumentar el desorden de los libros y papeles. Me mordía los labios y no sabía qué hacer con las manos. Me asustaba saberme andando por la piecita desordenada, con la boca devorándose y la memoria petrificada.”
    Alejandra fue también de las primeras poetas en lengua española en experimentar con la escritura automática, que le permitió explotar la metáfora autobiográfica. En cierto modo se convirtió en objeto, que no protagonista, de su propia escritura. Virtualmente convirtió su propio cuerpo en el lienzo de una escritura decorada de odio por sí misma. Como bien dice Aira, uno de sus mejores críticos: “A.P vivió y leyó y escribió en la estela del surrealismo (…) Creo que es injusto reducir a A.P a una o muchas de estas formulas, porque ella las usó sólo para seguir escribiendo, no para clausurar su trabajo (…) En sus modulaciones a menudo patéticas (“la pequeña olvidada”, “la pequeña muerta”) cuando no cursis, cumplen su cometido de subjetivizar la escritura automática, y mantener la máquina en movimiento.”
    Sus Diarios (Lumen, Barcelona 2003, edición a cargo de Ana Becciu), arrancan en 1954, contando la poeta la edad de Juana de Arco, su máxima heroína entonces; asidua ya a las terapias siquiátricas ante su imposibilidad de enfrentar al mundo fuera de la armadura de la página en blanco, y concluyen en 1971, un año antes de su muerte. Dos obsesiones surcan estas páginas, manifestándose prácticamente día tras día: el deseo de ser amada y el deseo de morir, aunados a un eventual deseo de locura, “Cierro los ojos y sueño la locura”. Ella misma advierte que jamás deseará apasionadamente a hombre alguno. No es “un hombre”, “cualquier hombre” lo que desea a su lado: lo que busca desesperadamente, y jamás encuentra (quizá porque en el fondo se propuso no encontrarlo para preservar el odio) es un amor, con mayúscula. No se advierte algún momento de solaz en que Alejandra haya alcanzado el primero de sus objetivos, se limita a poetizar o reflexionar acerca de furtivos encuentros sexuales con varones —“Un encuentro sexual no compromete a nada. Sólo dos seres sedientos que se unen en el desierto para ir en busca de la calma (…) Profundo asombro. ¿Qué relación hay o puede hacer entre ética y sexualidad? (…) me abrazan, mis amigos no son mis amigos, son sexos, los que me rodean so sexos, todo es sexo, y yo voy abierta y ultrajada, a la espera, y aunque me acueste con todos no es eso lo que mi sexo espera, lo que mi sexo espera es una orgía absoluta de gritos gritados por alguien que grita con todo (…)— Lo único que parece saciarla, por lo menos concederles instantes más o menos perdurables de felicidad, es el quehacer literario; la lectura y la escritura, aunque por momentos los intentos abortados sean fuente de la más agobiante angustia
    Experimentaba una gran obsesión por la muerte, no necesariamente porque deseara vivir esta experiencia, sino como objeto literario —si bien algunos especialistas insisten en que su constante referencia a la muerte era un anuncio de lo que planeaba hacer—; la muerte aparece en su obra como interlocutora de sus personajes, como personaje en sí misma: “Lo que quisiera que mi libro dijese es la promiscuidad y la pulverización de la conciencia de una adolescente solitaria, llena de clichés solitarios (…) Me fui de mi casa a los dieciocho años —escribe el 11 de abril de 1962—. Volví. Traté de estudiar, de amar, de escribir. Vida de café y desorden sexual. Culpa e intentos de hacer lo que todos. Aún ahora trato, a veces, de incorporarme —a la digamos— sociedad, mediante un cambio externo…” Su escritura consta de una rigurosa construcción formal y una espléndida condensación metafórica, acercándose por momentos a los “poetas malditos”, maldecida por sí misma; poseída por el infierno de una niña que solo vivió para callar el momento en que se convirtió en adulta contra su voluntad, amordazada, y trastocar la herida congénita en aullido poético.  
     
     
     
     
    June 24

    Hecha de palabras

     

    …a veces es necesario mentir para encontrar el camino de la verdad…

    V.F

     Aunque notable periodista, fundadora y directora del desaparecido semanario Summa, corresponsal de México en París para varios medios desde 1975 y novelista de voz más que singular, Vilma Fuentes (Ciudad de México, 1948) es más reconocida en Europa, concretamente en Francia donde radica desde hace más de veinte años, que en su país de origen. Prácticamente todos sus libros están traducidos en lengua franca, incluso la novela L’ autobús de Mexico (Actes Sud, 1998), que aunque originalmente escrita en español no ha sido publicada aún en nuestra lengua. Su novela más aclamada, Flores negras -traducida al francés como casi todos sus libros por Ugné Karvelis, mítica esposa de Cortázar en la que, se dice, se inspiró para “La Maga”-, y próxima a convertirse en película, es el referente más fresco para los lectores mexicanos. Es asimismo autora de dos novelas singulares, de las cuales, parafraseando indiscriminadamente a Borges, la segunda vendría a ser antilibro de la primera. Me refiero a Ayer es nunca jamás (1998, gran éxito en Francia donde se tituló La Castañeda), una de las escasas visiones femeninas sobre el movimiento estudiantil del 68 en México, y Gloria (1992), originalmente publicadas por Joaquín Mortiz y recientemente reunidas en un solo volumen dentro de la colección Lecturas Mexicanas del CONACULTA, con una presentación de Carlos Montemayor que, entre las virtudes de la escritura de Vilma, enumera el esmero, la agudeza y la cadencia, "Por ello también el personaje que relata las historias- prosigue Montemayor- mantiene una constante: una especie de alejamiento de las cosas para comprenderlas mejor, una forma de abandono de la vida para acercarse más a ellas, una tenaz elección de lo imposible para hacer posible lo que desea."

    Nótese que Montemayor ha dicho "el personaje". Ambas novelas son narradas, inequívocamente, por una misma mujer cuya capacidad de amar corre paralela o se confunde con su capacidad de sufrimiento, sin revelar jamás su nombre -Gloria se llama la trajinera donde la segunda narradora se reencuentra con su pasado-. Lo que las distingue es la edad, ya que la protagonista de Ayer es nunca jamás es una jovencita al momento de suscitarse la masacre de estudiantes en Tlatelolco, mientras que la de Gloria es una mujer madura y autosuficiente, periodista de oficio. Publicadas con apenas cuatro años de diferencia, observamos, sin embargo, que ambas heroínas son contemporáneas y lo son asimismo de la autora. Esto, así como algunas vivencias coincidentes, hacen suponer que se trata de relatos autobiográficos. La protagonista de Ayer, una estudiante de Letras, embarazada y prematuramente casada con Daniel, el novio que la preña, está intentando, desde que inicia hasta que termina la novela, escribir un libro, el cual, aunque termina quemando como muestra de amor a Daniel quien "se obstinaba en buscar las pruebas de mis amores pasados", nunca ceja en su intento de escribirlo. Vilma Fuentes pretende, de hecho, escribir ese gran libro desde los quince años, cuando publicó su primer cuentillo en una revista, “¡por el que además me pagaron!”, que despertó el miedo de su padre, el periodista Roberto Hernández Hinojosa, que no deseaba que su hija se dedicara a un oficio que consideraba riesgoso. Terminaría, por supuesto, sintiéndose orgulloso de ella.

    A la edad de la protagonista de Ayer… (19 años), Vilma publicaba su primer libro, el ensayo Los jóvenes (Siglo XXI, 29 edición, 1971) en el que muy claramente se advierte el germen de la novela que concluirá años más tarde, en plenitud de sus facultades literarias. "Así es esta generación (la suya, la de los jóvenes de finales de los 60), admira y habla poco, recoge y se reconcentra, juzga y sufre sus decepciones sin precaución y con dolor, mientras afianza y rehace sus escalas de valores siempre cuidando de no contaminarse de lo enfermo." (p. 13) Y más adelante añade: "El heroísmo es una mezcla de valor con vergüenza." (p. 15). 

    En esta frase se aprecia el esplendor la esencia novelística de Vilma: el héroe (heroína en este caso) que busca curar la vergüenza del mundo a través de la propia; una constante persecución del dolor, la locura y la muerte; un instinto que pudiera denominarse sin más como "autodestructivo", pero yo calificaría de reconstructivo y que alcanzará su apoteosis en el Rey Lopitos de Castillos en el infierno (Alfaguara, 2006), novela de madurez de Vilma donde recrea la leyenda de esa especie de Robin Hood acapulqueño que fue Alfredo López Cisneros. Las narradoras de las dos primeras novelas montan y desmontan sus piezas (recuerdos) en un afán por reconstruirse a sí mismas, negociando en el ínter con el demonio de la locura. La de Ayer es en sí misma una conmovedora metáfora de la juventud herida en lo más profundo de sus ideales: embarazada, sensual, insomne; temerosa y a un tiempo temeraria, "Pero si ellos, los políticos, tenían la voz engolada por la Revolución, nosotros teníamos engolados los pensamientos por el sueño de la revolución." (p. 39). Pero la revolución con minúscula (parafraseando a la narradora); la revolución pacífica, íntima, amorosa, es abolida asimismo por el furor de las balas. Ella está pariendo a una niña mientras la muerte retumba en las paredes del hospital, a unos cuantos metros de las calles vueltas paredones. Un parto más que significativo por sincronizarse con la muerte. Algo se desajusta entonces en el alma de la joven, "el luto consumido como una brasa" (p. 109). La niña que ha parido apenas vuelve a ser mencionada -ella no lo dice, pero de alguna manera el lector percibe ese extraño sentimiento de culpa por haber otorgado vida cuando debería estar muerta- y se entrega a voluntad al abismo de sus emociones. Se recluye en un manicomio, dispuesta a convertirse en espectadora de la locura. "La inteligencia, soledad en llamas, confundido con la locura en cuyo umbral vacila (...) Me sentí excluida, no por ellos, sino por mi falta de locura, mi incapacidad para delirar (...) Pensé en las pobres páginas que yo escribía, donde contaba cosas que cualquiera podía vivir y entender." (p. 123).

    Pero mientras la protagonista de Ayer se encierra en un manicomio para reencontrarse, la de Gloria pasea su temeridad por los callejones del inframundo, las cloacas de la ciudad de México, en busca del amor. Un amor que, como en el caso de la joven de Ayer, parece perpetuarse en pesadilla poblada de encuentros y desencuentros sin sentido, en la imposibilidad de la correspondencia. Alberto, alcohólico envilecido hasta la ignominia (que se podría relacionar con Héctor, el amante de la joven de la primera novela), es para la heroína madura, como de hecho lo es Daniel para la jovencita de Ayer, el primer amor y la primera maldición. Curiosamente, mientras que Daniel pugna por arrancar el vínculo de locura que lo ata con su esposa, Alberto es la nefasta sombra de su amante desde que era prácticamente una niña: "Apenas tenía trece años, pero ya con el cigarrillo en la boca, testaruda, dispuesta a hacer su voluntad (la de Alberto) contra todo y contra todos." (p. 251).

     Al margen de los evidentes rasgos autobiográficos en ambas novelas, hay dos de ellos que vale la pena destacar: la condición de escritora y de exiliada. En ambas protagonistas prevalecen tales conceptos, el segundo, mucho más presente en Gloria pero latente como deseo y metáfora en Ayer, donde la joven busca exiliarse de sí misma. En la página 119 plantea la posibilidad del alejamiento con claridad: "(...) yo misma partiría un día, lejos de esta patria que son los amigos, por mi propia voluntad, buscando el olvido de mí misma, sólo para ver surgir, más nítido, el amor que les tuve y me recuerda quien fui." La narradora de Gloria es ya, por decirlo de algún modo, una profesional del exilio: "(...) Como el avaro en su agonía se aferra a sus riquezas y quisiera poder enterrarse con ellas a sabiendas de que, sin las hipocresías del más astuto de los ladrones, la muerte lo despojaría de todos sus bienes, el exiliado llena sus velices de objetos inútiles que de nada le servirán en su destierro (...)" (p.p 219 y 228). Ambas narradoras, por otra parte, practican la escritura, la primera por exploración, la segunda como profesión. "Eres una mujer hecha de palabras", le dice Daniel a su joven esposa recluida en el manicomio.

    Castillos en el infierno es, como Flores negras, un thriller político donde se exhiben las almas podridas de los poderosos. Inspirada en el llamado Rey Lopitos, Vilma asume el reto de pasar por encima de la leyenda, casi un culto, del llamado “líder popular” que combatió las disposiciones de un gobernador corrupto para procurar viviendas dignas a los colonos, y que goza incluso de un monumento. Vilma exhibe el rostro del héroe que los cronistas actuales insisten en omitir: el de hampón, no por ello menos heroico. Su Rey Lopitos, cuyo verdadero nombre jamás se menciona –ni falta hace- es un experto titiritero de consciencias que juega a placer con presidentes, magnates gringos y una bella y poderosa mujer conocida como La Santa o La Mujer Más Bella del Mundo. Desde las primeras líneas se sabe que Lopitos ha sido asesinado por la persona que más le quería en el mundo, su propio pistolero apodado Franky que refugia su lastimada consciencia en la cárcel que para él representa el jardín de niños, donde funge como conserje. Es a través de la memoria del verdugo que se manifiesta Rey Lopitos para relatarnos los claroscuros de su peculiar biografía, como sería el hecho de que siendo capaz de jalar indiscriminadamente el gatillo le guarda fidelidad absoluta a la única mujer que ha amado, Marina, no obstante haber quedado desfigurada durante un atentado.  

    Vilma Fuentes es una de las más curiosas escritoras de las letras mexicanas, no sólo por su sofisticada ironía sino también por su estilo "gorostiziano" en que la prosa se entreteje con oníricas imágenes yuxtapuestas. La anécdota central se apropia del texto; la trama no avanza hacia un desenlace sino que gira, ensimismada, en torno a los personajes que mutan y se desplazan pero terminan en el punto de partida, algo así como una poética simbiosis de la vida misma. Actualmente radica en París con su esposo, el novelista Jacques Bellefroid –de quien la propia Vilma tradujo su novela El ladrón del tiempo-,  sus hijos y sus nietos.

     

     

     

    Esta verdad que amo

    El 4 de marzo de 1849, en el diario sevillano El heraldo, se publicó el primer capítulo de la novela por entregas La gaviota, de la autoría de un tal Fernán Caballero, sobre el que, advirtió José Joaquín Mora, el editor, no se trataba de “uno de esos escritores repentistas, cuya misión es trasladar al papel y del borrador a la imprenta los brotes indigestas de una imaginación desordenada”, refiriéndose sin duda al afán realista del autor; tan realista, que sería el primero en recibir la etiqueta de “costumbrista”, inaugurando así una de las escuelas literarias emblemáticas del siglo XIX. Dicha obra despertó expectación tal entre los lectores de España, que uno de los críticos más autorizados de la época, Eugenio de Ochoa, tras seguir fielmente el curso de La gaviota, terminaría decretando a Caballero como “el Walter Scott español”. Astutamente, Mora mantuvo en secreto la verdadera identidad de su escritor estrella, recogiendo en el ínter toda clase de comentarios elogiosos. Desde un principio se sugirió que “Fernán Caballero” era un seudónimo, pero lo que nadie imaginó fue que detrás de él se escondiera una dama: “Si se hubiese dicho que era una señora, explicaría doña Cecilia Bohl von Faber, ¡nadie la lee!...
                Cecilia, a quien en adelante llamaremos “Fernán”, por respeto al nombre que eligió para firmar sus obras, toma el seudónimo de un pueblito llamado precisamente Fernán Caballero, el cual alcanzó notoriedad tras convertirse escenario de un crimen pasional que ya nadie recuerda. Este detalle revela el gran sentido del humor de la autora, no obstante el adusto semblante que luce en sus retratos. En carta dirigida a Mora, su primer editor, Fernán explica cómo es que se anima a publicar hasta la edad de cincuenta años, habiendo redactado aquellos manuscritos en la más tierna juventud: “Demasiada modestia o demasiado orgullo han hecho que a nadie las haya dado a leer hasta que murieron mis padres, cuya entusiasta aprobación era, como usted puede pensar, todo mi estímulo, todo mi anhelo, todo mi bien y toda mi recompensa, más, faltando estos, e instigada por mis hermanos y marido, me he decidido a probar el darles publicidad.” Como se verá, Fernán tiene con George Sand, su contemporánea, algo más en común que haber asumido un seudónimo de varón: una educación liberal. Como la Sand, Fernán y sus enormes ojos azules harían temblar de pasión a un joven de nombre Antonio Arrom de Ayala, de veintitrés años, quien sería nombrado cónsul de España en Manila y en Australia; lo conoce siendo una viuda cuarentona (haciendo previamente lo suyo con un tal Federico Cuthbert, el “Sir George Percy” de Clemencia), relación que llevaría a Fernán al altar por tercera ocasión. A diferencia de su contraparte francesa, sin embargo, Fernán jamás recurrió al disfraz de dandy, más aún, se le ve sumamente femenina en su arreglo, envuelta en mantillas y luciendo peinetas. Tampoco incurrió en conductas “escandalosas” (nada de amantes: sólo esposos) y, la diferencia más acusada con la Sand: nunca asumió posturas ideológicas que pudieran calificarse de “feministas”... bueno, no en forma demasiado obvia. Si bien en sus novelas ridiculiza un poco, que no demasiado, el afán emancipatorio de las mujeres de mediados del siglo XIX, particularmente en La gaviota (titulada así por el apodo que a su rebelde heroína, Marisalada, le adjudican en honor a sus largas y delgadas piernas) y otro tanto en Clemencia, esta postura bien puede deberse a que Fernán intenta pasar por varón. Su biografía, no obstante, la exhibe como una mujer muy adelantada a su tiempo.
                Nacida el 27 de diciembre de 1796, en el poblado suizo de Morgues, Cecilia Francisca Josefa, hija de Juan Nicolás Bohl, intelectual de alcurnia de origen alemán, hispanista de altos vuelos y de ideología monárquica (aparece como personaje en la novela El nuevo Robinson, de Joaquín Enrique Campe, con el nombre de “Johannes”... más tarde será “Stein”, el conmovedor marido ofendido de La graviota) y de la española Frasquita Larrea, aficionada a Mary Wollstonecraft, heredará de sus padres la pasión por los libros. Su infancia transcurriría entre Alemania e Italia, aunque llegaría a Cádiz en 1813, a los 17 años, edad en que escribirá Fernán “una novelilla” titulada Magdalena, recién casada con el primer marido, el capitán Antonio Planels, mejor conocido como el Fernando Ladrón de Guevara que le da una vida de perros a la protagonista de Clemencia, autobiográfica, por cierto. Dicho matrimonio, por fortuna para la joven, durará bien poco debido a la prematura muerte del cónyuge. A los 18, Fernán es ya una hermosa viuda, sin hijos. Lleva apenas dos años viviendo en España, patria del finado, mascando a duras penas el idioma, de hecho, la versión original de La gaviota, que data de aquella época, está redactada en francés y será traducida al castellano por el propio José Joaquín Mora. A esta dificultad para familiarizarse con el idioma de Cervantes y su singular empeño por dominarlo a como diera lugar, podría atribuírsele su fijación por el folclor andaluz y la idealización de la vida campesina. Fernán, mujer independiente, se dedica a viajar por el mundo, estableciéndose por temporadas en Hamburgo donde redactaría en alemán los relatos La familia de Albareda y Sola, hasta que en 1822 conoce al que será su segundo marido: el sevillano don Francisco Ruiz del Arco, marqués de Arco Hermoso. Ya como marquesa, iniciará la redacción definitiva de La gaviota que no habría de publicarse por entregas sino hasta veinte años después, poco más tarde en formato de libro (1856), animada por quien serçia su tercer esposo: “(...) a nuestra literatura moderna, le escribirá a Mora, que ciertamente tiene bellas obras de que gloriarse, le falta un género que en otros países tanto aprecian y a tanta perfección han llevado. Esto es la novela de costumbres.”
                La Walter Scott española, a la que por cierto se le retiró el título cuando se supo que era mujer... y suiza, además (pero nosotros se lo readjudicamos, cómo no), asegura que su intención es escribir un cuadro de costumbres; reproducir el estilo de vida de los sevillanos, incluidos modismos y refranes populares. Ni siquiera se atrevía a definir La gaviota como “novela”, no obstante serlo en toda forma. Sus personajes, asegura, no poseen ideales exagerados, es decir, no son malos malos, ni buenos buenos, son simplemente seres humanos, “en vano se buscarán en estas páginas caracteres perfectos, señala en la edición de 1853 de aquella primera novela, porque el objeto de la novela de costumbres debe ser ilustrar la opinión, por medio de la verdad, sobre lo que se trata de pintar, no extraviarla por medio de la exageración.” ¿Logra Fernán su cometido? ¿Se limita a “pintar” la verdad? La gaviota es, en efecto, una novela costumbrista, más exactamente, realista, pero es, ante todo, una novela en la que los críticos han creído advertir más influencia de Balzac que de los Hermanos Grimm (a quienes Fernán reconoce como sus inspiradores); donde se plantea claramente un conflicto pasional que involucra a tres personajes: La Gaviota, Stein y el seductor torero Pepe Vera. Existe una lección moral en dicho conflicto, pues la Gaviota abandona al noble Stein por correr en pos del veleidoso torero que morirá durante una corrida. Una vez sola, pues Stein morirá antes de perdonarla, caerá en las garras de Ramón Pérez que en cierto modo le hará pagar el daño infringido a su primer marido.
    Se llegó a acusar a Fernán de excesivamente moralista, como si otros novelistas contemporáneos suyos no incurrieran en la misma falta. Al menos los personajes de Fernán son más reales, más creíbles, alejados de los estereotipos románticos. Podrá no haber grandes malvados, pero sí personajes de enormes dimensiones humanas como el gentil Stein y su amada rebelde Gaviota. Por supuesto, la piadosa Fernán no pierde oportunidad para increpar a los prejuiciosos intelectuales españoles desde la trinchera de su creación: “¡Y hay todavía personas que presumiendo de hallarse dotadas de un mérito superior, cierran sus almas a las dulces impresiones del candor, que es la inocencia y la serenidad del alma! ¿Acaso ignoran que el candor se va perdiendo, al paso que en entusiasmo se apaga?” (p. 75)
    En su novela de madurez, publicada en 1862, Lágrimas, cuya heroína, llamada justamente Lágrimas, es todo lo contrario de la indomable Gaviota, los críticos han creído advertir más detalles autobiográficos, relacionados básicamente con la gran bondad de la protagonista. En una entrevista de 1862 que sirve de prólogo a la antes citada, diría Fernán, asumiendo su identidad masculina: “Estoy persuadido de que todas las más hermosas sátiras, género tan universal y en la que han sobresalido tantos ingenios superiores, no han servido de nada, ni han hecho germinar ningún buen sentimiento, y si sólo el malhadado desprecio del hombre hacia el hombre. Muy al contrario las referencias de lo bueno y de lo noble despiertan en nosotros sentimientos análogos, los ponen en circulación, los inoculan...”, a lo que Antonio Cavanilles, su interlocutor, señalará que “Nadie ha comprendido tan bien como usted el mérito de las acciones que pasan desapercibidas, la razón de ciertas prácticas, la filosofía de ciertos dichos vulgares...” De vuelta a España, viuda por tercera vez, trabaría Fernán una entrañable amistad con Isabel II, quien le concedió pasar los últimos años de su vida en un alcázar andaluz, inmortalizada por la propia Fernán en uno de sus relatos.
                Fernán Caballero muere en su querida Sevilla el 7 de abril de 1877, aunque según sus propias palabras la literatura la salvó de morir “de hipocondría o haberme vuelto loca”. Carmen Bravo Villasante, prologuista de la edición de 2001 de La gaviota (Biblioteca Clásica Castalia, Madrid), señala que sobre la crítica de contemporáneos nuestros como Juan Valero, que tilda a Fernán Caballero de cargante, se alza Benedetto Croce quien manifestó su admiración ante la forma en que nuestra autora combina la belleza de su prosa con su superioridad moral.